Cultura UNAM

El tercer hermano Grimm

Utopías y distopías / PANÓPTICO / Noviembre de 2018

Adolfo Córdova

En la carta, Wilhelm decía: “Por el momento no conocemos a ningún artista con una habilidad similar”. La primera edición ilustrada de los Kinder- und Hausmärchen (Cuentos de la infancia y el hogar), de Jacob y Wilhelm Grimm, apareció en Londres en 1823. Como era normal en aquella época, George Cruikshank, reconocido grabador y caricaturista, ni siquiera aparecía en los créditos del libro. Sin embargo, ese mismo año Wilhelm decidió escribirle a Edward Taylor, traductor y antologador de los cuentos en inglés, para expresarle cuán sorprendidos y complacidos estaban con el trabajo de Cruikshank. Quizá, finalmente, Jacob y él debían ceder a la insistencia de su editor de publicar una edición ilustrada en la Confederación Germánica. Pero, ¿quién sería capaz de acompañar aquellos cuentos populares —proyecto de identidad de una Alemania en ciernes— en los que habían trabajado más de veinte años (y que seguirían aumentando y corrigiendo por 25 años más)? En la carta a Taylor, después de darle vueltas, Wilhelm se lamentaba: “Por ahora no conocemos a ningún artista con una habilidad similar [a la de Cruikshank]”. A pesar de que tenían un hermano pintor, grabador y dibujante, graduado de la Academia de Artes de Múnich: Ludwig Emil Grimm. Los hermanos Grimm no eran dos ni tres, eran nueve. Ludwig Emil fue el sexto. Entre quienes estudian su obra es conocido como el tercero, ya que es el único, además del dúo célebre, que pasó a la historia por sus aportes artísticos. Eclipsado por los hermanos mayores, desempeñó el papel conservador del hermano pequeño, secundario, destinado a heredar la ropa de los primeros. Si su nombre no se borró por completo, como podría decirse que sucedió con los otros, fue gracias a sus lápices, que retrataban cada momento de la vida de Jacob y Wilhelm. Ludwig nació en Hanau, Alemania, el 14 de marzo de 1790, hijo del abogado burgués y funcionario local, Philipp Wilhelm Grimm, y de Dorothea Zimmer. Tres de sus ocho hermanos murieron antes de cumplir el año. Luego de Ludwig, sobrevivió la única hija, Charlotte, “Lotte”, la más pequeña y cercana al pintor, y quien, a los 15 años de edad, al morir la madre, tuvo que encargarse de la casa familiar. Antes de Ludwig, estaba Ferdinand Philipp, quien ayudó a Jacob y Wilhelm a recopilar algunos de sus cuentos y publicó sus propias colecciones, pero, quizás intimidado por la fama de sus hermanos, siempre lo hizo bajo seudónimos. De hecho, aconsejado por ellos, se mudó a Berlín y trabajó un tiempo como corrector de pruebas de Georg Reimer, el editor de sus hermanos. Intentó abrirse paso como poeta pero murió sin alcanzar reconocimiento. Y antes de Ferdinand, Carl, quien probó suerte como comerciante; sin éxito, terminó por volver a la senda familiar: profesor de idiomas y editor de un tratado de contabilidad. De los mayores, Jacob y Wilhelm, sabemos todo. A un grado que no extrañaría que alguien ya hubiera imaginado clonarlos: en el Grimmwelt o Mundo Grimm en Kassel, el museo más importante dedicado a este binomio, detrás de una vitrina, dentro de una cajita entreabierta, sobre una almohadilla de terciopelo, descansa un diente de leche de Jacob. Y tienen más. Tras bambalinas, explica en entrevista Sabine Schimma, curadora del museo, guardan otras piezas dentales de ambos hermanos, y —también expuestos— desde instrumentos de lectura y escritura básicos, como lupas y plumas de ganso, hasta hojas de árboles secas recolectadas por Wilhelm en sus excursiones al bosque. Además, por supuesto, sus bibliotecas personales, que incluyen títulos como Las mil y una noches, los Cuentos de Mamá Oca de Perrault y El Pentamerón de Giambattista Basile, junto con las copias personales de los dos volúmenes de la primera edición de Cuentos de la infancia y el hogar, con sus numerosas correcciones manuscritas. Un nombre entre paréntesis aparece una y otra vez al pie de muchos de los grabados, aguafuertes, pinturas y dibujos a lápiz que completan la exposición: (Ludwig Emil Grimm, 1790-1863). Un