Brujas nuestras

Magia / dossier / Marzo de 2022

Dolores Reyes

En 1976 Clarice Lispector llegó como invitada al Congreso Mundial de Brujería que se llevó a cabo en Bogotá. Cuando recibió esa invitación, habían pasado diez años desde que su cuerpo experimentó una mutación muy fuerte: Clarice se había dormido, bajo los efectos de las pastillas, fumando su último cigarro sobre la cama. Las brasas no se apagaron y ella misma iniciaba así el fuego de su pequeña hoguera personal. Llegó a despertarse a tiempo para salvar su vida, pero eso no le alcanzaba: necesitaba a toda costa salvar los manuscritos que ardían sobre su escritorio y, como resultado, sus dedos, sus tendones, sus palmas y sus muñecas sufrieron quemaduras de tercer grado. Su mano derecha, luego de pasar meses en el hospital donde sufrió operaciones e injertos, le había quedado como una garra retorcida y oscura: la mano de una bruja. Ya no servía para escribir, y Clarice, siempre subyugantemente hermosa, intentaba ocultarla de la mirada de curiosos y fotógrafos. Hubo que enseñarle a la otra mano a obedecer, y al resto del cuerpo a aceptar la mano de bruja que la acompañaría hasta un año después del Congreso de Bogotá, en 1977, la fecha de su muerte. Clarice tenía esa excusa perfecta para declinar la invitación siendo ya figura central de la literatura brasileña, pero lejos de rechazarla preparó su intervención reactualizando un cuento tan hermoso y lleno de misterios como ella misma: “El huevo y la gallina”. En aquellas jornadas, Clarice llegó a leer esa frase suya que se reinterpreta a cada momento: “Dejo registrado que, si vuelve la Edad Media, yo estoy del lado de las brujas”. Debutaba así entre chamanes y adivinos en las tierras que vieron nacer a Marvel Moreno. Un año después del aquelarre de Bogotá, Marvel escribió su maravillosa “La noche feliz de Madame Ivonne”, la historia de una prostituta francesa que abandona su tierra natal haciendo el camino inverso al de su autora: Madame Ivonne viene a América para ser adivina y confidente de la burguesía colombiana, logrando convertirse en una pitonisa barranquillera que hace alguno que otro “trabajo” para quienes acuden a su modesta casita de Siape y se descubre buena en sus artes adivinatorias. En cambio, Marvel Moreno se va a Francia para dejar de ser la reina del carnaval, la esposa y madre de clase alta, y poder ser al fin una escritora.

©María Conejo, _Un momento, un instante_, 2021. Cortesía de la artista ©María Conejo, Un momento, un instante, 2021. Cortesía de la artista

Incluido en Oriane, tía Oriane, “La noche feliz de Madame Ivonne”, es un relato de una noche de carnaval en la que la adivina es aceptada en el patio andaluz donde se reúnen los ricos y poderosos del país. Son los mismos que la visitan en su hogar para consultar la fortuna y hacerle las confidencias de sus pasiones, deseos y anhelos de venganza. Son esas confidencias, sumadas al alcohol, las que terminarán por perder a la adivina debido a su lengua desatada. Marvel describe niñas, adolescentes y adultas que entran en conflicto con las normas tradicionales y machistas de la sociedad colombiana. La autora resulta por esto tan incómoda para el sistema literario que la persigue y penaliza más allá del océano y de su vida: tuvieron que pasar años desde su muerte en 1995 para que se publicara su novela póstuma, El tiempo de las amazonas. En la Europa de los setenta no solo estaban Cortázar, García Márquez, Saer y Vargas Llosa, también estaba la enorme Marvel Moreno.

Dos brujas al sur

Algunos años antes de la participación de Clarice en Colombia, una escritora argentina viajaba a Salta y conocía a un indio de la etnia wichi con dos identidades, una cristiana, Lisandro Vega, y otra producto de su linaje y de las visiones sagradas que venía experimentando. Como resultado del encuentro con Vega, Sara Gallardo empezaría una novela cuyo trabajo con la lengua continúa siendo, a más de cincuenta años de su publicación, central para apreciar las derivas coloniales en la literatura latinoamericana: Eisejuaz, cuyo protagonista es un indio alucinado al que se le presentan los mensajeros de Dios en el rostro de los animales y en los elementos de la naturaleza, sería publicada por primera vez en 1971. La novela fue leída por un pequeño circuito selecto: escritores, críticos y allegados vieron enseguida su calidad estética y valor, pero más allá de esto la obra pasó desapercibida. La magia de lo sagrado habita el universo de Eisejuaz para encomendarle una misión muy difícil: proteger a un hombre blanco y salvarlo de su propia decadencia. Eisejuaz es religioso de una manera que pone en crisis la noción misma de religión y a sus representantes, y realiza una suerte de sincretismo entre la religión heredada y la impuesta. Desea creer en el Dios de los católicos, pero los dioses de la naturaleza siguen vivos y habitando su mundo mientras que el Dios cristiano retribuye cada gesto suyo de caridad con sufrimiento, dolor y pérdida. Eisejuaz sufre en carne propia la inclemencia de la lengua y la religión invasora. Rechaza a la curandera de su propia comunidad y se abraza a ese Dios impiadoso. La consecuencia más brutal de la colonia se hace carne en ese indio que no quiere que los mensajeros del Señor lo abandonen.

