Editorial

Cultura / editorial / Diciembre de 2019

Guadalupe Nettel

Para Cuauhtémoc Medina, quien sugirió este tema y cuyo espíritu planea en estas páginas



La cultura y el arte son la expresión de un pueblo, el espacio que le permite por un lado hacer catarsis y sublimar sus frustraciones, sus duelos, sus cargas cotidianas y, por otro, canalizar sus sueños y sus esperanzas. Las obras de arte que un pueblo produce no hacen sino engrandecerlo, poner en alto su imagen no sólo en el momento presente, sino a lo largo de los siglos. Los pueblos que a su paso dejan música, literatura, pintura, obras arquitectónicas son inmortales. Censurar o intentar limitar la libertad artística como hacen los regímenes totalitarios representa el más humillante avasallamiento que un gobierno puede imponerle a sus ciudadanos. En este número, la Revista de la Universidad de México ha querido abrir la discusión en torno a estos temas. Aquí, lector, encontrarás textos de escritores como Nadiezha Mandelstam o Sławomir Mrożek sobre la censura en Rusia y en Polonia, artículos sobre la situación de la cultura en México, recuentos sobre políticas culturales positivas o funestas en países como Brasil, Francia, Italia, Colombia y Venezuela. Invitamos también a la actual subsecretaria de Desarrollo Cultural, Marina Núñez Bespalova, a describir el proyecto “Cultura comunitaria”, una de las grandes apuestas del actual gobierno de México. El editor Tomás Granados Salinas establece un diagnóstico del Fondo de Cultura Económica y los principales retos que tiene por delante. Arnulfo Aquino, discípulo y amigo de Francisco Toledo, traza un perfil de este maravilloso personaje y su invaluable labor de promotor cultural en el estado de Oaxaca. En su ensayo “I3P” Abraham Cruzvillegas describe el camino que recorrió desde su infancia en la colonia Ajusco y en el seno de una familia de bajos recursos hasta convertirse en una figura destacada dentro de la escena artística internacional, gracias a los recursos que le tendió el Estado durante sus años de formación: la universidad pública y las becas del FONCA, sobre todo. Su caso encuentra eco en muchos otros artistas mexicanos de renombre y demuestra que estos estímulos no sólo benefician a las clases privilegiadas, sino a todo aquel que tenga el tesón suficiente para practicar su disciplina hasta dominarla. Si en algo estamos todos de acuerdo es en que nadie debe quedar excluido de la cultura. Por eso, como lo apunta Adriana Malvido, la UNESCO recomienda a cada país que dedique al menos uno por ciento de su PIB al desarrollo de este sector. En un país diezmado por la violencia y la pobreza, es de aplaudir el esfuerzo por fomentar las actividades artísticas en las comunidades más marginadas y vulnerables. ¿Pero eso significa que el Estado deba retirar su apoyo a los grupos en los que ya floreció el talento? De todos los países de América Latina, México ha sido históricamente el que más atención y recursos ha destinado al sector cultural. Se trata de uno de los más claros aciertos que los muy criticables regímenes del pasado lograron mantener a lo largo de las décadas. Sería una tragedia que esto dejara de ocurrir en los próximos años, que sólo por el afán de romper con lo anterior se destruyera lo que con tanto esfuerzo se había construido. El arte, todos lo saben, suele ser oneroso. La cultura subsidiada en nuestro país ha ayudado siempre a contrarrestar las enormes carencias que tenemos en materia de educación. En lugar de recortar el subsidio, los gobiernos deberían enfatizar esta función por lo menos hasta que el nivel de la educación pública y gratuita alcance los rangos de la dignidad. Para que esto ocurra, nos corresponde a todos, espectadores, lectores, creadores, productores, contribuyentes, en fin, a todos los ciudadanos, defender el derecho universal a la cultura.

Imagen de portada: Fotografía de Carolina Magis Weinberg, “Líneas de Teotitlán del Valle”, Oaxaca, 2008.