¿A quiénes les habla el zapatismo ahora?

EZLN / dossier / Diciembre de 2023

Yásnaya Elena A. Gil

Para Celso Cruz Martínez, una flor en el desierto


Para Iván Gil. Tyoskujuyëp, amuum tu’uk joojt


Cada vez que puedo, pregunto: ¿en dónde estabas cuando supiste de la existencia del EZLN?, ¿cuáles fueron tus primeras impresiones? Escucho los testimonios, las crónicas de personas de muy diversos contextos y orígenes involucradas en las manifestaciones que durante los primeros meses de 1994 trataban de impedir las respuestas violentas y represivas del gobierno mexicano al levantamiento. Me cuentan de las marchas, las especulaciones iniciales sobre la clase de guerrilla de la que se trataba (¿se parecía más a las FARC o a la M-19?), las consignas desesperadas que querían impedir la aniquilación violenta de un movimiento impensable en un ambiente que celebraba la supuesta entrada del país al primer mundo por la firma del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá. Algunos dicen que este levantamiento le dio nuevo brío a las luchas que cada quien ya sostenía; otros recuerdan cómo su pertenencia a un pueblo indígena se volvió particularmente relevante; otros más hablan de sus visitas al territorio controlado por los zapatistas, de sus impresiones como testigos en primera fila de las mesas de diálogo y negociación que llevaron a la firma de los Acuerdos de San Andrés. Hay quienes evocan su paso por el Frente Zapatista de Liberación Nacional, su participación activa en la Marcha del Color de la Tierra o anécdotas relacionadas con el hecho inédito de que personas de diversos pueblos indígenas hablaran en la tribuna del Congreso; cuentan que las dos principales televisoras organizaron, en el contexto de esa histórica marcha, un concierto al que llamaron “Unidos por la Paz”, con Maná y Jaguares, pero después se negaron a transmitir la llegada del contingente zapatista y sus acompañantes al zócalo de la Ciudad de México; se acuerdan de las dudas expresadas por el propio Saúl Hernández, vocalista de Jaguares, en la conferencia de prensa previa al concierto, pues avizoraba que el evento se podía convertir en “una trampa y un cuestionamiento a la visita de los zapatistas”. Otras personas, con más calma, narran su paso por los proyectos educativos zapatistas, algunas me hablan del desencanto que años después les produjeron los zapatistas por no haber apoyado las candidaturas de Andrés Manuel López Obrador y otras más describen su participación en los Encuentros Internacionales de las Mujeres que Luchan organizados por las zapatistas.

Gran OM & Kloer, *Mujer luchando*, 2018. Cortesía de Casa del Lago, UNAMGran OM & Kloer, Mujer luchando, 2018. Cortesía de Casa del Lago, UNAM

​ Pienso en mi propia historia. Como mujer mixe, como adolescente indígena en 1994, en los inicios del zapatismo mi relación con el movimiento fue tangencial. La primera vez que escuché hablar del EZLN fue por uno de mis profesores, el maestro Celso, quien nos compartía periódicos y revistas que compraba en la Ciudad de Oaxaca. Recuerdo particularmente las portadas de la revista Proceso y las primeras planas de La Jornada. No entendíamos bien lo que estaba sucediendo, pero leíamos y discutíamos las preguntas que hábilmente el maestro nos iba planteando sobre el EZLN y nuestra propia posición como adolescentes mixes de tan solo once y doce años. En 1994 nuestra comunidad, Ayutla, organizó un movimiento de resistencia a la influencia de los partidos políticos que amenazaban —y amenazan— las estructuras comunales. “Ayutla defiende sus usos y costumbres”, se leía en las paredes de los caminos principales. El tema estaba en el ambiente, en las pláticas en ayuujk de nuestros mayores y en las asambleas frecuentes a las que niños y niñas asistíamos también. Pero Chiapas se veía lejano. Poco a poco, comprendimos que aquello que sucedía allá también nos apelaba.

​ En la región mixe, como en muchos de los pueblos indígenas que siempre están resistiendo de una u otra forma, se había gestado desde finales de los setenta del siglo XX un movimiento de defensa del territorio. Pensadores serranos como Floriberto Díaz sostenían intensos debates y construían categorías propias para explicar el funcionamiento de nuestros pueblos. Junto con el antropólogo zapoteco Jaime Martínez Luna, Floriberto acuñó la palabra comunalidad y la describió como concepto político. En este contexto, nos llegaron las oleadas de la marea que agitó el EZLN, oleadas que silenciaron para siempre y por fortuna el estruendo que nos había dejado la canción salinista “Solidaridad”, interpretada por cantantes de Televisa y repetida una y otra vez en la televisión. A pesar de la movilización en nuestra comunidad y del largo proceso emprendido en la región mixe y en muchos otros territorios, los pueblos indígenas estábamos lejos de los grandes medios de comunicación y los debates nacionales; parecía que solo éramos de interés para la lente indigenista.

