Cultura UNAM

Arreola por Arreola

Vidas al margen / panóptico / Abril de 2018

Yael Weiss

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“Arreola por Arreola. Bestias y prodigios” es un proyecto musical, poético, plástico y actoral creado en torno a una selección de textos de Juan José Arreola y un artículo de José Emilio Pacheco sobre las circunstancias de aparición del Bestiario. En ese entonces, el libro se tituló Punta de plata en homenaje a la técnica que usó el pintor Héctor Xavier en las ilustraciones. El proyecto se presentará este abril en el Festival del Libro y la Rosa de la UNAM, a cien años del natalicio del escritor. Entrevistamos a Alonso Arreola, nieto del homenajeado y creador del espectáculo, en su casa de Coyoacán.

¿En qué contexto surge esta obra?

En 2013 la Secretaría de Cultura de Jalisco me comisionó un espectáculo para el Teatro Degollado. Me dijeron: “Ahí está la fecha, ahí está el teatro, ahí está el presupuesto, haz lo que quieras”. Casi de inmediato supe que iba a ser sobre el Bestiario. Me vino a la mente un texto de Pacheco, “Amanuense de Arreola”,1 que era deslumbrante y además muy revelador, porque la mayoría de los escritores no lo tenía presente. Es un texto hecho desde una generosidad y una claridad increíbles. Pero sobre todo desde el cariño. Es primero académico e histórico, luego anecdótico y entrañable. Menciona, por ejemplo, las tostadas de chile de camarón de mi abuela, de modo que fui con mis tías y rescaté la receta; incluso las preparamos en el escenario durante el espectáculo grande en Guadalajara.

Hablas de ese primer espectáculo como del “grande”, ¿por qué?

Eso es algo importante: el espectáculo se fue transformando; no es lo que voy a presentar en la Feria del Libro y la Rosa en la UNAM. Llegaré con una síntesis, porque lo fui “editando”. En una de las pláticas sobre creación que tuve con mi abuelo, él me decía: “Aquí la bronca siempre es quitar, quitar, lo más difícil es editar, editar, quitar lo que sobra, así: despiadadamente”. Entonces, como atendiendo a eso, reduje un espectáculo que duraba dos horas a sólo una, pero según yo muchísimo más sólida. Desde un inicio, comisioné a Iraida Noriega piezas para los textos del Bestiario original. Ella es una extraordinaria cantante y además tiene una autonomía escénica tremenda porque maneja muy bien la tecnología. A base de efectos y de loop station, además de beatboxing, va generando distintas capas. Pero siempre con sutilidad, para que los textos floten como los actores principales del espectáculo. Mi hermano lee los textos del Bestiario y Pío —Arturo López— hace “cine a mano” en vivo: desde un proyector de acetatos manipula agua, tinta, arena, para generar las formas de los animales. El actor Juan Manuel Torreblanca representa a Pacheco, cuyo texto es la columna vertebral de la obra. Yo musicalizo la lectura de Torreblanca. El espectáculo original, en el Degollado, era muy grande: éramos casi 15 personas sobre el escenario. Estaba, por ejemplo, Troker, una banda de jazz rock de Guadalajara. Contraté a un escenógrafo impresionante, Miguel Carrillo, y transformamos todo el escenario del Degollado en un espacio en donde cohabitaban el Zoológico de Chapultepec —con 70 jaulas y 50 troncos moviéndose con la mecánica teatral— y el estudio de mi abuelo. Llevé muchos muebles originales, porque también diseñaba muebles y hasta puso una pequeña carpintería al lado de su casa para poder fabricarlos. Llevé objetos personales y hasta pusimos a volar su busto en bronce. Mis tías estaban aterradas…

¿Este busto responde a un intento por incluir todas las bellas artes en el escenario? Pareciera que sólo faltaba la escultura…

Cuando diseñé el escenario basado en tres triángulos me hacía falta ese centro. Un día, en casa de mis tías, entendí que era la pieza ideal, puesto que todo giraba en torno a la persona de mi abuelo. Además, en la escena final, José Emilio se dirige a él y es justo cuando echamos a volar el busto. Pero como lo mencioné, el espectáculo ha cambiado…

¿Cada espectáculo es como una nueva lectura?

Por supuesto: cada que se lee un texto se renueva la relación con él. De manera simbólica, un poco soterrada, el escenario está diseñado para que parezca que todo ocurre en la cabeza de Pío. Cuando no está dibujando animales, se queda leyendo en silencio frente al público. Es como si proyectara imágenes mientras lee, escucha música y se imagina a José Emilio Pacheco. En el fondo, todo el espectáculo es como la expansión de una persona que está leyendo.

Espectáculo dentro de la cabeza de un lector… Pero también es una lectura en voz alta, ¿no?

Sí. El espectáculo fue diseñado desde el principio como un tributo a la lectura en voz alta. Desde chicos, mi abuelo nos hacía leer así, igual mis tías. A la fecha lo siguen haciendo. Cuando voy de visita, me dicen: “A ver, mijito, lee esto, por favor”, y se trata de pasar el rato bebiendo vino y leyendo en voz alta. Yo uso ese concepto incluso con mis alumnos de bajo. Hay algo intermedio entre leer en silencio para uno mismo y aprenderse las cosas. Considero que leer en voz alta es esencial para el desarrollo interpretativo escénico de cualquier arte.

