Los estratos alertas del incendio
Leer pdfEl calor es omnipresente, casi omnipotente: se te mete en los pulmones y no te deja ni un hueco. Llegué a Riverside, California, sin coche, dependiendo de autobuses poco eficientes que me dejaban siempre demasiado lejos. El problema no era el trayecto, sino las caminatas interminables bajo el sol del desierto urbano: el pavimento exhalando calor, quemando mis suelas de plástico; el aire seco y acartonado que no alcanza y marea. Me ahogo en el calor. Los vientos de Santa Ana, me dijeron, son los que te tienen así de mareada y débil. “Vientos del diablo”, así los llamaban los misioneros que se establecieron en California cuando ésta formaba parte del vasto dominio de los españoles. Nacen de la presión que se acumula entre la Sierra Nevada y las Montañas Rocallosas: el aire desciende por la Gran Cuenca, se comprime y recalienta avanzando hacia el sur de California. Llegan secos, calientes, elevan la temperatura. El aire no basta. Antonio López de Santa Anna, Alteza Serenísima, once veces presidente, firmó el Tratado de Guadalupe Hidalgo. Según la historia que nos enseñaron en la primaria, “vendió” el país, pero la ecuación era mucho más complicada, más inevitable y menos imputable a las acciones de un solo líder oportunista. La consecuencia, sin embargo, persiste: si no fuera por ese tratado, estaría en mi país, no necesitaría una tarjeta de residencia, no sería alienígena ni me hubieran masticado las muelas de hielo del agente de migración. El dictador, el todopoderoso,/ el que construye los desiertos mira/ cómo nacen del cuerpo los bestiales/ ácidos de la muerte1
Vivo en el Inland Empire, junto a un río siempre seco: territorio poroso (como todo imperio), cúmulo impreciso de ciudades arrastradas por la expansión de Los Ángeles, donde la metrópoli empuja a las comunidades y la pobreza hacia la periferia. Desierto tecnicolor, tierra de naranjas y dátiles. A mi celular me llegan alertas: “high wind advisory”. El aire puede derribar árboles, por lo que no debes manejar a alta velocidad. Repta el viento y horada los caminos, como si algo subterráneo, una asfixia antigua, siguiera excavando la tierra. Los reptantes vientos de Santa Anna alcanzan la fuerza de los huracanes. La explosiva combinación de viento y calor horada los caminos y les presta su aliento a los incendios, tan frecuentes en la región. Basta una chispa.
Fuego es el mundo que se extingue y cambia para durar (fue siempre) eternamente. Calor desierto de pavimento y carreteras, los mapas dibujan lo que el fuego deja y el viento borra: cenizas y gis, memoria y territorio, estratos alertas del incendio.
Desde la carretera, el paisaje es uniforme. Siempre quise manejar en grandes autopistas, dejar que el volante se deslizara bajo mis manos, acelerar impunemente. Pero aquí el monótono calor de la conducción se encumbra. Carreteras de seis o siete carriles, gigantescos puentes sobrevolados. Curvas hechas para no frenar. Salidas numeradas en letreros verdes que brillan por la noche. Gasolineras. Infinitos restaurantes de comida rápida con autoservicio. Cada cierto número de kilómetros, las mismas tiendas una y otra vez. El paisaje carretero: bloques de concreto que se repiten hasta borrarse, sin importar la ciudad ni el suburbio. Rocas y bravas peñas de centros comerciales. La isla Calafia es repetición antes que diferencia. Desde la carretera, el paso del tiempo es una repetición incesante de luces. Mi coche de segunda mano se bambolea con los vientos de Santa Anna. Es tan ligero que se lo lleva el aire. Aerodinámico, dicen, pero a mí sólo me parece pobremente construido. Toda la noche vi crecer el fuego.
Incendio en Tijuana-junio 2020, 2024.
Hay un mapa de la costa oeste del país. Está lleno de símbolos en rojo, pequeñas llamas que marcan los lugares donde arden los “incendios activos”. Estas flamas se vuelven de color gris cuando el fuego ha sido contenido, peligro domesticado sin color. En las imágenes de alerta se exalta el heroísmo del Departamento Forestal y de Protección contra Incendios de California. Pero detrás de esa épica también están los trabajadores presos: casi el 30 % de la fuerza de trabajo son bomberos sin título que cumplen sentencias penitenciarias por crímenes no violentos, prestan el servicio para reducir su tiempo en prisión y cobran apenas unos dólares por hora.2 Todo se hace, dicen, por tu protección, para mantenerte a salvo, para darte el mejor servicio, para que no pierdas tu casa ni tus bienes.
