Paraíso canalla

Fragmento

Futbol / dossier / Noviembre de 2022

Francisco Mouat

Lo que más me impresionó del Colorado Vázquez fueron el brillo y la expresión de sus ojos cuando le explicaba a la cámara, alargando las sílabas, por qué se llamaban “canallas” los hinchas de Rosario Central y “leprosos” los de Ñulsolboys. Acá en Rosario, decía él, o se es de Ñulsolboys o se es de Rosario Central:

Nos llaman “canallas” porque hace muchísimos años se organizó un partido para recaudar fondos para ayudar a los enfermos de lepra, y Rosario Central negó la participación de su equipo, cosa que no hizo Ñulsolboys.

​ Sus ojos detonaron en mí una atracción inmediata hacia ese mundo habitado por canallas y leprosos. Quiero conocer a Aldo Pedro Poy y al Colorado Vázquez, pensé, quiero ser parte de la fiesta del 19 de diciembre. Hacerme canalla y acompañar a Poy en su vuelo en palomita a tocar el cielo, igual que cuando éramos pendejos y el mejor lugar del mundo era el que inventábamos con los amigos para vivir en él. Nos gustaba pasar todo el día con nuestros amigos y nunca íbamos a permitir que uno de ellos quedara a la deriva, abandonado a su suerte.

  Aldo Poy en la portada de la revista *Goles*, 1974 Aldo Poy en la portada de la revista Goles, 1974

​ Casi no nos dimos cuenta, y esos amigos indestructibles perdieron su nombre, se esfumaron de nuestros días y nuestras noches, salieron disparados como ráfagas de metralleta hacia otra galaxia.

​ Si el 19 de diciembre de 1971 el gol de palomita de Aldo Pedro Poy hubiera sido contra River Plate o Boca Juniors, sería hoy un bonito recuerdo, un gol hermoso que figuraría en las estadísticas del club. Pero el fermento de esta historia, la levadura y la sal, es que Poy anotó el único gol de aquella semifinal, y días después su equipo se coronó campeón por primera vez en el propio estadio de Ñulsolboys, para hacer aún más intensa la experiencia de humillar y ser humillado.

​ Pudo ser Gramajo o el Negro González o Pascuttini el que convirtiera el gol de la victoria en el arco de Fenoy, pero fue Aldo Pedro Poy, delantero de Rosario Central que en toda su vida solo defendió esa camiseta, y este es otro inmenso detalle para tomar en cuenta, porque además de ganarle a Ñulsolboys, aquel gol de palomita lo hizo un delantero identificado hasta los huesos con los canallas.

​ El arquero de Ñulsolboys se llamaba Carlos Alberto Fenoy, el Loco Fenoy. En estos cincuenta años de palomitas conmemorativas, cualquiera se ofrece de voluntario y hace la pirueta del arquero tarado que deja pasar la pelota para que la fiesta sea completa. Hasta yo fui Fenoy un día en un boliche oscuro en Santiago, en 2003, cuando Chile-Canalla organizó la celebración de la paloma y llegamos diez o quince a tomar unas cervezas. Colgamos unas banderas, y como a las nueve de la noche uno de la mesa sacó un teléfono satelital y lo puso en altavoz y se contactó con Poy, que estaba haciendo la paloma en Miami, en la playa, junto a un grupo de la Organización Canalla Anti Lepra (OCAL). El Colorado en la primera línea tomaba fotos del evento mientras la filial canalla del estado de Florida gritaba: “¡Aldo Poy, Aldo Poy, el papá de Ñulsolboys!”. Poy agradeció el llamado, nos dio su bendición, chau amigos, chau Aldo, y a lo que vinimos: armamos un arco de beibifútbol de esos de plástico que uno les regala a los cabros chicos para chutear en el patio de la casa, y alguien tenía que hacer de Fenoy y dejarse meter el gol, y como todos querían ser Poy y nadie quería ser Fenoy, me puse en el arco y viví esa noche la experiencia de ser el arquero de la lepra vencido por la imaginación de un puñado de canallas, en un boliche del que solo recuerdo a esta docena de locos saltando y gritando lo mismo que habíamos escuchado desde Miami en el teléfono, “¡Aldo Poy, Aldo Poy, el papá de Ñulsolboys!”. Yo los miraba desde el piso y me reía solo. […]


