Cultura UNAM

Memorias de un heterosexual

Género / dossier / Marzo de 2019

Santiago Roncagliolo

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Infancia

México me convirtió en un niño raro. Pasé mi infancia ahí, en la colonia Florida de la capital, asistiendo a un pequeño colegio mixto y laico. Todo funcionaba a escala humana. Los niños podíamos ver a las niñas. Incluso podíamos hablarles. Como a los diez años, volví al Perú. A un colegio religioso. De varones. Y enorme. Más de dos mil cachorros se amontonaban ahí, gruñéndose y lamiéndose las partes. Una olla a presión de testosterona, siempre a punto de explotar. En mi nuevo hábitat, el nivel de diálogo no era muy avanzado. La mayoría de nuestra comunicación cotidiana consistía en bufidos, resoplidos y carcajadas. Y, sin embargo, existía una palabra clave, un poderoso conjuro que articulaba a su alrededor la vida social: cachar. Para un chilango converso como yo, ese vocablo carecía de malicia. No tenía más significado que agarrar algo, pillarlo al vuelo. Y, sin embargo, ante esas únicas dos sílabas, mi nueva jauría escolar bullía, se agitaba, aullaba de placer, de dolor y de asombro. —Tenemos examen de matemática. —Me cacho al profe de matemática. —¡Oohhh! ¡Aaaaah! Ahora debo admitir que México no tuvo toda la culpa de mis problemas. Mi familia también contribuyó. Como todo el mundo sabe, ser hijo de intelectuales es una peste. Los intelectuales son esas personas que siempre piensan exactamente lo contrario que la gente normal, y, por lo tanto, crecer rodeado de ellos es el mejor modo de no entender nada de lo que ocurre a tu alrededor. Así que, cuando yo había preguntado de dónde venían los bebés, mis padres no habían tenido mejor idea que darme un libro. Con De dónde venimos y sus didácticas ilustraciones aprendí el procedimiento fisiológico de la concepción y las etapas de la gestación humana. Pero me perdí toda la parte del morbo, el escándalo y la degeneración, que en mi colegio era la única que importaba. Al fin y al cabo, nadie hace chistes sobre la fertilidad o el funcionamiento del útero. Conclusión: durante mi primer año en el colegio de Lima no entendí absolutamente nada de lo que decía nadie. Bueno, entendí una cosa: no debía tratar de averiguar. Preguntar a mis compañeros de qué estábamos hablando exactamente habría sido suicidarme, entregarme en sacrificio a la multitud furiosa. Así que, durante todo ese tiempo, actué como si lo tuviese todo controlado. Comprendí que cachar no era un término aislado. Formaba parte de un extenso campo semántico sembrado de sinónimos, metonimias y piezas de lenguaje corporal. Me reí ante chistes que no sabía descifrar, y luego los repetí eficientemente ante nuevos públicos. Me enfadé cuando era necesario e insulté a mis compañeros con las palabras y gestos correspondientes. No dejaba de hacerme preguntas (¿Por qué el dedo medio alzado? ¿Qué significa el movimiento de cadera?) pero conseguí interactuar socialmente de modo funcional. Cuando al fin tuve confianza con un compañero, le pregunté a solas: Oye, ¿qué significa cachar? Él miró a un lado y a otro, como si fuera a venderme cocaína, y me dijo al oído, para asegurarse de que nadie lo oyese: —Violar… Yo tampoco sabía que significaba eso. Y lamentablemente, mi turno de preguntas estaba agotado. Pero con el tiempo, al pensar en esa anécdota, he llegado a la conclusión de que, en realidad, ninguno de nosotros sabía de qué cuernos estábamos hablando. Me mantuve perdido en la tiniebla hasta que Pochito Estévez se cachó a la profesora de lenguaje. Lo hizo en sentido figurado, claro. La pobre maestra estaba repartiendo exámenes corregidos, y los cachorros se amontonaron a su alrededor. Aprovechando la confusión, algunos comenzaron a hacer bromas, las bromas de siempre, sin mucha sofisticación. Si se encontraba una mujer presente, cualquier mujer, aunque pudiese ser tu abuela, era necesario escenificar ante los demás tu voluntad de acostarte con ella. Y a Pochito se le fue la mano… en sentido literal. Al sentir esos pequeños dedos correteándole el cuerpo, la profesora abandonó el aula llorando, presa del terror y el estupor. Pochito había cruzado todos los límites. Cinco minutos después, el psicólogo del colegio se presentaba ante nosotros, se plantaba en la tarima, y con una mirada de desprecio, nos increpaba: —Así que son muy machitos ustedes, ¿no? Así que les gusta cachar. A ver, inconscientes, que alguien me responda: ¿qué es cachar? Un silencio sepulcral cayó sobre nosotros como un espeso manto. Mis compañeros miraron hacia el suelo. Parecían querer esconderse en los cajones de sus carpetas, bajo las suelas de sus propios zapatos. —A ver, Pochito —retó el psicólogo—, ilústranos tú, que pareces un experto ¿Qué es cachar? Pochito enmudeció. Se puso rojo, luego verde, luego violeta. Respondió con un murmullo inaudible, pero a instancias del psicólogo, terminó por decir en voz alta: —Hacer el amor… El aula se sumió en el bochorno. Mis compañeros se hundieron en la vergüenza. Pero yo, sentado en mi rinconcito, de repente entendí qué significaba la palabra misteriosa. Y decenas de supuestos sinónimos. Y los gestos del dedo y la cadera. Y miles de chistes, comentarios, insultos. Y de repente, en una epifanía colosal, una anagnórisis existencial irrepetible, todo mi mundo cobró sentido.

