Genealogía de la ausencia
Leer pdfI lived
to revenge myself
against my father, not
for what he was—
for what I was
LOUISE GLÜCK
Un olor a muerto inundaba el ambiente la primera vez que vi a mi padre. La cita fue en el departamento de periciales, en la morgue de Xalapa, Veracruz. Afuera, en el pasillo, una pequeña muchedumbre con ojeras pronunciadas y el ceño fruncido tomaba café en vasos de unicel mientras esperaba el momento de reconocer si el cadáver frente a sus ojos pertenecía a su hijo desaparecido. Era una mañana de marzo, repleta de nubes ensordecedoras que dejaban caer rocío sobre la hierba. El formol apenas lograba enmascarar la putrefacción de decenas de cuerpos no identificados que imaginaba apilados sobre planchas de metal. Me reconfortaba tanto como me decepcionaba la posibilidad de que mi padre no se realizara la prueba de ADN ordenada por el juez a cargo de mi demanda por paternidad. Cuando por fin llegó, media hora después de la cita, su expresión era de indiferencia: apenas y nos dirigió la mirada. No puedo contar las veces que había imaginado el momento; mucho menos relatar, siquiera, una pequeña fracción de los diversos escenarios que imaginé para ponerle rostro a la ausencia más importante de mi vida. Me preguntaba cómo serían sus rasgos, su tono de voz; si, al vernos juntos, un observador podría intuir nuestro parentesco. Siempre lo había imaginado intimidante, pero, cuando lo vi en carne y hueso, parecía tan frágil que podría haberlo derribado de una patada. Era apenas unos centímetros más alto que yo, vestía una camisa a rayas y zapatos ortopédicos. Los técnicos de la morgue nos pincharon los dedos para sacarnos a cada cual una gota de sangre que luego derramaron sobre papel tornasol. Cuando fue mi turno y quedé frente a frente con mi progenitor, noté que sus pómulos se levantaron debajo del cubrebocas esbozando una sonrisa. Me pareció cínico: en mis dieciocho años de vida jamás había hecho el menor esfuerzo por contactarme. Aquella, pensé, iba a ser nuestra primera y última reunión familiar.
A menudo me pregunto si no conocer a mi padre ha sido mejor suerte que crecer con uno conflictivo, violento, capaz de arruinarme la vida de mil maneras, el tipo de padre del cual podría decirse, con Louise Glück: “I thought my father’s death/ would free my mother”. Prefiero escribir sobre la decepción, la rabia y la vergüenza provocadas por la ausencia paterna que sobre las continuas violencias que mi madre y yo podríamos haber vivido en su presencia. Cuando voy con algún médico, me incomoda no saber cuál es la mitad de mi historial médico. También desconozco la mitad de mi genealogía. No sé cómo es la forma de los ojos de mi abuela ni cómo suena la cadencia de la voz de mi abuelo. No tengo idea de en cuál ciudad se conocieron, qué platillos les gustaba cocinar los domingos, dónde pasaban los veranos o el tipo de música que escuchaban cuando dejaban la radio de fondo. Ni siquiera conozco sus nombres.
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Todos los datos que sé sobre mi padre se resumen a una lista de detalles recabados a lo largo de veintidós años, casi todos producto del descuido de mis familiares, quienes de vez en cuando olvidan no hablar de él en mi presencia:
1) Compartimos el mismo signo zodiacal: virgo.
2) Le gustan las canciones de Sade.
3) Le obsequió joyería de oro a mi madre para que reemplazara sus aretes de plata.
4) Es pediatra y las escrituras de su clínica no están a su nombre: una estrategia para evadir impuestos (y también, sospecho, para no pagar pensión alimenticia).
5) Tiene varios hijos, de muchas edades, con distintas mujeres.
6) Acostumbra pasearse por Xalapa en su Jeep Sahara. Cuando yo era niña, llegamos a toparnos con él en más de una ocasión, aunque no lo supe hasta mucho después. Ahora cada vez que veo uno por la calle, algo dentro de mí se estruja.
