La infancia por otros medios
Como tantos señores de su edad, mi papá solía atrincherarse en su cama todo el fin de semana para ver cada uno de los partidos que se transmitían en la televisión abierta. Se sabía los nombres de todos los jugadores, aun de los árbitros, y conocía la genealogía de cada equipo. Sin embargo, difícilmente mi papá se hubiese concebido como un aficionado. Miraba la pantalla con desprecio, no con regocijo, y cuando había que adoptar una postura ante un momento decisivo, como podría ser un cuarto partido de la selección mexicana, optaba por el cinismo antes que por la vana esperanza. Nunca le pregunté por qué seguía con tanto afán un deporte que le molestaba, pero sabía que mi papá podía disfrutar de forma plena otras aficiones, como la música, que compartía con genuino júbilo. Podría pensarse que el problema de mi papá es que era fanático de un equipo perdedor, pero a diferencia de mi hermano y yo, que le íbamos a los Tiburores Rojos, él le iba al Necaxa, que por entonces tenía más títulos que aficionados. Cuando los Rayos le ganaron a Chivas en la final del 98, le pregunté a mi papá si estaba feliz de que su equipo había ganado. Sin dejar de ver hacia la pantalla me respondió: “Ése no es mi equipo”. Nunca fui tan fanática del futbol como a los nueve años. Nunca volví a querer tanto otro deporte. Uno de los días más felices de mi infancia llegó cuando me regalaron un cartucho pirata de International Superstar Soccer Deluxe para el Super Nintendo. Ese día también fue uno de los días más tristes: bajé del coche corriendo, me urgía jugarlo y estaba tan emocionada que me tropecé frente a la alberca del condominio y el cartucho cayó al agua. Pensé que había estropeado mi regalo de cumpleaños antes de siquiera probarlo, pero mi papá abrió el cartucho y lo puso a secar frente al ventilador. Me quedé viéndole toda la tarde, paralizada por la angustia, como se mira a un familiar hospitalizado. Al día siguiente me atreví a colocar el cartucho en el Super Nintendo y jugué toda la tarde con mi hermano. Me convertí en una fanática del deporte hecho con pixeles. Jugaba cada tarde al volver de la escuela, organizaba torneos en mis libretas escolares y me aprendí los nombres de todos los jugadores ficticios de cada selección, porque la FIFA por entonces no entregaba los derechos sobre imagen y Konami se los inventó: Jorge Campos se llamaba Leone, Luis García se llamaba Moya y Hugo Sánchez era Muñoz. Amaba jugar futbol de pixeles, pero detestaba jugarlo con otros seres humanos. Mi hermano estaba entre los mejores jugadores de la colonia, todo mundo lo quería en su equipo. En cambio, a mí me elegían sólo para quedar bien con Iván. No era ningún secreto: yo era lenta, torpe y débil. Además, me desagradaban los empujones, el sudor y la tierra. En cambio, mi pasión —digamos— “intelectual” por el futbol llegó a otro nivel cuando descubrí el libro de texto que llevaba mi hermano en la clase de deportes. Por supuesto, él jamás lo abrió y dudo que algún profesor alguna vez haya pedido usarlo. Aquel libro era sólo un ardid editorial para inflar la lista de materiales escolares. Pero incluía la historia y las reglas de cada deporte. En el caso del futbol, incluía las tablas y las estadísticas de cada juego de cada Mundial, desde Uruguay 1930, hasta Estados Unidos 1994. No creo que nadie nunca haya leído ese libro de texto con tanto fervor como yo. Me aprendí todas las tablas, los resultados, los nombres de los capitanes, los autores de cada gol. En la mesa comencé a hablar ya no del deporte sino de su pasado, de selecciones que nunca ganaron nada, a pesar de tenerlo todo, como Hungría y Países Bajos; de cómo uno de los mejores jugadores brasileños había sido poliomielítico, Garrincha; de cómo Inglaterra sufrió para demostrar que podía dominar en el deporte que inventó y de cómo ganó el Mundial organizado en casa con más suerte que con méritos.
