La máquina paró

Especial: Diario de la pandemia / dossier / Mayo de 2020

Gabriela Alemán

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El lunes dos de marzo, cuando salí de Ecuador, había un solo caso confirmado de coronavirus en Guayaquil. En ese momento sólo había dos países con pruebas positivas en toda Sudamérica: Brasil y Ecuador. Cada uno tenía una persona enferma. En Nueva Orleans, a donde iba, no había un solo caso, aunque había varios en Nueva York y Seattle; pero Nueva York y Seattle quedaban a miles de kilómetros, a una estratósfera de distancia. Antes de salir de Ecuador había leído un largo reportaje sobre cómo se transmitía el Covid-19, no decía nada sobre su crecimiento exponencial. No se me ocurrió cancelar el viaje. En las cuatro horas de espera en Panamá me lavé las manos tres veces y, cada vez que toqué algo, me puse gel desinfectante en las manos. No había más de una docena de personas caminando con mascarillas, pero oí demasiadas toses a mi alrededor. Cuando identificaba al que tosía y veía que no se había cubierto la boca, cambiaba de asiento. Nadie tomaba temperaturas, los empleados de las aerolíneas no llevaban guantes ni se protegían, los pasajeros se amontonaban. A ese aeropuerto llegaban miles de personas de todo el mundo para hacer trasbordo de aviones. Nadie seguía un protocolo. Hasta en Ecuador comenzaban a tomar la temperatura a la gente que llegaba de vuelos provenientes de Europa. No sabía que Panamá sólo me estaba preparando. Cuando el avión aterrizó en Nueva Orleans y pasé por aduana, sola una de las personas que sellaba la entrada llevaba mascarilla. Para entrar a Estados Unidos hay que registrar la huella dactilar en el control de migración. Un procedimiento que se universalizó después del 11 de septiembre. En una caja negra, con fondo de vidrio cruzado por luz de neón verde, se colocan el índice, dedo medio y el anular y, al final, el pulgar; luego se toma una foto del rostro antes de sellar el documento. Mientras la línea para pasar el control se acortaba veía cuánta gente tosía en sus manos y luego colocaba sus dedos sobre la pequeña pantalla y luego los retiraban, sin que nadie desinfectara el cristal. Puse mis dedos, me sellaron el pasaporte y camino al taxi me embadurné las manos de gel. Tal vez el artículo me había disparado los nervios. Si en Estados Unidos no sonaban alarmas, tal vez me debía relajar. Al día siguiente fui al trabajo, saludé con beso a la gente que no había visto en tres meses y sólo una se alejó torpemente, y me hizo pensar que no debí besarlos. Pensé en las miles de personas que pasaron por el aeropuerto de Panamá, pensé en que nadie sabía con absoluta certeza por cuánto tiempo permanecía el virus en las superficies y, también pensé, que debía dejar de dar besos. Pero ese día y el siguiente y el siguiente, dentro de la universidad, en las calles de la ciudad, en los bares y restaurantes, era business as usual. Un festival de música de instrumentos de viento llenó el Louis Armstrong Park, un bar irlandés en Bourbon realizó un prequel del desfile de San Patricio —uno de los más grandes después de Mardi Gras— que atraía a miles de turistas todos los años y que se llevaría a cabo el siguiente fin de semana. También se acercaban las vacaciones de primavera de las universidades y la primera avanzada de estudiantes llegaba para mezclarse con la avalancha ya existente en los bares del French Quarter. Lo único que sonaba fuera de lo usual en la ciudad y en todo el país era la falta de papel higiénico en los supermercados.

