Catálogo de juguetes

Fragmentos

Infancia / dossier / Octubre de 2019

Sandra Petrignani

PLASTILINA

Antes de la plastilina viene la tierra ablandada con agua. Se mezcla, se amasa con la palma, se corta y divide, se hacen albóndigas. Las manos se ensucian, las uñas se ensucian, incluso los brazos. La plastilina es la versión limpia de esta manipulación. El juego preliminar consiste en pasar de la dureza del bloque apenas liberado del celofán a la blandura obtenida después de mucho apretar y estrujar. Llegado a este punto, cuando la materia es dócil entre los dedos, nace la criatura. Se dice que el Ser, solo en su esencia, se aburría. Comenzó entonces, con la materia informe, a construir juguetes: la pelota del sol, de la tierra, de la luna; las pequeñas alhajas de las estrellas y todas las cosas terrestres. La forma redonda es la primera que se obtiene con el Pongo, después, de la pelota se pasa al cuadrado y al cilindro. Oprimiendo la mano abierta sobre un bloquecito se obtiene una milanesa en la que quedan inscriptas las líneas de la mano, las líneas de la vida, del destino, del corazón, el intrincado entrecruzamiento de líneas que detentan el secreto de futuros encuentros, pasiones, enfermedades, el centro engañoso de la existencia. La plastilina tiene un olor que le gusta a los niños y que pone por encima de otros materiales inventados sucesivamente con el fin de darle forma a lo informe. Son materiales naturales que, ingeridos, no hacen mal; pero quedan reducidos a harina, se vuelven fácilmente rígidos, sobre todo no oponen esa resistencia inicial que poco a poco es vencida por el trabajo tenaz de los dedos. La plastilina amasada responde con elasticidad y calor especial. Por eso tantos niños llevan pelotitas de plastilina en los bolsillos, y meten las manos y las manipulan para distraerse, concentrarse, calmarse.

BARBIE

Cayó en las vidas de las niñas nacidas a comienzos de los años cincuenta sorprendiéndolas en el inicio de la adolescencia. Niñas que habían visto Lo que el viento se llevó o las películas de Marlene Dietrich y se debatían entre dos alternativas: seguir el modelo materno o convertirse en aventureras seductoras. Barbie era bella, rica, independiente. Poseía objetos, vestidos y al menos un hombre, Ken, su novio. Y una serie de amigos. Seguramente tenía una profesión moderna. modelo publicitaria, periodista o actriz de cine. Su guardarropa revelaba viajes, responsabilidades, veladas elegantes. Comprarle un nuevo vestido a la Barbie con la cuota semanal era ganarse un adelanto de futura autonomía, una especie de ensayo general, una idea de futuro. Barbie no era una muñeca, era una aspiración.

BICICLETA

Primero viene el triciclo, rojo, cómodo, seguro. La sensación de crecer sobre él, la satisfacción de volverse grande, mientras el juguete se vuelve pequeño y las rodillas sobresalen a los costados para no golpear contra el manubrio. Se empujan los pedales con alegría loca. El paso siguiente es la bicicleta con las rueditas a los costados. Una prueba de inestabilidad, que se agrava cuando una de las rueditas es quitada. Entonces pedalear es temblar El esfuerzo de las primeras tentativas de mover la bicicleta de tres ruedas. Con ese vehículo inicial de grandes, un niño siente toda la responsabilidad de ser una criatura, un habitante del mundo. Hay un pasaje de la infancia a la adolescencia, un paso peligroso, una prueba que debe ser superada para merecer el reino. Este punto es el día en que se consigue no caer del asiento cuando la segunda ruedita también es quitada. Un joven padre tiene la mano sobre el asiento mientras sigue a pie la bicicleta. Dice palabras de aliento a su hija que, cauta, pedalea. Ella no lo advierte, pero de tanto en tanto él verifica el equilibrio de la niña soltando por unos instantes la presa. Cuando está seguro de que podrá, advierte: “Ahora te suelto… sigue sola” Ella grita de excitación: “¡No, todavía no!”, como cuando quiere retrasar el pinchazo de una inyección. Pero ya pasó, corre, vuela sin ayuda, libre, sobre dos ruedas. Papá se queda quieto mirándola, y no sabe si alegrarse o sufrir. La niña no recuerda cuándo aprendió a caminar, pero sabe que debe de haber experimentado una satisfacción análoga, un sentimiento de dignidad, de juicioso orgullo. La bicicleta es uno de los poquísimos objetos que atraviesan la existencia de las personas desde la infancia hasta la madurez sin distinciones mortificadoras ligadas a la edad. Pueden ir todos juntos en bicicleta y puede suceder que justamente el más pequeño sea el mejor y el más temerario. Con la práctica aumenta la pericia y las acrobacias se multiplican. La primera consiste en soltar una mano del manubrio para hacer sonar el timbre. Después es lanzarse en bajada sin tocar los frenos, después pedalear de pie, después sin manos, después sobre un solo pedal, después desmontar con la bicicleta todavía a la carrera, volviendo de la escuela, hambrienta, empujando la bici dentro del garaje y tirando con prisa los libros sobre el estante que está al lado de la puerta de entrada para llegar puntual a la mesa. Llegado a este punto, la bicicleta se ha vuelto una prolongación del cuerpo, de las piernas, de las manos. Le da a la fatigosa verticalidad humana la estabilidad del cuadrúpedo. Nota al margen. La bicicleta tiene sexo, existe una versión femenina y una masculina. La fabricada para los varones, con el “caño” que va del asiento al manubrio, es más incómoda que aquella otra, para las chicas, y si se tuviese que imponer un solo tipo, sería sin duda más racional elegir aquélla sin el caño horizontal. Pero el caño tiene su atractivo. En una época allí se llevaba a la novia. O bien eran los hermanos mayores los que llevaban allí a sus hermanitas. Los obreros de Piacenza pedaleaban en la niebla hacia el astillero y llevaban colgando del caño viejos bolsos deformados de cuero negro o marrón, de empleado. Pasaban el borde alrededor del tubo de metal, que permanecía aprisionado dentro del bolso, haciéndolo pendular levemente. Dentro de ellos no había papeles, sino el almuerzo: pan y tortilla, pan y carne, y una botella de vino.

