Una cursi inmortal

Imperialismos / panóptico / Noviembre de 2021

Alejandra Vela Martínez

Lupita: El nombre… no es que yo quiera ocultarlo: es que estoy segura de que no les dirá nada. La autora del bodrio al que hemos venido refiriéndonos se llama Rosario Castellanos. Señora 1: ¡Pero no puede ser! Si sus Rutas de emoción son preciosas y muy edificantes. Señora 2: Pues ya ves que dio el cambiazo. Si es lo que dice mi marido: este mundo está lleno de chaqueteros. Lupita (severa): Señoras, háganme el favor de no confundir a una escritora digna de todo nuestro respeto, a una dama —como lo fue hasta el último instante de su vida Rosario Sansores— con una… Bien.


Rosario Castellanos, El eterno femenino: una farsa


La noticia de su fallecimiento fue de esas primeras planas que se sienten de segunda. Un detallito, una pequeña, pequeñísima mención en la esquina inferior izquierda del Novedades: “Esta madrugada falleció Doña Rosario Sansores”, declaración que ya empezaba mal porque doña Rosario, Chayito, en realidad había fallecido la madrugada del día anterior, el 7 de enero de 1972. No bastó, para evitar el desliz informativo, que esta autora hubiera ayudado a consolidar una gran parte del público lector del mismo periódico que ahora la desairaba; tampoco que las cartas que le llegaban a la redacción por ahí de los años cincuenta excedieran, por mucho, las que recibía su tocaya, Rosario Castellanos, a quien “le pudría” que las confundieran; ni siquiera contó que Chayito hubiera publicado casi sin descanso su columna diaria durante más de tres décadas o que a ella se le deba una nueva y renovada manera de escribir la crónica de sociales. Ninguno de estos “detallitos” pesaba lo suficiente: su muerte podía esperar un día para ser anunciada. Pero la sorpresa para la desprevenida lectora contemporánea es el hecho mismo de que esta mujer lograra “colarse” a la primera plana. ¿Quién fue esta “doña”? ¿Y por qué su muerte merecía tener obituario y sentidos pésames por parte del sindicato de trabajadores del mismo Novedades?

Mariana Magdaleno, _Naturaleza viva, corazón II_, 2021. Cortesía de la artista Mariana Magdaleno, Naturaleza viva, corazón II, 2021. Cortesía de la artista

Rosario Sansores Pren era considerada una gran “poetisa”, representante icónica del verso adornado y la educación sentimental. Y la descripción, lejos de hacerla sentir menos por ese sufijo diminutivo, le hubiera encantado, ya que ella siempre fue consciente de que el reino de “lo femenino”, los floripondios y los hueledenoches constituían su dominio. Como ella misma declaró alguna vez:

Sí, sí, las gentes dicen que soy cursi. Imagínate si no voy a saberlo. Pero no me preocupa… Por lo contrario, me halaga. Las gentes que saben que soy cursi demuestran que me han leído, y eso es lo único que importa.1

Las jóvenes que querían aprender el oficio de reporteras de sociales buscaban su aprobación e incluso terminaban imitándola, si no en los sombreros, sí en los manierismos literarios y en las descripciones abigarradas. Le ocurrió a su joven colaboradora Elena Poniatowska cuando, en una entrevista publicada como parte del obituario de Sansores, la describe y no puede evitar la exageración:

Va por la vida vestida de sinceridad, lleva un gran sombrero de amor por los demás y le brillan por todas partes joyas y moños de alegría, de esa alegría suya que va repartiendo en todas partes como si fuera confeti de felicidad.

