Lugares de Georges Perec
Lugares, o el fracaso de Perec
Leer pdfLugares es un libro grande, pesado, amarillo, compuesto de 824 páginas que incluyen dos notas introductorias, un preámbulo, un prólogo, una introducción, una lista de abreviaturas, un apartado de notas al pie, tres índices, una tabla sinóptica, cuatro semblanzas, 110 ilustraciones y un mapa de París. El peso que acumulan todos esos elementos no debe estar lejos de los mil gramos, de los cuales unos seiscientos están consagrados a listas y observaciones que podrían parecer tan superfluas como la que abrió este párrafo, con la evidente diferencia de que aquéllas fueron escritas, dentro de una inmensa obra, por uno de los más grandes novelistas del siglo XX. Y, aunque gracias a una convención centenaria nos parece natural recibir lo redactado por Perec en veinticinco cuadernillos en un solo título, la idea original —concebida en 1969 luego de una difícil ruptura amorosa— era de una magnitud casi desesperada, que desbordaba por mucho la idea tradicional de libro. Así la describió en una carta al editor Maurice Nadeau:
he elegido doce lugares de París ligados a recuerdos, […] acontecimientos o momentos importantes de mi existencia. Cada mes, describo dos de esos lugares; la primera vez, describo sobre el terreno […] “lo que veo” de la manera más neutra posible, enumero los comercios, ciertos detalles arquitectónicos, algunos microsucesos; […] la segunda vez, sin importar dónde, […] describo el lugar de memoria, evoco los recuerdos ligados a él […]. Una vez terminado, meto cada texto […] en un sobre y lo sello con lacre. […] Pienso hacer lo mismo durante doce años […]. Comencé en enero de 1969: ¡habré terminado en diciembre de 1980! Abriré entonces los 288 sobres lacrados. […] No tengo una idea muy clara del resultado final.1
La edición de Anagrama, basada en la original francesa de Seuil, permite asomarse a un proyecto que quizá cabría mejor en las salas blancas de un museo de arte contemporáneo. Leemos una descripción “real” y un recuerdo por mes, según el plan cronológico inicial. Las descripciones se acompañan de dibujos, esquemas, tickets de consumo o fotografías incluidas en el sobre correspondiente. Cuando la escritura alcanza 1972, los lugares, los amigos y ciertas memorias son ya familiares para quien lee. A pesar del laconismo de algunas entradas, acompañamos a Perec en sus recorridos, sus descubrimientos y sus obsesiones. En septiembre de 1975, sin embargo, después de enumerar por sexta ocasión los comercios de la Rue Saint Honoré, Perec se pregunta si no llegaría al mismo resultado limitándose a copiar el listín telefónico. Además de autoetnografía, mapa afectivo de París y ejercicio de escritura expandida, Lugares es la historia de su propio fracaso. En las descripciones y recuerdos se cuelan las resistencias del autor; leemos su hartazgo, su cansancio y la cada vez más constante incapacidad de cumplir con los plazos que él mismo se había puesto. Después de cerrar unos ciento treinta sobres, Perec abandonó definitivamente esta deriva narrativa en diciembre de ese mismo año. ¿Por qué tendríamos entonces que leer, medio siglo después, un volumen tan repetitivo y desesperante que terminó por fastidiar al autor mismo? La respuesta más sencilla es su valor historiográfico. Nadie puede negar hoy que Perec es un autor “de culto”, aunque habría que precisar que sus seguidores parecen más fanáticos de Star Trek que discípulos de Bolaño: desde 1982, la Asociación Georges Perec organiza congresos y publica minuciosos estudios de su vida y obra. En revistas especializadas, expertos desentrañan los complejos y restrictivos mecanismos de su escritura, o escarban para descubrir los más ínfimos detalles de su biografía. La edición crítica de Lugares es el resultado de ese esfuerzo obsesivo: la nota al pie número cuatro del sobre 57, dedicado a un recuerdo del barrio de Jussieu, nos informa cómo y dónde pasaron el verano de 1970 los cuatro cachorros de Duchat, el gato de Paulette y Georges Perec. Para los lectores que, como yo, adoran el resto de su obra pero no alcanzan la categoría de fanáticos con credencial, Lugares ofrece una mirada única a uno de sus periodos más productivos, pues resulta