dossier Amistad FEB.2026

Gabriela Jauregui

A mis carnalxs: una dedicatoria agradecida y una exhortación

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Podría empezar este ensayo a plena luz del día, en el patio del kínder, con esa niña a la que le miro los zapatos que tienen trabas, que se parecen a los míos pero brillan más; que usa las calcetas dobladas, como las mías, pero sin olán; y con quien, como bajo el efecto de la ley de gravitación universal, me acabo sentando en el mismo lugar en el recreo para intercambiar bolillo con Carlos V por galletas María con cajeta.

​ También podría comenzar en un sótano oscuro con las paredes cubiertas de salitre, estampas y grafiti y bocinas en las cuatro esquinas sonando a todo volumen. Con cuerpos rozándose y bailando al ritmo suave como la poca luz de un foco rojo. Con esa persona que sonríe porque compartimos pista y pisto, y grita o susurra al oído algo sobre que la música está buena; luego le propongo ir por una chela y empezamos a platicar, y así, con cuidado y entusiasmo, tramamos los potenciales hilos de amistad: habrá que verse en otro toquín o en la siguiente fiesta y seguir bailando, quizás hacer música, quizás empezar una banda, quizás volverse amix, hacer pijamadas de varios días viendo películas al hilo, probando sustancias, bailando a deshoras, cocinando pasta con pollo rostizado.

​ O podría empezar tiempo después de esos dos inicios, en una asamblea, con alguien tomando la palabra, diciendo cosas que me inspiran y me conmueven. Me acerco a esa persona para decirle que me gustó lo que dijo, que opino algo similar, que si ha leído este libro, y saco una copia subrayada de mi mochila y de allí seguimos caminando hasta llegar, como por magnetismo, a la mesa de algún café.

Teresa Olmedo, Amorcasa, 2024. Todas las imágenes son cortesía de la artista.

​ Pero esta vez empieza en un cuarto de hospital: estoy cuidando a mi papá, que está en medio de un delirio. Intento escribir, sin un gramo de concentración, este ensayo, trato de leer y no entiendo lo que leo, hasta que decido soltar mis obligaciones y simplemente estar, acompañar. Lo oigo decir, de pronto, cosas horribles; se quiere levantar de la cama a como dé lugar, huir, subirse a un barco, bajarse de un avión; quiere pelear conmigo o con los enfermeros, y a veces, muchas veces, está tranquilo: conversa con sus amigos muertos y me habla a mí o a los doctores o al aire sobre ellos, esos quince amigos que lo acompañan y siguen siendo importantes para él incluso cuando pierde lo que parece ser la razón. Esto me hace pensar en cómo esos vínculos perduran más allá de lo imaginable. En bata de hospital y con el catéter metido en las venas, en medio de una psicosis, mi padre habla de sus amigos con más alegría, admiración y ternura que de su propia familia. Y no sólo le sigo la corriente, lo entiendo.

Más allá del mame y del meme: amistad y lucha en tiempos de internet


¿Se acuerdan de ese momento, durante la primera década de los dos mil, cuando comenzó Facebook y su fundador, Mark Zuckerberg, en una foto con playera de cuello redondo, se convertía, en automático, en tu primer “amigo”? Debimos sospechar de ese gesto, que reafirmaba lo vacuo de su virtualidad y modificaba la definición de amistad hasta llegar a la iteración de la supuesta “amistad” que construye esa red y es, quizás, más honesta: la del “seguidor”, un concepto que gira hacia lo religioso o, incluso, al fanatismo, como hemos visto en otras redes sociales.

Todo lo que pasó me trajo aquí II, 2025.

En un mundo patriarcal que no nos quiere juntas ni difuntas, la amistad entre nosotras nos recuerda que, juntas, somos marabunta. Nos dice que podemos romper o agrietar el mandato patriarcal de la separación y el mandato capitalista de individualidad y aislamiento.


​ Lo sabemos hoy: Facebook, después Twitter (o X) e Instagram no son espacios creados para entablar amistades, sino para que los algoritmos depreden nuestra información y, algo más valioso aún, nuestra atención y tiempo. Y sin embargo… hay momentos que escapan de esa lógica tecnocapitalista, que la desobedecen, y en los que, de hecho, al menos para mí, se forjan nuevas amistades. ¿Cómo ocurre? Para mí sucede así: leo a alguien (y en este caso me refiero específicamente a mujeres y disidencias), cuyas ideas me retan, me resultan interesantes, me divierten o me hacen cambiar de parecer. Es así como empiezo a “seguir” cuentas distintas; algunas me “siguen” de vuelta y desde allí entablamos un diálogo. Muchas veces se trata del intercambio abstracto del pulgar arriba o el corazón, un retuiteo o un “suscribo esto que dijiste” y ya. En otras ocasiones, algo que empezó como afinidad intuitiva pasa a los mensajes directos, a una forma del “quiero ser tu amiga” más anticuada y epistolar y, de allí, al teléfono y, en los mejores casos, a la vida real. Sí, en muchos casos, esas amistades inician por afinidades políticas, pero no únicamente. Pero empecemos por allí. Por eso acudo al libro Carta a mis hermanas más jóvenes 2: amistad política entre mujeres, de Raquel Gutiérrez Aguilar, en el que hace la diferencia entre la amistad entre mujeres que se politiza y la amistad política entre mujeres y, puntualiza:

