De la pizarra al césped

Futbol / dossier / Noviembre de 2022

Tlatoani Carrera

Hace unos meses, en uno de esos fugaces intercambios que solo pueden darse en las conferencias de prensa, un periodista inglés le preguntó con desfachatez al director técnico del Manchester City:

​ —¿Crees que sea una crítica injusta que se diga que piensas demasiado? [Acerca del juego].

​ —Siempre pienso demasiado.

​ —¿Y crees que eso es justo? [Tal vez el entrevistador quiso decir conveniente].

​ —Absolutamente. Por eso he tenido muy buenos resultados en la Champions League. Mi trabajo sería muy aburrido si jugara igual contra todos mis oponentes. Por eso me encanta pensar demasiado y crear tácticas estúpidas cada vez.

​ El sarcasmo en la parte final de la respuesta no fue solo humor inglés, sino una de las marcas de identidad de Pep Guardiola, una de las mentes más luminosas que ha tenido el futbol mundial.

​ En la actualidad suena extraño que un periodista se cuestione sobre la posibilidad de que un entrenador piense demasiado. Y más si se trata de Guardiola.

​ Hace poco más de una década, el también exjugador catalán coronó al Barcelona de títulos y ensayó con él una reinterpretación estética del futbol. Cuando se fue de España al Bayern de Múnich, Pep llegó a utilizar hasta veintitrés formaciones tácticas, esas combinaciones de secuencias numéricas que son similares a los números de placas en los automóviles (4-3-3; 4-2-3-1; 5-3-2…), pero que para los entendidos del futbol marcan el acomodo de los jugadores en el campo.

Ilustración de Maricarmen Zapatero, 2022Ilustración de Maricarmen Zapatero, 2022

​ Entonces, ¿por qué insinuar que es malo pensar demasiado, si el llamado “juego más simple” ha evolucionado hasta llegar a un alto grado de complejidad dentro y fuera de la cancha?

​ ¿Cómo evolucionó el futbol hasta la especialización que presume en la actualidad, donde se desmenuzan los planteamientos tácticos casi con el mismo rigor que las fórmulas de la energía nuclear?

​ El origen del pensamiento futbolístico puede ubicarse hace casi cien años. Fue en 1925 cuando verdaderamente surgió la figura del director técnico. Solo entonces empezó a ordenarse el caos.

​ A principios del siglo pasado los jugadores organizaban el juego. De acuerdo con David Goldblatt, el historiador más completo que ha tenido el futbol, los entrenadores eran ornamentos que se paraban a un lado del campo y daban un poco de acondicionamiento físico, servicios médicos y, en ocasiones, incluso se hacían cargo de la lavandería.

​ Hasta entonces, las formaciones en el campo se distribuían en un ofensivo y desequilibrado 2-3-5. El dibujo, visto de abajo hacia arriba, ha recibido el nombre de pirámide invertida. Estaba formado por el portero, dos defensas, tres mediocampistas y cinco delanteros.

​ Como en cualquier diseño arquitectónico, ese esquema de base tan angosta no tenía cimientos. Era un futbol con marcadores abultados y lleno de emociones para la tribuna. En 1925 la International Football Association Board cambió la regla del fuera de lugar para impedir que hubiera muchos delanteros cerca de la portería contraria. Con ese revolucionario movimiento, alguien tenía que detener el balón para pensar con más rigor el acomodo del juego.


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Herbert Chapman nació en un pueblo cercano a Sheffield y, de no ser por el futbol, muy probablemente hubiera sido minero como su padre. En su juventud pateó el balón con esmero pero, aunque anotó varios goles, la verdadera misión de su existencia no estaba destinada a usar pantalones cortos en la cancha.

​ En 1925, después de transitar como entrenador en algunos equipos de divisiones inferiores, llegó al centro de Londres para dirigir al Arsenal. Ahí, en sentido estricto, se convirtió en el primer director técnico de la historia. Por primera vez alguien tuvo control absoluto sobre las contrataciones, la selección del equipo, las especificaciones del juego y la táctica. Si alguien no hacía caso a sus directrices, quedaba fuera del equipo. Desarrolló una alta especialización en las funciones; sus entrenamientos incluían repeticiones sistemáticas de secuencias y asignaciones.