año después de la muerte de su madre, en 1809, y apoyado por Jacob y Wilhelm, Ludwig ingresó a la recién creada Academia de Bellas Artes de Múnich. Era parte de la segunda generación de estudiantes y tuvo como maestro al renombrado grabador Carl Ernst Christoph Hess, de quien hizo un aguafuerte que hoy, junto con otros cuatro grabados, se conserva en la colección del Museo Metropolitano de Arte de Nueva York. Ludwig había demostrado talento como dibujante desde la adolescencia y, hasta su muerte, fue el retratista oficial de la familia: comidas campestres en las afueras de Kassel, encuentros con amistades influyentes en castillos, nombramientos públicos en salones universitarios, partidas de poch (una especie de póker), cenas al atardecer en el jardín, mudanzas, tertulias literarias o círculos de lectura (que Jacob y Wilhelm organizaban con frecuencia) y muchos retratos por encargo: Wilhelm Grimm con toga en la facultad de filosofía de Gotinga; Jacob y Wilhelm en banca de parque; Wilhelm Grimm, de cara completa, con un poco de bigote; Jacob en su habitación; Wilhelm escribiendo en su escritorio; Jacob dando clase. En 1814, cuando finaliza sus estudios y regresa a Kassel, Ludwig, idealista y suscrito al movimiento romántico, participa como oficial en el ejército germánico en una campaña contra Napoleón, breve, pues el imperio del francés tiene ya los días contados. Más allá del mundo Grimm, Ludwig disfrutaba dibujando paisajes, escenas cotidianas de gente de campo en su traje tradicional, niños y niñas jugando y memorias de sus viajes. En 1816, publica una primera serie de grabados inspirados en un recorrido que hace por Italia en el que se ve influido por los Nazarenos, un grupo de alemanes, radicados en aquel momento en Roma, que retomaron el arte cristiano de la Edad Media y del Renacimiento temprano para reconectarse con una espiritualidad que creían perdida. Ludwig no se queda mucho tiempo con ellos, pero sí el suficiente como para colocar un gran ángel con las alas abiertas en un grabado de 1819, clave en su incipiente carrera. Georg Reimer, el principal editor de las siete ediciones de los Cuentos de la infancia y el hogar, llevaba años intentando convencer a Jacob y Wilhelm de publicar una versión ilustrada de sus relatos. Los hermanos se negaban, pues pensaban que restaría seriedad a todo el cuerpo de su trabajo, que comprendía, entre otros, el Diccionario etimológico alemán y la Gramática alemana. No obstante, en 1819 aceptaron que Ludwig realizara un grabado para la portada de la segunda edición, corregida y aumentada, de sus cuentos. El relato que pidieron a Ludwig que ilustrara fue, claro: “Pequeño hermano, pequeña hermana”. El libro tuvo una buena recepción y entre los niños y niñas iba creciendo el rumor de unas historias llenas de brujas, hadas y crímenes irresistibles. Pero hubo dos eventos que provocaron la rendición de los Grimm: la edición inglesa de 1823 con las detalladas ilustraciones de George Cruikshank, cuyo fino humor deleitó a Wilhelm, y que tuvo tanto éxito que el mismo año se reimprimió, y la publicación, en 1824, de una crítica muy favorable sobre el trabajo de Ludwig en el libro Über Kunst und Altertum (Sobre el arte y la antigüedad), firmado por un tal Johann Wolfgang von Goethe. Aunque en un principio lo habían descartado, encomendaron la misión a Ludwig. Como sería una edición especial, sí pensada para un público infantil, habría que excluir algunos de los cuentos más sangrientos, como “El enebro” (aquella historia en la que una madre decapita a su hijo y luego lo descuartiza, cocina y sirve a su marido, sin que él sepa que está comiéndose a su propio hijo) y matizar otros (volver madrastra a la madre de Hansel y Gretel, por ejemplo). Ludwig debía preparar siete placas, pero antes realizó muchos bocetos que eran meticulosamente revisados por Wilhelm. En el Museo de Historia de Hanau se conservan algunos. Vera Leuschner, una de las mayores especialistas en el legado de Ludwig, me comparte un pequeño tesoro, seis líneas de correcciones que Wilhelm hace al pie de un boceto para “Hansel y Gretel”:

