El pacto de la amistad: contención y supervivencia en la saga napolitana de Elena Ferrante
Leer pdfsiempre la misma historia, en el interior de lo pequeño
siempre hay algo todavía más pequeño que quiere salir a relucir,
y en el exterior de lo grande hay algo todavía más grande
que quiere mantenerlo prisionero.
ELENA FERRANTE, Un mal nombre
Decir “te amo” entre amigas suele despertar sospechas. Hay quien piensa que esa expresión pertenece exclusivamente al territorio del amor romántico y que al usarla entre mujeres pierde su valor, como el río que borra el color a las piedras. En realidad, hace lo contrario: la frase brilla y hace brillar cada vez que se pronuncia. No sólo aparece en momentos felices, sino cuando el dolor de una lo siente o, incluso, lo causa la otra. El “te amo” de una amiga puede convivir con la incomodidad, con la verdad que confronta y ayuda a crecer. Algunas amigas no necesitan pronunciar la frase; digamos que les basta un gesto, la lealtad o la complicidad silenciosa para saber que existe el vínculo.
Esa complejidad afectiva encuentra su reflejo en el —imperfecto pero genuino— lazo entre Elena Greco (Lenù) y Raffaella Cerullo (Lila), protagonistas de la tetralogía napolitana de Elena Ferrante (Nápoles, 1943). Su relación no encarna el ideal de la amistad femenina, sino su intensidad y riesgo; el de ellas es un pacto que contiene, hiere y salva desde el inicio: “Aquella vez en que Lila y yo decidimos subir las escaleras oscuras que llevaban, peldaño a peldaño, tramo a tramo, hasta la puerta del apartamento de don Achille, comenzó nuestra amistad”.
Las primeras novelas de la autora italiana datan de los noventa y principios de los años dos mil. Me refiero a El amor molesto (L’amore molesto, 1992) Los días del abandono (I giorni dell’abbandono, 2002) y La hija oscura (La figlia oscura, 2006), que se publicarían en español como Crónicas del desamor (Lumen, 2018). Estas tres novelas cuestionan las estructuras del amor —familiar, materno y romántico— y siembran las bases de uno de los grandes temas de la obra de Ferrante: el papel de la mujer en una sociedad que insiste en violentar su existencia. Pero su consolidación y fama internacional llegaron con la saga que narra la desaparición de una mujer, lo que despierta la memoria de su mejor amiga, quien nos llevará por varios episodios de la amistad entre ellas; comienza por la infancia en La amiga estupenda (Lumen, 2012), continúa en la adolescencia en Un mal nombre (2013) y observa su vida adulta en Las deudas del cuerpo (2014) y La niña perdida (2015).
Quizá uno de los mayores logros de la autora sea no idealizar la amistad femenina, sino mostrar su complejidad emocional y política. El lazo entre Lenù y Lila es tenso, contradictorio y profundamente humano, mezcla de cariño, celos y competitividad: “¿Se había puesto a estudiar griego incluso antes de que yo empezara el bachillerato superior?”.
Ferrante ha dicho que le interesaba escribir sobre dos amigas afines y, al mismo tiempo, contrarias, y eso es lo que deposita en sus personajes: Lila es impulsiva e inteligente, encarna la rebeldía; Lenù, más disciplinada y ambiciosa, canaliza esa energía hacia el estudio y, más tarde, hacia la literatura. Desde el aula se establecen las reglas de su vínculo: una actúa, la otra observa:
Lila apareció en mi vida en primer curso de primaria y enseguida me impresionó porque era muy mala. Todas éramos un poco malas en esa clase, aunque sólo cuando la maestra Oliviero no nos veía. Pero ella era mala siempre. Una vez rompió en mil pedazos el papel secante, luego metió los trocitos de uno en uno por el agujero del tintero, después se puso a pescarlos con el plumín y a lanzárnoslos. A mí me alcanzó dos veces en el pelo y una vez en el cuello blanco.
Lenù se obsesiona con Lila cuando la maestra revela a la clase que va más adelantada que el resto del alumnado: “Decidí que debía guiarme por aquella niña, no perderla nunca de vista, aunque se molestara y me echara de su lado”, aun sabiendo que Lila era “la niña más detestada del colegio y del barrio”). Lenù sostiene su promesa. La autora desafía los modelos tradicionales de la amistad al mostrarnos que lo que une a estas niñas no es el cariño, sino el impulso constante de medirse y desafiarse mutuamente para sobrevivir, pero la vida “era así y punto; crecíamos con la obligación de complicársela a los demás antes de que nos la complicaran a nosotras”.
Ilustraciones de Laura Ramona Rocha, 2025.
Lenù descubre pronto que hay algo en Lila que le atrae o, más bien, que le impide abandonarla. La amistad se erige entonces desde la necesidad y se sostiene, aunque a veces inconforme, a lo largo de los años como el único frente ante la precariedad y la hostilidad que las rodea, pues crecen en un barrio napolitano de posguerra donde la violencia modela sus vidas. En ese entorno, el juego, primero, y luego la lectura, la imaginación y la compañía de la otra, se convierten en una forma de resistencia. Juntas construyen un lenguaje y un espacio íntimo que las aparta, aunque sea por un instante, del destino que sus familias les imponen. A pesar de los deseos de sus padres, se esfuerzan por educarse para ser capaces de forjarse un futuro. Su amistad es el medio de supervivencia: un espejo en el que cada una mide su propio crecimiento y su dolor.
