Salir en la ciudad
Leer pdfLas primeras fiestas que hice tenían castillos inflables en el jardín de mi casa. Pasteles y piñatas de dálmatas; pizza hawaiana y fogatas para asar malvaviscos. Las pijamadas reemplazaron las fiestas infantiles y jugar verdad o reto era un mágico ritual secreto. Cuando cumplí ocho años me puse mi nuevo top azul con brillantina, una diadema con un moño y unos jeans. Me sentía grande: madura, incluso. Usaba maquillaje de colores pastel, que venían en cajitas en forma de gatito, mariposa, corazón. Coleccionaba accesorios y usaba mil collares y pulseras a la vez… Preparaba pastel de chocolate con mi mamá y lo cubríamos de m&m’s lanzándolos como confeti para que se pegaran en el betún.
Tenía trece años cuando salir de fiesta cobró un nuevo significado. Hasta entonces mataba tiempo en centros comerciales, yendo al cine con amigas. Las reuniones con compañeros de la clase comenzaban a aburrirme y el refresco que tomábamos escuchando Los 40 Principales era poco interesante.
Estudié desde preescolar en una escuela francesa donde el español era reservado para los recreos. Maestros y maestras nacidos y socializados en Francia impartían todas las materias de una manera tradicional: con gritos y castigos. Salía de clase a las cinco de la tarde y en casa escribía historias hasta que se hacía de noche. Crecí junto a los mismos cuarenta niños de la generación, como si fueran familiares cada día más altos. Pasaba mis días viendo por la ventana de los salones y las peceras del laboratorio de ciencias. Árboles y peces llenaban mi mente, incapaz de concentrarse en las enseñanzas de mis profesores.
Mi infancia fue arrancada rápidamente, como una curita. No hubo una transición progresiva. Mi primera fiesta con alcohol fue en Halloween. Una fiesta de alguna otra escuela privada a la que, no recuerdo por qué, estábamos invitadas mi mejor amiga, Lina, y yo. Me puse el uniforme escolar de Vampire Knight y simulé sangre en las comisuras de la boca para finalizar mi conjunto. Me delinée los ojos de negro sin saber que se convertiría en un ritual y salí de casa diciéndole a mi mamá que iría a una fiesta de cumpleaños. Era en un terreno baldío hacia el sur de la ciudad. Una fiesta dolorosamente aburrida. Lina la pasaba increíble alcoholizada con un par de tragos. Encontró a un chico al que besar en una esquina mientras yo la admiraba de lejos con fascinación. Era difícil no ver a Lina, como a veces es difícil no ver un accidente automovilístico. Sus padres eran estrictos, los míos ausentes. Juntas nos rebelábamos en la oscuridad de las fiestas y hacíamos lo que queríamos sin que nadie nos regañara. Para mí todo era nuevo.
Amparo, 2025.
Fue cuando conocí a Chloé que empecé a ir de fiesta de manera regular. Chloé iba un grado arriba de nosotras en la escuela, tenía el cabello largo y rubio. Era una de las chicas de la escuela francesa y nos adoptó a Lina y a mí rápidamente; nos volvimos sus acompañantes de las fiestas a las que iba con su hermano mayor. De un año para otro me perforé la nariz, dejé de usar frenos y perdí una considerable cantidad de peso. Como consecuencia, en la escuela dejé de ser víctima de burlas e insultos constantes. La aversión de mis compañeros se había transformado en curiosidad. Para cuando la gente de mi escuela se interesó por mí, mi cabeza estaba en otra parte. En fiestas de otras escuelas y estudiantes a los que quería conocer. Gente que no conocía mi antigua forma, que sólo veía la nueva y brillante versión. Ser yo cobró un nuevo significado. Cada fin de semana me perdía en alcohol barato con Lina y Chloé, bailando con los ojos cerrados. Nuestras tardes incluían perforarnos en el centro de Coyoacán y fumar cigarros sabor vainilla. Usábamos faldas cortas, medias negras, franelas, y merch de Hot Topic, Brandy Melville, American Apparel. Cada viernes buscábamos fiestas en las que aparecer como estrellas fugaces en el cielo. Decíamos en casa que era el cumpleaños de alguien cercano, pero casi siempre eran casas desconocidas llenas de gente que empezábamos a reconocer poco a poco.