William Small, “The International Football Match”, The Graphic, 1872. Dominio público.
Todo mundo juraba que me encantaba el futbol, incluida yo misma. En un restaurante una vez un señor le dijo a mi papá desde otra mesa que yo un día yo sería comentarista. En realidad me gustaba otra cosa: más que los balonazos, me interesaba la historia que contaban los números, la estadística, la mitología. En el fondo, lo que me gustaba era la ficción. Cuando mi papá me confesó que ese Necaxa ganador no era su equipo, me pareció un atentado. ¿Cómo podía ser indiferente al triunfo? Nos damos el permiso de decir que en la cancha se juega todo, precisamente porque no importa nada. Para que los marcadores puedan convertirse en cuestión de vida o muerte y las alineaciones puedan reemplazar a los ejércitos, es imprescindible que participemos del pacto. A mis nueve años yo entendía muy bien algo que a Gadamer le tomó miles de páginas: para que algo sea un juego, hay que tomárselo en serio. Mi relación con el futbol se rompió ese mismo año cuando descubrí una actividad que me ofrecía mitologías y estadísticas, pero donde yo, de hecho, era muy buena: la música. Comencé a tocar la guitarra, descubrí a Radiohead y a los Smashing Pumpkins y para 1999 me había olvidado casi por completo del futbol. Estaba al tanto de los marcadores del Veracruz, me sabía la alineación vigente y siempre que se me cruzaba un partido en la televisión me quedaba a verlo, pero todas mis ficciones las había depositado en mis discos, en mis clases de solfeo, en los doce semitonos de la escala cromática. Cuando llegué a la Ciudad de México, la gente me veía muy extrañada cuando le decía que le iba a los Tiburones Rojos. ¿No puedes cambiar de equipo? De hecho, no podía. Disfrutaba los partidos de los Pumas porque era el equipo de mi universidad, pero no era el equipo de mi colonia, tampoco era el equipo de mi infancia. Alguna vez Juan Villoro escribió que se puede cambiar de sexo, pero no de equipo. Él no sabe cuánta razón tiene. Me cambié el nombre, pero no pude cambiar de equipo. Y me sentí huérfana cuando el Tibu dejó de existir. La tabla de goleo se convirtió en una cáscara sin sentido y ya nunca volví a fijarme en los marcadores. “Te pasó lo mismo que me pasó con el Necaxa”, me dijo mi papá por teléfono. Pero el Necaxa aún existía. “No”, me dijo. Se aficionó al Necaxa porque era el equipo que entrenaba frente a su colonia, en los llanos de Balbuena. Como yo con el Veracruz, adoptó la geografía como signo de identidad: le iba al equipo de su colonia y en su colonia todos aprovechaban las mañanas de pinta y las tardes muertas para ir a ver los entrenamientos del Necaxa. Él era de Balbuena y por lo tanto su equipo eran los Rayos. Con los años mi papá abandonó los retornos numerados de Jardín Balbuena y el Necaxa se convirtió en El Oro. Cuando el equipo recuperó su antiguo nombre, la magia estaba rota. Ya no pudo tomarse en serio el juego. Siguió viendo partidos el resto de su vida, pero ya sin mitologías. Le habían quitado la patria de la infancia y adoptó como propios dos versos de Lorca: Pero ya no soy yo / ni mi casa es ya mi casa. Mi padre era, sí, un cascarrabias, pero ante todo era un niño herido. Ese día supe que mi papá y yo, que coincidíamos cada vez en menos cosas, teníamos en común que ya no nos interesaba la vista desde las gradas. Sólo entonces comprendí que su molestia por la afición ajena era simple envidia. Más importante aún, cuando colgamos comprendí que el futbol era solamente otra categoría de la ficción; y yo podía llevar mis esperanzas y mis mitologías a cualquier otro juego, a cualquier otro campo: el arte es la continuación de la infancia por otros medios.
Imagen de portada: Pieter Brueghel el Viejo, Children’s Games, 1560. Dominio público.