Viajeros y habitantes acalorados en el México del siglo XIX: experiencias y explotación
Leer pdfHace unos días, mientras buscaba dónde hospedarme para un congreso en Veracruz, leí la reseña de John en TripAdvisor quejándose de que el aire acondicionado no funcionaba en su alojamiento: “Horrible!!! The AC doesn´t work, the room is smelly and noisy. This place is hell, don´t come here!”. Es verdad que empieza la primavera y que el calor puede ser tremendo, pero no es el cataclismo que describe. No obstante, su comentario y mi percepción me despertaron algunas preguntas sobre cómo varía la forma en que sentimos el calor. Para algunos, como este viajero, es una experiencia que irrumpe de forma violenta su cómoda “experiencia de viaje”. En cambio, para la mayoría de quienes lo viven cotidianamente sólo es el telón de fondo de su historia. ¿Acaso estas vivencias dependen también de la posición social? La lectura de los testimonios de un grupo de viajeros particularmente quisquillosos, que hizo la ruta de Veracruz a Ciudad de México entre las décadas de 1820 y 1850, puede darnos una idea. Prácticamente todos sus diarios dan cuenta de la naturaleza contradictoria e inclemente de las costas de México. El contacto inicial, por ejemplo, materializaba una promesa colosal: las cumbres nevadas del Pico de Orizaba aparecían entre las olas y, cuenta el austriaco Isidore Löwenstern: “Aquellos glaciares, aquellos volcanes majestuosos eran el símbolo del ideal que yo me había forjado de esa tierra histórica, tal como la veía en mis sueños. Y estos desiertos, esta playa tan llana, tan desolada, el símbolo de la triste realidad que debía yo encontrar en este país tan destruido”.1 Sin embargo, el anhelo por encontrar las riquezas prometidas perecía pronto y, en su lugar, se padecía el clima extremo de un país en violentísima formación. Era como si la naturaleza hiciera eco del caos y la ira de los primeros años de vida independiente. Según la época del año, los barcos que provenían de La Habana se enfrentaban a los tempestuosos nortes que los arrojaban a los complejos sistemas de coral que rodeaban el antiguo puerto veracruzano. En su trayecto a la fortaleza de San Juan de Ulúa o al embarcadero que unía la aduana con Veracruz, los visitantes pasaban de la sorpresa a la incertidumbre y el tedio; los efectos del calor húmedo se hacían sentir mientras averiguaban quién estaba a cargo del puerto, que, a inicios del siglo XIX, vio transitar entre sus muros a iturbidistas, santanistas y ejércitos de ocupación. Los europeos y los estadounidenses consideraron a Veracruz como el reino de la pestilencia. El naturalista inglés William Bullock, por ejemplo, dijo en 1824 que era: “el lugar más malsano del globo, el cuartel general de la muerte”;2 y Frances Erskine Inglis, que llegó junto con su esposo a México por esta ruta, escribió: “Veracruz, en toda su fealdad, se hizo patente ante nuestros fatigados ojos”.3 La mala primera impresión se vio incrementada por el impacto directo del calor que, junto con los mosquitos, parecía haber confabulado para quitarle el sueño a madame Calderón en su primera noche porteña. La dificultad para dormir después de la travesía parecía algo común; otros testigos de la época también se quejaban de ello y culpaban a la humedad y el ambiente desordenado y ruidoso provocado por aquellos que gozaban de las noches veracruzanas. Desde las ventanas o los agujeros que se hacían en los muros para que entrara algo de luz a los cuartos de hotel, los observadores extranjeros se lamentaban por su suerte. El calor como clima indeseable es un tópico frecuente en los testimonios de otros visitantes; a los ojos del europeo, además, es el detonante de una fatiga y miseria que pueden llevar a la enfermedad e, incluso, a la muerte. La fiebre amarilla era quizás el mayor temor de los viajeros; se creía que aparecía a causa de los miasmas y la podredumbre de la materia orgánica, producto, a su vez, del insoportable calor. Con un racismo propio de la época, los extranjeros contaban que los habitantes estaban acostumbrados a estos malos humores y, de manera condescendiente, vinculaban el clima insalubre con lo que ellos percibían como la apatía de la población local. Tanto Bullock como Erskine veían a los veracruzanos como “[unos] pobres diablos”4 que vegetaban bajo los rayos del sol y cuya pasividad se pausaba solamente para comerciar pescados de colores increíbles o unas apestosas tiras de carne. Mientras tanto los trabajadores de los muelles descargaban mercancías inglesas o de otros lugares del mundo; las tripulaciones de las naves vivían en condiciones sofocantes y la gente comerciaba en el trajín del puerto bajo el flagelante calor. Entre la costa y las zonas templadas de tierra adentro se encontraban los trapiches y las fábricas de azúcar; ahí el calor de las calderas agobiaba a los operarios. La travesía continuaba fuera de las murallas de Veracruz; allí las dunas hacían que los viajeros, asfixiados por el calor y el polvo, evocaran paisajes bíblicos. El primer pasaje hacia Xalapa era, de acuerdo con Löwenstern, una ruta muy desagradable: “ya que casi toda la ruta atraviesa por tierras calientes […] y expuestas al calor más agobiante”;5 por lo que, claro, era una zona dominada por el vómito negro, como se le conocía también a la fiebre amarilla. Para los viajeros resultaba evidente la comparación de estos parajes con los de Egipto o los alrededores de Jerusalén —una implantación, por supuesto, de estereotipos orientalistas—. Entre la esterilidad del paisaje camino a La Antigua y las “chozas pobres, pero limpias”,6 que con pena observó Frances Erskine, los conductores de las diligencias llevaban, bajo el rigor del sol, a nuestros observadores; y, algunas leguas más atrás, los arrieros dirigían a las mulas cargadas de equipaje: instrumentos científicos, bibliotecas enteras, muebles y ropa —no podían faltar los vestidos, trajes y sombreros que eran el último grito de la moda en París o Londres.