¿Con esta obra abogas por la lectura en voz alta?

No quiero meterme en política, pero definitivamente no basta con repetir que debemos leer. Necesitamos generar los contextos y espacios chingones para que eso suceda. No estoy hablando necesariamente de tertulias donde corra el vino, sino de esos espacios perdidos, en familia, donde se dice: “vamos a leer esto en voz alta”.

¿Los demás artistas participan con sus lecturas particulares? ¿Es una obra colectiva?

La idea original es mía, pero como estamos hablando de tipos “grossos”, cada uno en su ramo, desde luego contribuyen. Mi papel es dirigir desde fuera, porque siempre es sano que exista un cauce y un sentido claros. Comisioné a Iraida la música, ¡pero no le dije lo que quería! Mi hermano propone maneras de leer y nos ponemos de acuerdo. Con Torreblanca estamos empezando a trabajar y nos trae muchas nuevas ideas. Por mi parte, cuando no estoy activo musicalizando la lectura de Torreblanca, me vuelvo un poco más actor. Decidí manifestar muchas cosas que viví con mi abuelo, pero de una manera sutil, no escrita en el guion. Por ejemplo, recuerdo cómo me enseñaba a ver los libros, si estaban cosidos o no, a revisar las páginas legales, los colofones… Durante la pieza “El búho”, me pongo de pie y reviso el libro a la manera de él, pero al mismo tiempo es como si el libro pudiera volar con sus hojas, tipo búho.

¿Cómo cambian las reacciones del público en lugares tan distintos como Zapotlán el Grande, Colombia o Los Ángeles?

Cuando llevé el espectáculo a Zapotlán encontré una mezcla de expectativas muy curiosas. Estaban desde las autoridades locales y gente de cultura de la zona, hasta la gente del pueblo en medio de la feria de Zapotlán. El libro La feria es justamente una serie de estampas, de fotografías verbales sobre esa masa, ese cúmulo de personajes. Es conmovedor y poderoso para mí. Ahí había una mezcla muy particular de gente de su pueblo que lo recuerda como el escritor, el que aparecía en la tele, pero también como el señor extravagante que salía en su bicicleta de la casa de la montaña, con su capa y que se tardaba mucho hablando con la señora de los quesos… De ahí a un contexto mucho más académico, como en Los Ángeles, la vibra cambia. Lo que sí hemos comprobado es que la gente se conecta con el arte puro, nítido y transparente, literario, de esos textos breves, contundentes, muy poéticos, con ese oleaje de la prosa, pero potenciados por Iraida, que canta como los ángeles, y los impresionantes dibujos de Pío… No obstante la diversidad de las audiencias, la respuesta ha sido siempre extraordinaria. No hay pierde en la sustancia, y luego agrégale el texto de José Emilio Pacheco, que es conmovedor. Lo mismo se pone a hablar de encuentros casuales con Monsiváis y Rulfo que de las tostadas de mi abuela…

Es un espectáculo lleno de nostalgia… Los bestiarios provienen de una tradición medieval y son a menudo parte del mundo de los libros para niños. ¿Estás consciente del ingrediente infantil?

¡Claro! Es uno de los elementos más importantes. Ve mi casa [me señala los estantes]. Tengo muñecas, mi conejo de Alicia, mi castillo vagabundo japonés, mi osito de peluche, mi Astroboy… Mi hermano comparte eso conmigo. Sabemos que en otra vida hubiéramos hecho cosas relacionadas con literatura infantil, con la animación, con la ilustración…

Pero… ¡lo has hecho!

Sí, claro, jaja. No tan directamente. Lo infantil… o está presente en los espectáculos, o falta algo.

¿Me puedes contar por qué el espectáculo se titula “Arreola por Arreola. Bestias y prodigios”?

“El prodigioso miligramo” es el texto que más me gusta entre todos los relacionados con animales, pero no lo pude incluir en el espectáculo porque es muy largo. Para mí no fue suficiente utilizar el Bestiario, quise hacer una propuesta que revisara todos los textos que trataran de animales. La figura de los animales es muy importante en la obra de mi abuelo: en el Bestiario los animales se humanizan mientras que en los demás textos sucede más bien lo contrario: los hombres se animalizan. Por ejemplo, en “La mujer amaestrada”. Como saqué “El prodigioso…”, puse un guiño en el título. Y lo de “Arreola por Arreola” surgió a raíz de un concierto del hijo de Frank Zappa que se llama “Zappa por Zappa”. Siempre se me hizo padre la idea de, desde quien tú eres artísticamente, homenajear no sólo a alguien que te antecedió en el tiempo, sino que tiene que ver con tu propia sangre. Mejor enfrentas eso de manera total desde el principio y dices: “sí, ésta es mi lectura de la obra de mi abuelo”. Yo tengo mi música, mis discos, mi rollo. A veces digo que soy escribajista, no me atrevo a decir que soy “escritor”. Llevo 20 años publicando en periódicos, revistas, pero escritores para mí son otros.

Representación en el Festival Internacional Cervantino, 2016. Cortesía de Alonso Arreola.

Imagen de portada: Representación en el Festival Internacional Cervantino, 2016. Cortesía de Alonso Arreola.

  1. En este texto, José Emilio Pacheco cuenta cómo Juan José Arreola le dictó los textos que conformarían el Bestiario, un libro comisionado por la UNAM.