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La gente comentaba lo del papel riéndose, pero también para preguntar si sabías dónde lo seguían vendiendo. Había dos rollos donde me quedaba, así que pensé en Freud. Recordé su recuento sobre el viciado regalo del diablo: el dinero que repartía terminaba por convertirse en excremento a su partida. Freud utilizaba el relato para ejemplificar la asociación entre la ansiedad del estado anal por las heces con la ansiedad que produce el dinero. En su lectura sicoanalítica el dinero equivalía a mierda. Visto así, Estados Unidos se preparaba para una colitis bursátil monumental a escala de la nación y por eso acaparaba el papel. En la tienda del barrio el paquete subió de $0.99 a $11.80 esa semana. El sistema seguía funcionando, sacando ventaja de la situación. Business as usual. Aunque los noticieros comenzaban a cambiar su discurso y las cifras de contagiados a nivel nacional ya tomaban los titulares de los periódicos, la fiesta en la calle no paraba. El domingo 8 de marzo desayuné con unos amigos en un restaurante, todas las mesas estaban llenas; el miércoles 11 almorcé con una amiga, hacía calor y busqué un lugar al aire libre (me convencí que lo hacía por la temperatura y no porque no quería estar en un sitio cerrado, luchaba contra la ansiedad que me producía lo que leía en los periódicos en la mañana y lo que veía en las calles por la noche. Ya había un caso en Luisiana), esa noche recibí cinco mensajes alarmados de amigos preguntándome por mi salud y la de mi familia; respondí diciéndoles que estaba bien y en Nueva Orleans; me respondieron minutos después preguntándome cuándo me iba; mi respuesta fue que me quedaba dos meses y, entonces, uno me dijo que no me quería alarmar, pero quería saber si había visto las cifras de Nueva Orleans. No le respondí porque cuando alguien dice eso, es porque te quiere alarmar. Busqué las cifras, era la ciudad con índice más alto de crecimiento de casos de Covid-19 en el mundo. Después busqué noticias del Ecuador. Llevaba un año sin Facebook y había borrado todas mis aplicaciones de prensa ecuatoriana, no quería estar pendiente de las noticias mientras estaba fuera. Había un link al video de la alcalde de Guayaquil impidiendo, con carros del municipio cruzando la pista del aeropuerto, el aterrizaje de un vuelo humanitario que venía a recoger a ciudadanos españoles varados en Ecuador. Y luego recuentos del toque de queda, aunado al cierre de funerarias por miedo al contagio, sumado a la falta de preparación del sistema de salud público, los enfermos rebosando los pasillos de hospitales, y los cadáveres en las calles. La morgue colapsada. Comencé a escribir a amigos y me llegaron videos y más videos de lo que ocurría en Guayaquil. Apenas dormí esa noche. Cuando me subí al tranvía al día siguiente fui muy consciente de lo que tocaba, el recipiente de mi gel antibacterial estaba casi vacío (imposible de reponer porque ya no se conseguía en farmacias o almacenes), y miré horrorizada cómo subían familias enteras que dejaban que los niños tocaran los asientos y los postes metálicos mientras se manoseaban la cara. Me senté cerca de una ventana y miré cómo la gente se rascaba las orejas, metía sus dedos en los ojos, se rozaba los labios, apretaba sus fosas nasales. Bajé en mi parada, otra vez a la normalidad: un grupo de gente caminaba por Audobon Park, estudiantes en bicicletas llegaban a clases, el banco estaba abierto, la cafetería llena, la temperatura era de 28 grados. Pregunté en la oficina si habían visto el índice de casos en Nueva Orleans, nadie me prestó atención. No insistí. Pensé que era una estúpida por hacer preguntas a las que nadie quería responder. Esa tarde comenzaron los rumores de que la universidad cerraría. Dos otras universidades ya habían pasado a la enseñanza en línea en los estados de la costa este. Esa noche había quedado con una amiga en un restaurante, las mesas estaban bastante separadas las unas de las otras, pero todas estaban llenas. La conversación fue buena y no rondó en torno al coronavirus y lo agradecí, cuando terminamos mi mente estaba lejos de las falanges de mis vecinos y sus rostros, de los videos de Ecuador, de las cifras de Luisiana. Me estaba quedando en el French Quarter y decidí caminar a casa. Me alejé de las calles con más negocios, repletas de juerguistas a esa hora, no por miedo a las multitudes sino por grima hacia el comportamiento de las multitudes ebrias (o eso me dije). Iba por Saint Phillip y Dauphine cuando me llegó un mensaje al celular. Una amiga me preguntó si había visto el mensaje de la NBA, que cerraban la temporada a partir de esa noche. Respondí con mayúsculas que no. Seguí caminando, me mandó un link. Cuando lo abrí, tropecé, se había acabado la vereda. Un jugador había dado positivo; el pitazo inicial del partido del Utah Jazz contra los Oklahoma Thunders se demoró y luego de unos minutos, se canceló el juego y se dio la noticia. Pitaron, esta vez a mi costado. Un carro avanzaba hacia mí; cuando alcé la vista, paró. Ni siquiera me abochorné. No guardé el teléfono, ni pedí disculpas, sólo levanté la mano y seguí leyendo. Cuando terminé el artículo supe que ya no sería más business as usual. Sentí una mezcla de ansiedad y euforia. Los frenos de la maquinaria comenzaban a chirriar.

