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Esa extraña “gran revolución cultural proletaria”

Revoluciones / dossier / Octubre de 2017

Eugenio Anguiano Roch

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El 26 de diciembre de 1966 Mao Zedong cumplió setenta y tres años de edad. Para celebrarlo se reunió en su casa con un pequeñísimo grupo de sus más leales seguidores, entre ellos su esposa, la señora Jiang Qing. Mao, que para entonces ya era objeto de un desmedido culto a la personalidad, hizo en esa ocasión un increíble brindis “por el desvelamiento de la guerra civil a lo largo y ancho de China”. Mao y los camaradas con los que emprendió “la larga marcha” por la conquista del poder habían establecido la República Popular diecisiete años y tres meses antes de aquella reunión. En todo ese tiempo, la nueva China había superado obstáculos enormes, como el enfrentamiento con Estados Unidos en la Guerra de Corea (1950-1953) y la construcción de un sistema socialista que se enfilaba hacia un futuro promisorio. Pero Mao estaba impaciente con el avance logrado. Se había enfrascado en una disputa con Moscú sobre quién representaba el verdadero marxismo-leninismo. Antes había lanzado la campaña del “gran salto adelante” de manera simultánea con la colectivización súbita del agro chino. El resultado fue una pavorosa hambruna que provocó la muerte de más de 13 millones de personas entre 1959 y 1961. Ante este fracaso, Mao hizo apenas una leve autocrítica de su fatídico experimento y se apartó de la administración y del manejo de los asuntos del Estado, que encabezaba, y sigue encabezando, el Partido Comunista de China (PCCh). Los colegas más cercanos a Mao asumieron la dirección, le pusieron un alto a la “línea de masas” y restauraron los estímulos materiales al trabajo. Mao dejó así que sus segundos corrigieran los errores económicos, pero nunca perdonó a su partido que hubiera abandonado su proyecto de llevar a China, por la vía rápida, del socialismo a la quimera del comunismo, pues concluyó que las personas con poder dentro del PCCh estaban tomando el mismo camino revisionista que los dirigentes de la Unión Soviética, por lo que había que lanzar una “revolución dentro del Partido Comunista de China”, para purificarlo ideológicamente. Desde 1959 Mao fue acomodando elementos para sacudir radicalmente la estructura de poder del régimen que él mismo había contribuido a crear; un verdadero “asalto al cielo” para quitarle el poder a los dirigentes que habían hecho la revolución socialista junto con él. Los arreglos clave de la estrategia maoísta consistieron en adoctrinar al Ejército Popular de Liberación, a fin de neutralizar su papel de garante de la seguridad cuando llegase el momento de propiciar el desorden interno, y formar un grupo de militantes que pusieran la lealtad a Mao por encima de las órdenes del PCCh. Con esos dos ingredientes, Mao inició la Gran Revolución Cultural Proletaria, usando como detonador a un periodista de Shang­hái que colaboraba con la señora Jiang Qing para que, en noviembre de 1965, publicara una virulenta crítica a una obra de teatro de Wu Han —dramaturgo e historiador que era además uno de los varios vicealcaldes de Beijing—, la cual versaba sobre una historia real de la dinastía Ming del siglo XIV. Han, también secretario del partido, hizo hasta lo imposible para mantener el debate sobre su obra en el campo estrictamente literario, pero Mao había decidido llevar el asunto al ámbito ideológico y político. Para mediados de 1966, las autoridades de Beijing ya habían sido purgadas y la lucha de los estudiantes había pasado del ataque a profesores y directivos de las escuelas y universidades de casi todo el país, a una lucha a muerte contra el gobierno, las instituciones públicas y el PCCh.

Mao Zedong Mao Zedong y Jiang Qing, fotografía anónima, ca. 1945

Ante la pasividad de las fuerzas del orden, millones de jóvenes se apoderaron de los transportes públicos y se movilizaron hacia la capital. Apoyados en el lema escrito por Mao en agosto de ese año, de “bombardear los cuarteles generales de la reacción”, sembraron el terror no sólo en el ámbito educativo y cultural sino también en el político y social. La revolución cultural puso a China al borde de la guerra civil, por lo que a principios de 1969 Mao ordenó al ejército, al que había mantenido obedientemente neutral, que apoyara la desmovilización de los “guardias rojos” y otros grupos de rebeldes, a fin de restaurar el orden. Con el lema de “subir a las montañas y bajar a los valles”, unos 12 millones de jóvenes, hombres y mujeres, fueron obligados a irse al campo (China era entonces abrumadoramente rural) para aprender el socialismo de las “masas campesinas” y no de la “cultura libresca”. Finalmente logró la caída del presidente de la República, Liu Shaoqi, y del secretario general del partido, Deng Xiaoping, junto con cientos de miles de dirigentes y funcionarios del partido y del gobierno. La revolución cultural colocó a China en el primer plano mundial de los movimientos populares rectificadores de las burocracias, por lo menos entre 1966 y 1968. Por ejemplo, el movimiento estudiantil de Francia retomó de aquélla lemas como “prohibido prohibir” y “rebelarse está justificado”, pero muy pronto se hicieron evidentes ante la opinión pública las manipulaciones del movimiento popular chino para los fines personales de Mao y lo absurdo de su evolución. Durante más de 10 años, de 1966 a 1980, fue vigente la interpretación de que la revolución cultural había sido necesaria para corregir las desviaciones revisionistas de muchos dirigentes del partido, aunque también se fue rehabilitando post mortem, entre 1977 y 1980, a las víctimas más relevantes del movimiento, como Liu Shaoqi, que había muerto en el abandono total, entre otros personajes que junto con Mao habían hecho la “larga marcha” hacia la toma del poder. Finalmente en junio de 1981, el PCCh aprobó una resolución en la que rectificó la historia oficial: la revolución cultural pasó a ser considerada un desastre en lugar de un avance, y fue repudiada como un experimento retrógrada y un error de Mao, aunque de todas maneras el comité central le salvó la imagen al mantenerlo como el arquitecto del triunfo comunista y de la creación de la República Popular, al grado de que Deng Xiaoping llegó a afirmar que, a lo largo de su liderazgo, “Mao estuvo 30 por ciento mal y 70 por ciento bien”. Lo cierto es que en la actualidad la revolución cultural china permanece en el imaginario colectivo como algo muy nocivo. Esta rectificación ha sido fundamental para consolidar el liderazgo comunista chino después de la muerte de Mao y del encarcelamiento de su viuda y otros dirigentes del maoísmo extremo. Sin ese paso político hubiera sido muy difícil justificar las reformas y la apertura económica que los comunistas veteranos sobrevivientes del vendaval rebelde lanzaron a fines de los años setenta. De ese desastre resurgió el liderazgo comunista con la determinación de reformar la economía, la ciencia, la tecnología y la defensa nacional, así como de abrir China al mercado mundial. Esto último los ha convertido en una potencia regional, en camino de ser potencia global.