​ Nuestras lecturas y discusiones escolares fueron decantando en textos que, en un español que era nuestra segunda lengua, trataban de solidarizarse con el movimiento zapatista. Cuando migré a la ciudad, los familiares que me acogieron estaban bastante involucrados en el tema. Recuerdo haber llegado a un impresionante zócalo de la Ciudad de México al lado de mi tío Iván, que me explicaba muchas cosas de manera entusiasta el día en que la Marcha del Color de la Tierra tomó el centro político del país.

​ Tal vez para muchas personas de izquierda que ahora se encuentran enfrascadas en la defensa de lo que el presidente de la República ha llamado la Cuarta Transformación, el EZLN no sea más un interlocutor válido; quizá para las juventudes inmersas en los vaivenes de la izquierda partidista, el neozapatismo ya sea cosa del pasado. Pero algo es innegable: hubo un tiempo en que el movimiento, la lucha de los pueblos indígenas y las discusiones sobre la arquitectura del Estado mexicano en relación con el posible cumplimiento de los Acuerdos de San Andrés protagonizaban los espacios mediáticos y constituían uno de los temas más importantes. Los voceros de la derecha alertaban escandalizados de una posible “balcanización” si se reconocía el derecho a la libre determinación de las naciones originarias, columnistas aquí y allá establecían debates desde posturas encontradas y la evolución del movimiento zapatista ocupaba las primeras planas. La forma en la que se concebía este país antes de 1994 se transformó para siempre. No solo se trataba de los pueblos indígenas; el zapatismo levantó un espejo en el que los mitos fundacionales del Estado mexicano se vieron reflejados. La narración de una sola nación mestiza, los aspectos ideológicos de la identidad mexicana erigida desde el poder, el nacionalismo que extrajo elementos culturales y simbólicos de los pueblos indígenas mientras hacía todo por borrarlos y la estructura misma del Estado pasaron a examen. Las imágenes reflejadas en ese nuevo espejo fracturaron las certezas ideológicas construidas con ahínco, sobre todo por los gobiernos priistas, después de la Revolución de 1910. Mientras el EZLN resistía a la violencia desatada en su contra y al paramilitarismo, la sociedad, si es que podemos hablar de ella en singular, respondió cuestionándose profundamente. Si no somos esa nación mestiza en donde los pueblos indígenas son solo una curiosidad antropológica a punto de desaparecer, si no somos ese país que está a punto de alcanzar los ideales desarrollistas del primer mundo, entonces ¿quiénes somos?

​ Tal vez las personas más jóvenes que luchamos actualmente por los derechos de los pueblos indígenas no alcanzamos a darnos cuenta de qué modo nuestras prácticas y discursos están profundamente permeados por el levantamiento que comenzó, de manera visible, hace treinta años. No podríamos hablar de lo que hablamos sin todo aquello que nos ha legado el zapatismo, aunque no hayamos participado directamente en ese movimiento que transformó el “espíritu de una época”. El EZLN creó un nuevo léxico para realidades y utopías, puso elementos que antes ni siquiera estaban considerados en el debate político. Ser indígena se convirtió para muchos en algo de lo que no tenían que renegar más, algo que apuntaba a una lucha de la que se podía estar orgulloso. Incluso aquellos que no estaban o no están de acuerdo con el movimiento zapatista han sido impactados, por contraste, en sus prácticas y discursos.

Caracol Tulan Ka’u, Chiapas, 2019. Fotografía de © Francisco de Parres GómezCaracol Tulan Ka’u, Chiapas, 2019. Fotografía de © Francisco de Parres Gómez

​ Aunque fuera una estrategia gatopardista (hacer que las cosas cambien en apariencia para que la estructura se mantenga igual), la arquitectura misma del Estado mexicano se vio transformada. Por no hacer realidad cabalmente los Acuerdos de San Andrés que había firmado, el gobierno implementó una serie de cambios en muchas de sus instituciones. Sin el levantamiento zapatista, el Instituto Nacional de Lenguas Indígenas o la Coordinación General de Educación Intercultural y Bilingüe, por mencionar un par de ejemplos, no habrían sido una realidad. Mientras se atentaba contra las comunidades zapatistas, las estructuras administrativas del Estado abrían aquí y allá proyectos, departamentos o iniciativas que ahora consideraban la existencia de los pueblos indígenas, con los que pretendían atenderlos.

​ La potente influencia discursiva del EZLN sigue vigente. Incluso los discursos del poder en las precampañas actuales (llamémoslas así de una vez) por la Presidencia de la República se han apropiado de su lenguaje: Claudia Shein­baum dice, parafraseando las palabras de la comandanta Ramona, “nunca más un México sin nosotras”; López Obrador, por su parte, usa a menudo uno de los principios del zapatismo como consigna, el “mandar obedeciendo”, a pesar de que sus seguidores han descalificado al EZLN como fuerza política y lo han acusado incluso de ser solo un “invento” de Carlos Salinas de Gortari.