​ Y tenía muchas otras ideas. Chapman propuso poner números diferenciados en la espalda de los jugadores y empezó a usar el pizarrón, desde donde revolucionó el dibujo del juego. Su primera formación táctica fue la llamada WM, que situaba a un defensa más cerca del portero. La llamada pirámide invertida empezaba a cambiar. Así, quedaba algo parecido a un 3-2-2-3, que fue inicialmente lapidado por el público y la prensa británica porque había vuelto el juego más defensivo y “menos espectacular”. Pocos entendían entonces que la mejor palabra para definirlo era “equilibrio”, y que el verdadero secreto no estaba en el ataque, sino en el contraataque. Llegaron los títulos y, como se sabe, el éxito siempre se imita.

Estadio Shah Alam, 2020. Fotografía de Lloyd Alozie. *Unsplash* Estadio Shah Alam, 2020. Fotografía de Lloyd Alozie. Unsplash

​ Con las copas en las vitrinas del club, el Arsenal de Chapman empezó a ser calificado con adjetivos que inspiraban modernidad: “es un equipo del siglo XX, terso, emocionante, espectacular, económico y devastador”.

​ Según recupera Jonathan Wilson en su referencial libro de táctica Inverting the Pyramid, Chapman solía decir: “Hace treinta años los hombres salían con la licencia para desplegar su arte y sus habilidades. Hoy tienen que contribuir con un sistema”. El mismo Wilson asegura que con Chapman empezó el proceso para invertir el dibujo de la pirámide en los planteamientos tácticos.

​ Una neumonía fulminante impidió que Chapman dimensionara el verdadero impacto de su innovación. Poco tiempo después de su muerte, el Arsenal ganó su tercer título y el precursor de la dirección técnica ya era una referencia inevitable.

​ Así, con el esquema táctico de la WM transcurrieron las décadas de los treinta y los cuarenta. Muchas de sus primeras semillas nacieron en las cenizas del Imperio Austrohúngaro, donde el balón sonaba con el cadencioso ritmo de un buen vals. Mientras tanto, España adaptaba a los modelos el músculo y la fuerza física, por lo que el mundo empezó a conocerla como la Furia.

​ La selección más exitosa fue Italia, que, asfixiada por el fascismo, ganó las Copas del Mundo de 1934 y 1938 bajo la batuta de Vittorio Pozzo. Atleta en sus inicios deportivos, Pozzo incentivaba la corporalidad y el espíritu nacionalista, pero también era muy ordenado con lo que llamaba el sistema. Pozzo hizo sus adaptaciones a la WM. Su 2-3-2-3 quedaba dibujado en el pizarrón como una WW. Desde entonces, los italianos ya ideaban cómo destruir el juego del contrario.

​ Al mismo tiempo, Sudamérica desarrollaba un estilo de juego más vistoso, en el que la técnica individual, la gambeta y el adorno eran premiados por el público. Con malicia individual y con orden en el campo ganó Uruguay su segundo Mundial en 1950, el día en que los dioses abandonaron a Brasil en el Maracaná. Pero ese dolor es digno de otra historia.

​ La WM de Chapman se mantuvo mucho tiempo en boga y en 1954 la Alemania de Sepp Herberger venció a la poderosa Hungría en lo que se recuerda como “El milagro de Berna”. Herberger era un técnico perfeccionista, que estudiaba con detenimiento el campo de juego. Pero su frase histórica le restaba importancia a la táctica: “El balón es redondo. El juego dura 90 minutos. Eso es un hecho. Todo lo demás es teoría”.

​ Mientras el balón redondo de Herberger rodaba, las series numéricas de las alineaciones mutaban. Brasil ganó las Copas del Mundo de 1958 y 1962 con un sistema que cambió con el tiempo: del 4-2-4 al 4-3-3.

​ En 1966 Inglaterra ganó su único título con un esquema que marcaba 4-1-3-2.

​ Las piezas del tablero se movían, aunque fuera muy poco.

​ Entonces todo empezó a cambiar radicalmente, con dos sistemas que tenían fundamentos completamente diferentes para buscar el triunfo.


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A Helenio Herrera le llamaban Il Mago por su gran capacidad para ganar partidos. Fue un genio de la defensa que perfeccionó el catenaccio, un sistema inicialmente atribuido al suizo Karl Rappan. Traducido del italiano, el término significa cerrojo y consiste en que un jugador, llamado líbero, debe permanecer detrás de la línea defensiva con la misión de destruir cualquier jugada que esté cerca del portero.

