Lección animal

Animales / dossier / Mayo de 2020

Alejandra Quiroz Hernández

En un traslado de la Ciudad de México a Valle de Bravo mi primo Emilio miraba por la ventana del automóvil. Reaccionaba con todo su cuerpo a los animales que veía en el camino. Era un cuento de nunca acabar: “¡Mira, los borreguitos!”, “¡Mira, las vaquitas!”, “¡Mira, los caballitos!”, decía conforme aparecían en el camino. Los demás pasajeros íbamos entretenidos con su narración. Parecía que comprobaba la existencia de aquello que había visto en las páginas de sus libros de cartoné. Con el reconocimiento de los bebés como sujetos lectores se han perfeccionado los materiales de lectura destinados a este público, los cuales con frecuencia cumplen una doble función como libros y juguetes, y suelen tener animales como protagonistas. Abundan, por ejemplo, títulos que buscan introducirlos al mundo real. A los ojos del adulto pueden ser demasiado simples, pero ofrecen cierta complejidad para los pequeños. Aquí el uso de animales cumple varios objetivos: distinguir tamaños, aprender a contar, conocer formas y colores. Los libros más osados buscan entablar relaciones entre la cotidianidad de los animales y las primeras actividades de los bebés. Otros de estos libros introductorios son más bien vocabularios. Por sus características no suelen contar una historia como tal, pero a menudo las palabras se agrupan por especies, ecosistemas o reinos. Idealmente son mediados por un adulto. Las palabras sueltas están ilustradas por el animal correspondiente, de tal manera que pueden leerse en voz alta al tiempo que se señala la ilustración. Al compartir la lectura algunos optarán por emitir las onomatopeyas correspondientes, por lo que no será extraño que, estando afuera, el bebé señale un cuadrúpedo y agregue “guau guau” para advertir que se trata de un perro. Incluso antes de decirle perro se referirá a él como “guau guau”. De niña, cuando empecé a enunciar el mundo, me dediqué a darles nombre y apellido a los animales, por ejemplo: “Gato Miau Miau” para el felino doméstico. Cada niño confirma a su manera que hay un universo más allá de la página. Entre mis libros preferidos están aquellos que ayudan a construir el esquema corporal: reconocer los límites y las partes del propio cuerpo en relación con otros articula la caricia autorizada con los afectos. El bebé comienza a despegarse del cuerpo de su madre para saberse soberano del suyo. El rasgo distintivo en estos textos radica en la consigna: hacer cuchi cuchi, cosquillas, piquetes o simples caricias. Lo inesperado es que elefantes, cerditos y burros sean los destinatarios de la acción en las páginas. De esta manera, se establece un paralelo entre el esquema corporal de las personas y los animales. Los pies se convierten en patas, los brazos en alas, la boca en pico, la nariz en trompa. Nuestros bebés disfrutan el contacto cercano e íntimo mientras se descubren en su animalidad. Muchos libros sobre animales se vuelven imprescindibles por la experiencia estética que brindan al lector gracias a múltiples técnicas y recursos gráficos. Abundan aquellos donde los animales son retratados con ojos enormes, supuestamente tiernos, a menudo una versión caricaturizada que empalaga. A veces los ilustradores sacan provecho del fauvismo para ofrecernos personajes en colores inverosímiles que resultan muy atractivos. Otros logran conferir realismo a sus criaturas con una maestría envidiable. A pesar de estas intenciones plásticas es sorprendente el efecto que las fotografías tienen en los más chicos. Si de por sí ya disfrutan mirar retratos de bebés, perderse en el brillo del pelaje o el semblante de los rostros animales es un espectáculo para ellos. Luego, si tienen oportunidad, podrán comprobar que, en efecto, así son las criaturas que los asombraron en las páginas.

J.J. Grandville, “El zodiaco”, en Un Autre Monde, 1844

El diseño del libro también es relevante. Hace unos años, conversando con Leonard S. Marcus, experto en literatura infantil, comentaba que la experiencia del libro álbum impreso no ha podido reemplazarse en el mundo digital. Para ilustrar esta afirmación sugirió: “digamos que quieres hacer un libro sobre un gigante o un elefante; quizá quieras que sea un libro bastante grande. Ahora bien, quizá tu próximo libro sea sobre un ratón y entonces tenga que ser diminuto. Los libros impresos te permiten eso, los libros en pantalla, no”. Marcus recordaba que, tras intentar popularizar el libro digital, los editores y los lectores se percataron de que la experiencia del libro impreso abarcaba tanto la calidad del contenido como el cuerpo que la envuelve. A veces la colección infantil de una biblioteca aparenta ser la más desordenada porque no hay uniformidad en tamaños ni grosores. Cada álbum te ofrece un mundo.

