Adolescente en octubre

Menopausia y Andropausia / panóptico / Octubre de 2022

Sergio Raúl Arroyo

Creo que casi nadie sabe cómo se inserta su pequeña historia dentro de la gran historia. La cifra minúscula con frecuencia encierra la totalidad. A veces se trata de un impulso que responde a una fuerza poco prevista, que se desprende de algo inesperado. Nada más lejano de la verdad que la idea de leyes ciegas e inamovibles que dominan la Historia. Algunas de esas historias mínimas contienen de modo concentrado todo lo ocurrido en la vida de la humanidad e invariablemente aparecen como si fuesen contadas por vez primera. Desde las culturas matrices, hasta los fenómenos y artefactos que caracterizan la trama del presente, los objetos y las genealogías se despliegan en realidades múltiples: mitos, imperios, guerras, máquinas, cosas, documentos y desastres, muchos desastres. Con Elías Canetti, manifiesto mi aversión por los sistemas: cuando un sistema se autoproclama como algo consumado, entonces se cierran miles de ventanas, el mundo enceguece. La historia de mi país, la que me ha tocado vivir, trato de descifrarla en segmentos intensos, pero fragmentarios, a manera de una breve bitácora que describe días y fechas que son testimonio personal de asombros provistos de preguntas abiertas. Lo sucedido se precipita y forma una constelación de imágenes que dibujan mi destino. Miro la inmensidad desde mi austero observatorio; limpio las telarañas y veo cómo se forma la biografía común que, al lado de otros, me ha tocado habitar. Si es verdad que toda realidad nace y termina en un estallido, parte de nuestra biografía está en recoger y clasificar los fragmentos sobre los que nos ha tocado transitar. Es ese nuestro espejo roto. Enumero:

1. En el origen

Jueves 16 de abril de 1964. Un niño de poco menos de 10 años, junto con sus abuelos, se encuentra parado en la esquina de Paseo de la Reforma y La Fragua, poco antes del anochecer. Es un oscuro atardecer. Nubes y nubes, grises y pesadas, que desplaza el viento hacia el cinturón de cerros que rodea la vieja cuenca de México. En el filo de las banquetas la gente espera la llegada de Tláloc, proveniente de Coatlinchán. En algún momento, por allí pasará la deidad que se asocia al agua y la fertilidad, el dios de los ahogados que gobierna el Tlalocan. Después de una baraja de episodios que cuentan la resistencia de una comunidad que quiso evitar su salida hacia la Ciudad de México, su arribo es inminente. En cosa de horas, Tláloc pasará a ser el cancerbero del flamante Museo Nacional de Antropología. Allí está la interminable línea de espectadores, sean informados, mirones e incrédulos, mientras la potencia de la luz disminuye en las calles. El enorme monolito viaja demorado por las contingencias puestas desde que partió de la pequeña localidad del Estado de México y por la lentitud con la que se desplazan las plataformas que lo llevan a cuestas. Ocho horas después de su salida, el monolito llegará a su puerto final. Por supuesto, cae la tormenta y regreso al recuerdo de una noche relampagueante en la que vino el aguacero y luego la granizada. Meses más tarde, ese mismo niño caminará por las salas del museo, en el que encuentra un universo clasificado donde nada parece correr al azar. Un extraño mundo duro e infalible donde las piedras y las losas de mármol nos guían por un tramo nebuloso del tiempo. Para el niño, el camino del museo es un laberinto en el que todas las rutas desembocan en el pasado lejano, un universo desmesurado, solo iluminado por una curiosidad infinita. El tesoro se ha abierto, pero no hay nada que rompa los caparazones de la antigüedad. Se encuentra en el lugar preciso donde se celebra la asamblea de dioses agigantados por el tiempo y las miradas, dioses que se adueñan de la realidad y que parecen decirnos “esto hemos sido”; presencias sobrehumanas que nos encadenan a una historia contenida en archipiélagos de significados, proyecciones que son mucho más que antiguos reflejos. Se trata de criaturas que representan rebeliones espirituales y morfológicas resguardadas en su propia corporalidad de piedra o estuco. Un antiquísimo monolito cargado de historia pudo ser una de las pautas de mi vida. De una u otra manera nos volcamos en intentos primarios y únicos, capítulos que continúan un largo relato abismal, para integrarnos a la corriente de la vida. Tal vez una parte de mí tiene su génesis en esa lluvia que venía de siglos atrás, una tormenta que nunca se apagaría y que acabaría por perderse en el tiempo.