FLIPPER

Un grupo de jóvenes de ambos sexos hace fila en el bar alrededor de la ruidosa máquina, esperando su turno. Si el que juega es un muchacho, tiene la cara seria, a veces incluso el ceño fruncido. No está exultante, no grita. Se concentra en la pelotita, oprime con calma los botones conectados a las pequeñas paletas a resorte que impulsan a la bola. Y la bola corre arriba y abajo a lo largo del plano inclinado, enciende luces, activa sonidos, desaparece en un agujero. El muchacho introduce una moneda tras otra, sin tener en cuenta a los niños. Estira y suelta, con un golpe seco, el pistón que lanza la pequeña bocha a la pista. Tiene un cigarrillo entre los labios y entrecierra un ojo para repararlos del humo.

CASITA DE MUÑECAS

La impresión de ser Gulliver en el país de Lilliput. El poder de espiar dentro de las casas de los otros, atrapar momentos privados de la vida de los otros. Un poco como cuando el tren disminuye la velocidad atravesando un pueblo, rozando las casas. y se mira por la ventanilla el ajetreo de los campesinos. la perezosa espera de un viejo, el bostezo de un muchacho aún en pijama que no sabe que está siendo visto. La casa de la muñeca no está hecha para jugar, sino para ser observada.

CABALLO MECEDOR

¿Era de Herman’s, en la 42, o de Lord & Taylor, en la Quinta Avenida? ¿O era de Sacks? En el zaguán un caballo mecedor de tamaño natural, con montura y riendas de cuero, listo para ser cabalgado. Repetía perfectamente en madera la forma y los colores de un alazán común, lanzado al galope sobre un tubo de metal curvado. Los niños lo miraban con admiración; los adultos, con desconfianza. ¿Cómo resistirse a montarlo? Una provocación sádica. ¿Cuándo se le ofrece a un adulto la ocasión de revivir las experiencias infantiles con juguetes adaptados a sus actuales medidas, un parque de diversiones de los recuerdos? En la calesita, los caballos eran los preferidos. Alineados de dos en dos corrían en círculos, subiendo y bajando. La lisa cavidad de la montura acogía afectuosamente a las nalgas, la maternal hinchazón del vientre obligaba a abrir las piernas en una posición excitante. Contra la piel al descubierto el frío de la cartapesta. A lo mejor tenían razón cuando creían que no era conveniente que una mujer cabalgase con las piernas separadas: adivinaban que en eso había una satisfacción secreta, el inevitable delicioso frotamiento. Una niña cabalgará su caballo mecedor únicamente por el movimiento, el impulso. Para divertirse no le hace falta —como sí a los varones— blandir la espada, incitar a imaginarios compañeros para que combatan. Ella cabalga abandonándose a un erotismo inconsciente. Cierra los ojos, concediéndose al viento que mueve sus cabellos, aprieta las rodillas y endurece los músculos provocando dentro de sí una corriente de escalofríos in crescendo. Aquel caballo de Nueva York era, agigantado, el modesto caballo mecedor encontrado una Navidad bajo el árbol. Regalo frustrante para niños habituados a montar los mansos caballos de la calesita. Había que espolearlo fuerte para divertirse, en la ficción de un galope desenfrenado, y aprender entretanto el rico vocabulario de la anatomía equina: cruz y corvejón, grupa y espolones, crines, ollares, belfo, testuz, cascos, coronas. Debe de haber sido la desproporción respecto del original y su mito la causa de tantas variantes que signan el destino del caballo mecedor Si por ejemplo la muñeca se transformó en armonía con los cambios sociales y tecnológicos, en las mutaciones del caballito se percibe la volubilidad de una búsqueda siempre insatisfecha. Probaron cubrirlo de pieles, e incluso sustituirlo por otro animal, un elefante o un oso. Individualizando únicamente en el vaivén el atractivo de este juego, se pensó en sacrificar la semejanza estilizando la forma. Y en ciertos ejemplares, el belfo es sugerido por una burda tablilla plana. Hay un tipo hecho de madera clara, de fabricación alemana, que en lugar de ojos tiene un agujero que atraviesa la madera de lado a lado. Otra tabla, horizontal, de bordes redondeados, constituye la grupa. Largas cerdas claras hacen de crines y de cola; un simple cordel es la rienda. Un objeto decorativo más que un juguete, un rocín más que un corcel. Pero no importa, estamos a un paso del mango de la escoba. A menudo, en el mundo de los juguetes, se retrocede.

Del libro Catálogo de juguetes, Páginas de Espuma, 2017. Traducción de Guillermo Piro.

Imagen de portada: dominio público.