Llamo a mi madre para preguntarle sobre la historia que siempre evade. Me duele escucharla. Lo conoció a través de amigos en común, médicos con quienes ella empezó a relacionarse cuando impartió un curso de informática en la Facultad de Medicina. Comenzó a salir con él formalmente a los pocos meses, incluso lo llevó al pueblo de mis abuelos. Entonces mi madre comenzó a sentir mareos, náuseas y mucho sueño. Mi padre la mandó a un laboratorio y las pruebas salieron positivas. Él le dijo que no se preocupara: iban a casarse. La llevó a conocer su casa frente al Museo de Antropología y aseguró que la remodelaría para compartirla con ella. Mi madre sospechó: en esa casa, supuestamente deshabitada, había ropa y muebles. Él aseguró que nadie vivía ahí y los dos acordaron una fecha para comunicarle las noticias a mis abuelos. Pero mi padre nunca llegó a esa cita. Por esas fechas, una mujer llamó a la oficina de mi madre para decirle que era la esposa legítima y tenía una hija de siete meses. Ante los reproches de mi madre, mi padre negó todo. Ella consiguió el teléfono de la casa frente al museo y, cuando él contestó, al fondo se escuchó el llanto de un bebé; él aseguró que estaba a punto de divorciarse. En un último intento por confrontarlo, mi madre decidió esperarlo en el estacionamiento de la torre donde él tenía su consultorio pediátrico. Para ese punto ya se notaba el embarazo. Después de un par de horas, mi padre salió; al verla parada junto a su auto, abrió rápido la puerta y arrancó frenéticamente. Mi madre recuerda el momento en que las llantas derraparon. No volvió a saber de él en mucho tiempo.
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Mi madre tuvo complicaciones durante el embarazo: le salió un mioma del tamaño de un gran zapote negro. Le extirparon el tumor el mismo día del parto; tuvo hemorragias y mareos por la sangre perdida; además de que nací con el pie talo. Mi madre se sintió tan frágil como si estuviera impresa en papel de arroz. Cuando yo tenía tres años nos encontramos en una tienda departamental. Iba con una mujer y un niño que se parecía mucho a mí; al vernos, mi padre desvió la mirada y aceleró el paso.
A veces fantaseo con contratar a un detective que investigue a mis hermanos. Imagino cómo son, qué podrían llegar a pensar sobre mí, si también fueron bastardos o al menos recibieron los apellidos de nuestro padre. Sé que uno tiene síndrome de Down; otro es médico, al igual que su papá; una, nueve meses mayor que yo, y otro un par de años menor. Me pregunto cuántos somos, si algún día nos reuniremos todos en torno a una gran mesa para contar con detalles nuestras experiencias con el progenitor compartido. Me pregunto si alguno podría afirmar haber tenido un buen padre. Leo Literatura infantil (2023) de Alejandro Zambra, en donde profesa sin tapujos el amor que siente por su hijo. Zambra recuenta cómo usualmente se escuchan frases como “mi padrastro fue mi verdadero padre”; él sueña con escuchar alguna vez: “mi padre fue mi verdadero padre”.