La relación casi primigenia entre niños y animales se plasmó primero en rimas, nanas y canciones; luego en las fábulas y más recientemente en libros impresos. Es común vincular la ternura infantil con la inocencia de los animales pero, ¿por qué escribir sobre ellos? A pesar del cuidado compartido de peces y tortugas en preescolares o la frecuente visita a granjas didácticas, zoológicos y acuarios, las interacciones entre infantes y animales es escasa. Incluso aquellos que crecen en el campo o cualquier otra zona no urbana mantienen una relación instrumental con animales, pues se destinan a obtener bienes para consumo humano. Ha sido mediante los libros que tradicionalmente se ha procurado enseñar a los niños cómo tratar a los animales, tanto en la ficción como en la divulgación. Es inevitable considerar el legado de las fábulas de Esopo, ancladas en el imaginario colectivo. Cuando leemos una historia protagonizada por animales no es difícil percatarse de que éstos se comportan como personas. La fábula como recurso literario no solamente entretiene, también educa. Es acaso el primer laboratorio de la empatía. La configuración de los personajes se asegura de representar vicios y virtudes de los seres humanos que pueden analogarse a la conducta animal. Sin embargo, estos textos surgieron en una época en la que la frontera entre la infancia y la adultez era confusa. Es por ello que algunas resultan hoy demasiado crudas o políticas cuando lo que se pretende es proteger a los menores de experiencias muy fuertes. A pesar de eso, su vigencia persiste: son el recurso más efectivo para dar una lección anticipada. Quizá por tener siempre una lección, moral o no, es que se nos quedó el vicio de pedirle demasiado a los libros para niños. Niñas y niños de muchas generaciones aprendieron sobre los animales tras sumergirse en las páginas ilustradas de enciclopedias y diccionarios. En la década de 1980 los libros informativos todavía no tenían el auge de hoy, pero existía una amplia variedad de enciclopedias para cubrir las necesidades de información. Recuerdo las tardes que pasé hojeando los volúmenes del Gran libro de preguntas y respuestas de Carlitos y Mi primera enciclopedia, ilustrada con personajes de Disney. Años después miré absorta las ilustraciones de la Enciclopedia Hispánica y el Pequeño Larousse ilustrado. En todos esos libros me abstuve de mirar las páginas dedicadas a las serpientes, reptiles que incluso hoy en día no puedo ver ni en pintura. Este material enciclopédico permitía completar las tareas escolares, pero también alimentaba la curiosidad. Tomar un volumen sin propósito alguno era entregarse al vagabundeo del saber. Los hallazgos irrumpían tanto en la sala de casa como en el salón de clases. De pequeños abunda la generosidad de compartir los saberes, así que no había reparo en contar lo que se acababa de aprender. De este modo comenzaban a cultivarse algunas pasiones que resultarían en veterinarias y zoólogos, biólogas y entomólogos. A pesar de las enciclopedias destinadas al público infantil, la aparición del libro informativo resultó una revolución en las fuentes de conocimiento. Las librerías comenzaron a llenarse de libros sobre perros, animales marinos, dinosaurios. También provocaron búsquedas insospechadas: “¿Tiene libros sobre lagartijas?”, me preguntaron alguna vez. Quienes no disfrutaban tanto la ficción podían abrirse paso en el vasto campo del saber para aprender por cuenta propia. Algunas colecciones de divulgación de la ciencia para público infantil eligen centrarse en el mundo animal para explicar a los lectores cómo viven: en manadas, bajo tierra; qué quieren decir con sus voces, su pelaje, sus acciones; cómo es su alimentación, el lugar que ocupan en el equilibrio de su entorno y de qué manera afectamos su ecosistema. Incluso exponen los roles de madres y padres, que resultan sorprendentes para los preescolares por su inesperada semejanza con la vida humana, como ocurre por ejemplo con la admirada monogamia de los pingüinos. Otras veces revelan cuerpos y hogares radicalmente distintos, como la sorprendente bioluminiscencia de algunas criaturas y sus hábitats en la oscuridad de los fondos marinos. Hay libros que parecen museos portátiles. Sin tener que atravesar las salas de especies disecadas, las páginas de estos ejemplares ofrecen esquemas comparativos entre la fauna salvaje y la humana, desde la anatomía hasta su distribución en el planeta. La organización de la información es fascinante: se hacen escalas de estatura, esquemas del tipo de vivienda o clasificación de manchas y rayas. Hasta ahora una de mis gráficas preferidas es sobre la longevidad de los seres vivos, donde la tortuga es la gran victoriosa.