​ Herrera, que manejaba el vestidor con un lema de la mafia italiana: “Un equipo, una familia”, dirigió al Barcelona, la Roma, el Sevilla y las selecciones de Italia, Francia y España, pero sus máximos éxitos se dieron cuando dirigió al Inter de Milán. Con su candado ganó dos Copas de Europa y tres campeonatos de Liga. Helenio siempre decía que “el catenaccio era muy criticado porque era mal utilizado”.

Sin título, 2015. Fotografía de Abigail Keenan. *Unsplash* Sin título, 2015. Fotografía de Abigail Keenan. Unsplash

​ ¿Quién no ha visto esos partidos en los que un equipo pragmático manda hacia atrás a gran parte de sus jugadores y no deja pasar a nadie? El sistema ha prevalecido por décadas y contempla muchos títulos en las vitrinas.

​ Mientras el mundo bostezaba con ese estilo futbolístico que ha trascendido el tiempo, Brasil le devolvía la sonrisa. En el Mundial de México 70 o Rey Pelé y los diez de su corte enamoraron con un estilo fluido y de alta estética. En la nomenclatura actual, el dibujo táctico de Mário Zagallo pudo ser descrito como un 4-2-3-1, pero entonces no significaba nada. Fue una de las últimas pinceladas del verdadero jogo bonito.

​ Cuando la verdeamarela venció a Italia en la final, el Jornal do Brasil extendió una metáfora que dejaba ver el orgullo que sentían los brasileños por esa selección: “La victoria de Brasil con la pelota se compara con la conquista estadounidense de la Luna”. La canarinha del 70 fue una de las máximas interpretaciones colectivas con el balón. Una vez más el futbol se había pintado de amarillo, pero muy pronto sería de color naranja.


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Antes de ir a tocar la puerta del Ajax de Ámsterdam con la loca idea de convertirlo en un club de nivel mundial, Rinus Michels atendía a niños sordos en las instalaciones de un gimnasio. Cuando fue nombrado director técnico, el destino lo unió con Johan Cruyff, un jugador de nariz puntiaguda y cabellera estilo beatle que tenía mucho talento para el futbol y poco respeto por las reglas establecidas.

​ Ambos congeniaron a la perfección. Michels cumplía la figura de general y Cruyff la de un coronel con amplio poder de decisión dentro del campo. Entre los dos crearon una revolución; algo que el mundo conoció como el Futbol total. Los libros fechan el nacimiento del estilo en 1966, cuando el Ajax venció 5-1 al Liverpool en una noche de Copa de Europa llena de neblina.

​ Era un reloj perfecto. Sus fundamentos dictaban un juego rápido a un solo toque y con jugadores que cambiaban de posición para buscar un espacio libre en el cual pudieran recibir el balón. Todos tenían la responsabilidad de pensar como creadores de juego, incluso el portero, que era considerado como el inicio de las jugadas. Los laterales (“wingers”) tenían la misión de mantener abierto el campo. Cruyff, por supuesto, podía moverse donde quisiera.

​ Con el Ajax, la dupla revolucionaria ganó la Copa europea tres años consecutivos, entre 1971 y 1973. Con esos éxitos en la cartera, Michels recibió el encargo de dirigir a la selección holandesa que hizo latir el corazón del mundo en Alemania 74.

​ Más allá de su desordenada y atractiva estética, los holandeses terminaron las primeras dos fases de aquel Mundial con catorce goles a favor y uno en contra. En el camino hacia la final golearon 4-0 a Argentina y ejercieron un dominio contundente contra Brasil.

​ El mundo estaba enamorado de esa Naran**ja Mecánica. El sistema estuvo muy cerca de llegar a su culminación con el trofeo sobre los hombros, pero dos días antes de la final la prensa alemana publicó en primera plana fotografías de sus archirrivales holandeses con un grupo de modelos en una fiesta de alberca. La noche previa a la final, Cruyff invirtió muchas horas en el teléfono para salvar su matrimonio y eso le generó un desgaste emocional determinante para que su equipo cayera 2-1 en el juego por el título. Al menos esa fue la razón histórica para los holandeses. Los alemanes prefieren pensar que fue un éxito más de su maquinaria, encabezada por Franz Beckenbauer.

​ La Naranja Mecánica perdió otra final cuatro años después, en Argentina 78. No llegó a lo más alto, pero quien vio la dinámica de ese equipo nunca pudo olvidarlo.

​ Cruyff no estuvo en la final de Argentina, pero tenía mucho más talento guardado para expresarlo en otras facetas del juego. Tras retirarse como jugador continuó desde el banquillo la revolución que antes comenzó en la cancha. Fue único en su tipo.