Janet Mendelsohn, sin título, 1968

Adolescencia

En mi colegio nunca eras lo suficientemente heterosexual. Nadie lo era. La homosexualidad acechaba al menor descuido. La sola mención de cualquier objeto largo o puntiagudo —un lapicero, un tenedor, un gusano— desataba en mis compañeros un frenesí de grititos y silbidos, como si te hubiesen descubierto en la cama con otro hombre ahí mismo. Y si algún chico resultaba levemente afeminado, su vida se convertía en un infierno. Maricón. Cabro. Rosquete. Cacanero. Mos­tacero. Chivo. Loca. Sin duda, nuestro vocabulario se había ampliado desde el básico cachar de los viejos tiempos. Habíamos descubierto que había hombres que hacían eso con otros hombres. Y no pensábamos en otra cosa. En la medida en que yo leía mucho y era malo para los deportes, viví mi adolescencia bajo sospecha. Como para confirmar los rumores, pasaba muchos recreos en la biblioteca, refugio por excelencia de todos los amanerados del colegio, ya que ningún matón sabía dónde estaba ese lugar exactamente. Mis compañías de biblioteca no sirvieron para mejorar mi reputación. Para colmo, como buenos intelectuales, mis padres se divorciaron al inicio de mi pubertad, y yo me mudé a vivir con mi madre y mi hermana. El universo femenino me parecía —con razón— más civilizado y sensible que la brigada de mandriles de la secundaria. Me gustaba usar palabras de mujeres. Repetir razonamientos de mujeres. Hablar con mujeres. Eso no hizo más que agravar las sospechas sobre mi condición, sospechas que de vez en cuando derivaban en agresiones. El problema es que soy un demócrata: si un 80% de la población cree que soy gay, estoy dispuesto a considerarlo. Hice algunos esfuerzos por ser homosexual. A los diecisiete años, coqueteé descaradamente con un chico hasta que intentó besarme, una idea que, recién en ese momento, me pareció asquerosa. Pasé las siguientes tres horas explicándole al chico que no podía corresponder a su interés, pero me sentía muy halagado. Le repetí una y otra vez que lo respetaba profundamente y no tenía nada contra él. Supongo que le quedó claro que yo no era gay. Sólo era imbécil. En otra ocasión, muy borracho y muy tarde en la noche, encontré por la calle una prostituta con mucha pinta de prostituto. Le pedí un rápido trabajo manual ahí mismo, medio escondidos en un portal. Y me la quedé mirando mientras se afanaba, aunque seguí sin tener claro de qué sexo era esa persona. Como a la mitad de su ejecución, le rogué: —Perdona, ¿te importaría bajarte el pantalón? —Eso cuesta más. —No tienes que hacer nada. Sólo bajártelo. —¿Por qué? —Estoy tratando de saber si soy gay. No se bajó el pantalón. Ni terminó el trabajo. Le dio tanta risa que no pudo seguir. Al llegar a mi casa, descubrí que me había robado la billetera. Tras varias aventuras así de ridículas, me resigné a ser heterosexual. A pesar de lo vulgar y bárbara que me parecía la etiqueta, me había tocado la desgracia de funcionar así. El Perú de los noventa no era muy diferente de mi colegio en los ochenta. Se trataba de una sociedad reprimida, machista y mojigata. Así que mi