La narración avanza desde la mirada de Lenù, quien establece una compleja relación con Lila, una amiga que la reta, como una madre a su hijo, para asegurar buenas calificaciones: “Me tomaba la lección y se enfurecía si no me la sabía. Una vez me pegó en el brazo, con fuerza, con sus manos largas y delgadas, y no me pidió perdón, al contrario, dijo que si me volvía a equivocar, me pegaría otra vez y mucho más fuerte”.
Quizá uno de los mayores logros de la autora sea no idealizar la amistad femenina, sino mostrar su complejidad emocional y política. El lazo entre Lenù y Lila es tenso, contradictorio y profundamente humano, mezcla de cariño, celos y competitividad: “¿Se había puesto a estudiar griego incluso antes de que yo empezara el bachillerato superior? ¿Lo había hecho sola, mientras yo ni siquiera pensaba en ello, y además en verano, en vacaciones?”. Lejos de ser un obstáculo, sus roces se convierten en una fuerza transformadora. La rivalidad entre ambas funciona como un mecanismo de crecimiento: Lila impulsa a Lenù a romper las barreras de clase, mientras que ésta obliga a Lila a reconocerse en su propia inteligencia. Su amistad no ofrece consuelo, pues es una forma de lucidez, una constante confrontación que las salva de la pasividad y la resignación.
Cuando la infancia da paso a la adultez, la relación entre las amigas se fractura bajo las presiones del entorno patriarcal. Lila intenta escapar de su casa mediante el matrimonio —una salida que se vuelve prisión—, mientras que Lenù persigue la educación y la literatura como vías de ascenso social, pero éstas la atan, también, a la mirada crítica masculina. Ninguna de las dos encuentra libertad plena; el amor, la maternidad y la escritura se convierten en campos de batalla que sólo son soportables cuando se comparten:
—Lo siento —murmuré sin ton ni son. —¿Qué? —Que te hayas quedado embarazada sin alegría. —Más lo siento yo —contestó ella en un arrebato de sarcasmo.
A lo largo de los años, su vínculo atraviesa matrimonios, embarazos, separaciones y crisis, y es, en su reciprocidad feroz, que la amistad se vuelve el único lugar al cual volver; incluso en los peores momentos de la relación, les ayuda a sostener su identidad frente a las expectativas que el mundo impone a las mujeres. Aunque sus vidas siguen caminos distintos, cada una permanece como el referente más íntimo de la otra. Incluso en los periodos de silencio o distancia, el apego persiste como una corriente subterránea: un recordatorio de lo que fueron y de lo que podrían haber sido.
Lila representa para Lenù una fuente inagotable de impulso y culpa; la observa con una mezcla de admiración y resentimiento, incapaz de liberarse de su influjo. Esa contradicción define su amistad: un afecto que contiene, hiere y protege, y que, como todo lazo verdadero, se resiste a cerrarse por completo.
Le hablé a Lila de las calles, de sus nombres, del fragor, de la luz extraordinaria. Pero no tardé en sentirme incómoda. Si el relato de ese día lo hubiese hecho ella, yo le habría proporcionado el contrapunto indispensable y, aunque no había estado presente, me habría sentido viva y activa […]. Pero ella me escuchó sin curiosidad y por un momento pensé que lo hacía por maldad, para restarle fuerza a mi entusiasmo.
La amistad, o bien, la escritura de Lenù sobre ella, se convierte en un intento por reconstruir lo que la memoria disuelve, pero también es la manera de reconocer el poder de Lila para decidir sobre su propia narrativa. Ferrante sugiere que la amistad, al igual que la escritura, es una negociación entre presencia y desaparición, entre retener y dejar ir. Cuando Lila desaparece —borrándose literalmente del mundo—, el gesto adquiere una fuerza simbólica. Su ausencia no es una pérdida, sino una declaración de independencia: se niega a quedarse fija. En ese acto final, Lila escapa del destino que siempre intentó evitar: ser una figura interpretada.
Ferrante sugiere que la amistad, al igual que la escritura, es una negociación entre presencia y desaparición, entre retener y dejar ir. Cuando Lila desaparece —borrándose literalmente del mundo—, el gesto adquiere una fuerza simbólica.
Esta obra puede leerse como una larga reflexión sobre cómo las mujeres se construyen —y se liberan— en relación con otras mujeres. En un contexto en el que la violencia estructural condiciona los cuerpos, las voces y los deseos, el vínculo afectivo entre Lenù y Lila se convierte en una práctica de resistencia cotidiana. No se trata de grandes gestos heroicos, sino de la insistencia en permanecer, en seguir nombrándonos unas a la otras a pesar del dolor. En ese sentido, Ferrante propone un modelo de amor que no busca posesión ni pureza, sino acompañamiento y desafío mutuo.
A través de Lila y Lenù entendemos que resistir implica mirarse en otra, incluso, o en especial, si dicha mirada resulta insoportable. La amistad se vuelve una forma de pensamiento ético, una práctica que combina afecto y conciencia, vulnerabilidad y coraje. En un mundo que aún exige a las mujeres callar o competir, Ferrante propone otra posibilidad: la de sostenerse en la palabra compartida, en un “te amo” que no reclama exclusividad, sino presencia. Amar a una amiga —y dejarse amar por ella— se vuelve un gesto político, una manera de seguir existiendo.
Todas las citas que aparecen en este texto fueron tomadas de las ediciones de Lumen de La amiga estupenda (2012), Un mal nombre (2013) y Las deudas del cuerpo (2014).
Imagen de portada: Ilustración de Laura Ramona Rocha, 2025.