crítica Calor JUN.2026

Rafael Lemus

La crítica en tiempos de poscrítica

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Es una gastada rutina de la crítica literaria lamentar la suerte de la crítica literaria. Que ya nadie lee crítica. Que ya nadie quiere ser crítico. Que todo es prisa y barbaridad y ruinas. Uno no es de veras crítico literario si no se sabe desoído y ninguneado, y si no responde a tanto maltrato de la manera más destemplada. Ahora apaleamos aquel librito para ver si así llamamos la atención de la gente. Ahora ya proclamamos que nuestra prosa no tiene menos magia que aquel poema o aquella buena novela. Rara vez lo decimos pero vaya que lo creemos: puede que los otros publiquen libros —¡y vendan y triunfen!— pero somos nosotros, los ninguneados, los desoídos, los que atamos un libro a otro, los que armamos los archivos, los que construimos —¡está claro!— la Literatura. ​ Es otra vez mi turno: la crítica literaria está en crisis. No, no está muerta, como tantas veces se cacarea, ni va a terminar de morirse mientras siga habiendo, mal que bien, literatura. La crítica está enferma: terminalmente enferma. Esto último es lo importante: el malestar de la crítica no tiene ya remedio. Ni siquiera el más ingenuo entre nosotros puede vislumbrar un horizonte en el que las cosas, digamos, se recompongan, la atención vuelva a fijarse, la literatura recupere el centro y la crítica literaria se pasee soberbia, saludablemente por la plaza pública. Todos los críticos han vivido en tiempos difíciles; acaso nadie ha tenido menos futuro que nosotros. De esto podemos pavonearnos: no somos mejores críticos que nuestros antecesores, no, pero nuestra situación es más crítica.
Confesaba Walter Benjamin, en una carta de 1930, que por fin estaba cerca de alcanzar su cometido: “ser considerado el principal crítico de la literatura alemana”. Si la tarea le había tomado tanto tiempo, explicaba, no era tanto culpa suya como del estado de la crítica literaria: la reputación de ésta estaba demolida y él había tenido que resanarla. ​ Esa posibilidad, la de recuperar los viejos privilegios de la crítica literaria, es la que está cancelada hoy para nosotros. No importa cuánto nos esforcemos, nada más no hay forma de tejer de nuevo un entorno —como aquel de principios del siglo XX, como aquel de los siglos XVIII o XIX— en que la crítica juegue un papel decisivo. De esta certidumbre hay que partir: aquel mundo, nunca demasiado propicio, se ha marchado y en este otro la crítica literaria es extemporánea, un espectro de otra época. El contexto que hizo posible la irrupción y el ejercicio de la crítica literaria como tal —la prensa, los campos nacionales, las academias literarias, la ciudad letrada— se ha desvanecido, y con ese contexto se han borrado también las funciones que el crítico desempeñaba allí: mediar entre el público y las obras, consagrar escritores, arbitrar polémicas, custodiar el canon, fijar el gusto, sembrar el miedo. La crítica ha sobrevivido a su propio cataclismo, pero desprovista de autoridad y sitio y sentido. Cosa rara lo de hoy: una crítica en tiempos de poscrítica. ​ La crítica sobrevivió a la catástrofe, no así el crítico literario. Esa figura, tan propia de la República de las Letras, es una imposibilidad hoy en día. El crítico era el contexto: el medio, el campo, la institución. Si alguno, su poder se desprendía no tanto de su escritura como de su posición en el espacio. Los que se obstinan en practicar aún hoy el performance de críticos literarios no tienen tablado y, por carambola, no tienen, pobres, luces ni público ni aplausos. Vamos: son fantasmas pero no provocan ya espanto. Se dirá que es buena cosa la desaparición de estos figurones y que la crítica, libre de ellos, será más horizontal y más diversa. Puede que esto sea verdad y sin embargo, ahora que me despido de estos personajes, no dejo de lamentarlo. Tipógrafo: deja aquí un doble espacio, a manera de minuto de silencio.
Entonces: desprovista de una habitación propia, la crítica literaria no ocupa hoy un punto preciso en el mapa; anda suelta por distintas prosas —ensayísticas, académicas, narrativas, periodísticas— y aun a veces en los rincones que los periódicos y revistas le asignan mecánicamente. Nómada, no tiene un solo lenguaje; habla teoría y jerga y poesía y aun a veces algo de aquella arenga pontificante que acostumbraban los críticos más insufribles. Sin oficio, no desempeña una operación única; explora y amplía y desarma y archiva y parodia y recicla y aun veces tiene el mal gusto de expresar un juicio. ​ La crítica literaria, ya se ve, corre muy libre y despojada en estos días pero no todo —oh no, no todo— es crítica literaria. Tres condiciones: la crítica literaria, para de veras serlo, debe ser escritura y debe ser crítica y debe ser literaria. ​ De manera muy plana: ​ No es crítica literaria —porque no es escritura— las palabras en el aula, el desvarío en el club de lectura o tu más reciente, tu más gustada, recomendación en TikTok. ​ Tampoco lo es —porque no es crítica— la reseña que apenas glosa, el dulce texto con que saludas la novedad de tu compadre o el ensayito con que le haces la tarea publicitaria a las editoriales. ​ No lo es tampoco —porque no es literaria— la escritura crítica que se niega a practicar distinciones entre los textos, que no afirma la existencia de la literatura, que descree de sí misma.

