Paleoceno

El inicio del Paleoceno

Animales / dossier / Mayo de 2020

Mike Keesey

Hace sesenta y seis millones de años el mundo llegó a su fin. Un asteroide de más de 10 kilómetros de diámetro —más ancho que el monte Everest— se estrelló en la península de Yucatán, y el impactó desató dos millones de veces más energía que la mayor bomba nuclear jamás detonada. Un megatsunami de cien metros de alto golpeó la costa del golfo de México. Más de cuatro mil kilómetros cúbicos de materia se evaporaron en menos de un segundo y por un breve instante dejaron un cráter de 30 kilómetros de profundidad que pronto comenzó a llenarse de agua. Toda la vida de la región resultó aniquilada en lo que dura un parpadeo. Para el resto del mundo la muerte llegó más lentamente, al menos allí donde no se experimentaron lluvias de fuego y detritos que volvían a caer desde la atmósfera. Una mortaja de hollín y polvo envolvió la Tierra y tapó el sol. En los mares los cocolitóforos detuvieron la fotosíntesis. Su mortandad masiva tuvo un efecto dominó en la cadena alimenticia que arrasó con las almejas inocerámicas y rudistas, los moluscos ammonoides y belemnoides y los grandes reptiles marinos: mosasaurios y plesiosaurios. En tierra se marchitaron y murieron casi todas las plantas, se extinguieron los pterosaurios alados y los célebres dinosaurios no avianos. Perecieron tres cuartas partes de los seres vivos. Pero nosotros sobrevivimos. No “nosotros” los seres humanos; faltaba mucho para que surgiera algo parecido al Homo sapiens. Pero sí nuestros ancestros protoprimates, los antepasados comunes que compartimos con todos los simios, monos, tarseros, lémures, loris y gálagos. Ellos sobrevivieron. Ellos fueron testigos del fin del mundo y el inicio de uno nuevo.

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