El piberío Z y el scrolleo eterno
Leer pdfLa esquina vidriada de la juguetería de mi barrio solía ser un lugar mágico. Estanterías llenas de muñecas, pelotas, juegos de mesa, soldados, pequeños laboratorios, telescopios, juegos de madera, puzzles y sets de magia componían un universo irresistible para todo el piberío barrial. Muchos de esos juguetes permanecerían siempre inalcanzables para mí, pero de todas formas me resultaba imposible sustraerme de su aura de colores y de la promesa de diversión intensa que nos llegaba a través del vidrio de ese local, que era cada vez más grande gracias a las ventas enormes de esa galaxia de juegos. Durante navidad o las semanas previas al día de Reyes el hechizo se multiplicaba, la tienda se llenaba de padres, madres, abuelos y tías ávidos de regalos que poblarían el árbol navideño o los zapatos que les pondríamos a los reyes al lado del pasto y el agua para sus camellos. Las veredas de la juguetería se volvían intransitables por las mesas instaladas para envolver gratis las compras en el local, con vistosos papeles festivos y moños gigantescos. Los juguetes que recibíamos mis hermanos y yo siempre implicaban a otros: pelotas, sogas de saltar, juegos de mesa y cartas que no sólo disfrutábamos entre nosotros o con amigos, sino que se derramaban mucho más allá de las fronteras de la casa. Las calles del barrio eran el territorio privilegiado para el juego, que además solía volverse absolutamente creativo cuando atravesaba la boca para dejarla tan en movimiento como en cualquier encuentro lúdico o deportivo: trabalenguas, adivinanzas, juegos de palabras con varios sentidos, chistes y canciones de cancha que también afilaban nuestras lenguas en el patio de la escuela. Fue en ese marco en el que alguien sacó un libro y me contó un cuento por primera vez. Todavía lo recuerdo casi como un acto de magia, sacar un libro, un dispositivo que me resultaba pequeño para contener tanta aventura. Esa maestra de jardín de infantes que tanto se preocupaba por traer y compartir libros de calidad con nosotros, nunca repetía historias. Sólo una vez lo hizo, volver a leernos el mismo cuento, no recuerdo el por qué, y ahí entendí que el mismo libro contenía la misma historia, un relato fijado a cada libro, y que esa acción de leer era algo que me interesaba un montón para poder acceder todas las veces que quisiera a una historia. Hoy en día todo ese enorme universo de la lengua en movimiento parece haber sido reemplazado por los reels, así como las bromas, los chistes y los juegos de palabras han sido desplazados por el meme; o la madre, el padre o el abuelo que leía el diario, por el posteo en redes que rara vez sobrevive a la lectura de un título y un primer párrafo y que nos lleva al borde del abismo del scrolleo eterno. Los estantes de la juguetería de mi barrio juntan polvo. Ya no hay acumulación de familiares en la esquina y los pibes sólo se amontonan en los locales de celulares, aburridos rápidamente de todo y, a la vez, con una suerte de prohibición absoluta de aburrirse, otro fuerte mandato de la época. Mucho antes que sobre los libros o las formas de leer, las pantallas impactan sobre el universo del juego y el disfrute, que siempre incluyó la lengua.
San Gregorio, 2022. Fotografía de Alondra Hernández. © De la autora.