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Las imágenes de Ecuador eran terroríficas, pero no me paralicé porque seguía trabajando, las noticias llegaban como olas y no sólo venían de Ecuador: si cerraban la universidad no sabía qué pasaría con mi visa, ya me había llegado un mensaje de Avianca diciendo que cerraban operaciones hasta mayo, ¿cómo iba a adelantar mi vuelo de regreso si no había aviones? Las proyecciones en Nueva Orleans decían que no habría suficientes camas en las salas de cuidados intensivos de los hospitales, ni respiradores. ICE seguía haciendo redadas buscando indocumentados, el presidente decía cualquier cosa, el gobernador de California había ordenado que los negocios cerraran y que la gente no saliera de su casa. No podía imaginar que eso pasara en Nueva Orleans, hasta que llegó la noticia del cierre de la NBA. El básquet esta en el ADN de mi familia. Tengo un tío que mide más de dos metros que fue una leyenda en el Quito de su juventud, mis hermanos han sido seleccionados nacionales, provinciales, campeones colegiales, estrellas de sus equipos. Yo jugué profesionalmente. Nos comunicamos a través del básquet, socializamos cuando hay partidos, nos demostramos cariño cuando lanzamos al aro. De niños vivimos en Nueva York cuando los NY Knicks eran campeones. Mis hermanos aprendieron a jugar viendo los partidos de la NBA en la televisión cuando jugaba Clyde, Dr. J, Earl the Pearl, Karim y Wilt Chamberlain. Cuando volvimos a Ecuador llevaron casetes de Betamax de algunos de esos partidos, cuando la liga profesional de Estados Unidos aún no había hecho su apuesta global y no transmitía fuera del país. Entonces todos los jugadores de la liga eran norteamericanos. La NBA de ahora no es la NBA de antes. Ya no es sólo un espectáculo deportivo que involucra a algunos de los mejores jugadores del mundo, es una máquina de hacer dinero con presencia mundial. El año pasado la organización estuvo valorada en ocho billones de dólares; mientras cada equipo costaba, en promedio, dos billones. Ahora se pueden ver los 277 partidos de la temporada regular y los más de 90 playoffs en todo el mundo a través de cuatro canales de cable y uno nacional. Y un cuarto de sus jugadores activos provienen de treinta y siete países. Sólo en China, en el 2012, la NBA ganó $150 millones de dólares. Los juegos de exhibición de pretemporada incluyen paradas allí y en Japón. El año pasado esos juegos de exhibición coincidieron con uno de los momentos más álgidos de las protestas en Hong Kong. El gerente general de los Houston Rockets twitteó a favor de los manifestantes y se desató una tormenta entre la NBA y el gobierno chino. Políticos de los dos partidos norteamericanos intervinieron, las pérdidas monetarias de la liga fueron millonarias y el modelo económico de la NBA se acercó al de un villano de historieta. El comisario de la NBA no pudo sacudir la percepción de que el básquet había cedido al dinero. Todos los que seguimos los partidos lo vimos. Por eso, que la liga de basquetbol profesional norteamericana haya sido la primera en cancelar sus partidos significaba mucho más que la temporada no seguiría y que no veríamos los playoffs. Significaba que un evento planetario de consecuencias aún inesperadas paraba la máquina de hacer dinero. La vida humana tomaba precedencia sobre el dinero. Algo tan obvio, que no era obvio hasta hace unas semanas. Después de la NBA, comenzaron a cerrar las grandes compañías a nivel mundial. El gobierno federal de Estados Unidos cambió poco a poco su discurso y comenzó a hablar de llegar a consensos con los demócratas en el congreso para ayudar a las grandes, medianas y pequeñas empresas y a las personas que habían quedado en el desempleo. El 12 de marzo había 19 casos en Luisiana, el 13 había 36, las universidades cerraron sus campus y la alcalde de la ciudad canceló los desfiles de San Patricio. El sábado 14 (77 casos, 1 muerto) y el domingo 15 (103 casos, 2 muertos) la gente no dejó de llenar los negocios. La calle Bourbon seguía repleta. El lunes 16 (136 casos, 3 muertos) el gobernador cerró los colegios y escuelas. Los bares y restaurantes sólo podrían vender comida para llevar. El lunes 23 con 1.172 casos y 34 muertos, se dio la orden de refugio domiciliario. Casi un mes después hay 24.584 casos y 1.405 muertos. Los negocios siguen cerrados, la orden de refugio domiciliario continúa.

