periódicas Calor JUN.2026

Luis Reséndiz

Un futbolista en la familia

No es como que vaya a develarle un gran misterio a nadie con lo que voy a decir a continuación, pero deben de saber que yo nunca he sido bueno jugando al futbol. Fui bendecido y maldecido con una pasión ardiente por ese deporte, por sus jugadas, por sus detalles técnicos, por sus personalidades, por su historia, por su significado social, cultural y político. Fui bendecido y maldecido con una arrobada fascinación por las proezas físicas que pueden realizar los jugadores sobre la cancha, por lo que significa un equipo para una nación, para una ciudad, para un ser humano; por lo que representa un balón para los seres humanos. Fui bendecido y maldecido con una disposición absoluta para amar al futbol, pero no fui dotado de la capacidad de jugarlo. ​ Este rasgo, que comparto de hecho con buena parte de la humanidad, sería insignificante de no ser porque la persona que me inculcó el amor al futbol fue mi padre. Mi padre era uno de esos hombres que aseguraban haber estado muy cerca de jugar como profesional si no se hubieran chingado la rodilla, como aseguran muchos futbolistas frustrados. Sus amigos a veces respaldaban su versión y en ocasiones se burlaban de ella, pero lo cierto es que mi padre jugó durante mucho tiempo al futbol, desde que era un niño hasta que era un padre de familia estresado y cada vez más colérico. No importaba lo que estuviera pasando, él siempre encontraba un momento para el futbol, y a menudo yo lo acompañaba en esos momentos. ​ Por eso mismo, estoy seguro de que había un rincón no tan oculto de su ser en el que lo que más habría deseado era que su hijo varón también jugara al futbol. Pero la vida no le quiso dar a mi padre lo que quería, o no en la forma en la que él esperaba. Así que, en lugar de tener un hijo atlético, que disfrutaba de darle quince vueltas a la cancha bajo el sol de 36 grados de Coatzacoalcos, Veracruz, le dio un hijo más bien ñoño, aficionado a los libros, los cómics y las películas, y al que la idea de pasar la mañana del domingo sudando y corriendo tras una pelota le parecía tan apetecible como un trago de thinner. ​ No obstante, esto no detuvo a mi padre a la hora de enrolarme en el club de futbol infantil Aguilitas de Coatzacoalcos, lo que dio lugar a un par de anécdotas frustrantes y un tanto chuscas, como aquella ocasión en la que el entrenador por fin se animó a alinearme y, cuando salté a la cancha, lo primero que hice fue distraerme con un insecto que había en el pasto y que me parecía en ese momento mucho más fascinante que el juego en el que se suponía que debía participar, mientras mi padre se arruinaba la garganta gritándome que corriera para el otro lado. O aquella ocasión en la que, tras un entrenamiento, le pedí a mi papá detener el coche para bajar a la tienda y comprar una chuchería. Al regresar al coche, emocionado como estaba por cargar con mi balón nuevo a todas partes, pero al mismo tiempo ya padeciendo los síntomas de un galopante déficit de atención, olvidé la pelota en la tienda. No nos dimos cuenta sino hasta llegar a la casa; cuando volvimos a la tienda, el balón naturalmente había desaparecido. El incidente provocó una ira paterna de tal magnitud que a mí me impidió volver a jugar futbol y a él le impidió volver a llevarme. Así acabó mi carrera de futbolista: antes de nacer. ​ Me retiré, pues, de la práctica del futbol. Pero el deporte no desapareció de mi vida. A partir de entonces, y acaso motivado por una ansiedad de conectar con mi padre, me concentré más en la afición al futbol. Veía los partidos como poseído por una fuerza incontrolable. Esperaba con ilusión el domingo para ver el resumen del partido que había visto el sábado. Leía libros, entre ellos la Enciclopedia mundial del futbol que mi padre tenía en sus libreros. El Mundial del 98 me cambió la vida y coleccioné todos los números del periódico local que emitió un suplemento durante todo el Mundial, donde iba cronicando los partidos semanalmente. Me di cuenta de que lo que a mí me interesaba del futbol eran muchas otras cosas que no implicaban necesariamente practicarlo.

Ángel Zárraga, Las futbolistas, 1922. Dominio público.

