¿Sobrevivirán mis crías a un calor cada vez más fuerte y duradero?
Leer pdfLos días han empezado a ser más largos. Hace unas semanas regresaste de tu viaje invernal por el sur y todo está verde y fresco, con olor a vida. Has vuelto al lugar donde naciste y en el que encontraste a tu pareja hace algunos años. Cuando llegaste a casa, él ya estaba ahí, cantando fuertemente y defendiendo el territorio. Ustedes no migran juntos, a diferencia de las aves más sociales, como los patos; en su caso, cada quien se va por su lado y no suelen pasar juntos el invierno, así que regresar a su lugar de origen, donde se han reproducido cada año, es también un reencuentro. Cuando por fin se ven, cantan y vuelan coordinados, recuerdan sus bailes y cantos únicos, así como el sitio en el que la estación pasada construyeron su nido. Se saludan con un ritual propio, sin que otras aves participen ni interfieran. Ambos están delgados a causa de la difícil migración; entonces van a buscar insectos y gusanos con el fin de recuperar energía y tener reservas, pues deben prepararse, durante varias semanas, para reproducirse. La migración de este año fue un poco diferente de las anteriores. Antes de dirigirte hacia el sur, a finales del último verano, sentiste menos frío y las ganas de quedarte un poco más de tiempo, pero algo dentro de ti te dijo que era hora de partir y te fuiste. La nieve también llegó más tarde, fue una temporada invernal de fuertes tormentas y temperaturas muy bajas y, aunque la cantidad de nieve fue la misma que en otros años, se concentró en caídas violentas de pocos temporales. Además, los lugares en los que normalmente te detienes para alimentarte estaban muy secos y no había suficiente comida, por lo que tuviste que buscar otros paraderos. Corriste con suerte al toparte con casas de humanos que tenían agua y alimento, dispuestos para que aves como tú se provean. Algunos compañeros tuyos, sin embargo, no tuvieron la misma fortuna. En tu camino atravesaste menos áreas verdes y más construcciones, carreteras y humanos allí en donde antes había árboles y otras plantas. Pero lo lograste, sorteaste los imprevistos y llegaste a casa en el norte. Amaneciste con ganas de cantar, pronto te aparearás y pondrás seis o siete huevos. Vuelas un poco y te das cuenta de que las aves de todas las especies, no sólo de la tuya, también parecen inquietas; se acerca la primavera: todas cantan, gritan, vuelan, despliegan sus colores y se alimentan. Tú pasas gran parte del día comiendo y poniendo tus plumas bonitas, las limpias y peinas con tu pico. Te sorprende la cantidad de gusanos que hay disponibles en esta época. Normalmente, esta cantidad la ves hasta que nacen tus polluelos. “Será un año grandioso”, piensas. Finalmente llega el momento y, en una semana, pones seis huevos. Empiezas a incubar en cuanto la nidada está completa para que todos los polluelos eclosionen el mismo día, con unas horas de diferencia. No obstante, sientes un calor inusual, así que optas por levantarte y permitir que un poco de aire atraviese tus plumas y refresque el nido —es más peligroso un exceso de temperatura que un poco de fresco, ya que los embriones pueden morirse si sobrepasan los 40°C—; además, das algunos viajes cortos varias veces al día para tomar agua, mojar tus plumas y así refrescar a tus huevos. Afortunadamente, tu pareja y tú han escogido un lugar cerca de un árbol que les da sombra. Son días de trabajo arduo, pues junto a las estrategias que debes adoptar para que los huevos no se calienten demasiado, debes estar atenta a las ardillas y otros roedores, hambrientos depredadores. Antes de que pasen quince días, algunas de tus crías empiezan a piar dentro del huevo, como si ya quisieran salir. Sorprendida, empiezas a ver cómo una cáscara se va rompiendo; en definitiva, a un pollito le urge nacer y, después de algunas horas, ya puedes ver su piquito. Sin embargo, los otros no dan pistas de querer eclosionar todavía. No entiendes qué está pasando y por qué uno se adelantó tanto. Al día siguiente, otro pollito hace todo por ver el mundo pero, otra vez, sólo uno. Tu pareja y tú van en busca de gusanos para darles algo de desayunar a los precoces polluelos. Sin embargo, no encuentran tanto alimento como esperarías; hay muchos menos gusanos que