Tesoros en el desierto

Violencia / panóptico / Septiembre de 2022

Adrián Román

Estamos caminando en el desierto de Santa Fe. Buscamos tesoros. Nos rodea el silencio brutal con el que los carmelitas buscaban a Dios. Somos cuatro, como los monjes perpetuos del convento del Desierto de los Leones. Cada uno carga con al menos un aparato que ayuda a rastrear metales enterrados. Ellos llevan palas y picoletas, además de un aparato de precisión, yo solo llevo una pala y un Garrett 250. Pobreza, trabajo manual, fuerza espiritual, abstinencia, ascetismo, oración continua, tales eran los preceptos que regían el monasterio ubicado en lo que fue conocido como la zona norte del Ajusco. Buscamos monedas u otros objetos cubiertos por la tierra, buscamos tesoros donde un grupo pequeño de hombres se dedicaba a la contemplación de la naturaleza, las cosas celestiales y a la santa práctica de la soledad.

​ Lupe, Pepe, Rey Carolo y yo nos movemos despacio por encima de la hojarasca. Al menos diez metros nos separan a unos de otros. Héctor de Mauleón cuenta que antes de llegar a América, en su segundo día de navegación, los carmelitas sufrieron el incendio de uno de los barcos. Los que pudieron se lanzaron al mar y se agarraron de alguna tabla, fueron rescatados y así es como llegaron once hombres descalzos a este continente. Es la primera vez que uso un detector de metales. Los monjes carmelitas no me aceptarían en su breve cofradía. Rechazaban a los melancólicos y a los iracundos, y yo soy ambas cosas.

Salvador Martínez Báez, *Patio de un convento*, 1921. Museo Nacional de Arte/INBASalvador Martínez Báez, Patio de un convento, 1921. Museo Nacional de Arte/INBA

​ Caminamos con calma mientras escuchamos trinar a los pájaros. Movemos el detector en semicírculos que comienzan en un talón y terminan en el otro. Paciencia es la primera virtud que hay que aprender en este hobby. Férreos practicantes del ascetismo, los carmelitas buscaban la felicidad lejos de sus semejantes. Rechazaban la carne pero también lo laico. Querían evolucionar espiritualmente al estar en contacto cercano con la naturaleza. Trasegamos estos terrenos que fueron habitados por gatos monteses, jaguares, pumas, lobos y coyotes.

Los monjes carmelitas leían, caminaban, se flagelaban, oraban, cargaban leña y labraban la tierra para sembrar su alimento. Este fue el primer convento en América dedicado por completo a la contemplación. Su primera piedra fue colocada el 26 de febrero de 1606.

​ Guadalupe Delgado Montoya (Lupe) enviudó hace tres años, ahora busca tesoros. Su difunto marido estaba interesado en este pasatiempo, compró tres detectores de metal y varias herramientas y equipo que por desgracia nunca usó. Él intentaba encontrar algo por medio de las varillas, pero jamás lo consiguió. Lupe comenzó a sentir curiosidad por esta forma de gastar el tiempo, observaba videos en la red y contactó a un buscador de Aguascalientes, quien la recomendó con el Rey Carolo. Quedaron de verse en el bosque de Chapultepec, donde fue su primera búsqueda. Esa tarde encontró seis monedas. La más vieja de ellas es de 1937. Para Lupe encontrar una moneda es una especie de regalo del universo, algo para lo que solo ella fue elegida. Aunque no sean monedas muy valiosas, lo que le gusta es buscar.

​ Rey Carolo se llama Fernando Rodríguez. Su apodo viene de la moneda de Carlos IV que encontró en su primera salida, la cual tiene grabada en una de sus caras el perfil del monarca y está fechada en 1804, con una leyenda que dice algo así: “por la gracia de dios rey de las Españas”. En la parte posterior una corona de laurel rodea a unos leones con escusón de los borbones, un acueducto y la cruz de Don Pelayo. Otra de las cosas que hace Rey Carolo es descontaminar los lugares a donde va a buscar. Tiene varias reglas, como cubrir todos los agujeros que hace. La vida ha sido dura con Carolo, una enfermedad le atrofia las rodillas y la falta de empleo le provoca conflictos con sus hermanos. Carolo vive en el Estado de México. Va a vender las piezas que encuentra a expos de buscadores y de lo que consigue le da algo a su madre para los gastos de la casa.

​ Pepe tiene abiertas las puertas del mundo paranormal. Mira cosas que no todos podemos ver. Muertos, fantasmas, presencias extrañas. Dice que a los muertos los ve borrosos, no como a los vivos. Más bien los ve como diluidos en agua o a una distancia muy grande. Hay temporadas en las que Pepe no ve nada y otras en las que las visiones no lo dejan en paz. Algunas veces ha tenido experiencias paranormales mientras busca tesoros. Una vez vio a un muerto junto a una de las ermitas que hay en el Desierto de los Leones. Un cuerpo parado en un árbol, como una sombra. Otra vez, en Chapa de Mota, vio a un anciano vestido de blanco, con su morral y su sombrero, que salió de la nada y se perdió entre una bruma que se fue con él. Otra vez vio una cosa perderse detrás de un árbol, algo pequeño, un bulto, un ente que caminaba, al que buscó y no encontró.

​ Les grito a mis compañeros de aventura que mi detector suena. Pepe me recuerda que no todo lo que suena es oro. Pero el sonido constante del aparato que me han prestado lo obliga a acercarse. El aparato que trae es mucho más potente y preciso. Le marca en la pantalla qué tipo de metal puede ser. Lo pasa y me dice que quizá es una moneda. Con su picoleta hace un agujero velozmente. Con su pointer busca el lugar preciso donde puede estar la pieza, que quizá es una corcholata o la lengüeta de un envase de aluminio. Busca con el detector dentro del hoyo y ya no suena, ahora busca en la tierra que sacamos y ahí el sonido se intensifica. De entre la tierra rescata una pequeña medalla plateada con un Jesús o una virgen y me la extiende, me dice que es mía. Mi primer tesoro, el primero del día.

