dossier Gatos ABR.2026

Verónica Murguía

Elogio del gato y su devoto

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1) Hasta hace unos meses, gracias a una lucha constante por mi salud mental, me mantuve a una distancia prudente del YouTube. Claro que he vagado por tiendas chinas, escuchado música en plataformas (lo ignoraba entonces) impresentables y comprado mil cosas que no necesito, pero hasta hace poco me abstuve de ver cortos y tener redes sociales. Procuro leer las noticias en el periódico y comparar la información. Mi solitaria pica en el Flandes virtual es una cuenta de Instagram que me abrió una amiga para presentar un libro y a la que no he subido nada. ​ Pero no puedo alardear. He contribuido, como millones de personas, a la fortuna de Jeff Bezos, pues adquiero libros en Amazon desde que eran la única mercancía. Es increíble pensar que Amazon fue solamente una librería, pero que a su dueño le esperaba la distinción, poco honorable, de ser uno de los hombres más ricos del mundo. ​ Además, padezco la adicción al Kindle, aunque sospecho que las lecturas en el dispositivo no se me quedan en la memoria como aquéllas hechas en papel, pero ésa es harina de otro costal. ​ Cuento esto porque, al modesto Amazon de los noventa, solía pedir libros de detectives protagonizados por gatos. Hubo una serie, tranquilizadora por lo ingenua, que llegó a reunir veintinueve títulos, escrita por una viejecita de pelo blanco llamada Lilian Jackson Braun. No creo que haya sido la señora Braun la autora de toda la saga, pues el ritmo de publicación era de un libro al año. Los detectives, Koko y Yum Yum, eran dos siameses que resolvían los casos dándole pistas laberínticas al dueño, un periodista cándido y bastante lelo llamado Jim Qwilleran. El lugar donde ocurría esto se encontraba al norte, lejos de todo, habitado únicamente por blancos de la tercera edad. Nunca, que yo recuerde, se mencionó a un personaje de otra raza, creencia y, menos, orientación sexual, aunque la actividad sexual era tan escasa como la credibilidad de toda esa ficción. ​ ¿Por qué, además de los poderes somníferos de las novelas, era capaz de comprarlas y esperar ansiosamente su llegada? Supongo que por el indudable fervor que la autora sentía por los gatos, la única emoción auténtica que lograba transmitir. ​ No se me escapa que la internet es tierra fértil para que la imagen del gato, ése ser contradictorio y fabuloso, tenga muchísimo éxito. El gato es fotogénico como casi ningún otro animal. Como todo el mundo, he visto mil memes, gifs, etiquetas, pero hasta hace poco me mantuve en mi solitaria postura: no me asomaría al YouTube para ver gatos más que en teléfonos ajenos, hasta el día fatal en que entré a la plataforma para ver a Stephen Colbert y me topé con un corto de un diminuto gato negro corriendo por el piso de una cocina con el lomo arqueado y cara de loco. Amor a primera vista. Adicción a la primera probadita. ​ Se acabó mi desdeñosa distancia. Como media humanidad, me la paso mirando gatos haciendo gaterías, sobre todo cachorros que se suben a las cortinas, se trepan por el pantalón del dueño, se asoman debajo de un suéter o brotan hechos un polvorón de entre las ruinas de una maceta. He comprobado que no soy la única que, al pasar junto a sus gatos, los alza en brazos, los olfatea y los vuelve a dejar donde estaban o que, literalmente, les besa las patas. Como tantos, les permito cualquier insolencia, como sentarse en el teclado de la computadora, convencida de que tengo la suerte infinita de que me hagan caso, aunque sea yo quien pague las croquetas y limpie el arenero.

Santiago Solís, Once patios, 2026.