​ La amistad entre mujeres es el resultado de desplegar una intención intuitiva y concreta —a decir de María Galindo— que se pone en juego para brindar o solicitar soporte y aliento a/en otra; suele ser gozosa y lúdica. La amistad entre mujeres es la semilla más fértil para erosionar la dominación patriarcal; desafía y boicotea el mecanismo más íntimo de estructuración de esa forma de dominación: la separación entre nosotras a través de mediaciones patriarcales.1

Shhh silencio escucha, 2025.

​ Este tipo de amistad “habilita peculiares formas de politización”, nos dice, e “incrementa la fuerza vital de cada quien”. Creo que cualquiera que se haya juntado para tomar un café o un mezcal con sus amigas y acaba cantando, llorando, chismeando y sintiéndose mejor, lo puede confirmar. De hecho, como dice el meme, hay un estudio (o varios) que lo demuestran: por ejemplo, en 2010 se publicaron los resultados de una investigación que examinó por qué las personas con vínculos sociales más robustos son más longevas2 y, en 2023, las doctoras Alisa Bedrov y Shelly Gable explicaban que “las amistades entre mujeres involucran una mayor autodivulgación, así como más dependencia en el apoyo social mutuo que se correlacionan con una mejor salud física y psicológica”.3 Para resumirlo a la manera de los memes que me han mandado mis propias amigas: “las amigas sanan” o “las amigas son la disculpa del universo por tus parientes” o “mi amiga y yo tratando de llegar vivas a fin de año” (este último muestra la imagen de un camión completamente chueco apoyándose en otro camión). El estudio científico también me recuerda la publicación de Instagram que retoma la frase del programa de radio: “El futuro de la felicidad doméstica es comprar una casa con tu mejor amiga” (también compartida de inmediato por mensaje directo a unas amigas). Pero, para decirlo más poéticamente y menos científica o banalmente, tomo prestadas las palabras del hermoso poema de Iveth Luna Flores “Paleta de manita” (de su poemario Mis amigas están cansadas):

Todas las amistades entre mujeres empiezan así: una queriendo escuchar a la otra. ¿Qué te duele? ¿Por qué estás llorando?

​ Esas preguntas, que le hace su amiga de segundo de primaria a quien habla en el poema, son preguntas hondamente políticas: implican un con-dolerse, para invocar a Cristina Rivera Garza; implican acompañamiento y escucha en un contexto de inequidad de poder (la maestra la hizo llorar); además, el poema habla de compartir algo: la paleta. En resumen, menos hermoso que el de Iveth, en un mundo patriarcal que no nos quiere juntas ni difuntas, la amistad entre nosotras nos recuerda que, juntas, somos marabunta. Nos dice que podemos romper o agrietar el mandato patriarcal de la separación y el mandato capitalista de individualidad y aislamiento mediante las formas de acompañarnos y compartirnos que conocemos bien quienes practicamos la amistad entre mujeres. Y eso, en sí, ya es político.

Las cosas son hasta que son, 2024.

Amistad y sororidad

Quienes hemos militado en algún movimiento sabemos bien que de la politización también puede nacer la amistad,4 cosa que no siempre sucede en camino inverso: no siempre de la amistad nace la politización, aunque, más allá de los esfuerzos del capitalismo de cooptarla en tarjetas, días y ofertas, la amistad en sí es subversiva. Como dice mi amigo y compañero Alfonso, “[desobedece] a relaciones familiares (determinadas por la sangre), románticas (por la posesión) y laborales (por los contratos)”. Esto no impide que podamos ser amigas de nuestra familia; si mi hermana y yo no fuéramos grandes amigas, nos hablaríamos poco y nos veríamos casi nunca; ni que no podamos ser amigxs con nuestras parejas. De hecho, únicamente he tenido dos relaciones sexoafectivas que no transitaron, al inicio y al final, por la amistad; por otro lado, también están, ojo aquí, los vatos cis hetero que confunden la amistad con algo más y al final de lo que parecía ser el inicio de una gran amistad te tratan de besar, ¿por? Pareciera que de inmediato quieren intercambiar la libertad de la amistad por la posesión del romance. Y, por supuesto, podemos ser amigxs de algunxs colegas, porque la amistad, que se cuela en todas partes, rebasa las condiciones de nuestro empleo.