Mis amigas docentes de primaria me cuentan que, desde hace algunos años, les cuesta hacer jugar a sus alumnos, que permanecen apáticos a muchas de sus propuestas, a veces con miedo a que si se caen se les ensucie la ropa o se golpeen y encima los reten en sus casas. En un conocido portal docente de Argentina, maestras se quejan de que las alumnas de entre cinco y ocho años no quieren jugar porque tienen hechas las uñas y si se les rompen, también llega el reto familiar. Muchas niñas de apenas diez u once años en adelante bostezan y se ven cansadas y cuentan que sus madres las levantan más temprano que a sus hermanos varones para lavarse y plancharse el pelo, hacerse el skincare y otros rituales de belleza que a veces implican varias horas menos de sueño o de juego. Los profes de gimnasia se quejan de que usan jeans o zapatillas inapropiadas que no pueden ensuciarse en la clase, su máxima preocupación. Pocas juegan en el recreo. Las suelo ver andar en bandada, igual que las pibas de secundario, tomadas unas del brazo de las otras por el patio de la escuela, exhibiendo esos hitos de belleza que incluyen pestañas hechas, plataformas que les dificultan andar y un tortuoso e igualmente obsesivo culto a la delgadez. También mis amigas y amigos profes de secundaria me cuentan lo difícil que es encontrar estrategias para que sus alumnos no recurran al celular y a la IA prácticamente para todo. Los varones tienen sus propios trayectos frente al dios de las pantallas, en donde desfilan influencers, ídolos deportivos millonarios, variados músicos de moda e igualmente millonarios, asesores financieros que les prometen hacerse millonarios ellos también sólo si siguen sus consejos de emprendedurismo e inversión —asegurándoles que tendrán acceso a una riqueza obscena conseguida sin esfuerzo y lo lúdico, propio de su edad, o el empeño del trabajo quedan absolutamente desterrados—, sumados a una variada gama de cultores del machismo extremo que se presentan como educadores de hombres más jóvenes en nombre de salvar la virilidad amenazada por los movimientos de mujeres. Estoy segura de que la mayoría de los adolescentes y jóvenes hechizados por estos gurúes digitales han sido expuestos antes a una pantalla que a un juguete, quizás incluso a un celular antes que a su madre cantándoles una canción de cuna. Y si pensamos en los bebés que nacen hoy… ¿cuál es su primer contacto social?, ¿abuelos o celular?, ¿redes sociales o tíos y primos con quienes crecer y jugar? Más allá de los videojuegos, aplicaciones, programas de computación e inteligencias artificiales, ahora ya casi nadie juega. ¿Cómo serán en la adolescencia estos niños que hoy no juegan? ¿Cómo serán de jóvenes adultos los que jamás disfrutaron de un trabalenguas, una adivinanza, una canción de cuna? ¿Qué lugar tienen la lectura o el objeto libro en esta nueva configuración?
La motricidad fina también se ve impactada porque el monótono movimiento de deslizar el dedo sobre la pantalla es lo único que nuestros pibes terminan ejercitando a diario, lo que hace que muchos de ellos lleguen a la edad de escolarización sin saber sostener un lápiz. No tengo que hacer ningún esfuerzo para encontrar las ventajas que las herramientas digitales le aportan al mundo, pero veo y leo a diario cómo la experiencia se hace cada vez más individual y cómo el cuerpo se atrofia al aislarse frente a ese único otro posible que es la pantalla. Mis amigas que reciben a niños en edad de alfabetización escrita en la escuela mencionan con desesperación que nunca han visto tantos alumnos con problemas de adquisición del lenguaje como ahora. El lenguaje es social, el bebé y el niño pequeño no desarrollan las mismas respuestas frente a un rostro humano que los mira o les sonríe que frente a una pantalla. La soledad de nuestros pibes viene acompañada de la sobreexposición a celulares con estímulos abrumadores y fugaces. Todo es distracción y volatilidad, nada involucra concentración, experimentación ni esfuerzo, los combustibles de cualquier proceso de aprendizaje significativo. Las pantallas no suplantan a la lengua, pero, como todo dispositivo, modifican las condiciones en las que se lee. La lectura precedió al libro y seguramente lo sobreviva, pero quizás a mí, que no soy nativa digital, me cueste imaginar un futuro en donde el libro no sea el rey indiscutible de la lectura, mientras que a un muchachito de la Gen Z la lectura más allá de los libros le resulte una opción más atractiva. Pero mientras nos preocupamos por la supervivencia o no de los libros, la construcción y el disfrute de una oralidad que enriquezca la experiencia se nos pasa de lado y el pibe con algún trastorno de adquisición de la lengua salta a la computadora sin siquiera adquirir con destreza su propia habla. Siento que es casi como si le diéramos un automóvil de última gama para manejar sin que sepa al menos ubicarse en la calle como ciclista o peatón. No es en las pantallas donde adquirimos la lengua y desarrollamos la conversación, el pensamiento, la inteligencia emocional, la capacidad de argumentar, sino con los otros, los familiares, los amigos, los vecinos, los compañeros de escuela o del club. También mis amigos que reciben a los alumnos que ingresan a la universidad se desesperan porque casi absolutamente todos los textos que les presentan no sólo están notoriamente hechos con IA, sino que ni siquiera parece que esos mismos alumnos los hayan leído para corregirlos y lograr una versión al menos aceptable.