Otra vez la tierra calcinada: acorralados por las llamas entre los cañones, animales, gente, todo lo que respira busca un refugio imposible. En las imágenes de las noticias, fuego y lava se confunden. Uno trepa sobre la tierra, el otro intenta alcanzar el cielo. Lo que queda, siempre, son las cenizas. Suelo negro, inhóspito, inhabitable. A veces, la pradera se incendia. Una línea de llamas rotas, irregulares, avanza como una frontera y divide la tierra en dos: de un lado, verde y café, del otro, negro. Los halcones sobrevuelan el humo blanco: esperan sorprender a las serpientes y otras criaturas que huyen a lo largo de la línea de fuego. Muchos incendios son provocados por agricultores que queman la maleza para que el pasto renazca. Otros arden por desafío, indiscriminadamente, simplemente por el placer de consumir la pradera. El cobre asfixia y deja marcas en árboles que después parecen artificiales, clavados en un suelo completamente negro. Ciudades lunares. Árboles suspendidos sobre cráteres de ceniza. La serpiente encuentra su hueco en la tierra calcinada.
La casa donde crecí, en las afueras de la ciudad, está en la parte alta de una montaña desde la que se puede ver el Valle de México. Lo que era pradera, hoy está abarrotado de casas y negocios: ya no queda casi nada del verde que nos rodeaba, casi nunca se distinguen el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl. La ciudad en estos años cambió tanto/ que ya no es mi ciudad. Cuando era niña, los terrenos de alrededor se incendiaban cada año. Teníamos que avisarles rápidamente a mis papás o a los bomberos en cuanto veíamos fuego o humo en los terrenos “de abajo”. De pronto, olía a quemado. Interrumpíamos cualquier juego y nos asomábamos por la ventana del cuarto de mis papás, aunque apenas alcanzábamos a ver el origen de la humareda. Los bomberos, sabíamos, tardarían horas en llegar. Si el incendio estaba lejos, no había problema. Pero si se extendía, era motivo de alarma. Había que tener un plan alternativo: mi mamá sacaba una larga manguera verde oscuro para combatir el fuego inminente. A veces no bastaba y las llamas alcanzaban las plantas del jardín, encaramadas en la reja de metal. Era especialmente trágico cuando llegaban a las buganvilias. Adiós a su púrpura. Adiós a las pequeñísimas flores blancas que anidaban en sus pétalos. Mi mamá, con el teléfono en mano, seguía insistiendo a los trabajadores del municipio para que mandaran a los bomberos; con la otra mano, sostenía la manguera mientras el líquido iba perdiendo presión. Ya no había agua en el tinaco. Si el incendio se prolongaba, llegaban los bomberos y lo apagaban, casi sin equipo, a fuerza de golpear el suelo y el pasto con sus chamarras, una y otra vez, hasta acallar y contener esa furia de la tierra. Allí, como recuerdo, sobre la montaña, quedaba la pintura negra que no se deslavaría sino hasta años después. Ecos pasos recuerdos destrucciones. Dejé la pintura negra deslavada de mi tierra; dejé la marca en la montaña que ya sabía leer, encontrándome cómodamente incómoda en la imperfección de mi país: sabía que los bomberos llegarían tarde, la manguera perdería presión, las buganvilias despedirían ese olor a flor calcinada. Era mi forma de orientarme en el paisaje templado de la infancia, todavía por descubrir. Ese negro del rescoldo me rodea, me repite, me redefine. ¿Es posible cartografiar lo que el fuego deja?