​ ¿Y qué sucede cuando politización y amistad se mezclan? En los feminismos, a esto se le ha llamado sororidad. Me atrevo aquí a meter una papeleta al buzón político de sugerencias: ¿por qué sororidad? Rasco en la superficie de esa palabra y me encuentro cien años atrás con Unamuno y su búsqueda de una palabra que hablara de solidaridad entre mujeres con ecos de Antígona. En inglés, voy a dar un poco más atrás, al siglo diecinueve y las primeras mujeres estudiantas compartiendo un hogar que no puede llamarse fraternity sino sorority, seguido de tres letras griegas. El Diccionario de la lengua española define sororidad como “amistad o afecto entre mujeres” y “relación de solidaridad entre las mujeres, especialmente en la lucha por su empoderamiento”. El hermanamiento entre mujeres como una búsqueda por quedar en igualdad, en sororidad, término que, según algunos artículos también desenterrados velozmente, fue popularizado por la problemática feminista Marcela Lagarde. ¿Será? Sea como sea, me –o nos– pregunto: ¿por qué usar una palabra que nos remite y nos manda de vuelta directito y sin escalas al lenguaje (tan normado) de la familia? Además, quien tiene hermanxs sabe que no necesariamente hay igualdad en la relación con ellxs. Entonces, ¿por qué hermanas y no amigas; por qué no compañeras; por qué no, todavía mejor, carnalas?

Mirar cara a cara a la incertidumbre, 2024.

​ Después de años de tener incluso stickers que decían “abrazororo” y de invocar la sororidad mil y una veces, llevo largo rato cuestionando por qué acudimos a lo sororo, con sus ecos rancios de monjas, nociones de deber y obligación de la familia consanguínea. Me perturba. Me deja inconforme y me recuerda que, en los feminismos, a menudo se han llegado a silenciar abusos (de poder y otros) entre mujeres en nombre de la mentada sororidad… contradiciendo así, en nombre de un deber ante la otra, todo lo que podría tener de emancipatorio este vínculo. ¿Por qué no seguir con la amistad que implica al mismo tiempo un afecto, una emoción, una acción y una responsabilidad, pero siempre tomadas desde la posibilidad de la elección, desde la subversión de lo patriarcal? Prefiero dejar a un lado la noción de hermandad o sororidad, que se emparenta con la familia y todas sus normas.

​ Sigo rascando, como perra necia buscando su hueso, y entonces me pregunto: ¿qué hay del parentesco al que alude Donna J. Haraway en Seguir con el problema? Menciona un vínculo que va más allá de los lazos consanguíneos, que invita a otras especies además de la humana y que a la vez tiene que ver con generar y con generosidad. En inglés, la palabra es kin, cuya raíz indoeuropea se emparenta con gen —de género y génesis—, es decir, también, paradójicamente, con dar a luz. Mis excavaciones por las palabras y sus significados me llevan a recordar que el término griego significa tanto amor como amistad; amigo y amiga vienen del latín amicus, que también se relaciona con amar. Entonces me alejo del deber ser de la sororidad y elijo acercarme al amor implícito en todos los otros términos a los que ya me he referido para hacer eco de la yegua apocalíptica chilena, Pedro Lemebel, cuando sentencia “no tengo amigos, tengo amores”, y de allí invoco la tropicalización mexicana, con todas sus implicaciones plebeyas y deseantes contenidas en las palabras “carnala” y “carnal”.

