dossier Calor JUN.2026

Amelia de Paz

Días caniculares. La Sicilia de Góngora

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Contábamos los años por veranos. Veranos que anticipábamos desde el solsticio de invierno calculando los segundos de luz hurtados cada día a la noche; veranos que se presentían desde que el olmo se encaprichaba en aventar sus semillas aladas; veranos que irrumpían sin pedir permiso. El estío: la promesa cumplida. El anhelo consumado. El premio a la paciencia. Explosión de la vida, revelación de la verdad. El verano, la alétheia de los muchos velos. Descubrimiento de los cuerpos y del ser. Veranos para beberse el mundo como un vaso de agua. Veranos superpuestos y desnudados año tras año, epifanías de un mismo instante. Veranos tórridos y morosos. Veranos en el interior del muro sur de una mezquita-catedral hispánica, la de Córdoba —la de Góngora—, donde el calor que derrite el asfalto no aprieta: conserva. Un archivo rebosante de reminiscencias gongorinas se aloja en ese espacio insólito. Allí, entre sillares, atemperado por la civilización, el calor del estío se remansa y transforma en memoria suspendida en el aire. La piedra labrada que enseñó a Góngora su lección cotidiana de rigor nos devuelve vibraciones remotas de unas voces que no alcanzamos a escuchar del todo. Embriagados de papeles viejos, nos da por fantasear que el calor es una forma de resistencia que adopta el pasado, el aliento con que lo vivido se niega a desaparecer. Energía en tránsito, del objeto más caliente al más frío, del ayer al hoy, en busca del equilibrio. Ocio estival, ocio estudioso. El otium de Petrarca. Solo los veranos cuentan. ​ Que los años se cuentan por veranos lo sabía Tucídides. “En el siguiente verano…”: el arranque formular que va jalonando su crónica de la guerra del Peloponeso como un presagio funesto. Cierto es que para el historiador la primavera está incluida en el verano, la época del buen tiempo. El théros, verano y cosecha. La estación en que la guerra se reanuda. La cosecha anual de vida y muerte. La atemporalidad del verano rota por la historia, con determinismo dictado por Heráclito: la guerra es el padre de todo; el fuego, el elemento primordial. Marte y Vulcano. Hierro, basalto y podredumbre. 430 a. C., segundo año de la guerra: en cuanto llega el verano, se produce la segunda invasión del Ática por los peloponesios y sus aliados; la peste se declara en Atenas. Verano del 426 a. C., sexto año de la guerra: los seísmos impiden una nueva invasión del Ática; los maremotos sacuden el Egeo. Verano del decimoséptimo año (415 a. C.): la asamblea ateniense ordena enviar una expedición comandada por sus mejores estrategos a Sicilia, la tierra de cíclopes y lestrigones. La Sicilia pétrea, ígnea, gaseiforme y fluida de Empédocles de Acragante. Piedra no ya domesticada como aquella que se emplea para edificar un templo a la divinidad trascendente, sino roca agreste esta vez, consagrada a la inmanencia. Piedra en todo caso imbuida de su origen térmico, subyugada por él, y recamada de líquida plata. Tifeo resoplando por las bocas del Etna en medio del ponto. Pero Tucídides repudia conocer más de esa verdad mítica, que prefiere arrumbar como una antigualla: “Basta con lo que los poetas dicen y lo que cada uno cree saber”, traduce Adrados (1952) con sintaxis áspera y estricta como los farallones de Sicilia. Góngora, que no los ha visto, desde su bosque de piedra cordobés los recorre con la fantasía hacia 1612 por medio de los ojos de Teócrito el siracusano. ​ Su mirada, sin embargo, pronto se eleva, como su verbo, al empíreo:

Salamandria del sol, vestido estrellas, latiendo el can del cielo estaba…

​ La isla, abrasada por la canícula. Sirio, el ajolote refractario, sojuzga el planeta. Los organismos, fundidos por el mercurio, buscan la sombra, buscan el agua, se buscan y rechazan. ​ La Fábula de Polifemo y Galatea es el De rerum natura de Góngora, su indagación de la materia primigenia, de la pulsión básica. No es monista, ni estática, la visión del poeta. Sicilia dispensa como potencias ingénitas el calor del éter, el fuego y el magma solidificado de sus volcanes, el componente líquido, que amor y desdén unen y disocian con un determinismo que se impone caprichoso e inexorable. Los elementos se transforman unos en otros, en un proceso constante y liberador. El mundo está habitado por seres variopintos, a merced de tales tensiones. Estructuras pluriformes, distintos estadios evolutivos, grados diversos de vitalidad y mortalidad. Entes de consistencia y perceptibilidad variables. Algunos son antropoides o antropomorfos. La humanidad es sólo abstracción (la juventud, las provincias de Europa) o intrusión (el mercader genovés). La acción específicamente humana (caza, agricultura, pastoreo, comercio) convive, no obstante, de manera natural con el numen. El arado y Ceres. Las hijas de Nereo y la nave. El civilizado requesón y el erizo de la castaña, estuche incomparable, obra de artífice no humano, transmutado por el poeta en zurrón o morral de varias frutas. Deidades de todas las jerarquías propician la maravilla de la variedad y de la variación. Góngora ha compuesto un canto a la diferencia.

“The Hidden Treasure”, del libro Travel Without Moving, Skinnerboox, 2016.

​ Esos seres tan dispares comparten una condición esencial: su querencia idolátrica a la hermosura. La Fábula es un poema cinético y reverente en extremo. Una oblación en el altar profano de la euritmia, donde cada cual ofrece lo mejor que tiene. La atracción, el magnetismo irresistible que suscita la forma bella es la razón de ser del mundo y del endecasílabo. Todo se rinde a la armonía. ​ Una ninfa marina, un imán silencioso, una sobreexcitación atmosférica, la huidiza Galatea, incendia los instintos varoniles. Por su causa,

arde la juventud, y los arados peinan las tierras que surcaron antes, mal conducidos, cuando no arrastrados, de tardos bueyes, cual su dueño errantes.

​ Las criaturas, despechadas, se entregan a la indolencia. La siesta del fauno; la hora de Pan. Ya Hesíodo observó que la canícula vuelve más lúbricas a las mujeres y debilita a los hombres. Las ninfas no escapan a esta ley. El calor actúa como catalizador de la voluptuosidad femenil. Galatea es esquiva, pero no solipsista. Sucumbirá a los encantos de Acis, porque también Acis, como ella misma, es hermoso, y Galatea no es ajena a la filocalía que rige la isla. Si bien se enamora no por voluntad propia, sino a causa de la llama que el niño de la venda infunde en su pecho. Acis, el venablo de Cupido. Galatea no es la Marcela cervantina, la misándrica y bachillera Marcela, fuego apartado y espada puesta lejos. Galatea es una magnetita muda. Carece de la facundia que ostenta en Ovidio, pero también de cualquier otra dimensión fónica. De su boca —soberano acierto de Góngora— no sale una sola sílaba. Rompió el hechizo Salvatore Quasimodo cuando la hizo cantar con voz de soprano e inflamarse a destiempo en una pasión verbosa por el Cíclope. ​ Polifemo, él sí, el de las muchas palabras. La etimología configurante. En el poema gongorino, es al monstruo a quien le está concedido el privilegio de la locución. Acis y Galatea son siluetas, grácil anatomía que danza un ritual erótico. Se insinúan, voltean, se anudan. Asistimos a una parada nupcial, con su juego silente de exhibición y disimulo. Los amantes son pura acrobacia. El Cíclope, desgarbado y ponderoso, es la aberración que habla. ¿Cómo, si no, iba a participarnos su entraña? ¿Gesticulando, como en una pantomima? ¿Un Pirineo manoteando? ¿Cómo hubiera podido mostrarnos las fibras de su congoja? ¿Cómo hubiéramos podido tomarlo en serio? Porque él es el protagonista del poema, quien otorga peso y densidad a la trama. Es él quien primero se nos presenta, tras la dedicatoria protocolaria y la descripción de Sicilia. Todo lo demás —materia inerte o viviente, incluidos Galatea y Acis— es contorno. Y él, Polifemo, el engendro, es quien está dotado para expresar en razones la argucia de un mundo que finge ser perfecto, la inanidad de un amor que es mera exaltación de la apariencia. Es con él con quien la pupila vicaria de Góngora, el racionero de la catedral de Córdoba, el tantálico don Luis, se solidariza. El desconocido Cíclope de Filóxeno de Citera constituye para nosotros sólo el residuo de un título, indistintamente nombrado como la Galatea de Filóxeno. Nadie menciona la Galatea, a secas, de Góngora. No habría sonado a nada. ​ Late el perro del cielo y ladra el corazón de Polifemo. ​ Lo disforme no soporta el desafío. Polifemo es el más esteticista de los seres bajo las estrellas. Se contempla en el espejo de las aguas y no se ve tan feo. Su ojo pineal le revela una hermosura más sutil, que la tonta de Galatea no es capaz de captar. Ni la prosapia ni la opulencia del gigante han conseguido vencer el desvío de la ninfa. El dolor de Polifemo es el de Tersites el parlanchín, el más repulsivo de los aqueos, pero elevado a una potencia descomunal como su tamaño. El Cíclope no se dejará humillar. El Polifemo de Góngora es la conflagración de las formas. Sabe Dios qué pudo percibir el ojo de su frente cuando el gigante interrumpe por azar la cópula de los dos seres bellos. Pero la temperatura se vuelve insoportable, el conflicto estalla y se resuelve por la vía expeditiva: la metamorfosis acuosa que también redimió a Aretusa libra a Acis. El agua bate a la piedra. El líquido arjé acaba imponiendo su preeminencia.