Vuelven mundos a hendirse. Hace unos días, muy cerca de Riverside, un incendio se salió de la contención del heroico Departamento. Como los huracanes, los incendios también tienen nombre. Pero no es el mismo gesto: los huracanes se nombran con años de anticipación, en orden alfabético, metódicamente. Los incendios se bautizan en segundos, con premura, con la primera marca referencial que identifican los servicios de emergencia y los bomberos: una calle, un cerro, un camino, un basurero. A éste le llamaron “de corte azul” porque empezó cerca de un sendero llamado Blue Cut, que a su vez tomó prestado su nombre de una formación de roca azulgris que domina el paisaje del Cajon Pass. Una roca antigua, quieta, cargando el nombre de un incendio devastador. Van cien mil evacuados. Dicen que está contenido un 82 %. Como si el fuego se pudiera contener a porcentajes. Como si se pudiera abarcar el infierno en un libro con nueve bien medidos círculos. Nombrar también es una forma de contener: darle un sendero, una cifra, un círculo. Otros incendios llevan nombres que parecen conjuros: Witch Fire, Nuns Fire. Pero son apenas referencias geográficas: uno comenzó en Witch Creek; el otro, en Nuns Canyon Road. Brujas y monjas ardiendo en el mismo territorio donde los misioneros bautizaron los vientos como demonios. El paisaje cifra su propia toponimia religiosa.
Días de calor: tu piel se incendia apenas cruzas la puerta. Te refugias porque tu piel corre el riesgo de encenderse de pronto, como una brasa. El mapa aún muestra incendios. La temporada de sequía debió terminar; el invierno ha aplacado el calor del desierto. Y el fuego se niega a adquirir forma: se reinventa en cada mirada, adquiere contornos nuevos, se esculpe en cada desastre consumiendo la materia. Me imagino como un bombero heroico: traje, manguera, sirenas, extintores, guantes, equipo de oxígeno para no sofocarme. En medio de las brasas, la única capaz de calmar esas llamas, atrapada en el círculo. Los otros se fueron. O yo me fui de mi mapa, de mi país. Luego del incendio, también soy cenizas. Un territorio sin mapa. Perdí mis landmarks. Perdí mis marcas en la tierra.
Incendio en el desierto de Mojave, CA-julio 2023, 2024.
El fuego no reposa. Reposa el fuego.
Esa mañana en la primaria nos dibujaron un mapa. Un mapa trazado a nuestros pies, delineado con gis blanco sobre el asfalto, con detalles minuciosos. ¿Quién puede dibujar el contorno de la tierra? Dibujé mi país con forma de caballito de mar. Todo mapa es una representación a escala de la realidad y, por lo tanto, es imperfecto: no corresponde al tamaño de tu experiencia, por no decir esperanza. Borges cuenta la historia de un imperio donde el arte de la cartografía había alcanzado tal perfección que el mapa abarcaba una ciudad entera. No contentos con eso, los geógrafos emprendieron un proyecto mayor: trazar un mapa a escala 1:1, un mapa que coincidiera por completo con el territorio del imperio. El mapa era el imperio. Ya no representaba nada, no servía para orientarse ni para moverse. Era un proyecto inútil. En el desierto del oeste, escribe Borges, aún quedan las ruinas del mapa del imperio. Añado: que desapareció antes que su mapa. La palabra mapa viene del latín y, en su origen, significaba servilleta o pañuelo. Como dicen: el mundo es un pañuelo. Un mapamundi.
El gis se deslava. Desde las cenizas, a veces, algo empuja. No el mapa del imperio, no la servilleta del mundo. Algo ínfimo, más poroso. Las marcas del rescoldo tienen su propia geografía. Aprendo, todos los días, a leer sus trazos. Pero la piel guarda sus propias cicatrices: busco el calor templado de la montaña en este desierto y sus vendavales; los volcanes que no asoman; el lago bajo el pavimento; el periférico norte, quinto círculo del infierno, en cada autopista de seis carriles; las buganvilias donde sólo hay palmeras trasplantadas; los pirules que no están, no aquí. Lo que el tiempo y el fuego borra, lo que el tratado renombró. Un país encima del otro, ninguno del todo. Me obsesiona cartografiarlo. Eso también es volver.
Imagen de portada: Enrique Minjares Padilla, Incendio en Oroville, CA-septiembre 2020, 2024. Todas las imágenes son cortesía del artista.
Todas las secciones en cursivas son fragmentos de El reposo del fuego (1966) de José Emilio Pacheco. ↩
Según datos de Los Angeles Times, históricamente, el 30 % de los bomberos han sido reclusos del estado de California y ganan entre 5.80 y 10.24 dólares por hora. (El salario mínimo en California en 2026 es de 16.90 dólares.) Disponible en: https://acortar.link/QlWuTd. ↩