dossier Gatos ABR.2026

Andrea Chapela

De monstruos, sátira política y magia cotidiana: el universo gatuno de la literatura japonesa

Arte de Armando Fonseca

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Hace algunos años alguien me dijo que, si un libro tiene un gato en la portada, venderá más. En ese momento lo tomé por una verdad, que he repetido varias veces en cenas y reuniones del mundo editorial. Sin embargo, cuando comencé a investigar para este artículo, descubrí, para mi sorpresa, que no hay ninguna prueba que avale esta aseveración. Aun así, cualquier persona que haya ido a comprar un libro en los últimos años habrá notado un fenómeno que parece darle cierto sustento a mi dato curioso: actualmente las librerías están atestadas de pilas y pilas de libros con gatos en sus portadas, casi todos traducidos del japonés y el coreano. ​ Esta explosión de libros sobre felinos tal vez ya les haya llamado la atención y se hayan preguntado, aunque sea de paso: ¿desde cuándo tiene la literatura japonesa una obsesión con los gatos? Lo cierto es que estos animales han sido parte de la cultura y las letras niponas desde sus inicios, pero han tenido distintas etapas, que he decidido denominar mítica, clásica y sanadora.

LA ETAPA MÍTICA

Armando Fonseca, La amenaza de la amenaza, 2026. Intervención sobre Utagawa Kuniyoshi, Ichikawa Danjūrō en el papel de Arajishi Otokonosuke en la obra Date kurabe Okuni kabuki, ca. 1828. Rijksmuseum ©.

Se cree que los gatos llegaron a Japón en el siglo VI e. c. En algunos sitios dicen que fue precisamente en el año 538 y en otros mencionan la fecha de 552; en lo que coinciden todas las fuentes es en que probablemente llegaron al archipiélago junto con el budismo, pues su presencia protegía los rollos sagrados de la amenaza que representaban los ratones. El análisis genético parece sustentar esta hipótesis, pues revela que el felino doméstico japonés provenía de la India, pasó por China, luego Corea y, finalmente, llegó a las islas niponas. ​ Uno de los primeros testimonios escritos fue el del Emperador Uda (867-931), quien escribió en su diario que le habían regalado un espécimen negro proveniente de China. En algunas traducciones, el fragmento termina con la siguiente aseveración: “Estoy convencido de que es superior a todos los otros gatos”. Aunque parece que esta versión no es completamente fiel al original, sí captura un sentimiento que compartimos todas las personas que hemos vivido con un gato: la seguridad de que el nuestro es el mejor que ha existido. El siguiente registro que se tiene es del reinado del Emperador Ichijō (980-1011), quien bautizó al suyo Myobu no Otodo, que significa Acompañante Real en Jefe del Palacio Imperial. Además de este rango, el felino tenía una vestimenta especial: un collar rojo con una placa blanca. En esta primera época, los gatos estaban vinculados a la realeza y la religión, pero poco a poco fueron permeando el arte. Los primeros dibujos de gatos se le atribuyen a Toba no Sojo (1053-1140) en el llamado Chōjū-giga, que consta de cuatro rollos o emakis donde se retrata a varios animales —conejos, ranas, zorros y gatos— antropomorfizados, que sirven de sátira de la sociedad de esa época. Muchos de estos dibujos retratan al bobtail japonés, un tipo de gato que, por una mutación genética dominante, posee una cola corta y enroscada como la de un conejo. Esta raza también proviene de China y el sureste asiático, pero su domesticación y crianza se dio principalmente en el archipiélago; actualmente, se reconoce como la única raza nativa de Japón. De hecho, algunos de los felinos japoneses más famosos, como Hello Kitty, son bobtails. ​ En la literatura, uno de los primeros indicios gatunos aparece en el capítulo “Brotes tiernos”, del Genji Monogatari, la que algunos consideran la primera novela del mundo, escrita alrededor del año 1000 por la cortesana Murasaki Shikibu. Además de jugar un papel decorativo en la corte, el gato es parte central de la trama, pues la Tercera Princesa, casada en ese momento con Genji, sale de sus aposentos persiguiendo a su mascota cuando Kashiwagi, el sobrino de Genji, la ve y se enamora de ella, lo que lleva a un amorío y a un trágico final. Escrito en la misma época, El libro de la almohada, el diario de la cortesana Sei Shōnagon, sirve de morada para algunos gatos, entre ellos, uno que recibe un título nobiliario. ​ Más tarde, los felinos domésticos se convirtieron en criaturas del folklore japonés. Algunos son yōkai (seres sobrenaturales) malvados, como el bakeneko, que puede transformar su figura humana en la de un gato gigante; el kasha, que roba cadáveres para llevárselos al infierno; y el nekomata, que tiene dos colas. Dependiendo de la leyenda, estas criaturas pueden evolucionar a partir de mascotas que cumplieron más de cien años o buscan venganza contra dueños que fueron crueles o, sencillamente, tienen ganas de comer carne humana. Sin embargo, el ejemplar más famoso del folklore japonés es el maneki-neko o “gato que saluda”, como se llama al bobtail blanco que mueve una de sus patas y que podemos ver como amuleto en muchos comercios japoneses y chinos. Existen varias leyendas que explican el origen de este gato que trae buena suerte, clientes y dinero. En muchas, el animalito salva a su dueño del hambre, la pobreza o algún peligro inminente, a veces muriendo en la proeza. Tanto su color como la pata que tiene levantada poseen distintos significados. Con estos ejemplos se puede apreciar que, en esta primera etapa, estos felinos adquieren su aire de misterio y misticismo; son criaturas peligrosas, pero también pueden traer buena fortuna.

