Perras de reserva, de Dahlia de la Cerda

Amuralladas

Futbol / crítica / Noviembre de 2022

Ana Negri

En 2019 Perras de reserva obtuvo el Premio Nacional de Cuento Joven Comala y fue publicada en el Fondo Editorial Tierra Adentro. Aquella primera edición incluyó nueve relatos en una disposición intrincada: tres cuentos independientes —“Perejil y Coca-Cola”, “Rosa de Sarón” y “Mariposa de barrio”— se reparten uno al principio y dos hacia el final. En el medio, seis relatos forman dos grupos de textos vinculados e intercalados. Así, las protagonistas de “Yuliana”, “Constanza”, “La China” y “Regina” comparten una misma historia y narran, desde distintos puntos de vista, el desarrollo y los antecedentes de la anécdota. El mismo recurso se emplea para articular “Que Dios me perdone” y “Dios no hizo el paro”, los cuales aparecen uno después de “Yuliana” y otro luego de “Constanza”.

​ A dicha configuración se incorporaron en esta segunda edición, a cargo de la editorial Sexto Piso, cuatro relatos al final: “La Sonrisa”, “Lentejuelas”, “Culo de paja” y “La Huesera”. Estos últimos, insertados al final del volumen, no están atravesados por una historia en común, sin embargo, en ellos intervienen fenómenos sobrenaturales, ya sea como meros guiños o como rupturas tajantes con el pacto de realidad. Los rasgos que unen estos cuatro textos con los publicados previamente son los que ensamblan la totalidad. En primer lugar, la violencia infligida contra las mujeres, o bien la que ejercen mujeres que pasan de víctimas a victimarias. En segundo lugar, todos están narrados en primera persona (mujer o trans, en una ocasión) y se dirigen a un interlocutor casi siempre incierto, pues la situación de enunciación solo se explicita en “La Huesera”, donde el formato epistolar obliga a dar cuenta de su destinataria. Por último, todos persiguen un lenguaje que busca reproducir las formas de la oralidad de mujeres de distintas regiones del país y de distintas clases sociales.

Will Barnet, *Sleeping Child*, 1961. ©Smithsonian American Art MuseumWill Barnet, Sleeping Child, 1961. ©Smithsonian American Art Museum

​ En los trece relatos de Perras de reserva la violencia es el sello distintivo. Una universitaria de bajos recursos se somete a un aborto con misoprostol sin más compañía que las chick-flicks que mira en la soledad de su casa; la hija de un sicario poderoso, luego del asesinato de su mejor amiga, asume el liderazgo del cártel de su padre; tres hermanas bordadoras, habitantes de un “asentamiento irregular”, matan a sartenazos a una persona que entra a robar a su casa; la descendiente de una larga línea de políticos mexicanos acude a sus contactos con el narco para limpiar su perfil público; una adolescente acorralada por el hambre y la pobreza comienza a robar; una mitotera encomendada en tareas menores dentro del crimen organizado se convierte en una sanguinaria sicaria al ser reclutada en la cárcel donde cumplía su condena; una adoradora de Jehová baila alrededor de su marido, que se ahoga de borracho, para luego, en un delirio místico, llevar a cabo un sacrificio de sangre aún más espeluznante; una preparatoriana de escuela religiosa hace todo lo necesario para llegar a ser buchona; una joven tolera las múltiples humillaciones de un hombre con la esperanza de que su hijo tenga un padre; una mujer sube a la Bestia con la ilusión de un mejor futuro en el norte del país, donde es torturada y violada al abordar el autobús de la maquila en la que trabajaba; una persona trans, trabajadora sexual, es asesinada en un evidente acto de transfobia; una bruja lleva a cabo todo tipo de conjuros, rituales y evocaciones para acabar con su vecina; una joven le escribe a su mejor amiga, quien fue torturada y asesinada, y así se confronta con un aluvión de otros casos de feminicidio y misoginia.

​ A la manera de Tarantino, en esta colección de textos se retrata una realidad en la que los crímenes, la tortura y los abusos son infligidos de forma recurrente, con soltura, sin reparos. La diferencia con la película a la que hace alusión el título (Reservoir Dogs, 1992) es que, en este caso, se trata específicamente de la violencia contra las mujeres y, en ocasiones, la que estas despliegan a modo de reacción y defensa.

​ Los relatos perfilan personajes femeninos fuertes que resuelven sus problemas por mano propia porque “Dios en esto no hace paro”. Las reacciones contra las distintas violencias que padecen son enérgicas —muchas veces en la misma línea de los procedimientos patriarcales que en un primer momento las violentaron— y las protagonistas permanecen acorazadas. Dan cuenta de los eventos, describen objetos, indumentaria e incluso ofrecen instrucciones puntuales para llevar a cabo un aborto sin vigilancia médica sin que se alcancen a escuchar sus voces. Más allá del registro oral que acude a regionalismos, slang y modismos de toda índole, las narradoras no tienen una voz propia que las identifique, que en su particular forma de disponer las palabras permita acceder a posibles conflictos internos, dudas, contradicciones, dolor. Dahlia de la Cerda opta por mostrar cómo la violencia que las ha atravesado conduce a todas estas mujeres a amurallarse detrás de discursos que se apegan a los eventos, que señalan la afectación como consecuencia y no como experiencia personal. Las narraciones exploran situaciones brutales, crímenes furiosos llenos de odio, pero en las voces que los relatan no parecen quedar marcas:

Jesús se metió a la alberca, me sujetó del cabello y me sumergió: estaba tratando de ahogarme […] Como pude me salí y me fui corriendo a la recámara. Me encerré y le marqué llorando a Yuliana […] fue lo último que supe. Luego todo se llenó de humo, plomo y sangre.

​ El recuento indica las formas en que se ejerce la violencia desde una distancia anecdótica porque en estas voces la única marca, la que neutraliza todas las demás, es la de una violencia que se ha implantado en quien la padece para anular su subjetividad y desplegar, desde ahí, un discurso duro, inquebrantable y hostil en quien lo recibe. Es desde esas circunstancias y bajo las pautas de ese dispositivo que las protagonistas de Perras de reserva son todas crueles, como aquella que pregunta:

¿Quieres que te lo cuente? Me violaron entre los cinco. Se turnaron para violarme. Me amarraron las manos y los pies. Me quemaron con cigarros, me golpearon hasta que se cansaron. Me soltaban y jugaban a cazarme…

​ El recuento sigue por más de diez líneas.

​ La apuesta de la autora es tan potente como la de sus personajes, pero riesgosa. Al dotar a sus narradoras de un discurso a prueba de balas para mostrar los efectos de una violencia atroz, lleva a cabo un procedimiento que inevitablemente las silencia. En consecuencia, sin una lectura que identifique esos relatos agresivos y aparentemente infranqueables como mecanismos de defensa de quienes los pronuncian, y por tanto como crítica social, podría parecer que Perras de reserva vuelve a colocar a sus protagonistas en el lugar de las cifras, donde la subjetividad y las voces particulares de cada una de ellas son anuladas por la fuerza.

Sexto Piso, CDMX, 2022

Imagen de portada: Will Barnet, Sleeping Child, 1961. ©Smithsonian American Art Museum