“Torres del Paine”, del libro Travel Without Moving, Skinnerboox, 2016.

​ No nos dice Góngora qué hizo el Cíclope después de arremeter contra los amantes. Acaso regresara a su gruta, mesándose el torrente de la barba. Quién sabe si gruñendo o meditando. Tal vez barruntando a Odiseo. La caverna de Polifemo, melancólico bostezo rocoso, reducto de su cuerpo excesivo y su miocardio atormentado. Mazmorra donde la inspiración se incuba, donde se procesan los estímulos hirientes del exterior. De creer a Ateneo de Náucratis, en las canteras de Sicilia compuso Filóxeno su Cíclope autobiográfico. Dionisio I de Siracusa lo había arrojado a la ergástula por seducir a su concubina Galatea; el poeta se habría vengado enmascarando a Dionisio en el Cíclope y a sí mismo en Odiseo. Sabía lo que era el cautiverio: había sido apresado por los atenienses en la toma de Citera y convertido en esclavo. Sabía lo que era la redención poética: Melanípides lo compró y manumitió, después de someterlo a la férula del ditirambo. El canto aherrojado y al cabo salvífico. El treno indispensable. ​ Igualmente el Polifemo alumbrado por Góngora canta porque no puede menos. Y aunque él no lo sabe, no canta para Galatea: canta para un noble que en un sitial adoselado encuentra solaz a sus expansiones venatorias escuchando la íntima tortura del coloso cincelada en octavas reales. Refinamientos de potentado. El conde de Niebla: uno de aquellos próceres de la Baja Andalucía que no necesitaron soñarse Argantonios porque lo fueron, en tanto que otro cargaba con el peso de la corona sobre los hombros. Polifemo canta con su voz de trueno para deleitar al de Niebla y cantando sobrevive a su vez, como el dulce Arión. ​ Alguno de los atenienses condenados en las canteras de Sicilia durante la infausta expedición también logró salvarse, recitando a Eurípides. Esto no lo refiere Tucídides, sino Plutarco. La poesía como moneda de cambio por la vida. Una vida —la humana— que existe únicamente para mantener vivo al sol, al quinto sol. No lo olvidemos. Nuestra era, la más frágil, se sostiene gracias al movimiento y el sonido. Mortales de voz articulada obligados a agitarse y proferir. Percutir el aire hasta la extenuación para no perecer. Arrojar la piedra como Polifemo; ladrarle a la luna, o si no al sol, como aquellos libios que observó Heródoto que revestían de improperios al astro porque quemaba sus cultivos y que eran los únicos hombres que no tenían nombre propio. La anónima, la férvida y agostada humanidad: la nuestra, la de todos. El fuego prometeico calcinó nuestros veranos. Dicen del cuarto ángel del Apocalipsis que derramará su copa sobre el sol. No es preciso que nos amenacen con el invierno termonuclear. No nos intimidan con sus profecías, retrospectiva flagrante. No pueden intimidarnos. Nuestros veranos están a buen recaudo. La guerra es el padre; el fuego, el principio universal. Días de perros.

Imagen de portada: Federico Ciamei, “Ptolemais”, del libro Travel Without Moving, Skinnerboox, 2016. Todas las imágenes son cortesía del artista.