LA ETAPA CLÁSICA

Armando Fonseca, La hora del té, 2026. Intervención sobre Utagawa Kunisada, Mesera en una casa de té leyendo una carta, ca. 1825-1830. Rijksmuseum ©.

Para el periodo Edo (1603-1868) los gatos dejaron de ser artículo de lujo de la realeza y los templos y comenzaron a vivir en las granjas, sobre todo en las de seda. Dado que protegían sus hogares de plagas como los roedores, adquirieron cierto estatus protector y simbolizaban un espíritu de tranquilidad y estabilidad. Además, se volvieron uno de los temas principales de los grabados en madera de la época, los ukiyo-e, en los que a veces aparecen como mascotas, pero en otras ocasiones son monstruos o personajes antropomorfizados que emulan a actores o prostitutas. Un artista famoso por sus representaciones felinas, sobre todo de bobtails, fue Utagawa Kuniyoshi (1798-1861). En esta época se popularizaron también varios proverbios relacionados con el Felis catus: “gato que maúlla mucho no caza ratones”; “actuar como gato prestado”, para describir a alguien que actúa de manera mansa y tranquila; “todos los gatos son grises en la oscuridad”, para hablar de la belleza; “una cola de gato” para referirse a algo insignificante, en alusión a los rabos cortos de los bobtails. ​ Ya en el periodo Meiji (1868-1912) la especie había extendido sus dominios; además, volvieron a ocupar un lugar central en el arte literario. Entre 1905 y 1906, Natsume Sōseki, el padre de la literatura moderna japonesa, escribió Soy un gato, una novela satírica contada por la mascota, sin nombre, de un profesor de inglés de clase media. En la prosa de Natsume se pueden apreciar, por un lado, los sentimientos encontrados que causaba la rápida adopción de la cultura occidental y su mezcla con las tradiciones japonesas y, por el otro, una crítica a la vida burguesa. Como otras novelas de la época, ésta se publicó por entregas en una revista y fue un éxito rotundo desde el principio. ​ Más adelante, Miyazawa Kenji publicó el cuento “La oficina de los gatos” (1926), en el que el protagonista animal sufre discriminación en la oficina de gatos número seis, donde trabaja; ha sido adaptado a numerosos libros ilustrados, un manga e, incluso, un anime. Aunque éste es el único cuento sobre el tema que tiene Miyazawa, en la publicación homónima de la editorial Satori se reúnen todos sus cuentos relacionados con la naturaleza y que reflexionan sobre problemáticas sociales o ecológicas. Compré este libro en cuanto salió porque hace algunos años me enteré de que las historias de Miyazawa han influido mucho en las películas de Ghibli, lo que también me llevó al anime El tren nocturno de la Vía Láctea (1985); además, leí en internet una versión en inglés del cuento de los felinos burócratas. ​ Otro importante escritor japonés, Tanizaki Junichirō, publicó una novela corta llamada La gata, Shōzō y sus dos mujeres (1936), que cuenta la historia de Shōzō, su gata Lily y el triángulo en el que se ven envueltos tanto humano como mascota cuando la exesposa de Shōzō le escribe a la nueva cónyuge pidiéndole que le entregue a Lily, quien sirve como catalizador de la trama y ayuda al autor a explorar las relaciones entre los distintos personajes. En esta etapa, estos felinos se volvieron una presencia reconfortante para los humanos, pero todavía estaban inmersos en el misterio, la superstición y unas supuestas facultades protectoras.