Federico Ciamei, “Monteverde Cloud Forest”, del libro Travel Without Moving, Skinnerboox, 2016.
La gente de los pueblos se detenía un instante a ver pasar a estas pequeñas cortes itinerantes; después, seguían con las labores cotidianas: hombres, mujeres y niños buscaban su sustento en las plantaciones de caña, tabaco o alguna mata de café, en los muelles cercanos o en las aguas de los ríos y las costas. Si levantamos el velo condescendiente y desdeñoso de los pocos testimonios de los viajeros sobre estas poblaciones, no resulta difícil imaginar e inferir las actividades que realizaban a pesar de las inclementes temperaturas. Al llegar a Xalapa los viajeros se desvivían en elogios. El clima templado era una bendición y la gente era, a sus ojos, más civilizada; al habitar en un entorno exuberante y bello, los anfitriones xalapeños eran, a su juicio, personas más amables, industriosas y hospitalarias. Desde las cumbres veracruzanas hasta la entrada a Puebla, los viajantes equiparan constantemente la benevolencia del clima con condiciones de vida más favorables: Angelópolis es descrita como una de las ciudades más ordenadas y adecuadas para los estándares de sociabilidad de los europeos, y sus alrededores son asemejados a algunas zonas de Europa, pese al peligro de los bandidos que asechaban los caminos —sobre todo por Río Frío—, el calor, la enfermedad y la barbarie. Así, nuestros prejuiciosos testigos decimonónicos descendían hacia el Valle de Anáhuac: tierra conquistada, clima templado y centro de la convulsa política de la época. La imagen de la Cuenca de México creada por los exploradores y las viajeras del siglo XIX es una réplica de la visión del conquistador. Después de los periplos del viaje —desde los horrores del calor de la costa hasta las tierras templadas—, la riqueza prometida del Nuevo Mundo, el cuerno de la abundancia de Humboldt, aparecía por fin frente a los ojos de los europeos y angloamericanos. En ese momento, todos y todas adoptaban una suerte de “mirada cortesina”: observan las calzadas, los imponentes lagos y la ciudad de México–Tenochtitlan como un espejismo que cubre la ciudad de su época, rodeada todavía de agua, pero fundamentalmente concentrada en cuerpos pantanosos o anegados. A partir de entonces, las narraciones se centran en la comedia de la política y en la tragedia de la plebe del México de la época, pero esa es otra historia: la del calor de las pasiones humanas. Si leemos a contrasentido las generalizaciones e impresiones de los viajeros, podemos imaginar otras experiencias del calor, aquellas vinculadas al mundo del trabajo. Los obreros, campesinos, comerciantes y marineros padecieron seguramente con mayor intensidad y regularidad las altas temperaturas y, sin embargo, pocas veces tuvieron espacios para plasmar por escrito lo que pensaban sobre el clima; quizás hubiese sido lo último de lo que escribirían. A pesar de los estridentes quejidos de los visitantes, tal vez es tiempo de que nos dejemos guiar por la pregunta brechtiana: “¿Quién sudó para construir Tebas, la de las siete puertas?”.
Imagen de portada: “Saguaro National Park”, del libro Travel Without Moving, Skinnerboox, 2016. Las imágenes son cortesía del artista.
Isidore Löwenstern, México. Memorias de un viajero, Margarita Pierini (trad.), México, FCE, 2012, p. 46. ↩
Margo Glantz, Viajes en México. Crónicas extranjeras, México, SEP, 1982, p. 121. ↩
Madame Calderón de la Barca [Frances Erskine Inglis], La vida en México durante una residencia de dos años en ese país, México, Porrúa, 1981, p. 19. ↩
Ibid., p. 227. ↩
I. Löwenstern, op. cit., p. 54. ↩
Mme. Calderón, op. cit., p. 25. ↩