2. 1968, miércoles 2 de octubre

Es una tarde soleada del último tercio de los sesentas. Poco después de las cuatro de la tarde, el niño-adolescente está trabajando en el negocio de su madre. Una hora antes, su tía Cecilia había hecho una llamada telefónica para advertir que desde la ventana de su oficina, ubicada en Insurgentes Centro, había visto pasar un convoy militar con rumbo al norte de la ciudad. Sugería que era peligroso asistir al mitin convocado por el Consejo Nacional de Huelga a las cuatro de la tarde en la Plaza de las Tres Culturas. El muchachito había ido meses antes con sus tíos, apenas mayores de edad, a las marchas gigantescas del 27 de agosto y 13 de septiembre, dos de las más memorables batallas cívicas que habían transitado por el Paseo de la Reforma. La normalidad se había roto de distintas formas. Un descarrilamiento de la obediencia y de la dócil credibilidad depositada en el gobierno. Madre y tíos asumieron con seriedad la advertencia salida de la llamada telefónica. El lugar donde se encontraba la casa-comercio, estaba a unas diez cuadras de la Unidad Nonoalco Tlatelolco, modelo de la “época de bienestar”. Alrededor de las cinco de la tarde, se alcanza a escuchar el tableteo de los disparos que sonarán casi hasta las once de la noche. Alguien dice: “los están matando”; la conjugación en presente provoca un sentimiento inédito que me atraviesa. El universo se convierte en una masa frágil y vulnerable. El diazordacismo, uno de los mayores ejemplos de depredación democrática, literalmente concibe al país como la isla intocada en la que se ha detenido la historia. Viene la confusión propiciada, la muerte deliberada distante de toda ficción. Los signos de la derrota circularán los días siguientes en imágenes que representarán la otra verdad que exige credibilidad, frente a la prensa y la televisión coptadas. En Crónica de la Intervención, Juan García Ponce escribe: “No hay historia, ni verdad, ni mentira. Solo existen fantasmas […] Se podían recorrer hospitales y prisiones y prisiones que se negaban a sí mismas como prisiones […] como muy pronto la realidad de la protesta estudiantil sería su disolución […] como la realidad de toda persona o de todo suceso concreto se disuelve en el tiempo y la nada.” El jueves 3 de octubre, mi tía Malú y yo recorrimos la plaza de Tlatelolco. Cientos de zapatos en las jardineras laterales. Cuadrillas de trabajadores de gobierno lavaban la explanada y los muros de los edificios, absortos en la misión de desaparecer las manchas perennes. Cito a Benjamin: “Toda imagen del pasado no reconocida por el presente como algo que le incumbe corre el riesgo de desaparecer irremediablemente”. Una vez Carlos Monsiváis me dijo que Díaz Ordaz asemejaba al actor Claudio Brook en la película El castillo de la pureza, el padre severo que encierra a su familia en la casa para que no sea contaminada por la realidad. Me pregunto si en nuestro mundo político, hoy no existe quien haya encarnado el papel de Enrique Lucero, el cura linchador de San Miguel Canoa, que desde el púlpito emplea su poder para acusar y condenar, instrumentalizando el miedo de los creyentes y transformando a las víctimas en culpables. Los días que siguieron a Tlatelolco vieron surgir la Guerra Sucia que enfrentó guerrilleros endurecidos con una represión gubernamental cruel e ilegal. La misma Crónica de la Intervención nos arroja una frase terrible: “Una matanza convierte cualquier lugar en un basurero”. Años más tarde, el adolescente al que hice referencia, ya convertido en etnólogo, desde un lugar asignado por la Universidad Nacional, excavaría en ese basurero de la Historia.