​ A pesar de lo que ha significado el neozapatismo en la historia de este país, una parte de la izquierda mexicana ha roto con el EZLN. La reciente movilización por el alto a la guerra contra los pueblos zapatistas tuvo poco eco en la izquierda partidista. Los ataques armados que enfrentan las comunidades de base y los Caracoles nos hablan de que la violencia contra el movimiento y sus bases de apoyo continúa e incluso se recrudece por medio de incursiones en sus territorios, pero rara vez ocupan la primera plana de los periódicos, y en las conferencias mañaneras el presidente, que una vez visitó territorio zapatista, guarda silencio sobre Chiapas y la violencia que lo envuelve.

​ Distintas voces han explicado cómo se fue gestando este alejamiento. Más allá de lo anecdótico y de las acusaciones, creo que hay de fondo un viraje ideológico fundamental que el EZLN supo dar, pero una buena parte de la izquierda, ahora obradorista, no pudo hacerlo. Después de que el gobierno mexicano traicionara los Acuerdos de San Andrés que antes había firmado, el EZLN y sus bases crearon estructuras organizativas de autogestión llamadas Caracoles, representadas por las Juntas de Buen Gobierno. El hecho de que funcionaran —y funcionen— fuera de las lógicas del Estado evidenciaba lo lejos que estábamos ya de aquel EZLN que en la Primera Declaración de la Selva Lacandona llamaba a no dejar de pelear hasta formar “un gobierno de nuestro país libre y democrático”. Ya no se trataba de la toma del poder para que, desde el andamiaje del Estado, se garantizaran los derechos de los pueblos indígenas y se formara un nuevo gobierno; la idea era construir otra realidad con mecanismos autogestivos propios. El EZLN, que en un principio recalcó que su lucha estaba apegada a la Constitución mexicana, ahora se alejaba del afán de reformar el Estado y apostaba por la creación de estructuras concretas para coordinar la vida en común desde principios anticapitalistas. Este importante viraje me recuerda también el cambio de objetivos en la lucha del Partido de los Trabajadores del Kurdistán que, de pelear por un Estado propio, apuesta ahora por la creación de cuerpos autónomos autogestivos y confederados, un horizonte que trasciende el modelo del Estado-nación; posestatal podríamos decir.

​ A una buena parte de la izquierda mexicana le resulta difícil entender y descodificar luchas que no impliquen la conquista de las instituciones estatales; era de esperarse que a muchos el nuevo horizonte del EZLN les pareciera incomprensible. La antropóloga quiché Gladys Tzul Tzul habla del “deseo de Estado”, y es justo el deseo del que se deshizo el zapatismo. Quienes siguen viendo la conquista del poder estatal como el único horizonte de la lucha política se encuentran más cómodos en el obradorismo.

Chiapas, 2018. Fotografía de © Maya GodedChiapas, 2018. Fotografía de © Maya Goded

​ Este profundo malentendido se refleja en varios fenómenos. A principios del sexenio, tanto Adelfo Regino, actual director del Instituto Nacional de los Pueblos Indígenas y exasesor zapatista, como el propio López Obrador prometieron que una reforma indígena haría por fin realidad los Acuerdos de San Andrés, aunque el EZLN ha dicho claramente que para sus miembros esos acuerdos reformistas están ya rebasados. Otra evidencia de que la izquierda partidista no entiende a cabalidad los objetivos actuales del zapatismo es el desconcierto y la molestia que sus integrantes expresaron cuando el EZLN no se unió al obradorismo, pues concebían una alianza natural desde su “deseo de Estado”. Una tercera evidencia fue la insistencia con la que llamaron “candidata a la Presidencia de la República” a María de Jesús Patricio Martínez, a pesar de que era la vocera de un movimiento amplio que no pretendía hacerse del poder del Estado, sino poner en el debate público temas que ninguno de los candidatos tocaba siquiera.

​ ¿Quiénes se sienten interpelados ahora por el EZLN? Al parecer, no son los políticos mexicanos que se apropian de sus frases, aunque no de sus principios, ni sus detractores, que les reclaman no haberse unido al obradorismo, ni siquiera aquellas personas que anhelan el cumplimiento de los Acuerdos de San Andrés. ¿A quiénes les habla ahora el EZLN? A quienes cuestionan el modelo desarrollista que ha puesto a la humanidad frente a la emergencia climática, la mayor catástrofe provocada por el capitalismo. Si las democracias liberales del mundo y el Estado-nación han sido funcionales para el capitalismo que nos está proveyendo de muerte, el EZLN nos plantea estrategias urgentes y radicales. El zapatismo no habla ya de “avanzar hacia la capital del país venciendo al ejército federal mexicano” para luego formar un nuevo gobierno. Pero sigue planteando, eso sí, la creación de un mundo en el que quepan muchos mundos, y ese mundo, definitivamente, no se logra con la toma del poder estatal para reformarlo. Habrá que seguir al EZLN en ese viraje para hacer posible la vida en un futuro que parece prometernos muerte.

Imgen de portada: Chiapas, 2018. Fotografía de © Maya Goded