una suerte de laboratorio del que surgen algunos de sus libros más célebres. W, o el recuerdo de la infancia (1975), Los lugares de una fuga (1990), Me acuerdo (1978) y Especies de espacios (1974) están íntimamente relacionados con el objeto que nos ocupa, y aparecen más o menos explícitamente en él. Por su parte, Tentativa de agotar un lugar parisino (1975) no es más que una versión en miniatura de Lugares. Incluso más, La vida instrucciones de uso (1978), novela singular de su bibliografía y de su siglo, es una suerte de resultado feliz —complejizado, ficcionalizado y perfeccionado— del fracaso de Lugares. Si la afirmación parece exagerada, baste una prueba: en un sobre de octubre de 1970, escribiendo sobre los pasajes parisinos, el autor recuerda que en uno de ellos compró un rompecabezas y, “acto seguido”, concibió la sinopsis de la novela. Pero hay razones más generales para sumergirse en el registro de esta empresa abandonada. En la misma carta a Nadeau, Perec escribe que “el tiempo se pega a este proyecto, constituye su estructura y su restricción”. Conforme se avanza en la lectura, sin embargo, se hace evidente que la fuerza concreta de los espacios —habitados, transitados, recordados— se impone sobre la frágil abstracción del tiempo. El dolor ante lo que cambia y el terror ante lo que permanece —la isla de Saint-Louis, el “lugar maldito” asociado a su ruptura amorosa, por ejemplo— se cristalizan en los doce lugares parisinos. Poco a poco descubrimos que vivir no es avanzar ciegamente en una recta temporal, sino “pasar de un espacio a otro haciendo lo posible por no golpearse”. Para quien ha crecido en una urbe, esto es una evidencia cotidiana y no una revelación metafísica. Yo mismo leí ese libro voluminoso en el centro de la Ciudad de México, en un departamento que supo ser mi casa durante varios años. Unos días después de terminar la lectura, tuve que abandonarlo para que sus dueños lo convirtieran en una de sus múltiples bodegas semiabandonadas. Las ochocientas páginas neuróticas de Lugares registran cambios cotidianos, pero en última instancia naufragan ante las abrumadoras evidencias espaciales del apego, el duelo y la nostalgia. Un pasaje de La vida instrucciones de uso, por suerte, lo ilustra a la perfección:
Un día, sobre todo, desaparecerá toda la casa, morirán la calle y el barrio. Hará falta tiempo […]. Antes de que surjan los bloques de vidrio, acero y hormigón, habrá el largo palabreo de las ventas y los traspasos, las indemnizaciones, las permutas, los realojamientos, las expulsiones. Uno tras otro se cerrarán los comercios, sin tener sucesores, una tras otra se tapiarán las ventanas de los pisos desocupados y se hundirá su suelo para desanimar a vagabundos y squatters. La calle no será más que una sucesión de fachadas ciegas —ventanas semejantes a ojos sin pensamiento—, que alternarán con vallas manchadas de carteles desgarrados y graffitti nostálgicos.2
Mucho más que un grueso volumen póstumo, Lugares es el registro de un sueño fallido: poner todas las herramientas de la escritura al servicio del espacio habitado. Para quienes no podemos reclamar como nuestro otro territorio que unas cuantas calles sucias y un puñado de amigos, la empresa descabellada de Perec es un horizonte posible, y este pasaje de 1970 sobre la Rue Vilin, una suerte de lema: “mi única tradición, mi única memoria, mi único lugar, es retórico. He elegido como terruño lugares públicos, lugares comunes”. Bajo el pretexto de cuatro o cinco partidos de fútbol, y con el respaldo pleno de la administración local, la Ciudad de México vive en 2026 la agudización de un proceso cuyo fin estamos aún lejos de vislumbrar. Por ahora sabemos a la perfección que lo que para algunos es desarrollo y ganancia, para otros es pérdida y desplazamiento. Hay quienes se organizan para defender sus lugares y, con ellos, su vida. Ojalá haya también quien los describa y los recuerde, de manera neutra o desesperada, para asegurar con ello algo de su porvenir, y lograr así un diminuto triunfo inesperado, como el hermoso y monumental fracaso de Perec.
Georges Perec, Lugares, Anagrama, Barcelona, 2025.
Imagen de portada: Kurt Schwitters, sin título, ca. 1948. Archivo Kurt Schwitters.