​ Como director técnico llegó a la cima cuando ganó la Copa de Europa con el Barcelona. Al ser nombrado director técnico, Cruyff diseñó un sistema para que todas las categorías se formaran con el estilo de juego de posesión y ataque que deleitaría al mundo años después. En su libro Mis jugadores y yo definió con palabras simples lo complicado de su estrategia:

Lo más difícil en el futbol es jugar al primer toque, porque en una sola acción tienes que hacer tres cosas distintas. Controlar bien, pasar mejor y saber a quién se la entregas.

​ Tal vez sea como ideólogo del juego donde se encuentra su aportación más trascendente. Como lo definió el periodista holandés Simon Kuper en su libro Soccer Men: “Es como si Cruyff fuera el foco y Edison al mismo tiempo”.

Estadio Nacional Bukit Jalil, Kuala Lumpur, 2017. Fotografía de Izuddin Helmi Adnan. *Unsplash* Estadio Nacional Bukit Jalil, Kuala Lumpur, 2017. Fotografía de Izuddin Helmi Adnan. Unsplash

​ Bajo el concepto que desplegó se formaron en La Masía (centro de desarrollo del FC Barcelona) jugadores multicampeones como Busquets, Iniesta, Xavi y Messi. También lo hizo Pep Guardiola, quien encabezó esa generación de futbolistas a las órdenes de Cruyff. Como Guardiola dijo en una ocasión: “Cruyff pintó la capilla y la tarea de los siguientes técnicos se reduce a renovarla y mejorarla”.

​ Cuando en 2008 Pep tomó el equipo muchos dudaban de él. Los desmintió pronto. Con esa idea de juego y con un talento especial para hacer los ajustes, este entrenador llevó al Barcelona a ganar catorce títulos en cuatro años y también a jugar lo que para muchos ha sido el futbol más estético del siglo.

​ Martí Perarnau analiza el estilo de juego del barcelonés en Pep Guardiola. La metamorfosis, el libro que escribió mientras el catalán estaba en Alemania:

Quiere el balón, quiere dominar los partidos, pausarlos, frenar la velocidad de los rivales, abortar sus contragolpes, imponer la presencia de su equipo sobre el césped a través del pase y el movimiento constante sin abandonar las posiciones, y atacar siempre, en cualquier escenario.

​ Si Guardiola es una rama del árbol genealógico de Cruyff, el portugués José Mourinho, el gran rival de su época, parece más una derivación directa de Helenio Herrera.

​ La historia de Mourinho es, antes que nada, un cuento de superación. En 1996 llegó al Barcelona como traductor del técnico inglés Bob­by Robson. Más allá de interpretar los mensajes que daba el entrenador a los jugadores, Mourinho empezó a hacer reportes para evaluar a los jugadores de los demás equipos.

​ En 2004 aquel traductor se había vuelto campeón de Europa y su filosofía parecía totalmente opuesta a la del Barcelona. Con el Porto, Mourinho defendía ideas para destruir el juego: “Si tú tienes un Ferrari y yo un auto compacto, para vencerte en una carrera debo ponchar la llanta o echar azúcar en tu tanque”. En palabras quizás más maquiavélicas, quiso decir que el fin justifica los medios.

​ Para muchos, Mourinho ha puesto demasiada azúcar en el tanque del futbol. Lo ha descompuesto con sus candados defensivos. Para otros, ha jugado como el villano en el gran escenario, porque la belleza del futbol sería difícil de apreciar si no existieran los opuestos, muchas veces representados por los cerrojos defensivos.

​ La evolución es interminable. Hoy se habla del Gegenpressing, que traducido del alemán significa contrapresionar. El sistema, impulsado por el técnico germano Jurgen Klopp, asfixia la salida de los equipos rivales e intenta recuperar el balón lo antes posible para hacer daño.

​ Muchos hombres que han aportado al futbol quedaron fuera de estas líneas: Jimmy Hogan, Carlos Peucelle, Arrigo Sacchi… Marcelo Bielsa.

​ Hace casi un siglo que se inventó la figura del técnico y desde entonces el pizarrón no ha dejado de moverse. Y seguramente no se detendrá. En medio de la teoría está el balón y el Mundial de Catar 2022, donde millones de cabezas se convierten en técnicos de sus equipos. Tal vez la pregunta salte una vez más. ¿Por qué pensar tanto en el futbol?

Imagen de portada: Estadio Nacional Bukit Jalil, Kuala Lumpur, 2017. Fotografía de Izuddin Helmi Adnan. Unsplash