Celsius sueña con manzanas
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En un país donde el cielo se resiste continuamente a ser observado, nuestros hallazgos sólo fueron posibles gracias a la tenacidad del señor Celsius, de la Universidad de Uppsala.
Hallaron astrolabios
sobre su mesa
sextantes una brújula
la tarjeta de un fabricante inglés
de telescopios
el plan maestro del Observatorio de Uppsala
sobre su mesa en el inútil
Observatorio de Uppsala
construido cerca del restaurante de su madre
construido demasiado cerca de las torres de la catedral
que anegaban el cielo con su ladrillo impertinente
sobre su mesa hallaron
un diccionario de runas antiguas
un costalito de alpiste un pedazo
de manzana el termómetro
en su mano derecha
hallaron sobre su mesa lo hallaron.
Las regiones polares son especialmente sensibles al cambio climático. Laponia se calienta cuatro veces más rápido que otras partes del planeta. Dentro de cincuenta años, su temperatura promedio podría aumentar hasta siete grados Celsius.
¿Pues no acaso Federico I
señor de Suecia y Hesse-Kassel
nos dijo que viviría una
y otra vez la peor
de sus campañas militares
antes que adentrarse en aquella tierra
aquel extremo oscuro de su reino?
¿Y no acaso nos adentramos?
¿Y no cruzamos el desierto helado
los lagos de vapores venenosos
las nubes de mosquitos como tigres?
¿Y no comprobamos la figura de la Tierra
la chata vulnerable figura de la Tierra?
¿Y no nos advirtieron que los sami
eran como animales sin hogar?
¿No escribió Maupertuis
que si el diablo hablara con alguien
sería con estas gentes que siguen a los renos?
¿Y no lo vimos de rodillas
hundiendo un cuenco en el río Torne
un muchacho a mitad del aire gélido?
¿Y no vimos no obstante que sudaba
que en tanta blanquecina oscuridad
sobre su rostro había enormes gotas
violeta verde pálido ocre intenso
azul pastoso lila anaranjado
y no escuchamos un silbido leve
como el revoloteo de los gansos?
Lo cierto es que las regiones cercanas al Polo Norte son superiores a cualquier otra para observar la riqueza de la luz. En el verano, largos atardeceres borran los límites entre las noches y los días. En el invierno, la nieve perpetua es tan blanca que se asemeja a la luz de las estrellas. A veces, cuando la luna es débil, se aprecian unas luces brillantísimas sobre los cielos árticos.
Tocarlo todo con el mercurio de mi termómetro.
Soñé con medirlo todo. Abarcarlo todo.
Que no se quebrara la pata de un escarabajo
ni se extinguiera una estrella
sin que lo registrara en mi almanaque.
Calibrar el termómetro
entre dos certidumbres
la nieve recién caída y el agua hirviendo
como hirvieron los campanarios
en el gran incendio de Uppsala.
Hablar un lenguaje que sólo
estuviera hecho de experiencia.
Hacer preguntas a todas las cosas
y que todas me contestaran.
Y quise hablarte
muchacho de rodillas junto al Torne.
Que me enseñaras a tocar las astas de los renos
a leer las runas musgosas
de la piedra de Vinsavaara.
Echarme junto a ti sobre la nieve
y ver los estallidos en el cielo
los arpones las lenguas las ballestas
violeta verde pálido ocre intenso
azul pastoso lila anaranjado.
Ver las luces hundirse en tus hoyuelos. Desatar el cordón de tu camisa. Hurgarte las axilas. Decirte Tienes fiebre. Llevarte nueces. Miel. Darte manzanas.
Imagen de portada: Anders Celsius [diseño en 1742] y Arvid Ericsson [fabricante], primer termómetro con escala de 100 grados [réplica], 1930. Museo Tecnológico de Estocolmo Creative Commons 4.0.