LA ETAPA SANADORA

Armando Fonseca, Un ojo al gato, 2026. Intervención sobre Suzuki Harunobu, Dos mujeres jóvenes leyendo libros, ca. 1767-1768. The Art Institute of Chicago ©.

Actualmente, la especie es una parte central del imaginario japonés. Abundan los productos culturales que los representan, como Hello Kitty, el robot gatuno Doraemon, los gatos de Estudio Ghibli y varios animes y mangas con felinos domésticos como protagonistas, por ejemplo, en 2023, Dekiru Neko wa Kyō mo Yūutsu [El gato capaz también hoy está deprimido], pero también son una presencia real en la vida cotidiana, como se puede apreciar en las miles de cafeterías gatunas de Tokio, en las llamadas islas de los gatos, como Aoshima y Tashirojima, o en la prefectura de Wakayama, donde son jefes de la estación de tren Kishi. De esto último me enteré en redes sociales a principios de año, pues anunciaron a la nueva recluta. La primera gata jefa de estación fue la cálico Tama, nombrada en 2007, pero otros individuos han seguido su ejemplo; actualmente, la estación cuenta con tres: Yontama, Gotama y Rokutama, la gatita de un año cuyo adiestramiento anunciaron el pasado 7 de enero. ​ En la segunda mitad del siglo XX los gatos aparecen en la literatura japonesa como figuras misteriosas, guías o presagios que reflejan lo inexplicable de la vida. Esto resulta muy evidente en las obras de Murakami Haruki; en su cuento “El pueblo de los gatos”, que forma parte de su novela 1Q84 (2009), estos felinos plasman la soledad y la búsqueda de identidad de los personajes. Sin embargo, en el siglo XXI la capacidad de la especie de reflejar y, en algunos casos, sanar la alienación de los personajes, se vuelve su característica más importante. Una de las obras pioneras de este estilo —incidentalmente, una de las primeras que llegó a mi biblioteca— fue El gato que venía del cielo de Hiraide Takashi, publicada en su idioma original en 2001; sin embargo, no fue hasta más de una década después que el género iyashikei, que significa “de sanación” o “de curación”, tomó fuerza con la publicación, en 2012, de Crónicas del gato viajero de Arikawa Hiro, cuyo narrador felino Nana es un bobtail japonés, y de Antes de que se enfríe el café (2015) de Kawaguchi Toshikazu. Como dato curioso, hasta que escribí este artículo y comencé a leer el libro me percaté de que ya conocía la historia, porque mi pareja compró la novela en un viaje y me la contó mientras paseábamos. ​ Para entender este género es importante saber que, si bien no todos los libros tienen gatos como personajes principales, la mayoría sí tiene alguno en la portada. Además, éste es un subgénero del popular slice of life (relato de vida cotidiana), que se enfoca en representar con cierto naturalismo lo más mundano de la existencia. Las obras de curación en manga y anime aparecieron en la década de los setenta, pero su boom llegó en 1995 a raíz del terremoto de Kobe y los ataques de gas sarín en el metro de Tokio. El crítico Paul Roquet asume que los eventos traumáticos y la recesión económica popularizaron estas obras, cuyo punto central es la calma. Para mí, se trata de un género acogedor, cuyo objetivo es servir como un apapacho. ​ En este contexto, no es difícil entender por qué el éxito de las traducciones de estas obras, y algunas coreanas parecidas, se dio durante y después de la pandemia por covid. Tras