©Jesús Martínez, sin título *Paloma de la paz atravesada por una bayoneta*, 1968. Fotografía Oswaldo Ruiz. 
 Colección MUAC/DiGAV/UNAM. Cortesía del MUAC©Jesús Martínez, sin título [Paloma de la paz atravesada por una bayoneta], 1968. Fotografía Oswaldo Ruiz. Colección MUAC/DiGAV/UNAM. Cortesía del MUAC

3. En horas de oficina

9 de marzo de 2001, viernes. El zapatismo pasó a habitar la Escuela Nacional de Antropología e Historia: la asamblea escolar había decidido hospedar a la comandancia zapatista en la ENAH. Diferentes izquierdas -no todas-, gente proclive a la Teoría de la Liberación, ciertos intelectuales y numerosas comunidades de las escuelas públicas, mantenían atención a lo que sucediera con la caravana que había partido del sureste del país. En la esfera gubernamental las cosas eran más complicadas: saldar los acuerdos de San Andrés Larráinzar no era parte de una cotidianidad parlamentaria ni de la lógica consuetudinaria del Estado mexicano. La lejanía de los poderes públicos instituidos era enorme, pero los zapatistas habían sido invitados oficialmente a presentarse en la Cámara de Diputados. Su marcha, exitosísima, más allá de asumirse o no como militante, o tibio partidario, daba cuenta de una simpatía extendida y globalizada. En una de sus direcciones estaba nuestra mítica escuela. El Qué hacer de Lenin y el qué hacer del gobierno de la transición coincidían en su ausencia de respuestas para un asunto tan específico como el desafío que planteaba el eros zapatista. Baste tener a la vista los datos sobre el destino de la multietnicidad en el orbe soviético, para darse cuenta de las catástrofes provocadas por la pobreza de las ortodoxias. Los acuerdos se tomarían con la Comandanta y con nadie más. Ingenuidad y no tanto: la democracia nace a partir del reconocimiento del otro como interlocutor: estancia de tres semanas, que pasarán a ser cuatro. No pensar igual es la base de una forma de la pluralidad que hay que poner en correlación, independientemente de todo reflejo pavloviano y navegar más allá de la pluralidad retórica, con la que algunos suelen llenarse la boca. Algunos intuimos que ese mundo escindido que ejemplificaban los zapatistas reclamaba mediaciones y una disposición democrática que el diminuto orbe de la Antropología deseaba poner al servicio de la causa. Obedecer o desobedecer. La mediación política y la hospitalidad sincera no demandan posturas a ultranza, sino dosis prácticas de inteligencia reflexiva. Modesta conclusión: la obediencia del comisario o del incondicional siempre lleva al desfiladero: eso no falla. El zapatismo, disminuido hoy día, seguramente presa de sus propias debilidades y contradicciones, quiere verse como una piedra en el zapato; sin embargo, sus preguntas cruciales y los motivos de su rebelión aún se encuentran dentro de esa isla de silencio que recorre de ida y vuelta la administración pública y la idea de desarrollo prevaleciente en el país. Por encima del deterioro de cualquier militancia, de nuestra mucha o escasa fe, mi memoria mantiene esos días como un momento alumbrado por el reclamo de algunos por ganar un espacio en el aquí y ahora. Ya se sabe, las revoluciones siempre descansan en el futuro, jamás en el presente.

Soldado dispara a estudiantes en la Vocacional 7, 1968. El Universal/M68/CCUT/UNAMSoldado dispara a estudiantes en la Vocacional 7, 1968. El Universal/M68/CCUT/UNAM

4. Una fotografía de los Kon´ka

Madrid, 1892. Es probable que la fotografía de cinco indios kon´ka, tomada por Alfredo Laurent como testimonio del mundo indígena que poblaba el México decimonónico, sea una de esas imágenes que escapa a su propósito inicial.