condición sexual tenía una desventaja extra: las mujeres eran más difíciles que los hombres. Se hallaban obligadas a cuidarse de embarazos no deseados, y casi más aún, de la reputación de “fáciles” que las volvía despreciables a ojos de los chicos. Pasé meses tratando de convencer a mis amigos de que fuésemos respetuosos con las chicas. Mi argumento era puramente práctico: —Chicos, si llamamos zorras a las chicas que se acuestan con nosotros… ninguna querrá acostarse con nosotros ¿Comprenden? Fue inútil. Para mis amigos, los hombres activos sexualmente siguieron siendo héroes. Y las mujeres sexualmente activas, putas. Ya lo he dicho: unos mandriles todos. Unos insensatos que se condenaban a sí mismos a pasarse meses persiguiendo a chicas para hacer lo que los hombres hacían en veinte minutos. A los 25 años me mudé a España, y fue todo un cambio. En el viejo continente, el sexo no estaba reprimido. Más bien, era obligatorio. Para el año 2000, Madrid era territorio liberado. La gente dormía de día y salía de noche. El barrio de Malasaña hervía de lugares divertidos. Y los bares pegaban carteles con la leyenda: —Lo sentimos, no es cosa nuestra, pero por disposición municipal está prohibido usar drogas en este local. Lamentablemente, para entonces, yo ya estaba muy mal acostumbrado. Varias veces fui a una discoteca, bailé un par de canciones con una chica, bebimos un trago y ella me preguntó: —¿Vamos a tu casa o a la mía? Yo me vi obligado a responder: —Verás, mi cultura no va así. Necesito que te niegues durante al menos seis horas —de ser posible, seis meses—, porque de lo contrario esto no va a funcionar. Solía salir con una prima madrileña, que ante mi actitud, me clasificó como gay. Una vez más, me movía en la zona de sombras. Sin preguntar, mi prima comenzó a llevarme a discotecas de ambiente. Estaba convencida de que yo me negaba a salir del armario debido a mi educación católica latinoamericana, así que también me daba pastillas para… bueno, para animarme. En ese entonces, mi país era tan pobre que no tenía drogas químicas. Ésa también fue una novedad española. La última vez que salí con ella, mi prima me entregó una ración doble y me abandonó en medio de un grupo de caballeros. Repentinamente, sentí las caras de esos señores muy cerca de la mía. Y otros órganos también muy cerca de otros órganos míos. Conseguí huir de esos depredadores. Pero por mucho que deambulé por la discoteca, no encontré a mi prima. Mientras tanto, el efecto de las pastillas no se detuvo: mi cuerpo me arrastraba a la pista. El ritmo se apoderaba de mí. Me moría de ganas de bailar. La cuestión era que tenía que bailar en plan católico: con mujeres y eso. Y en ese lugar, todas las chicas eran lesbianas. Mi último recuerdo de esa noche es meterme entre dos de ellas, una de pelo corto y otra con tatuajes de Metallica. Las chicas se besaban en un rincón, y sin duda querían estar solas. Pero no pude evitar interponerme en su idilio suplicando: —Por favor, por favor, no quiero nada, ni siquiera las tocaré pero ¿podrían bailar conmigo? Háganlo por caridad… Sólo un ratito, ¿sí?

