Ecosistemas de imaginación

Drogas / panóptico / Abril de 2020

José Gordon

Era el lugar del miedo. Internarse en ese parque solitario situado en Medellín, Colombia, podía tener consecuencias fatales. Situado en las orillas de la ciudad, colindaba con una zona en donde había una gran marginación y violencia. ¿Cómo transformar un lugar de desigualdad económica y social en una sociedad de imaginación y conocimiento? La ciudad de Medellín estaba identificada en el imaginario colectivo con narcotráfico, con miedo y desesperanza. Sin embargo hoy vive un proceso de transformación sorprendente: un parque abandonado a las orillas de un basurero en el barrio Moravia, en la década de los sesenta se convirtió en lo que se conoce actualmente como Parque Explora, un museo de ciencia que cambió el horizonte de un ecosistema social al pensarse a sí mismo de una manera distinta.

Parque Explora. Fotografía de Ferolofonias, 2008.

Literalmente, un cerro de basura que recibía cien toneladas de desechos al día se convirtió en un jardín; un espacio en donde predominaba la violencia se resignificó con la inserción de un hermoso museo que hace que se abran nuevas ideas en la conciencia colectiva. ¿Qué efecto pueden tener los espacios que introducen posibilidades de coherencia comunitaria en un entorno que invita a destrozar la estructura? Ésa es la gran pregunta. En primera instancia, parece que el desorden va a destruir el incipiente intento de organización. Sin embargo, me viene a la mente un ejemplo del campo de la física en donde se revierte esta noción: en los superconductores —en los materiales que al ser enfriados dejan de ofrecer resistencia al paso de la corriente eléctrica— el funcionamiento coherente de los electrones aleja espontáneamente a un campo magnético externo que es disruptivo. Ésta es la base de los trenes de levitación magnética. A esto se le conoce como el efecto Meissner. ¿Qué repercusiones puede tener el poder organizativo del conocimiento y la imaginación en una sociedad?

UN EXPLORATORIO DE CONEXIONES CREATIVAS

Hace unos meses estuve en Parque Explora, en donde su director, Andrés Roldán, me habló del proceso de transformación que han vivido. Mientras conversábamos, recorríamos un museo que tiene como objetivo detonar diálogos en torno a las posibilidades que abren la ciencia y el arte. Ahí donde las estampas del entorno eran sórdidas, se levantaron un planetario, un acuario y diversos espacios para estimular el pensamiento. Hay una sala sobre el cerebro, la mente y la percepción de la realidad; otra que invita a adentrarnos en los misterios del tiempo; en un espacio que se llama “En escena”, se investigan diferentes formas de narrar nuestros mundos, las historias que están detrás de las historias: desde contar lo que nos pasa en formato de historietas hasta narrar un gol o una experiencia política; en otra de las salas nos internamos en nuestro sentido de musicalidad. En este contexto destaca lo que denominan un exploratorio, un taller público de exploración de conexiones creativas entre distintas comunidades para sondear curiosidades, inquietudes y problemas. Además, permanentemente se abren espacios nuevos con la idea de procurar foros de discusión sobre lo relevante en la conversación pública del conocimiento: desde el feminismo y los sesgos de género en la investigación científica hasta soluciones a problemas en el desarrollo de materiales de laboratorio. Este museo, que está en funciones desde hace más de diez años, tiene hoy en día más de 600 mil visitantes anuales sin considerar las actividades desarrolladas en los barrios aledaños y que la programación de conferencias y otros encuentros que se llevan a cabo en Parque Explora convoca a 100 mil asistentes más. ¿Cómo se reimagina una sociedad que estaba viviendo una auténtica catástrofe? Andrés Roldán me cuenta que esto ha sido un proceso que comenzó con una visión de una especie de arquitectura urbana. En los últimos 25 años empezaron unas conversaciones muy interesantes de intelectuales, de pensadores, empresarios y organizaciones sobre qué clase de ciudadanos querían ser y a qué le deberían dar valor. Concluyeron que la cultura era fundamental y que tenía la capacidad de transformar no sólo territorios y lugares sino también la narrativa de una ciudad. Dice Roldán:

En el caso de Medellín se hizo un ejercicio muy hermoso: instalar a la cultura en el corazón de comunidades vulnerables, marginales, que en muchos casos eran el crisol de fenómenos de inequidad y fuente de violencias. Poner a la cultura de manera digna, de manera participativa y central en la vida cotidiana hace que la conversación cambie, que cambien las personas, que cambiemos nosotros mismos y nuestras maneras de conectarnos con el mundo. Se trata de crear espacios dignos, llenos de conocimiento, llenos de educación, pero al mismo tiempo llenos de belleza. Nos merecemos lo bello y que el nivel de conversación se pueda elevar a partir de experiencias que nos acercan.