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Lo imposible ya ocurrió. El mundo paró, la maquinaria de producción y ganancia infinita se detuvo. El coronavirus no solo lo interrumpió, sino que puso en evidencia lo conectados que estamos (sólo hay que mirar los puntos en los mapas y ver cómo crecen y se multiplican). También probó, contra cualquier duda, que el sistema está corrupto y su engranaje se alimenta con la desigualdad desde hace siglos. Mientras suenan ambulancias fuera de la puerta y los únicos animales que toman las calles abandonadas de Nueva Orleans son las ratas, mientras todos estamos infectados de espera, veo hipnotizada un video: “Debt: the First 5000 Years”. Mientras las campanas de la catedral siguen tocando los domingos y distintas personas, o quizá la misma, dejan bolsas de jabón en las gradas que bajan al río, David Graeber desmonta todas las creencias que tenemos alrededor del dinero, el crédito y las deudas. Comienza por partir el mito inscrito en todos los libros de economía, que el primer método de intercambio antes del dinero fue el trueque; no, fue el crédito. Una promesa que le hace una persona a otra, “en el futuro te devolveré lo que consideres equivalente a lo que me diste”. Con cifras, análisis histórico y aseveraciones respaldadas por hechos concretos del pasado señala cómo las deudas se volvieron el último tabú, y están inscritas dentro del campo moral y religioso. Mientras la alcalde de Nueva Orleans negocia que los sin techo de la ciudad reciban tres comidas diarias y una habitación en el Hilton mientras dura la pandemia y diferentes cocinas comunitarias preparan comida para la gente que se quedó sin trabajo, sigo escuchando a Graeber: una comunidad es un grupo de gente que le debe algo a alguien, y todos saben qué es. Es una práctica común que una vez al año se sienten, calculen cuánto se deben unos a otros, se intercambie algo, y se recomience de cero. Por lo menos eran así en el medioevo en Inglaterra. En distintos momentos de la historia, desde la antigua Mesopotamia, los gobernantes han cancelado las deudas de sus gobernados. Hay muy pocos casos –en la Historia Universal—donde las rebeliones e insurrecciones no hayan estado ligadas al perdón de ellas. Para recomenzar de cero. Mirar el video es desconcertante; luego de pasar años estudiando y escribiendo un libro de 700 páginas sobre qué son las deudas y cómo funciona el dinero, Graeber puede saltar de una explicación sobre cómo en arameo —el idioma en el que se escribió la Biblia— se utiliza la misma palabra para deuda y pecado (en la traducción al español la oración dice, “perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos…”, a principios del siglo XX en lugar de ofensas se decía deudas; la traducción más común al inglés dice “perdona nuestras deudas…”), a enmarcar cómo utilizamos el lenguaje financiero (sobre deudas) para hablar indistintamente de política o moral; o cómo desde La República de Platón el pago de deudas está embrollado con la idea de justicia (aunque Sócrates desmonte el argumento dentro del mismo libro). No voy a resumir todo lo que dice, también pueden dejarse hipnotizar por el video o descargar el PDF, traducido al español, que se encuentra en línea. Tal vez logren mezclar su ansiedad con euforia. A mí me pasó. Dejé de ver CNN y me dediqué a pensar en lo que dice cerca del final de la charla, “Si la democracia significa algo ahora, es que cualquiera puede tener injerencia sobre qué tipo de promesas se deben cubrir y, cuando las circunstancias cambien, cuáles se deben renegociar”. Lo dijo hace casi diez años; leído en enero hubiera sonado a una de esas cosas que dicen los académicos, que por más interesantes que sean, no tienen significancia práctica. Su libro termina proponiendo la cancelación de todas las deudas (lo enmarca dentro de la condonación de deudas a las grandes corporaciones en la crisis del 2008 en Estados Unidos) para recomenzar de cero. Algo que ha ocurrido a lo largo de la historia. Un nuevo comienzo para la humanidad. Sólo que escucharlo ahora y, en especial, por la palabra que utiliza, “Sería un evento cataclísmico que nos permitiría repensar qué es el dinero”, suena extrañamente posible. Como todo es extraño en estos días. Como el mundo detenido por un evento cataclísmico. Como la NBA volviendo a sonar a básquetbol y no a dinero.

21 de abril de 2020.

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Imagen de portada: Los New Orleans Hornets y los Toronto Raptors, Fotografía de Baptiste Michaud, 2008. CC