Cada una tenía sus problemas. Y juntas teníamos una cantidad de angustia que sólo el alcohol, la música y las casas abarrotadas de estudiantes mayores nos podía aliviar. Lina me había contado que se pasaba las tardes contemplando la ventana de su cuarto pensando en si saltar o no desde ese cuarto piso. Chloé lloraba con frecuencia, recordando los tormentos de su infancia. Yo tenía cero supervisión adulta y una soledad profunda como una cortada hecha con papel. En la escuela me costaba hablar con la gente. Nunca sentí que perteneciera a nada hasta que Lina y Chloé me mostraron lo divertido que es no tomarse todo tan en serio. Después de clases, nos juntábamos en los juegos de la privada donde vivía Chloé, al lado de la escuela. Le decíamos “El Club de las Galletas” porque llevábamos todo tipo de galletas para compartir mientras platicábamos de temas adultos. Pasábamos las horas en los columpios o en la casita del tobogán hablando sobre nuestra vida ideal, una vida perfecta diseñada por las tres. Cuando iba a casa de Lina, después de una fiesta, me gustaba abrazarla en vez de dormir en la litera de arriba. Un instinto protector me hacía cuidarla como me hubiera gustado que me protegieran a mí. Me preguntaba si estaba enamorada de ella o si existía una amistad que afectara el corazón de aquella manera.
A los quince años decidí que necesitaba un cambio de escena. Me fui a otra escuela mientras todas mis amigas permanecían en la misma. En la nueva escuela no podía hablar. La ansiedad me había arrebatado las palabras… y la depresión, las ganas de esforzarme por convivir. De nuevo era la rara. Sentada hasta atrás del salón, dormía durante las clases y en el receso escuchaba música. Falté tanto que reprobé cada materia del primer año. Dejé de salir por un rato y me encerré en mí misma por completo. Me tomó un tiempo hacer amigos. Una vez que me recetaron mi primer antidepresivo, pude salir de nuevo. Sin embargo, el doctor no me advirtió del coctel mortal que se produce al combinar alcohol y pastillas recetadas. Ese fin de semana desperté en el hospital. Pero eso no hizo que dejara de salir. Pronto estaba yendo a más eventos con música en vivo que cumpleaños o fiestas organizadas por preparatorias vecinas. Quería ver a gente mezclando música. Estaba cansada de que hubiera un solo auxiliar en cada fiesta, siempre dominado por algún fascista musical. En clases, hacía de todo menos poner atención, pasé mucho tiempo escribiendo versos que aún conservo en unas hojas de cuaderno arrancadas. La mayor parte de ellos está tachada, los que no lo están se leen con claridad:
Inconsistencias
Si dices que me veo adorable Que me veo tan tranquila Y mi mente compuesta de aire Es la fuente de tu alegría
Ni los poemas son tan abstractos Ni tengo sueño tan seguido Cuando me preguntas por mis desequilibrios Se me bloquea el tracto digestivo
Dicen que soy mi único problema Mezclo pastillas con alcohol Seduzco a quien me quiera Y veo directamente al sol
La mitad de lo que hago no cuenta Se me olvida pensar con claridad Me gusta que me veas a tu manera Disfrutemos lo bueno en acto de solidaridad
Mu, 2022.
Siempre sentí pasión por la música, que me llevó a producir mezclas inaudibles en GarageBand y tomar clases de guitarra y canto. Pero nunca había aterrizado un proyecto entero hasta que encontré un grupo de gente que tocaba la música que me gustaba y sabía crear canciones desde cero. A los dieciséis conocí a Isabel. Ya había escuchado su música cuando la vi por primera vez en una fiesta. Hablamos brevemente y fumamos un rato. Solía estar nerviosa en su presencia, como frente a una alquimista de sonidos, capaz de hacer real lo que yo sólo imaginaba. La primera vez que visité su casa fue con mi novio de entonces. Se había obsesionado con la idea de que ella le produjera una canción. Así que, con calma, Isabel nos mostró algunos de sus beats terminados. Mi acompañante comenzaba a frustrarse al no encontrar las palabras ni la melodía indicada. Escribí un par de versos que Isabel me pidió que grabara, nuestra primera canción juntas, nunca terminada. Salí al aire nocturno sintiéndome inspirada. Mi novio me reclamaba “haberle robado” su sesión de grabación. Hasta entonces era tímida con mis intentos musicales, incluso borraba canciones después de acabarlas. Pero ese día me sentí vista.