Rituales y deseo: encarnar la amistad, reencantar el mundo

Como dice Judith Butler, en Vida precaria, citando a Lévinas, “el yo no puede sobrevivir por sí solo”, es decir, nadie sobrevive solx.5 Yo no estaría aquí sana y salva, y no hubiera logrado salir y sobrevivir a una relación violenta, si no fuera por mis amigxs y su apoyo, su acompañamiento, su paciencia, su amor, sus hogares y su escucha. Comparto oficina, vida y crianza con mi amiga y comadre Pia y, además de la vida, conversamos sobre procesos artísticos, los suyos visuales, los míos con palabras. Creamos juntas, nos retamos y nos nutrimos de ideas compartidas. He conjurado proyectos que gestan y nutren amistad, como los Tsunamis. Una amiga me regala miel, dejándola, como una sorpresa, en mi escritorio con una notita. Varias amigas me escriben en la noche, después de haber salido juntas, para saber si llegué bien a casa. Cuando tuve mi primera separación, hace casi dos décadas, Michel, mi amigo desde que tenemos cuatro años, me invitó a ser su compañera de depa, y Alex, mi carnal desde hace treinta y compañero en ese mismo hogar, vino por mí, subió mis cosas a su coche y lxs tres compartimos casa durante una transición que fue un florecimiento entre porros, cigarros, juegos de FIFA y momentos de silencio acompañados de turnos para bañarnos con cubeta cuando no había agua. Tengo amigas —Z, Y, R y M, por ejemplo— con quienes he tenido relaciones sexuales que nacen y crecen desde la amistad; así, la amistad erótica, vital en todos los sentidos, se presenta como un embate contra un mundo demasiado lleno de muerte. Además de años de conversaciones, risas y lágrimas, hemos compartido orgasmos que sin nuestra amistad no hubieran sido posibles. Este año, otras amigas me invitaron a la playa por mi cumpleaños y ahí leímos en voz alta Rituales para la amistad de Jazmina Barrera, Elvira Liceaga y Daniela Rea (quienes también son amigas), y lloramos, nos reímos y comentamos las similitudes y coincidencias entre nuestras amistades. Creamos un ritual propio de lectura compartida y comentada bajo un eclipse lunar.

Podría ser peor, 2024.

​ La amistad tiene todo que ver con la voluntad y el deseo. No es una obligación, pero sí requiere de reciprocidad y responsabilidad y, hay que decirlo, porque lo he comentado con varias amigas, es urgente también inventar una palabra para el doloroso luto que ocurre cuando te distancias de una amiga en particular. A mí me sucedió en plena pandemia y fue uno de los sentimientos más tristes y dolorosos, quizá peor que tras separarme de una pareja, y como no es algo que se haya socializado mucho, no hubo quien viniera por mí para llevarme a cenar y sanar ese dolor. O sí, porque me encontré con un par de amigxs más, como Yol, con quien lo he hablado extensamente, y Aura, que incluso tiene un texto respecto al amor y al desamor en la amistad que me resuena profundamente.6 Mi primera novela, Feral, nace del dolor de perder a dos amigas a la muerte y seguir teniéndolas presentes cada día de mi vida. Pienso otra vez en mi papá en ese espacio liminal entre conciencia y delirio, entre la vida y la muerte, hablando de sus amigos. “Hasta que la muerte nos separe” no aplica, más bien es “hasta que la muerte nos vuelva a juntar” o “la muerte nunca nos separó”, como yo siento con mis amistades difuntas. Desde niña mi mamá me decía que tengo corazón de condominio, y es que sí, soy poliamorosa en todos los sentidos. Amo la amistad y amo a mis amigxs o, como dice otro sticker con una manada de caballos: “La amistad es mi droga favorita”. Me queda claro que necesitamos más palabras y más rituales para la amistad.

​ Hace más de un siglo, en pleno dolor post Primera Guerra Mundial, Max Weber ya hablaba del desencantamiento en La ciencia como vocación. Yo apelo y exhorto a la amistad, al carnalismo, a dar la piel por/para/con lx otrx, pues esto puede reencantar el mundo, y aquí cito unas líneas de un artículo de Silvia Federici que aparece en esta revista: “Cuando hablo de ‘reencantar el mundo’ me refiero a descubrir lógicas y razonamientos distintos a los del desarrollo capitalista, práctica que considero indispensable para la mayoría de los movimientos antisistémicos y precondición para resistir a la explotación”.7 ¿Quiénes más que nuestrxs carnalxs para reencantarnos y acompañarnos a hacer nacer un mundo nuevo?

Imagen de portada: Teresa Olmedo, Mediodía, 2024. Imagen cortesía de la artista.

  1. Raquel Gutiérrez Aguilar, Carta a mis hermanas más jóvenes 2: amistad política entre mujeres, Bajo Tierra Ediciones, Puebla, 2022. 

  2. Julianne Holt-Lunstad, et al., “Social relationships and mortality risk: a meta-analytic review”, PLOS Medicine, 27 de julio de 2010. 

  3. Alisa Bedrov, et al., “Thriving together: the benefits of women’s social ties for physical, psychological and relationship health”, Philosophical Transactions of the Royal Society B: Biological Sciences, noviembre de 2022. Disponible aquí 

  4. Véase el texto antes citado de Raquel Gutiérrez Aguilar. 

  5. Judith Butler, Vida precaria. El poder del duelo y la violencia, Paidós, Buenos Aires, 2006. 

  6. Aura García-Junco, “Carta de amor a ‘sólo’ una amiga”, Pesimisma, 22 de septiembre de 2023. Disponible aquí 

  7. Silvia Federici, “Reencantar el mundo”, Revista de la Universidad de México, Ciudad de México, diciembre-enero de 2020. Disponible aquí