​ Sin embargo, como decía Borges, a la realidad le gustan las simetrías y los leves anacronismos y, como digo yo, a la vida le gustan los juegos de espejos. Por eso, la existencia sí le dio a mi padre un descendiente que jugaba muy bien al futbol. Y esa era mi hermana, Gabriela. Desde muy pequeña, mi hermana demostró un espíritu deportivo que por mucho superaba al mío. A mi hermana, sin embargo, nadie la inscribió en las Aguilitas, y creo que ni siquiera existía un equipo femenil de las Aguilitas. El futbol femenil por esa época era poco menos que un prospecto, y más en la provincia mexicana. Mientras los niños comienzan a jugar futbol casi que desde los cinco o seis años, y a veces desde antes, mi hermana no pudo jugar en un equipo sino hasta que estuvo en la secundaria y en la preparatoria, donde su desempeño comenzó a llamar la atención del plantel. Era muy buena conduciendo el balón y a menudo despertaba las burlas de mis amigos, que se reían del contraste entre ambos: yo jugaba futbol, mal y ocasionalmente, por convivir y por volarme clases, mientras que ella jugaba futbol bien y constantemente porque su cuerpo estaba hecho para el juego. A diferencia mía, ella no disfrutaba tanto como yo ver el futbol, sino jugarlo. Y entre ambos, creo, pudimos haber completado el deseo de mi padre: el de tener un compañero con quien ver el futbol y el de tener un hijo que lo practicara. Mi padre no tuvo la sapiencia para verlo nunca. Con el tiempo, una lesión terminó alejando a mi hermana de las canchas de forma prácticamente definitiva. ​ Ella se concentró en su carrera académica. Yo me concentré en lo que podríamos llamar, muy desproporcionadamente, mi carrera como escritor, y ambos seguimos nuestros caminos. Mi padre se quedó allá, lejos, donde sigue, y mi hermana se convirtió en una notable académica que en estos momentos está haciendo el posdoctorado. Pertenece al Instituto de Ciencias de la Atmósfera y Cambio Climático de la UNAM, donde forma parte de las filas de las pocas personas que sí están haciendo algo para mejorar al mundo. ​ ¿Y el futbol?, se preguntarán. Dos anécdotas cierran esta historia. La primera es una del año pasado, en la que invité a mi hermana a ver a nuestro equipo a Ciudad Universitaria. (No causaré polémica en esta publicación revelando cuál es nuestro equipo.) Mi hermana llevaba años, si no es que décadas, sin acercarse a un partido de futbol, ya no digamos a un estadio, pero el Estadio Olímpico Universitario es capaz de conmover a cualquiera. Al principio estaba algo rígida, un poco tiesa, pero conforme el balón rodó y el partido avanzó, la vi pararse de su grada, gritarle al árbitro, aprenderse las porras. Al salir de ahí, emocionados y alegres por la victoria de nuestro equipo, me di cuenta de que mi hermana había recuperado algo de ese gusto por el futbol del que la vida la había alejado. ​ La segunda anécdota es mía, y más que anécdota es una confesión. Soy, ya he dicho, un aficionado irredento del futbol en todas sus encarnaciones. A veces sintonizo partidos de ligas de tierras lejanas sólo para escuchar el reconfortante sonido de un juego. Y este diciembre hará diez años que, por primera vez, México tuvo una Liga MX Femenil. Como era inevitable, poco a poco comencé a sintonizar sus juegos, a veces despertando cierta benevolente sorna de amigos que consideraban que la liga no es muy buena: “te gusta tanto el futbol que hasta ves el femenil”, me dijo alguna vez uno de ellos. ​ Pero eso duró poco. Paulatina pero indefectiblemente, la Liga MX Femenil ha ido mejorando, por momentos a pasos agigantados, tanto en el nivel de su juego como en el número de sus aficionados, y me gusta pensar que he contribuido a ese crecimiento: he ido a ver a los equipos de la Liga MX Femenil a todos los estadios de la CDMX y planeo seguir haciéndolo. He sintonizado sus partidos con el mismo entusiasmo y me he regocijado y atribulado con las proezas de Charlyn Corral, Greta Espinoza, Diana Ordóñez, Scarlett Camberos, Kenti Robles, Irene Guerrero, Jacqueline Ovalle y de varias otras jugadoras que hoy en día elevan el nivel de la Liga y la convierten en un espectáculo de talla internacional: no en vano apenas el año pasado la Selección Mexicana Sub-17 alcanzó el tercer lugar en el Mundial de su categoría. Y lo hago porque amo el futbol, creo que eso ha quedado claro, pero también (y esta es la parte de la confesión, y del final de este texto) porque en cada una de esas jugadoras puedo ver a veces, como si me asomara entre la infinidad de posibilidades del multiverso, a una versión de mi hermana que logró cumplir el sueño de nuestro padre.

Ángel Zárraga, La futbolista rubia, 1926.

Imagen de portada: Jean Jacoby, Dëst Bild huet de Kënschtler, 1932. Dominio público.