Salía cuando Isabel iba a mezclar. Había encontrado a la gente que producía los sonidos que me fascinaban. De pronto mi vida social resucitaba y mi reputación como “chica de fiesta” se cimentaba. Me desinhibí con terapia, iba de nuevo a eventos sociales los fines de semana en vez de quedarme en casa viendo la tele. Mi novio odiaba que saliera y terminamos pronto porque yo no quería renunciar a mi estilo de vida. No le gustaba cuando tomaba ni cuando fumaba así que lo empecé a hacer aún más. Sentía que todos sabían mi nombre pero nadie sabía de mí. Cada persona que intentaba conocerme más era empujada a la periferia.
El inicio de la pandemia estuvo lleno de intentos de autooptimización. Ponerme cremas en la cara, hacer ejercicio y estar al día con mis tareas. La rutina me resultó insoportable y eventualmente salir volvió a formar parte de mis planes los fines de semana y, más tarde, entre semana también. Conocí a la mayor parte de la gente que conozco hoy saliendo en plena cuarentena, cuando todavía se usaba cubrebocas en lo oscuro de la noche. Compartíamos vasos y cigarros irresponsablemente.
Fue un periodo en el que todo parecía opresivo. La escuela, la familia, la casa… Me paseaba por la ciudad entera pintándola con nuevos amigos. Alumbrada por un cielo que nunca acaba de oscurecer, huía de la policía cada cierto tiempo. O encontraba maneras de negociar con los oficiales. La ciudad era mía. Enfermarme de covid fue mi retribución kármica.
Las clases volvieron poco a poco, pero las fiestas a las que iba eran cada vez más. Salía hasta ver el sol en lo alto e iba directo a clases mareada por el humo y las bebidas. Odiaba la predictibilidad del día a día y quería que cada uno destacara como diferente. Teñí mi pelo de rojo. Los periodos sin novio incrementaban las salidas. Mi cerebro se sentía a salvo de su desbalance químico en un edificio abarrotado de gente con máquinas de humo. Por unas horas no me sentía sola en un mundo que se desmoronaba ante mis ojos. Intenté mantener mi vida diurna y la nocturna, sintiendo cómo mi cuerpo se quebraba y ardía por dentro. Algunas mezclas me ayudaban a estar despierta haciendo tarea la noche entera, luego tomaba un par de pastillas para ir a la escuela sin ansiedad y dormir en la tarde. Ponía la alarma a las 10 p.m. para maquillarme y salir de nuevo. Taxis a las 7 a.m., maquillaje y accesorios en la mochila de la escuela que llevaba conmigo a las fiestas. Rara vez tocaba base en casa… Vivía para existir de noche. No me daban miedo las oscuras calles alumbradas por semáforos y escaparates de tiendas.
Ventana 02, 2022.
Colecciono recuerdos nocturnos como porcelana fina detrás de una vitrina. Algunos desafortunados, violentos incluso… noches en las que vi pistolas y noches en las que vi lunas llenas. A veces me gusta salir sola, como para probarme a mí misma que siempre seré sólo yo, el cielo y todo lo que yace en medio. Siempre soy la última persona en un DJ set que ya terminó, en una casa que ya está vacía. Nada vence la anticipación de lo que otra fiesta promete. Un nuevo amigo, una nueva sensación, un nuevo recuerdo no mediado por pantallas. La acera y los baños están sucios y el piso pegajoso. Me rodean personajes del pasado que no me quieren en su presente. Pero no preferiría estar en casa. Creo que ese pensamiento nunca se ha cruzado por mi mente. ¿Es mi soledad tan aburrida que necesito a la ciudad entera como mejor amiga? ¿O será que la ciudad es mi mejor amiga porque también es puro caos, sueños y melancolía?
Imagino un futuro en el que se preserva el entusiasmo por socializar y reunirse a compartir el presente. Ahora es de noche y tengo esperanza. Espero sentir esa embriagadora magia por siempre. Al menos por el momento, sé que hoy la pasaré bien.
Imagen de portada: Cantina La Rosa, 2024. Todas las fotografías son de Víctor Serralde S. © Del autor.