Comunalidad ante la pandemia

Descolonización / panóptico / Abril de 2021

Odilia Romero

A inicios del 2020 las comunidades indígenas migrantes que habitamos en California, Estados Unidos, comenzamos a escuchar sobre la COVID-19. Al principio, supimos de personas lejanas que se habían contagiado, después nos fuimos enterando que conocidos, a quienes frecuentamos en las fiestas comunitarias que organizamos, también estaban contagiados y se sentían muy mal. Comenzaron a pasar las semanas y de pronto lo común era escuchar más y más casos; un día nos avisaron que nuestro amigo mecánico había muerto. Nos dimos cuenta entonces de que el coronavirus nos tenía acorralados. Llamé a mis padres para compartirles la noticia y me respondieron: “nosotros tenemos y tus hermanas también”. Escuchar a mi padre decir esas palabras fue como recibir un balde de agua fría. A los pocos días mi madre tuvo que ser internada en un hospital en Los Ángeles, nosotros no pudimos verla ni hablar con ella durante su estancia. Sola en un hospital donde el personal que la atendió no hablaba español ni zapoteco, cayó en depresión. Mi madre fue afortunada y logró sobrevivir a la enfermedad; duró once días hospitalizada, al regresar a casa tuvo que hacerlo acompañada con un tanque de oxígeno. Mi padre, por su parte, también fue a parar al hospital, afortunadamente sólo por unas horas. Tiempo después pude hablar con mi madre y me dijo: 

Conviví con la abuela, con el tío Otón, con mi papá, creo estaba en Yo’o Baa/Mitla. A los doctores los oía de lejos, muy lejos, los familiares me decían Gag Ba bra Sha chu, bi gack llegano ga [aún no ha llegado tu día, no te puedes quedar]. Estaba yo muy lejos pero sólo pensaba en nuestra palabra, no sé cómo regresé de Yo’o Baa; los días que estuve ahí fueron bonitos, pero no era mi hora. 

Durante esos días tan difíciles, mi familia y yo tuvimos la fortuna de contar con la comunalidad de los pueblos serranos zapotecos. Al no poder ver a mi papá, constantemente le hablaba por teléfono para saber cómo estaba, él me decía: “no te preocupes, ya tal paisana pasó a dejarnos café y caldo de pollo”, “ya alguien vino a dejar atole”, “ya alguien nos trajo un donativo”, “ya me llamó tal paisana”. A mí los serranos me hablaban constantemente para saber cómo estaban mis padres y hermanas.

Miembros de CIELO organizando cheques para entregarlos a la comunidad indígena en el sur centro de Los Ángeles, 2020. Cortesía de la autora Miembros de CIELO organizando cheques para entregarlos a la comunidad indígena en el sur centro de Los Ángeles, 2020. Cortesía de la autora

A nivel comunitario, en poco tiempo vimos los primeros estragos de la pandemia: el desempleo; los contagios; la falta de acceso a información en nuestras lenguas; la dificultad para acceder a los servicios de salud; el estrés generado por la falta de recursos económicos para pagar la renta, los servicios y los seguros, comprar alimentos y enviar las remesas porque, aunque nosotros los migrantes no importemos para Estados Unidos ni para México, contribuimos de manera doble: México depende de nuestras remesas y Estados Unidos de nuestra mano de obra. A la distancia, el desprecio del Estado mexicano hacia nosotros los indígenas perdura. Para nosotros, zapotecos, mixtecos, triquis, mixes, chinantecos, huaves, chatinos, mayas, tzotziles, otomíes, choles, k´iches, konjabales y nahuas la pandemia ha sido una nueva y dura prueba de resistencia y solidaridad comunitaria. La mayoría de los indígenas migrantes que radican en California son trabajadores que laboran principalmente dentro del sector agrícola como jornaleros. En el caso de las comunidades indígenas que habitamos en ciudades como Los Ángeles, hombres y mujeres se emplean dentro del sector de servicios como trabajadores de la construcción, empleados de restaurantes, afanadores, costureras, camaristas de hotel, trabajadoras domésticas, cuidadoras, niñeras, almacenistas, lavanderos, vendedores ambulantes, sectores que han sido de los más afectados económicamente por la COVID-19, ya que ha sido aquí donde se han perdido más empleos de manera permanente. Muchas personas tienen miedo a pedir los apoyos debido a la ley de carga pública o por temor a que su información sea entregada al Departamento de Seguridad Nacional, mejor conocido como “la migra”. A un año del inicio de la pandemia, se refleja aún más la inequidad económica de los pueblos indígenas en Los Ángeles. Muchos indígenas migrantes han perdido sus casas ante la imposibilidad de continuar pagando las cuotas, se han visto obligados a compartir vivienda con familiares y paisanos dividiendo los gastos como estrategia de sobrevivencia, habitando espacios en condiciones de hacinamiento, lo cual hace casi imposible conservar la sana distancia recomendada para evitar contagios.