El registro fue mostrado en la Exposición Histórico-Americana presentada en Madrid para la celebración del cuarto centenario del descubrimiento de América. Si la fotografía es parte de la argumentación civilizatoria con la que se ofrendaba un voto cultural al encuentro entre Europa y América, en ella los sujetos fotografiados cobraban una consistencia que iba más allá de la mera tarjeta postal, escapando de inventarios abiertos para el exotismo, centrados en la rareza de las curiosidades locales, a la manera de ejercicios clasificatorios de las especies botánicas o zoológicas. Sin duda, la imagen está provista de un orientalismo frecuente en la época, un signo de atracción hacia ese universo misterioso en el que habitan los otros, aquellos que han sido vistos desde tiempos remotos como los ocupantes de la periferia del mundo. Seres con una mirada perpendicular que no nos inquiere, pero que alberga la extrañeza de quien no está habituado al set fotográfico ni tampoco a los ojos de quienes más tarde los observarán como piezas de un catálogo. La actitud un tanto incómoda y triste, trasluce el desconcierto desde el que posan las cuatro figuras sedentes y el muchacho recostado, cuyo cuerpo traza una diagonal, a manera de una costura visual que da unidad al conjunto. ¿En qué consiste la belleza de esta fotografía que aún nos conmueve? Quizá en la presencia de aquello que no forma parte de la rutina civilizatoria. Cinco singularidades convergen en una, la del agrupamiento que concita una historia que nunca sabremos, tal vez la de un conjunto inseparable de indios que caza y navega en un litoral soñado, en un territorio que ya no existe, como resultado de los embates de una modernidad despiadada que intentó “pacificarlos” desde principios del siglo XIX. Instrumentalizar la indianidad y la pobreza han sido dos de las coartadas más visitadas por los gobiernos mexicanos, en el intento por contar con esas huestes y sus votos en la construcción de un país-ficción que prefiere cualquier cosa antes que toparse con el presente. Para nombrar a esas existencias el lenguaje titubea: aborígenes, nativos, habitantes autóctonos, indios, indígenas, pobladores originarios. La imagen de los kon´ka la vi una tarde de 1997 en el archivo de la Fototeca Nacional. Desde entonces, esa fotografía no ha dejado de mirarme. Las diferentes visiones fotográficas que conformaron la representación étnica en el Palacio de los Recoletos en aquel 1892, lograron en cierta forma exhibir la diversidad indígena mexicana, pero nunca la revelaron. En este retrato colectivo, los cinco personajes kon´ka, habitantes de las costas del Golfo de Baja California y de la Isla Tiburón en Sonora, posan junto a pieles de pelícano con las que solían comerciar. Muestran también dos botellas de licor, además de sus arcos y flechas sujetados por un miembro del grupo. Contra toda fragmentación, se trata de la imagen solidaria y extraña de una existencia orgullosa y crepuscular.