©María Conejo, _El primer contacto_, 2021. Cortesía de la artista ©María Conejo, El primer contacto, 2021. Cortesía de la artista

Diez años después, en 1981, Libertad Demitrópulos escribiría uno de los libros más atravesados por la magia que dieron estas tierras: Río de las congojas. La novela es una disputa de clase y de género por nombrar y vivir en las tierras coloniales del sur del continente, una contienda que se expresa a través de un tejido polifónico compuesto por las voces de los sometidos: el mestizo, la mujer y el negro, que habitan un territorio plagado de presencias fantasmales y mágicas. Desde el comienzo, un primer narrador mestizo, Blas de Acuña, escucha las voces de sus líderes ajusticiados en la plaza central de Cayastá, la que sus mismas manos disputaron a los indios y construyeron para los blancos como centro de la ciudad. Blas recupera en las aguas del río que se nombra como río de las congojas y de los desabrimientos, río tragahombres, enemigo del amor—pero nunca como río Paraná— su propio linaje a través de las voces, traídas por el agua, de sus tatarabuelos, bisabuelos y abuelos indios, con los pies rajados de sumergirlos buscando pescados, que terminaron siendo comidos por los yacarés, hasta la historia de la propia madre, una india alegre asesinada por el hombre blanco que la embarazó. Río de las congojas es también una historia en la que un personaje que nace mujer, María Muratore, muere con una identidad masculina, logrando dar una vuelta completa a su destino: de casi víctima de femicidio a mujer y soldado matador que se transforma, gracias al trabajo de renarración constante que hace Isabel Descalzo (otra de las narradoras), en una leyenda. En la trama hay un elemento mágico central, un anillo que se describe cuidadosamente y que va cambiando de mano durante toda la novela. Es un objeto que embruja a las mujeres y tiene varios orígenes míticos, María Muratore necesita desprenderse de él y lo vende en una casa de empeños. Sabe que la poseedora anterior ha sido su propia madre y que comparten un amante, Garay. Pero más allá de todos estos elementos mágicos, la bruja Regine merece especial atención. Al igual que Madame Ivonne, es extranjera. A su morada se dirige María Muratore luego del encuentro con Garay y es recibida por un loro que hace la función de cancerbero, pero ni bien la bruja escucha que María ha sido enviada por “El Hombre de brazo fuerte”, sale a recibirla. Regine le habla de oráculos y consultas y revela su don de encantadora de gatos y arañas. Lo que María no sabe es que Regine de Birmania es sierva de Garay, y quedará secuestrada un tiempo largo en esa casa de infinitos corredores, vencida por sus pócimas, antes de que logre escapar por pura tenacidad. En la novela se escriben viajes y mujeres que desafían al orden patriarcal y sus mecanismos de opresión y sometimiento. Fue poco difundida en su época porque cuestiona los poderes dominantes desde las voces de quienes siempre estuvieron marginados, incluyendo en su trama un desaparecido en el río, en un momento en el que miles de personas estaban siendo desaparecidas por la dictadura, y muchos de esos cuerpos arrojados a las aguas fluviales.

La mano de la Fortuna

¿Por qué las escritoras ignoradas de los años setenta y ochenta escribían una y otra vez historias de poderes que habitaban los cuerpos de sometidos y despreciados? ¿Qué historias invisibilizadas disputan esas voces? ¿Por qué nunca se las leyó, o en el mejor de los casos, por qué se las lee muchísimos años después? Hay pocas figuras tan incómodas para el poder como las adivinas, brujas, videntes, médiums y curanderas. Son intérpretes de ciertos mensajes y en esa lectura o interpretación reside un poder alternativo en contienda con el ordenamiento central que, durante décadas, ha sido muy eficiente a la hora de identificar y aniquilar las voces y los cuerpos disidentes.

©María Conejo, _Purificación (Un ramo de soles, un ramo de lunas, un portal)_, 2022. Cortesía de la artista ©María Conejo, Purificación (Un ramo de soles, un ramo de lunas, un portal), 2022. Cortesía de la artista

Así como Casandra fue una mujer vidente y maldita, bendecida por el don de la adivinación pero condenada a emitir profecías certeras sin que nadie las crea (debido al escupitajo que Apolo, despechado, lanzó a su boca), las mujeres latinoamericanas parirían novelas corajudas, de páginas vivas y poéticas nuevas, pero durante décadas nadie les prestaría atención. Todos esos cuerpos y textos componen un corpus que es nuestro legado.