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Viejo Zorro y Pepe penetran la majestuosidad del bosque. Llevan sus herramientas y mucha esperanza. Son compas, seguido salen juntos a buscar tesoros. La luz del sol permite que todo se vea claramente. Puede que sea un buen día, sienten entusiasmo. Pepe levanta la vista y disminuye el ritmo de sus pasos. Algo percibe. Le dice a su compañero que la vibra está rara, que hay mucha energía oscura. Como prueba le muestra su piel erizada. Pepe siente que en ese lugar hubo muertes humanas. A pesar de lo que le dicta su intuición ambos siguen caminando, encienden sus aparatos y comienzan a buscar. El aparato no chifla, pero encuentran algo que no buscaban. Brujería: dos veladoras, piedras de colores y un lazo envolviéndolo todo. También encuentran colibríes muertos, envueltos en una tela y con un hilo rojo que les atraviesa el cráneo y les sale por el ojo, con el nombre de personas, fechas de nacimiento, yerbas. Calcetines con fotos de personas y monedas actuales, una vasija con trinches, tenedores y espadas diminutos y metálicos. A un buen buscador de tesoros no lo detienen ni las fuerzas sobrenaturales.

​ Siguen buscando hasta que el timbre del detector suena. Pepe encontró una macuca, como se les conoce a las monedas del siglo XVI que se fabricaban fundiendo el metal, haciendo láminas a golpe de martillo, recortando los fragmentos y grabando los cuños. Todas estas monedas son de formas irregulares y su precio en el mercado es alto. Ambos celebran el feliz hallazgo y continúan buscando. Pepe escucha una voz que lo llama. Le pregunta a Viejo Zorro qué necesita. Viejo Zorro le dice que él no ha hablado y que tampoco escuchó nada. La piel y las entrañas se estremecen y ambos dejan el lugar a toda velocidad, olvidándose de los posibles tesoros que pudieran encontrar.

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Existen otros métodos de búsqueda, las varillas y el péndulo, pero para eso se necesita un don. Rey Carolo me dice que él puede agarrar las varillas, intentar usarlas, pero si no posee el toque, el don, no sirve de nada. Porque pedirle a este instrumento exige una cierta energía para mandar y que obedezca, es como el que trabaja con la güija. Si manejas las varillas y el péndulo es porque le estás pidiendo ayuda a alguien inexistente, concluye Carolo.

Arcos en el Desierto de los Leones, 2015. Fotografía de ©Ramón Bórquez. FlickrArcos en el Desierto de los Leones, 2015. Fotografía de ©Ramón Bórquez. Flickr

​ Carolo me habla de casos de éxito, de buenos buscadores que usan las varillas. Me cuenta de una persona en Querétaro que incluso las fabrica. Lo conocen en el medio como Gari. Hay otro, el Chino de Jalisco. Y tiene un amigo que vive en Xochimilco y encontró dos esclavas de oro por las cuales ganó cuarenta mil pesos. Ese mismo amigo encontró además una cajita repleta de cartuchos útiles de la época de los zapatistas. Muchas veces no es el aparato, sino quién lo maneja y cómo lo usa. Otro amigo de Carolo sacó una moneda de oro de Maximiliano. Fue a otro lugar y volvió a sacar otra idéntica. Esto a veces es de mucha suerte, concluye Carolo, mientras mueve el plato de su detector.

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Lupe y yo sentimos curiosidad al ver una ermita abierta. Sé que originalmente se construyeron diez, pero solo sobreviven ocho. Adentro se percibe calma, aunque me encuentro en estado de alerta, por si de pronto sale un humano o un animal. Los muros son anchos y los techos generosos. Me asomo a una ventana desde donde resulta más sencillo imaginarme la vida de los monjes que llegaron a vivir aquí. Nos envuelve un silencio viejo, una cierta serenidad. La vivienda dispone de un fogón o cocina con su chimenea, un cuarto para dormir, algo que se asemeja a un retrete, quizá una letrina, y un lugar que debió de ser un oratorio. Tiene un jardín o un espacio que bien pudo emplearse como huerta y lugar de contemplación. El templo muestra una gran obra de ingeniería hidráulica. Cada una de las ermitas poseía un pequeño acueducto hecho de piedra que primero regaba la huerta y luego cruzaba por el baño para perderse como un arroyo en el bosque. Los carmelitas se angustiaron al pensar que sería imposible tener agua en este lugar, hasta que uno de los primeros frailes en llegar encontró a un misterioso indio vestido de Juan el Bautista, quien lo condujo a un manantial de abundante agua cristalina.

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Mi segundo hallazgo del día fue un peso de 1971 que trae en la cara principal a Morelos. Su color es por completo cobrizo por el óxido. Yo llegué a usar esas monedas. El Santo Desierto de los Bosques de Nuestra Señora del Carmen de los Montes de Santa Fe y su generosidad están conmigo. Mis compañeros no han tenido suerte.

​ Mientras rescato de una montaña de tierra mi tercer tesoro, una moneda de diez pesos con el rostro de Hidalgo fechada en 1976, un guardabosques nos dice que lo que hacemos está prohibido. Pepe afirma que no es cierto, pero nos sacan sin haber concluido nuestra jornada. Le dicen a Pepe que solo deben avisar en la administración, pero ya para la otra.

Imagen de portada: Arcos en el Desierto de los Leones, 2015. Fotografía de ©Ramón Bórquez. Flickr