***

El Viejo Casale, hincha de Rosario Central, nunca en su vida vio perder a su equipo contra Ñulsolboys. Nunca. Por alguna extraña razón, cuando Central era derrotado, algo le ocurría al Viejo Casale que no llegaba a la cancha: se torcía un tobillo, le salía un trabajo en Misiones, le daba gripe. Él era cábala, amuleto, carta segura de triunfo si ese día, el domingo 19 de diciembre de 1971, viajaba a Buenos Aires, al Monumental de River, a ver la semifinal Central-Ñuls.

​ Pero Casale había sufrido en el año 69 un infarto que casi lo despacha al Patio de los Callados. Se salvó de milagro después de un largo trabajo de reanimación, y el doctor le prohibió —entre muchas otras restricciones— ir al estadio porque su corazón no lo resistiría. Su vida se convirtió en un gran tedio. No podía comer carne, no podía tomar vino, no podía excitarse con nada, menos con su querido Rosario Central. Y en la casa su esposa y su hija lo vigilaban, no le quitaban la vista de encima, no había modo de escapar de la cárcel y el aburrimiento.

​ Como al Viejo Casale aún le funcionaba el seso y sabía que la tarde del 19 de diciembre de 1971 toda la ciudad de Rosario estaría pendiente del clásico y no habría manera de no enterarse de lo que ocurría en Buenos Aires, organizó las cosas para largarse en ómnibus muy temprano en la mañana a la quinta de su hermano, en Villa Diego, donde estaría a salvo hasta que el partido hubiera terminado. A ese hermano el fútbol le importaba un pepino, y los dos se pasarían el día entero tirados en una hamaca dejando que las horas corrieran.

​ El problema es que la historia del Viejo Casale y su buena fortuna en los clásicos comenzó a circular como una noticia de terror entre la fanaticada: “Hay un señor que nunca en su vida ha visto perder a Rosario Central contra Ñulsolboys, los médicos lo tienen asustado porque tuvo un infarto hace dos años, y el domingo se va a Villa Diego a ver a su hermano para no exponerse. ¿Vamos a permitir que esto ocurra? Tenemos que hacer algo, rápido, para asegurar que el Viejo esté con nosotros en Buenos Aires, nada ahora es más importante y urgente en el mundo que romperle el culo a la lepra”. Eso fue lo que dijo el Valija en la reunión en la que decidieron secuestrar al Viejo Casale.

​ El Rulo consiguió un ómnibus igualito a los del 305 que iban a Villa Diego, y el resto de los muchachos que participó en la operación ya tenía estudiados los movimientos que haría Casale esa mañana, la esquina exacta en que estaría esperando al ómnibus, incluso la hora en que saldría de su casa. El Rulo pasó a buscar al Valija, al Miguelito, al Turco, al Perico, al Dani, al Colorado y también al Rábano, que se ofreció para hacerle respiración boca a boca si por alguna razón se ponía mal en la ruta a Buenos Aires.

​ Al Viejo Casale lo subieron engañado en la calle San Luis. Qué se iba a imaginar, cuando estiró la manito en la esquina e hizo parar el ómnibus, que allí adentro viajaban sus secuestradores. Subió y le pasó un billete al Rulo. Los pasajeros: unos muchachos sentados al fondo medio dormidos y con pinta de venir de vuelta de algún bar, mañana típica de domingo temprano arriba de un 305. El Rulo le estiró el boleto con el cambio y le indicó un asiento libre. Y el Viejo Casale inició camino a Buenos Aires arriba de un ómnibus, acompañado de una tropa de supersticiosos hinchas de Rosario Central, en un viaje que le iba a cambiar la vida de un modo extraordinario.