Las herederas de la mántica

Hay pocas relaciones tan estrechas como la que tienen la magia y las palabras. Conjuros, hechizos, sortilegios, palabras que hacen cosas y modifican el mundo al ser lanzadas en él. “Esta escritura es un conjuro” es el inicio del último cuento de Las voladoras, de Mónica Ojeda. Dice el narrador mientras intenta resucitar a su hija:

La magia es una encarnación: un canto que une el mundo de arriba y el mundo de abajo […] Un conjuro que hace revivir a un muerto exige una escritura cardiaca: palabras que salgan del cuerpo para entrar en otro y transformarlo.

Un conjuro tiene, como un verso, una sintaxis absolutamente precisa. No da lo mismo una palabra que otra en un poema, en el comienzo de un cuento o en un mantra. Ojeda ficcionaliza en sus cuentos las relaciones entre cuerpos, poderes y violencias y da una mirada mucho más detenida e impiadosa en el caso de los cuerpos femeninos. En “Sangre coagulada” juega con los coágulos comunes a todas las mujeres: —“Brujas de mierda”, nos gritan, “Saquen la sangre coagulada de nuestras casas”. Pero las chicas nunca dejan de venir y los coágulos son de ellas— y repara en el poder que puede otorgar la sangre menstrual a una bruja muy joven, casi niña: manchar las piedras para que no se les acerquen a matar a sus animales y hostigarlas. En Restauración, de la mexicana Ave Barrera, los personajes principales pasan a ocupar una casa de una estructura fascinante, que evoca cierto imaginario de la casa embrujada con sus presencias espectrales, en la que hay una suerte de cuarto prohibido. En ese marco, Barrera presenta al personaje de Oralía como una figura femenina vinculada al servicio doméstico y a la magia. Los cuartos de esa casa a restaurar irán develando una segunda historia que desplaza la trama de inicio o al menos llega a acompañarla a un mismo nivel, en un juego de dobles que se resignifica hacia el final de la novela.

©María Conejo, _El regalo_, 2021. Cortesía de la artista ©María Conejo, El regalo, 2021. Cortesía de la artista

En Brujas, Brenda Lozano parte de un transfemicidio para ir trenzando la historia de Gaspar, curandero que sana a quienes se le acercan, hasta transicionar en Paloma y disfrutar su cuerpo y el de esos hombres amantes que terminarán por asesinarla. Feliciana, su aprendiz, herederá todos sus saberes curativos y logrará convertirse en la curandera de El Lenguaje. En Nuestra parte de noche, Mariana Enriquez presenta dos personajes que viajan desde Buenos Aires hasta una casona de Misiones. Juan y Gaspar, padre e hijo, son parte de una sociedad secreta de médiums. La novela irá revelando, como quien desteje una pieza de lana, el linaje maldito que antecede a Gaspar. Así como Mónica Ojeda es ubicada en el gótico andino, porque utiliza leyendas de las culturas andinas y las pone a funcionar en nuevas ficciones, las umas en “Las Voladoras” o las voladoras en “Cabeza voladora” o la fuerte presencia de la cosmovisión andina en “El mundo de arriba y el mundo de abajo”; Mariana Enriquez se coloca dentro del folk horror tomando personajes del culto y la mística populares, como San La Muerte, San Huesito —un santo que tiene como origen a un niño pequeño asesinado— o los brujos de Chiloé, dando como resultado una novela que problematiza los lazos sanguíneos y políticos a la vez, tan sangrientos y pavorosos los unos como los otros. Enriquez sabe que las creencias religiosas y las prácticas políticas pueden ser mucho más terroríficas si se complementan e impactan sobre los cuerpos a los que someten, y articula una novela bestial en la que va develando cómo una orden secreta logra perpetuarse mucho más allá de la temporalidad de los gobiernos, pero fagocitando, igual que ellos, cuerpos y vidas jóvenes.
Que las mujeres saben escribir y que lo hacen bien ya hace tiempo que no debiera sorprender a nadie. Y sin embargo las reacciones siguen. El afán por la pregunta del boom de escritoras latinoamericanas no aporta a pensar a las narradoras actuales como parte de un legado y recuerda bastante el señalamiento a la bruja. ¿Por qué se señala la presencia de escritoras con la misma inquietud que al aquelarre? No vinimos hasta aquí a mendigar un espacio sino a invitarlos a dejarse llevar por nuestras historias pobladas de mujeres. Esas bestias que saben meter las manos entre sus piernas abiertas para arrancarse gemidos, coágulos o hijos, pueden también pasearlas por el papel o el teclado y darnos los relatos más inquietantes.

Imagen de portada: ©Bebhinn Eilish, Witches, 2021. Cortesía de la artista