Busco en la literatura un caso parecido al mío, pero al teclear “literatura sobre padres ausentes” en un buscador de internet, el algoritmo me ofrece preguntas frecuentes con las palabras claves de mi solicitud. Las más relevantes son: “¿qué traumas genera un padre ausente?”, seguida de “¿cómo te afecta tener un padre ausente?”. Al dar click en el hipervínculo, descubro que, estadísticamente, soy más propensa que la mayoría a tener relaciones deficientes y más vulnerable a la inseguridad, una baja autoestima, sentimientos de impotencia, así como al aislamiento; es probable que enfrente dificultades académicas, carencias emocionales y económicas. Ahora tengo como referentes literarios a Kathy Acker y a Nayeli García Sánchez. Sergio, mi mejor amigo, me recomienda Embracing (1992) de Naomi Kawase, un cortometraje en formato de diario en el cual la directora japonesa se propone buscar a quien la abandonó durante su infancia. Comienza con un diálogo entre ella y su abuela, quien le dice que el hombre en cuestión es un mal padre. Si ha pasado tanto tiempo, ¿para qué se empeña en conocerlo? Es doloroso e innecesario: está rodeada de gente que le brinda apoyo. “No es más que un extraño para nosotros”, dice la abuela. “¿Por qué buscar a un padre que no te busca?” Estas frases no distan mucho de las repetidas por mi madre y el resto de mi familia desde que era pequeña y preguntaba sobre el tema. Casi como si mi curiosidad fuera una falta de respeto a quienes me criaron. Incluso después de que Kawase consigue el número de su padre y está a punto de llamarlo, duda si en realidad quiere conocerlo. Kathy Acker escribe en Great Expectations (1982): “They tell me I’m going to meet my real father. I don’t want to see him, I do I do”, retratando el titubeo que este acto implica. Por mi parte, a menudo me arrepiento de haber visto al mío. Mi amigo Sergio tampoco conoce al suyo. Me lo dijo casi por casualidad una tarde, demasiado nublada para ser de Semana Santa, en Xalapa, mientras tomábamos mezcal frente a una mesa amarilla al final del Callejón del Diamante. Después de una larga plática sobre nuestras dificultades a la hora de encajar con padrastros y medios hermanos, entendí que a él no le pesaba tanto la ausencia que a mí me afligía. “Hay gente que es mejor no conocer nunca”, me dijo; “sólo me llevaría decepciones”. Creo que ése fue el momento en el que nuestra amistad quedó afianzada.
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Decidí demandarlo poco después de cumplir diecisiete años: necesitaba dinero para estudiar la licenciatura en la Ciudad de México. Ha sido un proceso desgastante y lleno de obstáculos que han adquirido las formas de abogados inexpertos, una pandemia, amparos, retrasos en el juzgado, mi abogado dejando de responder los mensajes de texto, etcétera. Hasta la fecha, mi padre sigue siendo incapaz de hacerse responsable: han pasado casi cinco años y la demanda aún no llega a una resolución. Me debe diecinueve años de pensión alimenticia y un sinfín de compensaciones. Ahora, por lo pronto, el juzgado lo ha obligado a cederme un porcentaje de su aguinaldo, como si mi oficio fuera la bastardía. A veces me parece absurda la idea de que una compensación económica pueda reparar el daño que su ausencia me ha causado. No sólo a mí, sino a mi madre. Desconozco si hay alguna manera de resarcir esa herida, pero sí sé que a él no le interesa buscarla. Su respuesta a mi demanda fue que ignoraba mi nacimiento y no haber tenido nunca una relación con mi madre. Años después me sigue negando, a pesar de la prueba de ADN que establece, con toda certeza, que soy su hija y él, por lo tanto, un mentiroso. Casi cinco años después camino sobre Eje Central, con el sol de febrero acitronándome los huesos, mientras pienso que no tengo idea de cuándo ni cómo terminará el proceso legal. Quizás la peor parte será tener que cambiar mi apellido: ahora mismo, en mi acta de nacimiento, la casilla donde debería estar el nombre del padre se encuentra vacía. No estoy lista para tomar el apellido de alguien que activamente me ha evitado, incluso creo que me avergonzaría llevarlo. Para este punto desearía abandonar la demanda. Lo único que tengo claro es que, al igual que Glück, quiero vengarme de mi padre, por lo que soy, para recuperar la agencia que me arrebató.
Es viernes por la noche y estoy sentada junto a Daniela y Árbol en La Gloria, nuestra pulquería de confianza en Santa Cruz Atoyac, en medio de las paredes verdes con frescos ilustrando magueyes, códices prehispánicos y estrellas de la Época de Oro del cine mexicano. Reímos. Discutimos qué canciones pondremos en la rocola. Limpiamos el curado de apio que torpemente derramamos al intentar mezclarlo con pulque natural. El olor agrio impregna nuestro olfato y no podremos deshacernos de él por el resto de la noche. Esperamos la llegada de mi amigo Rafa. Le mando mensajes apurándolo porque sólo falta una hora antes del cierre del lugar. Me doy cuenta de que no estaría aquí si no hubiera demandado a mi padre.
Imagen de portada: Todas las fotografías son de Rodrigo A. Truqui y cortesía del autor, 2021-2023.