Cubrebocas con las diferentes lenguas indígenas que se hablan en las comunidades migrantes de Los Ángeles, diseñado por Los Tlacolulokos y Carla Fernández. Cortesía de la autora Cubrebocas con las diferentes lenguas indígenas que se hablan en las comunidades migrantes de Los Ángeles, diseñado por Los Tlacolulokos y Carla Fernández. Cortesía de la autora

La COVID-19 también nos ha dejado ver aún más la injusticia del lenguaje: ha habido tantos y tantos casos de infecciones, hospitalizaciones y muertes donde el paciente no ha contado con un intérprete en lengua indígena, lo que viola su derecho humano de poder comunicarse en su propia lengua. Aun hablando español era ya un problema acceder a los servicios médicos, pero para el hablante de lenguas indígenas se reducían las posibilidades de comunicación a casi nada.  Una vez más se ha mostrado que nosotros los indígenas no importamos, que nuestro sufrimiento vale menos, incluso nuestras muertes han quedado invisibilizadas al incluirnos dentro de las categorías “mexicanos”, “latinos” o “hispanos” cuando se hace mención del impacto del virus entre los sectores de la población minoritaria que vive en Estados Unidos. Nosotros como indígenas no existimos frente a la imposición de la “latinidad” como categoría de nombramiento social, situación que contribuye a perpetuar los procesos de colonialidad que a la fecha padecemos. Todas las noches, antes de dormir, veo las cifras actualizadas sobre la COVID-19 en Los Ángeles, los números de los casos nuevos, las hospitalizaciones y muertes, ahí aparecen siempre estos datos con un gran porcentaje de “latinos”. Entre esos “latinos” estuvo recientemente nuestro compañero intérprete del maya k’iche’ Policarpo Chaj, quien jamás aceptó la identidad de latino; murió solo en el hospital bajo esa etiqueta, pero él era alguien que abogó a lo largo de su vida por los derechos lingüísticos de su pueblo. También existe el caso del hombre chinanteco que murió solo, a quien no pueden repatriar a México porque no tiene familia que reciba su cuerpo. Cuando se haga la evaluación del impacto de la pandemia en los migrantes, nosotros no estaremos en los datos. Así, el Estado y la narrativa de la latinidad habrán consumado su objetivo: borrar nuestra existencia sin dejar evidencia alguna de nosotros. Se trata de un asesinato estadístico contra los pueblos indígenas. Un día cuando se pregunte, si alguien lo hace, los datos dirán: “¿qué indígenas? No hay número sobre ellos”, porque en las actas de defunción nos marcan como latinos y ese sello es el último golpe del Estado para eliminarnos.  Como vemos, la pandemia ha tenido efectos adversos desproporcionados sobre los indígenas indocumentados en Estados Unidos.  Frente a la tragedia, nuestras acciones han sido la solidaridad que como comunidades indígenas practicamos en nuestra vivencia como migrantes. La comunalidad, entendida como un modelo de organización comunitaria basada en el cooperativismo y el compromiso comunal practicado por parte de los pueblos mixes y zapotecos de la sierra oaxaqueña, se ha convertido en la base de las acciones de todas y todos aquellos que desde nuestra trinchera nos hemos movilizado ante lo urgente de las circunstancias que vivimos. En el caso de Comunidades Indígenas en Liderazgo (CIELO) —organización sin fines de lucro liderada por mujeres indígenas que trabajamos en conjunto con las comunidades indígenas que residen en Los Ángeles, cuya principal prioridad es luchar por la justicia social a través de una lente cultural—, nos hemos dado a la tarea de contribuir en beneficio de las paisanas y paisanos mediante diferentes acciones. 

Janet Martínez y Odilia Romero, fundadoras de CIELO. Cortesía de la autora Janet Martínez y Odilia Romero, fundadoras de CIELO. Cortesía de la autora

Al iniciarse la pandemia creamos una serie de videos en diferentes lenguas indígenas, apoyadas en la red de intérpretes indígenas y de compañeras y compañeros de lucha, para explicar qué es la COVID-19 y cómo protegerse de ella. El propósito era contrarrestar la falta de canales de comunicación para hacer llegar información en su propia lengua a los migrantes indígenas.  Sin embargo, era importante encontrar formas de hacer frente a uno de los principales problemas: el económico. CIELO creó The Undocu-Indigenous Fund (Fondo Indocumentado-Indígena) para abordar específicamente este desafío mediante la asignación de recursos para apoyar el bienestar de las comunidades indígenas indocumentadas, principalmente en Los Ángeles.  Nosotras entendemos que el bienestar se puede definir como tener un techo sobre la cabeza y comida en la mesa, y en estos tiempos de crisis no se están satisfaciendo estas necesidades básicas, lo cual es una violación de los derechos humanos y la soberanía de las comunidades indígenas. Por ello, estos fondos, que hasta la fecha ascienden a más de un millón y medio de dólares, han beneficiado a más de 15 mil indígenas migrantes, hombres y mujeres, quienes forman parte de las comunidades más vulnerables.  Estas acciones son tan sólo un servicio a los pueblos indígenas migrantes; sabemos que son insuficientes, pero forman parte de los miles de esfuerzos y acciones que a nivel individual o colectivo han tenido que realizar los indígenas migrantes a lo largo de la pandemia. Así, hemos visto revivir el trueque entre los paisanos como forma solidaria de intercambio y supervivencia, también se presentan nuevas maneras de acceder a apoyos y financiamientos, como las donaciones o Go-FundMe, a través de las plataformas digitales  Cabe recordar que quienes migramos no lo hicimos necesariamente por gusto ni porque íbamos detrás de algún “sueño americano”, sino porque fuimos desplazados de nuestros territorios de origen. El “sueño americano” no existe, se trata más bien de poder alimentar a tu familia, tener un trabajo digno, darles educación a los hijos, tener acceso a servicios de salud: éstos son derechos humanos básicos que se nos han negado en México y también en Estados Unidos. El que las comunidades migrantes indígenas estemos en Estados Unidos y ahora luchemos también por lograr nuestra denominación como indígenas son actos de resistencia y una acción de sobrevivencia. Seguiremos luchando porque se reconozcan nuestra humanidad, nuestra contribución económica, nuestros derechos humanos, lo cual se ha convertido en un desafío en estos tiempos de pandemia.

Imagen de portada: Entrega de apoyo económico a comunidades indígenas migrantes. Cortesía de la autora