5. La Academia

Celebro la antropología como testimonio crítico de la diversidad, como una de las formas del pensamiento que nos advierte de los peligros de la unanimidad y de la idea unilineal del progreso. Puede decirse que estoy a favor de la Academia y en contra del academicismo. En el Renacimiento temprano, Pico della Mirandola, entendió a la Academia como una alternativa contra la escolástica, contra la esclerosis y la rigidez del pensamiento instituido, como una fuente productora de versiones alternativas, contra el saber pontificado, heredado del oscurantismo. La Academia fue el centro de un diálogo basado en la comunidad ilustrada, una plataforma para el despegue de la modernidad y sus movimientos científicos. Entiendo la cultura como aquello que nos permite hacer inteligible la realidad, descifrarla, pero no necesariamente aceptarla. No encuentro mayor propósito en las experiencias culturales que desarrollar el pensamiento bajo atmósferas de independencia y autonomía, haciendo visibles los peligros manifiestos del culto a los negocios y a la uniformidad. Por esa razón, he dejado de creer en los intentos doctrinarios que utilizan el nacionalismo como una fortaleza compuesta por objetos y seres sobrehumanos investidos de resonancias religiosas, enraizando las relaciones atávicas que hacen del individuo un feligrés. Nunca he creído en el nacionalismo grandilocuente, más propicio para la autocelebración que para el autoconocimiento. Gracias a lo mejor de la Academia, hace mucho que dejé de creer en las revoluciones y sus santorales, en sus deidades con placas militares o policíacas que plagan la existencia de gulags. Con Cioran, puedo afirmar que no existe ningún movimiento basado en la radicalidad, que en el momento en que se realiza como tal a través del Estado, no caiga en el automatismo de los antiguos organismos a los que pretende negar, superando incluso cualquiera de sus viejas taras y suscitando la decepción de aquellos que creyeron en ello con algún fervor: “Cada doctrina contiene en germen infinitas posibilidades de desgracia”. He dejado de creer en la historia como un teatro de gendarmes y víctimas. Derecha e izquierda son simples aproximaciones de las que por desgracia casi nadie puede prescindir. No recurrir a ellas para algunos supone no tomar partido, pero sobre todo, los pone frente al incómodo desafío de tener que repensar el mundo. La escuela y la Academia deben ser una tentativa útil para no convertirnos en animales metafísicos. Mediante los núcleos o intersticios creados desde la sociedad civil, es posible dejar entrar en nuestro interior ideas y pensamientos que de otro modo pueden perderse en el servilismo. Crear para pensar y producir a través de la inteligencia cosas no previstas. La religión del dinero y la fe canónica en la política, producen las mayores tragedias de nuestra contemporaneidad. Es fundamental la vital incertidumbre de estar fuera de la lógica de los que dan las órdenes y de los que obedecen y ejecutan ciegamente. Más allá del solipsismo impuesto, más allá de las jergas radicalistas, más allá de los prestigios dados por la cultura administrada, tenemos que imaginar un futuro con múltiples desembocaduras. Sé que los reconocimientos tienen doble filo, el efecto consagratorio, que puede ponernos en estado de inmovilidad y establecer la falsa creencia de que un profesional es un ser consolidado. Pero también alientan, en tanto nos permiten mantener los lazos con el oficio, entendido como un proceso sin punto final. Rechazo reducir nuestro trabajo a los utilitarismos del folclor o el pintoresquismo, rechazo la unidad ficticia o la diversidad artificiosa, rechazo el conocimiento que se concibe como algo intocable. Estoy contra del que es incendiario a los veinte y bombero a los cincuenta. Una cultura que tiene como fin básico preservarse, no es cultura, sino un mero autorretrato tautológico. Octavio Paz dijo: “La tradición pierde sentido cuando ya nada la desafía o la modifica”. Nunca he visto a la Antropología como un recurso para embalsamar la realidad con respuestas antiquísimas. No vi en ella una forma de sellar el mundo, sino de penetrarlo. Apuesto por una Antropología que se sitúa fuera de un pasado mitificado o de la falsa poesía de la unidad nacional. El origen del nacionalismo hermético está en el narcisismo y en el miedo, cuya mayor prueba descansa en el monumentalismo que enmascara lo que está detrás del escenario. Finalmente. Por la gente con la que trabajé y por quienes me dieron trabajo, espero merecer este reconocimiento. Siempre he pensado que uno tiene que ser responsable de sus actos, de sus palabras y también de sus silencios ¿Qué tanto lo somos? Lo mío es solo un sencillo testimonio. Si algún mérito tengo, es el de haber transitado por esa otra belleza inserta en la Antropología, por ese mundo hermoso y extraño, en el que, junto con otros, he tratado de crear una imagen de mí mismo.

El 1 de junio de 2022 Sergio Raúl Arroyo recibió la Palma de la Academia Mexicana de Ciencias Antropológicas. Este fue el texto que leyó en la ceremonia quien fue fundador del Centro Cultural Universitario Tlatelolco de la UNAM y responsable del primer Memorial del 68.

Imagen de portada: Soldados vigilan una fila de detenidos, 1968. IISUE/AHUNAM