Paul Klee, Angelus novus, 1920. Museo de Israel.


En una extraña nota sin fecha, garabateada al final de un texto sobre López Velarde, Jorge Cuesta llamaba a sus amigos a abandonar de una vez por todas la superstición de la literatura. Una a una, decía, hemos ido abandonando nuestras creencias: religión, patriotismo, orden moral, progreso. Es hora, agregaba, de abandonar el último y más absurdo de los dogmas: nuestra fe en la literatura. “Amigos, os suplico: hagamos a un lado al último y al más dulce de los embriagantes y despertemos por fin completamente sobrios.” ​ Es razonable dudar de la literatura, pero la crítica literaria nada más no puede operar sin este culto. Incluso cuando la mayoría de los editores y escritores no cree ya más que en la celebridad y el mercado, incluso cuando los académicos y activistas insisten en que todas las escrituras tienen el mismo peso, toca a la crítica literaria practicar el viejo, impopular oficio de la distinción y afirmar la existencia —la soberana existencia— de la literatura. No es que se deba negar la común barbaridad de todas las escrituras ni colocar los textos literarios por encima de los demás discursos, al margen del ruido y la política. Es que es obligación de la crítica literaria sostener que en este mundo caben varios mundos, que hay escrituras que apelan de otro modo, que hay lenguajes que enrarecen el lenguaje y que allí, entre esos archivos y escrituras, despunta de pronto un algo —un irreductible algo— que puede ser percibido pero no explicado ni mucho menos rebajado a la pura circunstancia de su enunciación. Un plus, decía la última Beatriz Sarlo. Una densidad, aseguraba, que es, debe ser, el asunto central de la crítica literaria y que ella encontraba, por ejemplo, en la prosa de Silvina Ocampo pero no, ni modo, en la de Laura Esquivel. ​ Tan obvio como esto: si no hay literatura, tampoco hay crítica literaria. O los críticos afirman la excepcionalidad de su objeto de estudio o, sencillamente, no son críticos literarios. La crítica que explora igualitariamente las producciones culturales es crítica pero no merece el adjetivo de literaria. Para decirlo en inglés: es critique pero no literary criticism. Que no se malentienda: es buena, potente cosa practicar la crítica. Es mejor todavía practicar la crítica y la crítica literaria. ​ Aquí no se le pide a nadie un acto de fe —estamos hablando de ser honestos—. No se trata de postular a priori la religiosa existencia de la literatura. Se trata de postularla a posteriori, no porque creamos ciegamente en ella sino porque una vez más, al leer o releer esta o aquella obra, nos hemos topado con aquel indecible algo. Si uno no halla ese plus en ninguna escritura o no se enciende al encontrarlo, entonces quizás uno no debería intentar la crítica literaria. Los que sí lo hallamos de vez en vez y nos prendemos momentáneamente al encontrarlo buscamos a veces ser fieles a ese hallazgo, ahora celebrando con ardor su aparición, ahora desmontando con pareja intensidad los falsos milagros. De hecho, conviene hacer como el bueno de Cuesta: abjurar de la literatura, negarla en principio, para que así nos arrebate más su manifestación.
La escritura. La escritura no es el lastre con el que el crítico debe cargar para ejercer fatigosamente su oficio. No es siquiera el medio a través del cual comunica sus exploraciones, sus comentarios, su mal humor. La escritura es el componente fundamental de la crítica literaria. La escritura es la crítica. Los lectores reescriben la obra que leen; el crítico hace eso y además escribe otra obra. La crítica literaria es, a fuerzas, un texto que viene después de otro texto, una escritura que sigue a otra escritura y que al venir después —san Juan el Evangelista dixit— viene también primero. La crítica —escribía Roland Barthes— es tocar un texto no con los ojos sino con la escritura. También anotaba: “Pasar de la lectura a la crítica es cambiar de deseo, es desear ya no la obra sino su propio lenguaje”. ​ Esto: la crítica literaria no desea cualquier lenguaje, desea el lenguaje mismo de la obra literaria. A veces este deseo deviene mera codicia y el crítico remeda los giros, los gestos del texto previo pero no su opacidad ni su potencia creativa. En los mejores casos el crítico, al tiempo que explora la obra, continúa no su estilo sino su embriaguez. Conviene ser tajantes: si la reseña que lees o escribes no está un tanto intoxicada por el lenguaje, si no se cree capaz de extender otro poco la fiesta, entonces es comentario y no crítica.
No avasallará ya la crítica literaria. No recobrará su casa ni su autoridad ni su figura. Andará errante, intempestiva, un tanto loca, desencajada del mundo, menos un oficio que un rigor o una grieta. El reto… ​ Es ya tarde y he citado ya a Benjamin y Barthes y Cuesta y Sarlo. No veo más razón para seguir con este texto.

Imagen de portada: Paul Klee, En el reino del aire, 1917. Museo de Arte de Basilea.