Debe ser mucho más fantástico y de cuento de hadas. La vieja bruja debe estar de pie, encorvada, frente al pequeño establo y tocando el hueso que Hansel estira en lugar de su dedo, para averiguar si ya está lo suficientemente gordo. Así uno se dará cuenta inmediatamente de lo que está pasando. De preferencia debería ser de noche. La hermanita debe sostener el candil y detrás de ella debe haber un pozo con una cubeta llena de agua en la que se refleja la luz. En el techo del establo debe haber una paloma blanca y en el techo de la cabaña de la bruja, un gato negro al acecho listo para saltar sobre la palomita. En el fondo, abetos, a través de los cuales brilla la luna. Alrededor de la casa de la bruja, hierbas venenosas, cardos, maleza…

Hoy, dar este tipo de anotaciones a un ilustrador de cuentos infantiles sería ofensivo, pero entonces era una figura tan poco valorada que ni siquiera se incluía su nombre en el libro (todavía no nacía Gustave Doré). Cuando mucho, y según la calidad de la impresión, se alcanzaba a distinguir su firma al pie de la imagen. “L.E. Grimm” hacía casi todos los cambios que pedía Wilhelm. Fue esta edición especial ilustrada —que también incluyó sus grabados de “La Cenicienta”, “Caperucita”, “La Bella Durmiente” y “Blancanieves”— y ninguna de las dos anteriores o de las cinco que circularon después, la que se volvió un hito en la historia de la cultura. Fascinó a niños y niñas y empujó la historia de la literatura infantil, recorrió el mundo, se tradujo a más de 160 idiomas y consagró a los hermanos Grimm. A dos de ellos. Las fuentes coinciden: para que el fenómeno ocurriera fueron necesarios los grabados de Ludwig. Algunos años después de hacer historia, Ludwig obtiene la cátedra de Historia de la Pintura en la Academia de Bellas Artes de Kassel. Contrae matrimonio, nace su hija Friederike, enviuda, vuelve a casarse y en 1850 publica la fascinante Breve biografía de una extraña y amorosa cerda nacida en Ihringshausen en 1849, sin correcciones de Wilhelm. Allí, el artista cuenta con ilustraciones y textos breves, dispuestos en un pergamino de siete metros de largo, el nacimiento, celebridad y muerte de la cerdita. Acostumbrado a escribir pequeñas frases al pie de sus retratos familiares o paisajes de viaje, es considerado uno de los pioneros del cómic. Recientemente la editorial alemana Round not Square publicó una versión facsimilar de la tira. Los editores destacan la anticipación de Ludwig al cómic moderno y su voluntad por explorar la materialidad en forma de pergamino. Al final de sus días, escribió una extensa autobiografía, sin intenciones de publicarla. El tercer hermano Grimm empieza pues a salir de las sombras. Lo menos que provoca es que uno se pregunte qué más hicieron los otros.

Imagen de portada: Dibujo de Ludwig Emil Grimm. © The Met, Nueva York