El gol de “palomita” de Aldo Poy ante Newell’s en la semifinal del Campeonato Nacional de 1971. Archivo El Gráfico El gol de “palomita” de Aldo Poy ante Newell’s en la semifinal del Campeonato Nacional de 1971. Archivo El Gráfico

​ El engaño, obviamente, duró lo que el viaje a Villa Diego, hasta que el Viejo Casale se levantó de su asiento y le indicó al Rulo que lo dejara por favor en la próxima esquina, que si fuera tan amable de abrirle la puerta, y el Rulo después de hacerse el loco y decirle que se esperara un momentito, los miró a todos como diciéndoles ya no más show, y en ese momento la farsa se acabó y aparecieron el bombo y las trompetas y los pitos y las poleras de Rosario Central, y se abrieron las ventanas y flamearon las banderas canallas y empezaron a darle con las manos a la carrocería siguiendo el ritmo del bombo, y el Viejo Casale, aparte de la impresión del comienzo y un primer alegato, que eran unos irresponsables, dijo, unos asesinos, se convenció rápido de que no había manera de torcer el destino, y en el fondo se alegró, sobre todo cuando el Miguelito le dijo muy serio que esto incluso se había conversado con su médico y su familia, que habían querido darle una bonita sorpresa, que estaba hecho un toro, y ahí el Viejo Casale se entregó y se hizo uno más, y se olvidó del corazón y del doctor, y lo que cuenta el Negro Fontanarrosa es que el Viejo Casale ese día fue el hombre más feliz del mundo:

El viejo cantaba, puteaba, chupaba mate, comía facturas, gritaba por la ventana y a la cancha se bajó envuelto en una bandera. No había, en la hinchada, un tipo más feliz que él. Vino con nosotros a la popu y se bancó toda la espera del partido, que fue más larga que la puta que lo parió, y después se bancó el partido. Estaba verde, eso sí, y había momentos en que parecía que vos lo pinchabas con un alfiler y reventaba como un sapo, porque yo lo relojeaba a cada momento. Y después del gol del Aldo yo lo busqué, lo busqué porque fue tal el quilombo y el desparramo cuando el Aldo la mandó adentro que yo ni sé por dónde fuimos a caer entre las avalanchas y los abrazos y los desmayos y esas cosas. Pero después miré para el lado del viejo y lo vi abrazado a un grandote en musculosa, casi trepado arriba del grandote, llorando. Y ahí me dije: si este no se murió aquí, no se muere más. Es inmortal. […]

***

Los que organizaron y ejecutaron el secuestro del Viejo Casale tenían que asegurar que el amuleto viajara a Buenos Aires y alentara al equipo desde la galería. Cumplieron su tarea: el Viejo Casale estuvo ahí. La primera parte del trabajo se hizo, y bien. Pero había otra tarea en la que ninguno de ellos podía intervenir. Rosario Central tenía que ganarle a Ñulsolboys. Alguien tenía que hacer un gol en el arco de Fenoy, y la valla de Central defendida por Menutti debía mantenerse invicta. Alguien en la cancha, un Elegido, tenía que meter el gol que sirviera para derrotarlos y llevar a Central al primer título de su historia. Y ese Elegido fue Aldo Pedro Poy, que a los nueve minutos del segundo tiempo se zambulló en palomita para anotar un gol que los hinchas de Ñulsolboys jamás olvidarán, y que los hinchas de Rosario Central decidieron celebrar desde ese día hasta el fin de los tiempos.

Francisco Mouat, Paraíso canalla, Overol E.I.R.L, Santiago de Chi­le, pp 9-37. Se reproduce con el permiso del autor.

Imagen de portada: El gol de “palomita” de Aldo Poy ante Newell’s en la semifinal del Campeonato Nacional de 1971. Archivo El Gráfico