un momento traumático de mucha soledad y aislamiento, el público occidental estaba deseoso de leer narrativas optimistas y tranquilizadoras, lo que también se observa en el hecho de que la popularidad del iyashikei coincide con el auge de historias cozy (acogedoras), como el cozy fantasy o el cozy mystery. ​ Una nota importante es que la literatura iyashikei no sólo trata de gatos. Aunque algunas obras sí tienen personajes felinos, que incluso hablan, como en El gato que amaba los libros (publicada en japonés en 2017) de Natsukawa Sosuke, muchas otras tratan, en realidad, de un espacio público —los llamados terceros lugares por el sociólogo Ray Oldenburg—, como librerías, restaurantes, tiendas de conveniencia o incluso lavanderías donde los personajes buscan un refugio en el que encuentran calma y sanación. Algunos ejemplos, son Mis días en la librería Morisaki (2023) de Yagisawa Satoshi, Bienvenidos a la librería Hyunam-Dong (2024) de Hwang Bo-Reum, El misterio de la lavandería de Yeonnam-dong (2025) de Kim Ji-Yun o Los misterios de la taberna Kamogawa (2023) de Kashiwai Hisashi. Este último me lo enviaron el año pasado, pero el gato de la portada, llamado Hirune, que significa siesta, apenas aparece, porque, como su nombre lo indica, duerme mucho durante la historia. Éste es el libro con protagonista felino que más he recomendado: me encantaron sus descripciones de comida japonesa y su estructura peculiar, que casi parece una serie de televisión de detectives, pero sobre casos mundanos. ​ Aun así, es importante subrayar que en este género hay mucha variedad, y si bien algunos autores se enfocan en los aspectos más cotidianos de la vida, otros prefieren ciertas notas de realismo mágico, como Mochizuki Mai en El café de la luna llena (2025), en cuya trama un grupo de gatos regentan una cafetería mágica donde sus clientes humanos pueden encontrarse a sí mismos. De hecho, en una gran cantidad de estas obras, los aspectos maravillosos se mezclan con la vida diaria, como si el punto fuera descubrir la magia que existe en lo común, en el día a día, en el encuentro con otras personas y en la convivencia con seres como los gatos que nos permiten a los humanos encontrar el camino. ​ Así que la próxima vez que vayan a una librería y vean una pila de libros de gatos japoneses sabrán que se encuentran ante un fenómeno que trata menos sobre mascotas felinas y más sobre la creación de un ambiente acogedor. Sin embargo, no se debe perder de vista que estas novelas son el eslabón más reciente de una larga relación entre la cultura japonesa y el gato, que ha sido un enigma, un monstruo aterrador o un ser de buena fortuna, pero, sobre todo, un testigo silencioso, cálido y cercano a los misterios de la vida, que puede acompañar a los seres humanos en sus tristezas y alegrías.


Escucha el Bonus track de Andrea Chapela, con Fernando Clavijo M.

Armando Fonseca, Homenaje al maestro Toledo, 2026. Intervención sobre Utagawa Kunisada, Baños públicos en Hakone, ca. 1827. Rijksmuseum ©.

Nota: los nombres japoneses se consignan en el orden japonés original y no en el orden occidental.

Imagen de portada: Armando Fonseca, Gatos de biblioteca. Todas las ilustraciones son del artista para este texto, 2026. Intervención sobre Kitagawa Utamaro, Mujer leyendo mientras un niño duerme en su regazo, ca. 1802. The Art Institute of Chicago ©.