Parque Explora. Fotografía de Ferolofonias, 2008.

DEL CAMBIO DE IMAGINARIOS: DE CIEN AÑOS DE SOLEDAD Y LA MULTIPLICACIÓN DEL ASOMBRO

Roldán plantea que los retos eran los de asumir el riesgo de adentrarse en un territorio inédito, experimentar con las propias manos algo que no se había hecho antes. En un proyecto de esta dimensión se necesita movilizar a la ciudad, a las organizaciones sociales, a las empresas y a los tomadores de decisiones políticas que hacen que esto ocurra. Se trata así de cambiar nuestros imaginarios, pasar del lugar del miedo a un espacio que representa cambio, innovación, una nueva narrativa de emprendimiento y de aprecio del conocimiento científico para transformar el mundo y resolver nuestros problemas y realidades. Cuando se abren espacios de oportunidades, el museo puede detonar proyectos de gestión social para una conversación más creativa. Así, en el barrio de Moravia, como resultado del diálogo que impulsa el museo, hay huertas de plantas exóticas y de alimentos, hay nuevas propuestas de sustentabilidad económica en procesos co-creativos y co-participativos. Lo que se busca es que la visión del museo se vincule con la democratización del conocimiento, que facilite la igualdad de oportunidades y no sea el privilegio de un núcleo o élite que está en la posición de tomar todas las decisiones. Me quedo pensando en lo que planteaba el gran pedagogo brasileño Paulo Freire: la educación puede tener una visión paternalista y vertical en donde el conocimiento es una donación de aquellos que se juzgan sabios a los que consideran ignorantes. Una noción más humilde es la de una educación en la que se genera un diálogo, un esfuerzo por construir una comunidad de conocimiento. En ese marco, me comenta Andrés Roldán, el pensamiento científico obliga a algo que es a veces difícil de asimilar:

Su naturaleza es intrínsicamente mutante porque, de acuerdo a la calidad de las preguntas y la calidad de las respuestas, nuestro modelo del mundo va también cambiando en el tiempo. Este modelo de pensamiento tiene la capacidad de cuestionar incluso las creencias o formas de conocimiento que adoptamos y que a veces preferimos no cuestionar porque han funcionado demasiado tiempo. Se requieren cambios para adaptarnos a la época y a la comunidad en la que nos encontramos.

La visión que apuntala esta transformación tiene que ver con reconectarnos con la curiosidad y la capacidad de asombro, con la capacidad de formular preguntas e internarnos en nuevas exploraciones. Andrés Roldán rememora uno de esos momentos que justamente aparece en la obra Cien años de soledad de Gabriel García Márquez. Recuenta con emoción:

Cuando los gitanos llegaron a Macondo, un gigante agrupó a una multitud a su alrededor. Tenía un gran cofre y cuando lo abrió apareció un extraño objeto transparente que expelía una especie de niebla: “Dentro sólo había un enorme bloque transparente, con infinitas agujas internas en las cuales se despedazaba en estrellas de colores la claridad del crepúsculo”. Los niños esperaban una explicación. José Arcadio Buendía se atrevió a decir: “Es el diamante más grande del mundo”. El gitano lo corrigió. Le dijo que eso era hielo. Cuando finalmente lo tocaron sentían que eso hervía. La experiencia fue tan profunda, causó tanto revuelo que se volvió una historia de la familia. “Éste es el gran invento de nuestro tiempo”, dijo emocionado José Arcadio y esa historia rodó e inspiró a una nueva generación, la de los nietos, que construyó la primera fábrica de hielo de Macondo.

La mirada de Andrés Roldán, absorta en la neblina del hielo, regresa. Eso es lo que significa experimentar, dice en voz baja, es conversar con la naturaleza, conectarse con el mundo, con vivencias que nunca olvidamos. Ellas, paso a paso, construyen las pasiones, las nuevas ideas. Un museo es una fábrica de experiencias. Roldán concluye:

Tenemos que multiplicar los diamantes de hielo, multiplicar estos espacios, aprendizajes y emociones que hagan que estemos en la mente y el corazón de muchas personas”.

Y entonces quiero imaginar que un museo puede ser como un superconductor en donde la coherencia, no de electrones sino de bloques de hielo y de asombro, sea capaz de impedir que penetre la fuerza de la violencia.

Imagen de portada: Acuario del Parque Explora. Fotografía de UN14, 2014.