Nadie sabe dónde y cómo nace un lector. Todavía menos cómo se inicia alguien en la escritura, pero sí que esa persona debe ser una gran observadora del mundo que la rodea, una gran escucha de sus pares, de las generaciones siguientes, de la ínfima porción del tiempo que le toca atravesar. A veces me pregunto quién va a escribirnos dentro de un puñado de años. Cómo serán los testigos de nuestras experiencias sociales si la vida sin mediación tecnológica ya casi no existe. ¿Quién va a contar nuestra humanidad frágil? ¿Las máquinas? Trato de imaginar un juego que todavía pueda compartir con mis hijos, adultos jóvenes y adolescentes, y para eso pongo las fichas sobre los juegos de mesa, donde podamos compartir todavía tiempo, diversión y amor. Quizás vuelva a la juguetería del barrio por alguno de ellos y luego desconecte por un rato el módem de la casa.
Si hay un diálogo privilegiado capaz de atravesar generaciones y seguir generando encuentros, debates y lectura, ése es la literatura. Un buen libro nos sigue interpelando porque construye significado y trabaja deliberadamente contra lo efímero del mercado y lo siempre aparentemente nuevo de las mercancías. Utilizando los mismos métodos de información que cualquier miembro de la Gen Z, los rastreo en internet. Escribo “Gen Z” en el buscador de mi compu y le doy enter. Durante más de una semana busco, leo y analizo artículos digitales que abordan a los nacidos entre los años 1997 y 2012. Todos coinciden en algo: es una generación que prioriza la valoración de las libertades personales sobre los intereses comunitarios. Otro punto en común es la omnipresencia tecnológica y su uso en la vida cotidiana y laboral, así como el abordaje de un mundo hiperconectado y con fuentes de información poco confiables o incluso contradictorias. ¿Leen, no leen? ¿Son o no son empáticos y solidarios o, en todo caso, por qué deberían serlo? Intento profundizar en estos puntos pero todo se vuelve difuso. Más allá de la enorme variedad de herramientas tecnológicas, la lengua continuará siendo su herramienta ancestral y quizás la mejor y más efectiva manera de conectarse con los otros, los que estuvieron pero ya no están, los que conviven en la actualidad con ellos, los de generaciones futuras. De la lengua para pensarse e ir hacia el otro también dependerá la calidad y la potencia de nuestras instituciones y lazos sociales. Hay algo muy material en hablar o en ponerse a escribir, algo del sonido de las palabras, del peso, de la extensión de sus rasgos de significación, de las tonalidades, de la combinación o preeminencia de los rasgos semánticos, ese componente que hace que la lengua materna sea una suerte de herencia que nos conecta no sólo con nuestros progenitores directos, sino con la ancestralidad propia de la comunidad de hablantes de ese idioma. Con pantallas o sin ellas, la indiferencia o el compromiso frente a lo que les pasa a los demás tendrá que ver directamente con la calidad de la vida comunitaria y las democracias que vayamos a construir.
Alhambra I, 2024. Fotografía de Alondra Hernández. © De la autora.
Imagen de portada: Muriel, 2022. Fotografía son de Víctor Serralde S. © Del autor.