Robert Simoni, Discoteca, s.f.

Adultez

Dados mis antecedentes, casarme fue un alivio. Me permitió liberarme de un enorme abanico de decisiones agotadoras. Pero el ajuste no dejó de ser complicado. Si en el imperio del macho yo nunca había sido suficientemente hombre, en el siglo de la revolución femenina me cuesta ser suficientemente mujer. Una noruega me contó que en su país las madres ya eran mujeres liberadas e igualitarias en los años setenta. Como resultado, según ella, los varones noruegos de mi edad desean formar familias y dedicarse al hogar. Pero se frustran porque las mujeres sólo quieren sexo sin compromiso. Para que las noruegas acepten tener hijos, el Estado les ofrece jugosas subvenciones, jornadas reducidas y permisos compartidos con los padres. A pesar de esos encomiables intentos de soborno, la tasa de natalidad de ese país figura entre las más bajas del mundo. No es ciencia ficción. Es nuestro futuro inmediato. Mi padre fue un militante de izquierda comprometido con la igualdad de género. Defendió los derechos de las mujeres y se rebeló contra la familia tradicional. Pero no sabía qué hacer con un bebé. Aún no lo sabe. Si lo dejo solo con su nieta de siete años, es capaz de hablarle del conflicto palestino. Hoy, ser padre significa ocuparte del hogar de verdad. Pero sin referentes para hacerlo. En nuestra infancia, los hombres —incluso los progresistas— veían fútbol mientras sus esposas les llevaban cervezas a la mesa, hablaban de política mientras ellas comentaban las recetas, salían a la montaña mientras ellas los esperaban con los niños. Hoy, todo eso se ha acabado. Creerse el jefe está tan mal visto como fumar en un restaurante. Y es igual de arcaico. Sin embargo, nadie nos enseñó cómo hacerlo de otro modo. A nuestra generación le corresponde descubrirlo día a día, por ensayo/error y pasar el testigo… Si lo logramos. El orden tradicional se rompe a ritmos dispares. Las mujeres han mostrado una habilidad ante el mundo laboral mucho mayor que los hombres ante las realidades domésticas. Por ejemplo, me ocurre constantemente —y noto que es tendencia masculina—, descuidar detalles sobre las rutinas cotidianas: —¿Cuánto apiretal había que poner en la dosis del niño? —¿Ésta no era la talla de la niña? —¿De verdad hace falta tender toooodas las camas? Quizás esa carencia se deba a nuestra educación machista y desaparezca en la próxima generación. Pero hay una diferencia entre géneros que sospecho más profunda, acaso biológica: la capacidad de lidiar con emociones. Cesc Gay —ese cirujano de la sensibilidad contemporánea— lo ha contado en películas como Truman o Una pistola en cada mano: los hombres no hablamos de nuestra intimidad. Durante siglos creímos que se debía al orgullo del machote. Hoy está demostrado que simplemente nos falta vocabulario. Lo he visto miles de veces, cuando las parejas se divorcian. Tras la ruptura, mis amigas vienen a mi casa y me cuentan cada segundo de su matrimonio con pelos y señales: lo que salió bien, lo que salió mal, lo que él dijo el 3/2/03 y cómo el 8/10/05 quedó claro que mentía… Los varones, en cambio, vienen a mi casa y ponen un partido. El fútbol es crucial en el mundo masculino porque llena las horas que pasamos sin hablar. Quizá, después de todo, a eso se debiese la incapacidad de mis compañeros de colegio para dominar más de un campo semántico. Mi hijo varón ya considera natural que haya gente con opciones sexuales diferentes. Y habla de sexo sin tabús. Supongo que su generación dará el paso siguiente, el de los noruegos. Los chicos buscarán amor mientras las mujeres los tratan como a pedazos de carne. Pero dudo seriamente que, incluso entonces, sean capaces de contárselo entre ellos.

Imagen de portada: Edgar Degas, Jóvenes espartanos ejercitándose, ca. 1860