La propia Rosario Sansores reaccionaba a frases como ésta con una voz que entremezclaba a la editora en jefe con la abuelita pudorosa: “Por amor de Dios, chiquita, no vayas a poner esto en la entrevista…”. Nacida el 25 de agosto de 1889 en Mérida, Yucatán, Sansores se casó a los 15 años con un cubano de apellido Sanjenís para ayudar a solventar los aprietos financieros de su familia, que unos años antes de la Revolución había caído en desgracia. El matrimonio la sacó de la península para asentarse en Cuba. Pasó ahí 23 años dedicada a su labor de ama de casa y a sus iniciales coqueteos con las letras. Como bien ha rescatado Ruskin Chádez, fue entonces cuando Sansores comenzó a publicar poesía, crónicas y narraciones breves en medios como Bohemia, Fígaro o el Diario de la Marina. Su fama era tal que, en 1955, la embajada de Cuba en México le envió la Orden Nacional del Mérito Carlos Manuel de Céspedes. Su faceta lírica fue una de las más reconocidas. De hecho, probablemente sin saberlo, todos hemos escuchado al menos uno de sus poemas. Musicalizado por el ecuatoriano Carlos Brito en forma de pasillo, “Sombras” la hizo acreedora al título de “Poetisa de América” por parte del ayuntamiento de Guayaquil en 1967. La canción empieza con un “Cuando tú te hayas ido, me envolverán las sombras…” que tan famoso hiciera, entre otros, Chavela Vargas con su voz carrasposa y su pelo corto, muy lejana de lo que Sansores hubiera imaginado como una voz de “mujer” ideal para sus versos. Porque eso sí, no hay que dejarse engañar: Sansores no era ni revolucionaria, ni pensadora de izquierda, ni feminista (Dios no lo quiera), sino una señora en toda la extensión de la palabra. Si bien a ojos contemporáneos puede ser difícil entender por qué recuperar voces como la suya, lo cierto es que Sansores representa una forma de ser mujer en el mundo, y el conocimiento de esta feminidad conservadora debe de ser parte fundamental del ejercicio de concientización feminista. Aunque en lecturas presentistas resulte cuestionable su posición hacia una diversidad de temas (el voto o el divorcio, por ejemplo), es esencial hacer un ejercicio de empatía para comprender su importancia como pionera del periodismo femenino. Así, hay que entender que su conservadurismo estaba también relacionado con su crianza: educada como una jovencita casadera, en sus textos es evidente una suerte de nostalgia por un entorno social porfiriano que percibía perdido. Esta predilección vital y temática por el pasado formaba parte central de su trabajo diario en la prensa mexicana. Viuda, ya no tan jovencita ni tan casadera, y con dos hijas, fue invitada en 1939 por el director René Capistrán Garza a participar en el Novedades, para que diera un nuevo aire a las escasas secciones del diario pensadas para mujeres. Sansores consolidó su lugar como parte indispensable de este medio; primero como autora y después como encargada de “Novedades del hogar”. Contrario a lo que harían otras (y otros) autores, que entendían esta sección como un paso previo (y poco valioso) para llegar a las “verdaderas” esferas literarias, Sansores encontró al fin su nicho personal y profesional. Ahí se dedicó principalmente a escribir su columna y a redactar las crónicas de sociales. “Rutas de emoción” era una de las columnas más leídas del momento, y constituía un espacio de actividad literaria constante y sumamente libre: a veces tomaba la forma de una carta melosa a un amor distante o un debate en torno a las ganancias y pérdidas que implicaba el voto de la mujer en 1953;2 en otras ocasiones se trataba de reflexiones más bien filosóficas en torno a la vida y por qué vale la pena vivirla. La columna era un espacio de conversación y de intercambio entre las mujeres de la época y constituyó uno de los elementos fundamentales para que Sansores se ganara un lugar permanente en la memoria de sus lectoras. Por otro lado, sus crónicas se hicieron famosas porque, alejadas de la aburrida enumeración de asistentes, acompañantes y horarios, ella las llenaba de descripciones y de pequeños chismes que enganchaban a sus lectoras, haciendo sentir a las telefonistas, secretarias y amas de casa que estaban en la pista de baile de esos eventos de la “jai alai”.3 Así, bajo el pseudónimo de Solange de Morván, sobre una boda de 1940 no sólo se refería al vestido de una novia, sino a los percances del día: “los primeros invitados que llegaron me dijeron que ‘tardarían por lo menos una hora los novios en aparecer’”. La misma Poniatowska dice que las novias no se sentían bien casadas si la crónica de su boda no la había escrito doña Rosario, y su peculiar estilo también creó escuela en la redacción, convirtiéndose en mentora de varias columnistas que vendrían después. En los últimos años de su vida las participaciones de Sansores en el periódico se fueron haciendo cada vez más escasas. También su presencia en el espacio público disminuyó, no sólo por la vejez, sino porque la autora se lastimó una pierna y ya no quería salir de su casa al tener que hacerlo, según ella, “vestida de hombre”, ya que era más fácil usar pantalones que vestidos estando un poco coja. A Sansores la envolvieron las sombras después de su muerte. Pocos se acordaban de aquella viejita, un tanto obsoleta, del Novedades. Sin embargo, cuarenta años después y con una memoria más bien desmemoriada, mi abuela decidió un día rescatarla. Ante la enorme confusión que le provocaba mi carrera de literatura, sentadas una tarde en el jardín, me dijo: “¡Ah hija, entonces tú debes de conocer a Rosario Sansores!” No la conocía, pero decidí confiar en su recomendación… y la encontré: más de treinta años de trabajo ininterrumpido y aún sin explorar. Así, sin grandes parsimonias, sin entierros en la Glorieta de las Personas Ilustres como hicieran con su tocaya Castellanos, esta “poetisa” había permanecido en el lugar más importante de todos: el recuerdo y el cursi corazón de sus lectoras.

Imagen de portada: Alexandre-Louis-Marie Charpentier, Young Woman Reading, 1896. The Cleveland Museum of Art.

  1. Tomado de Elena Poniatowska, Todo México, vol. 4, Diana, Ciudad de México, 1998, p. 52. La entrevista original apareció como parte del obituario que le escribió la autora de Lilus Tikus a quien fuera su colaboradora en el Novedades

  2. Sansores pensaba que, si bien era posible que el voto ofreciera la posibilidad de tener mayor presencia en el espacio público, podía resultar negativo si esto derivaba en una masculinización de las mujeres, esto es, que perdieran los valores de cuidado, empatía y respeto por el otro, y que prefirieran participar en la vida pública desde valores como lo viril, lo jerárquico o lo impositivo. 

  3. El término hace referencia a la idea de high society o alta sociedad.