2) Se supone que debemos dividir nuestras vidas en etapas compuestas por un número de años determinado por nuestras capacidades y madurez física. La infancia está partida en dos segmentos: de cero a seis años, la primera infancia, y de siete a doce la infancia a secas. Luego viene la adolescencia, de los trece a los dieciocho y, en el caso de los Estados Unidos, hasta que el cuerpo aguante. Más tarde, la deliciosa —cada quien habla de la feria como le va en ella, etcétera— adultez. Ésta dura de los diecinueve hasta los sesenta. Después, la vejez, donde estoy incómodamente situada. Este sistema es razonable, pero hay personas que dividen su vida de otras formas. Conozco a un desdichado que dividía la suya en sexenios. Así, su adolescencia se desplegó durante los sexenios de Echeverría y López Portillo; su primer matrimonio, durante el gobierno de Salinas, etcétera. Debo confesar que ese individuo y yo nos alejamos para siempre desde hace un sexenio. ​ Yo mido la vida por el glorioso paso de mis gatos por ella. De niña tuve a Héctor y a Mermelada. De adolescente, al gentil Pitufo (yo no le puse el nombre), a quien amé con pasión y recuerdo con una nostalgia horrorosa. Luego, ya en mis veintes, tuve a Merlín. Entre Merlín y yo hubo un amor arrebatado del que quedó constancia en unas postales que le envié desde Pátzcuaro. En las postales le pedía a mi pareja de entonces que, por favor, se las leyera. Querido Merlín: miau, mau, mi, y así varios renglones. Como firma: “La señora que te sirve las croquetas”. Las postales llegaron a la casa varios días después que yo y tuve el gusto de leérselas de viva voz. Merlín, naturalmente, me ignoró y tuve que atraerlo a la lectura con una lata de sardinas. No me importó. Quedé feliz de haber dejado en negro sobre blanco, y con imágenes de la Plaza de Tata Vasco y la Casa de los Once Patios, un testimonio de mi veneración. ​ En un departamento de la colonia Nápoles donde viví muchos años, mi marido y yo le dimos la bienvenida a Timoteo, hijo de la arisca Pancha, la gata más desconfiada de la ciudad. Timoteo fue, espero, un gato felicísimo, amo y señor de dos seres humanos que se desvivieron por él, se dejaron arañar, permitieron que arruinara los sofás y le arrojaron pelotitas durante horas. En resumen, un Felis catus feliz. Era un gatito de la calle que, por azares del destino, tenía una facha aristocrática —su padre era un ruso azul con más ínfulas que el príncipe Volkonsky— y carácter de diva. Mi marido y yo nos dedicamos a estudiarlo, acariciarlo y hacer lo que al gato se le daba la gana. Tenía un juguete al que atacaba con saña: un gato de lana relleno de estopa, de ésos que hacen en Chiapas. Mi marido lo bautizó como “el Enemigo”. ​ Pobre de “el Enemigo”. Atado al extremo de un mecate para colgar la ropa, mecido ante el Timo con el único objetivo de que él se divirtiera, fue lacerado, arañado y masticado hasta que se le salió el relleno y quedó convertido en un harapo. Me fui volada al mercado y compré una culebra de plástico que, pensé, le iba a fascinar. Cuando se la lancé, me miró con reproche antes de esconderse debajo de un sofá del que salió solamente a cenar. El desdén con el que me trató el resto de la semana, aun después de que le di tijeretazos a la culebra delante de él, me obligó a buscar otro Enemigo. Tuvo como seis o siete. ​ Ahora vivo con dos gatos. Es la primera vez en mi vida que tengo dos y ahora comprendo perfectamente a quienes tienen cinco, seis o siete. Estoy hecha una cat lady, como dicen en inglés, con todas las de la ley. Esto, supongo, quiere decir que los gatos son los dueños de todo lo que hay en la casa, incluyéndome a mí, por supuesto.

Santiago Solís, Upper Peninsula of Michi-gan, 2026.

3) El adorador de gatos más célebre del mundo es Mahoma. Tenía una gata que se llamaba Muezza, a la que quería muchísimo. Un día, la gata se quedó dormida en una esquinita de su túnica. Mahoma, a quien la idea de despertarla le provocaba una fea sensación —que los amantes de los gatos conocemos perfectamente—, prefirió cortar la túnica a despertarla. Esta anécdota no figura en los Hechos del Profeta, pero está muy extendida y goza de mucho prestigio. Cualquier musulmán la conoce. Según el islam, los gatos pueden, incluso, beber del agua destinada a las abluciones sin contaminarla. En Estambul, por ejemplo, son dueños de los techos, las cajas de fruta vacías en el mercado, la sombra de los edificios y los patios de las mezquitas. La pena por matar un gato era “construir siete mezquitas”. Me parece razonable.
4) La primera puertita para gatos de la que se tiene noticia fue añadida a la entrada de la Biblioteca Chetham, un edificio de finales de la Edad Media, con el fin de que estos animales entraran y salieran a su antojo y pudieran mantener los libreros sin ratones. Más tarde, en Exeter, un obispo mandó hacer un agujero circular en otra puerta de biblioteca. Este agujero daba a un reloj de cuerda, cuyo mecanismo era engrasado con manteca de cerdo, lo cual atraía a los ratones. A los dueños de los gatos que mantenían a raya a las ratas y los ratones se les daba un pequeño sueldo anual.1
5) Termino mi enumeración con una mención al poema dedicado a Pangur Bán, escrito por un monje irlandés en el siglo IX. No se conoce el nombre del autor, aunque hay algunos candidatos, como Sedulio Escoto. El poema fue escrito en la abadía de Reichenau, hoy Alemania, y es una alabanza de la vida de un estudioso y su gato. El monje se regocija porque Pangur Bán, su gato blanco, y él tienen ocupaciones semejantes. Uno atrapa ideas y palabras, el otro, ratones, y así, lejos de la envidia y el ruido del mundo, los dos se afanan en hacer bien lo que les toca y son felices.

​ Supongo que yo podría hacer lo mismo, aunque en esta casa no hay ratones. Lo único que se interpone entre la serena alegría del monje y yo es la internet, esa sinécdoque del mundo. Y como el mundo, una de las cosas más bellas que alberga, son los gatos.

Imagen de portada: Santiago Solís, Muezza, Todas las ilustraciones son del artista a partir de este texto, 2026.

  1. Según la historiadora Diane Walker en Rhea Nayyar, “The English Cathedral with the 400-Year-Old Cat Door”, Hyperallergic, 12 de septiembre de 2023.