J.J. Grandville, “Las luces los asustan”, en Les Métamorphoses du Jour, ca. 1829

Para lograr una comunicación masiva, los libros se han convertido en el mejor soporte. Recientemente, como llamado de atención, se han vuelto populares los libros sobre la extinción animal y el cambio climático. Estos libros suelen reunir información como el nombre científico, hábitat, características y población existente. Otros proponen una narración más sutil, protagonizada por osos polares, manatís o ajolotes, en la que advierten que evitar su desaparición está en manos de los seres humanos.

En la literatura infantil llama la atención que los personajes más entrañables sean animales de pequeñas especies o bien criaturas suavecitas y abrazables. Se trata de personajes que representan la pequeñez de los menores de edad y su inevitable sometimiento al control de los adultos. Pronto en su vida, niños y niñas se percatan de estar sujetos a una autoridad. Siendo bebés recibieron los cuidados procurados por los adultos de su entorno. A medida que crecen, superan la dependencia absoluta y empiezan a probar qué tan libres pueden ser. En el mejor de los casos se permitirá que tengan una vida autónoma, aunque dependiente de la estructura familiar. La evolución del concepto de infancia, así como la resignificación de la familia, propiciaron el reconocimiento de niños y niñas como sujetos de derecho. Sin embargo, la agencia que les es negada abre la oportunidad de que se identifiquen con los animales, incluso que se preocupen por ellos. El reconocimiento tardío de los derechos de niños y niñas es superado por una demora similar respecto a los derechos de los animales. En este sentido resulta especialmente relevante la aparición del concepto jurídico de la persona no humana, usado para referirse a animales como delfines, chimpancés y elefantes debido a sus capacidades cognitivas, pero sobre todo a que son sujetos de derechos, no meros objetos puestos a disposición de los humanos. Guardando la proporción, la apreciación es análoga a lo que ocurre con las personas menores de edad, quienes históricamente se han concebido como adultos en entrenamiento y no simples personas creciendo. La etimología de infancia es infans, infantis “aquel que no habla”, pero pocas veces se enfatiza que se trata de la incapacidad de tener voz pública. Al resguardo en la esfera de lo privado, el infante no era parte de la vida pública. Esa diferencia marginaba su relevancia social y hacía relativamente fácil lidiar con la muerte y enfermedades de los hijos pequeños. La incapacidad de tomar la palabra era ventajosamente impuesta, dando por sentado que sus funciones racionales y argumentativas eran limitadas, como animalitos, otro conjunto de seres vivos caracterizado por no tener voz. Con o sin permiso, niños y niñas son capaces de ser la voz de su generación, o al menos de su propia casa. Aunque puedan estar equivocados, son ellos quienes mejor saben qué es lo que quieren. En librerías y ferias de libros he visto adultos desesperados por la indecisión de sus hijos al tener que elegir el libro que les van a comprar. Otras veces critican su selección. Lo peor es cuando en talleres los obligan a participar. Respetar el tiempo y la capacidad de elegir los entrena para la vida. Ser demasiado controladores puede inhibir que sean protagonistas de la suya. A los diez años preparé un discurso sobre la marea roja con el que me presenté a un concurso escolar. Estaba genuinamente preocupada por las consecuencias en el medio ambiente y la vida animal. Contar con el apoyo de los adultos me hizo sentir poderosa, no solamente escuchada. Aunque no me hice activista ni cambié el mundo, tomar la palabra me permitió compartir un mensaje urgente con mi entorno inmediato. La presencia y disponibilidad de los adultos respalda las acciones de los menores de edad. Entre pequeños se da un cuidado singular: se elige dar voz a quienes no la tienen a pesar de que la voz propia tiene que hacer su lucha para ser escuchada. Autores e ilustradores han elegido ceder espacio a los infantes en sus páginas y así se crea una cadena que cuida y democratiza la palabra. Como decía antes, los libros alimentan pasiones, por lo que es importante cuidar que los libros no sean vehículos de dogmas o adoctrinamiento. En todo momento, lo ideal es que propicien la conversación.


Escucha el Bonus track de Alejandra Quiroz Hernández, con Fernando Clavijo

Imagen de portada: J.J. Grandville, “Familia de escarabajos”, en Les Métamorphoses du Jour, ca. 1829