Mario Conde, beisbol, la esquina y el calor
Leer pdfEl calor es una plaga maligna que lo invade todo. El calor cae como un manto de seda roja, ajustable y compacto, envolviendo los cuerpos, los árboles, las cosas, para inyectarles el veneno oscuro de la desesperación y la muerte más lenta y segura. Es un castigo sin apelaciones ni atenuantes, que parece dispuesto a devastar el universo visible, aunque su vórtice fatal debe haber caído sobre la ciudad hereje, sobre el barrio condenado. Es el martirio de los perros callejeros, enfermos de sarna y desamparo, que buscan un lago en el desierto; de esos viejos que arrastran bastones más cansados que sus propias piernas, mientras avanzan contra la canícula en su lucha diaria por la subsistencia; de los árboles antes majestuosos, ahora doblegados por la furia de los grados en ascenso; de los polvos muertos contra los contenes, añorantes de una lluvia que no llega o un viento indulgente, capaces de revertir con su presencia aquel destino inmóvil y convertirlos en lodo o en nubes abrasivas o en tormentas o en cataclismos. El calor lo aplasta todo, tiraniza al mundo, corroe lo salvable y despierta sólo las iras, los rencores, las envidias, los odios más infernales, como si su propósito fuera provocar el fin de los tiempos, la historia, la humanidad y la memoria… ¿Pero cómo puede hacer tanto calor, coño?, susurró mientras se quitaba los espejuelos oscuros para secar el sudor que le ensuciaba la cara y escupía hacia la calle una saliva gruesa y escasa que rodó sobre el polvo demasiado sediento.
El sudor le ardía en los ojos y el teniente Mario Conde miró hacia el cielo, para clamar por la piedad de alguna nube propicia. Y fue entonces que los gritos de júbilo atraparon su cerebro. Volaban trayendo una algarabía densa, de coro ensayado, que se expandió como si hubiera brotado de la tierra y se deslizara contra el calor de la tarde, se irguiera por un momento sobre el rugido de los autos y los camiones que corrían por la Calzada, y se abrazara taimadamente a la memoria del Conde. Pero sólo al llegar a la esquina, los vio: mientras un grupo festejaba, saludándose con palmadas y más gritos, otros discutían, también en voz alta y con caras de buenos enemigos, culpándose mutuamente por la misma razón por la que los otros eran tan felices: éstos perdieron y aquéllos ganaron, concluyó con facilidad cuando se detuvo a mirarlos. Había muchachos de varias edades, entre los doce y los dieciséis, de todos los colores y de todas las trazas, y el Conde pensó que si alguien como él, veinte años antes, se hubiera parado en esa misma esquina del barrio al escuchar una algarabía similar, hubiera visto exactamente lo que él veía: muchachos de todos los colores y todas las trazas, sólo que ése, el que más discutía o festejaba, seguramente hubiera sido el Condesito, el nieto de Rufino el Conde. De pronto se respiraba la ilusión de que allí no existiera el tiempo, porque aquella bocacalle precisa había servido desde entonces para jugar a la pelota, aunque en ciertas temporadas apareciera, alevoso y traicionero, un balón de fútbol, o un aro de básquet clavado en el poste de la electricidad. Pero al poco tiempo la pelota —al bate, a la mano, al cuatro-esquinas, a los tres rolling-un-fly o la pared— volvía a imponerse, sin demasiadas controversias, sobre esas modas pasajeras: el beisbol los contagió, como una pasión crónica y el Conde y sus amigos la habían sufrido en proporciones virulentas.
A pesar del calor, las tardes de agosto siempre habían sido las mejores para jugar pelota en la esquina. La época de las vacaciones propiciaba que todo el mundo estuviera a toda hora en el barrio, sin nada mejor que hacer, y el sol sobreexcitado del verano permitía jugar hasta más allá de las ocho de la noche, cuando algún partido de veras lo merecía. Últimamente, sin embargo, el Conde había visto pocos juegos de pelota en la esquina. Los muchachos parecían preferir otras diversiones menos enérgicas y malolientes que ésa de correr, batear y gritar, durante varias horas, bajo el sol calcinante del verano, y él se preguntaba qué harían los muchachos de ahora en las tardes largas de agosto. Ellos no: ellos siempre jugaban a la pelota, recordó, y recordó que de ellos ya no quedaban muchos en el barrio: mientras unos entraban y salían de la cárcel por delitos mayores y menores, otros se habían mudado a sitios tan disímiles como Alamar, Hialeah, Santiago de las Vegas, Union City, Cojímar o Estocolmo, y hasta tenían uno con billete sin vuelta hacia el cementerio de Colón: pobre Marquitos. Por eso, aunque quisieran y tuvieran fuerzas en las piernas y resistencia en los brazos para hacerlo, los de entonces ya nunca podrían organizar otro piquete de pelota, allí en la esquina: porque la vida había devastado aquella posibilidad, como tantas otras. Cuando la discusión y el festejo terminaron, los muchachos decidieron celebrar otro partido y los dos líderes evidentes del grupo se dispusieron a escoger los jugadores de cada equipo para redistribuir las fuerzas y continuar la guerra en condiciones más equitativas. Entonces el Conde tuvo la idea: les pediría jugar. Se sentía macerado por las ocho horas de trabajo en la Oficina de Información de la Central de Policía, pero sólo eran las seis de la tarde y prefería no regresar aún al calor solitario de su casa. Lo mejor que podía hacer era ponerse a jugar pelota. Si lo dejaban.