hace tres semanas, cuando iniciaba el ciclo de reproducción. Regresas al nido, donde ya nació tu segunda cría, pero el alimento que consiguieron apenas alcanza para repartirlo entre las dos. Al sexto día nace la última, y la diferencia de tamaño es muy grande porque la que nació primero le lleva cinco días de ventaja, tiempo en el que no ha dejado de comer. Tú y tu compañero traen todos los gusanos que pueden encontrar, pero no son suficientes; además, la primogénita acapara la mayor parte de la comida, mientras que las pequeñas cada vez están más débiles. No puedes elegir a quien alimentar, así que dejas que ellas lo resuelvan, como ha sido desde el principio de la vida en la Tierra…
John James Audubon, “Sylvia maculosa [ahora Setophaga magnolia]”, del libro The Birds of America, pl. 123, ca. 1827-1838. Universidad de Pittsburgh
Han pasado dos años y acabas de regresar a tu lugar de nacimiento; en esta ocasión, la migración fue aún más complicada. Volviste antes porque las temperaturas en el sur eran ya muy altas a finales del invierno; tomaste otra ruta porque la última vez apenas encontraste alimento en el camino de siempre y la mayoría de los sitios naturales en donde descansabas había desaparecido. Fue un trayecto más largo y peligroso que terminó pronto con tus reservas de energía y que te obligó a esquivar a las personas y a sus temibles mascotas felinas, una amenaza para todas las aves, porque cazan por diversión y no por hambre; si tan sólo tuvieran un cascabel alertarían de su presencia y harían mucho menos daño. Entonces respiras aliviada y contenta por haber logrado escapar y estar de vuelta en tu hogar. Allí encuentras a tu pareja alimentándose y cuidando el territorio; al menos su árbol sigue en pie. Es esa época del año otra vez: días largos, bullicio en los árboles, más vida por todos lados y menos frío, aunque mucho menos de lo habitual para estas fechas. De nuevo hay un montón de gusanos justo al inicio de la primavera, por lo que te preguntas si pasará lo mismo que el año pasado y el antepasado, cuando no hubo suficientes para alimentar a tus pollitos. Los gusanos están naciendo antes, pues hace calor antes de tiempo y eso ocasiona que se adelanten, pero tú no has podido alterar tu ciclo porque se rige por las horas de luz que hay en el día y no por la temperatura. ¡Qué desastre! Debes encontrar otra fuente de alimento o empezar a tener menos crías para poder darles de comer. Los dos últimos años fueron bastante caóticos, tus polluelos, por ejemplo, no necesitaron de tu calor para desarrollarse: si bien tú los empollaste hasta que nacieron todos, el aire caliente actuó como un incubador ambiental. Este será el tercer año en el que todo es diferente y no estás dispuesta a perder a la mayoría de tus crías. Lo único que puedes hacer es poner menos huevos, uno o dos, y esperar que la temperatura no sea tan alta que mate a los embriones, y que los gusanos disponibles basten para alimentarlos cuando nazcan. Es difícil mantener el paso con tanto cambio.
John James Audubon, “Muscicapa ruticilla [ahora Setophaga ruticilla]”, del libro The Birds of America, pl. 40, ca. 1827-1838. Universidad de Pittsburgh.
Felizmente, este año no fue tan malo, tus dos crías sobrevivieron y volaron del nido bien alimentadas, listas para enfrentarse a la vida. Sin embargo, todo se ha vuelto más inestable, lo cual es un problema porque tu futuro y el de cientos de especies de aves (canoras, semilleras, marinas, etc.) dependen de eventos ambientales y biológicos puntuales regidos por la cantidad de luz y temperatura. Tú, en particular, has tenido que adelantar la fecha en la que regresas a reproducirte a finales del invierno porque el calor es intolerable, has cambiado de ruta migratoria, abandonas más veces a tus crías cuando vas a refrescarte y realizas viajes más largos al ir en busca de alimento para ellas. Ya no hay vuelta atrás, el pasado no regresará, pero aún es posible que el presente no se convierta en un caos total. ¿Qué sería de un planeta sin plumas de colores, sin cantos tan diversos y sin polluelos en sus nidos? Un planeta devastado, inhabitable y sin futuro.
Imagen de portada: Diego Trujillo-Pisanty, fotografía de ave en vuelo captada con un dispositivo automático, de la serie Cosas que vuelan, 2019.