Se acercó al grupo, que estaba alrededor de la tabla escogida como home-plate, y llamó al hijo del negro Felicio. Felicio fue uno de los que siempre jugó con él y por el tiempo que el Conde llevaba sin verlo, supuso que otra vez estaría preso. El muchacho era tan negro como su padre y había heredado también aquel olor a sudor, abrasivo y amargo, que el Conde conocía de memoria, pues él tenía la facultad de adquirirlo siempre que andaba con Felicio. —Rubén —le dijo entonces al negrito, que lo miraba extrañado—, ¿tú crees que pueda jugar un rato con ustedes? El muchacho siguió observándolo como si no lo hubiera entendido, y luego miró hacia sus amigos. El Conde pensó que se imponía una explicación. —Hace tiempo que no juego y me dieron ganas de coger unas cuantas pelotas… Entonces Rubén se acercó a los otros jugadores, para no cargar él solo el peso de la decisión. En este país es mejor consultarlo todo, pensó el Conde, mientras esperaba el veredicto. Las opiniones parecían divididas y el acuerdo demoró más de lo previsible. —Está bien —dijo al fin Rubén, en su función de intermediario, pero ni él ni los otros parecían complacidos ante aquella concesión.
Mientras discutían la formación de los equipos, el Conde se quitó la camisa y dobló dos veces los bajos de sus pantalones. Por suerte, ese día no había llevado la pistola al trabajo. Puso la camisa sobre el muro de la casa donde había vivido el gallego Enrique —muerto él también, hacía diez, ¿veinte?, ¿mil años?—, y al fin le dijeron que era del equipo de Rubén y que iba a servir al campo. Pero, al verse rodeado de los muchachos, sin camisa como ellos, el Conde sintió la evidencia de que todo resultaba demasiado absurdo y forzado: percibía en la piel la mirada socarrona de los jóvenes y pensó que tal vez debían verlo como al primer misionero llegado a una tribu remota: era un extraño, con otras palabras y otras costumbres, y no le sería fácil integrarse a aquella cofradía que no lo había solicitado, ni lo quería, ni podía entenderlo. Además, todos aquellos muchachos debían saber que él era policía y, respondiendo a la ética ancestral del barrio, no les resultaría especialmente grato que otros los vieran en tales confianzas con el Conde, por muy amigo que hubiera sido de sus padres o hermanos mayores. Sí, había ciertas cosas que no cambiaban en la esquina. Mientras los de su equipo avanzaban a cubrir sus posiciones, el Conde recogió su camisa y se acercó a Rubén. Quiso pasarle el brazo por los hombros, pero se contuvo al presentir el contacto de su piel con la capa de sudor que cubría al muchacho. —Discúlpame, Rubén, pero me acordé de que me van a llamar por teléfono. Otro día jugamos —le dijo y se alejó hacia la Calzada, sintiendo que el sol, rojo, impío, ubicado ya a la altura de sus ojos, le quemaba el cuerpo y el alma. Sobre su cabeza pudo ver la espada en llamas que le indicaba la salida irreversible de aquel paraíso irremisiblemente perdido que había sido suyo, y ya no era ni volvería a ser. Si aquella esquina no le pertenecía, ¿quedaba algo bajo su título de propiedad? La lacerante sensación de ser ajeno, forastero, distinto lo envolvió con tanta fuerza que el Conde debió contenerse y aferrarse a las últimas virutas de su orgullo para no echarse a correr. Y sólo entonces, al recuperar plenamente la conciencia del calor impropio para estar corriendo en la esquina, comprendió la razón pura por la que no habían querido aceptarlo: cómo no me di cuenta, estos cabrones están jugando dinero…
Este fragmento es el inicio de la novela Máscaras, publicada por Tusquets en 1997 y por Cátedra en 2022. Se reproduce con la autorización del escritor.
Imagen de portada: Sergio Hernández, monotipos de la serie Béisbol, 2026. Todas las imágenes son cortesía del artista.