El real tigre negro de Similipal
Leer pdfEra el quinto día cuando comencé a sentir una sutil presión por parte de Pravat, quien fungía como nuestro traductor al hindi para nuestro guía local, Babul. Su insistencia por lograr el encuentro vino a perturbar mi comunión silenciosa con Similipal, esa vasta reserva donde recientemente había aparecido una versión más oscura del tigre asiático. Pravat me confesó que cada mañana, antes de salir en busca del tigre negro, rezaba durante una hora en la oscuridad al dios Visnú, el preservador y protector del universo en el hinduismo; le pedía que se nos concediera el atisvamiento con ese misterioso felino, casi un fantasma. Mi esposa Patricia y yo, que compartimos la pasión por la naturaleza, hemos realizado seis viajes a la India para ver y fotografiar tigres. Más de veinte encuentros, en distintas reservas, nos han regalado algunos de los instantes más bellos y memorables de nuestras vidas, pero también nos han confrontado con una realidad profundamente preocupante: el acoso del ecoturismo a la fauna más emblemática del planeta.
Venado chital.
Hay una imagen que tengo grabada en la memoria —y documentada fotográficamente—: más de cuarenta vehículos rodeaban a un tigre, un anticlimax brutal. Ante esta situación, el gobierno de la India cerró el acceso a los parques donde se avistaban tigres. La presencia masiva de vehículos perturbaba gravemente la vida del depredador, alejaba a sus presas y reducía su éxito como cazador. Las presas habían aprendido a asociar la concentración de vehículos con la presencia del tigre. Esta controversia duró pocos meses y fue doblegada por la presión de los operadores turísticos. El primer caso documentado de un tigre negro —una expresión de semimelanismo, en la que las rayas se ensanchan hasta oscurecer casi por completo el cuerpo, dejando apenas destellos de amarillo y blanco— se registró en la década de 1990. Su existencia quedó confirmada de una forma trágica: un poblador local lo mató en defensa propia y la piel fue la evidencia. El aislamiento de Similipal respecto a otras reservas es significativo. Rodeada por campos agrícolas y zonas urbanas, la especie carece de intercambio genético con otras poblaciones. Esta condición explica, en parte, la aparición de los tigres oscuros, producto de un cuello de botella genético ocurrido cuando la población de estos felinos en la India descendió a poco más de 1 400 individuos en 2006. Hoy la cifra nacional ha repuntado a más de 3 600, pero Similipal sigue siendo motivo de preocupación. En 2014 apenas cuatro tigres sobrevivían en la reserva: un macho negro y tres hembras. Diez años después, gracias al monitoreo con cámaras trampa, se han documentado cerca de cuarenta individuos, y poco menos de la mitad tienen esta inusual coloración. Al final de la pandemia me llegaron las imágenes captadas gracias a estas cámaras. Al verlas pensé que ese animal —el más poderoso, gallardo y ágil— bien podría ser el representante más digno del planeta y que ahora la naturaleza había decidido vestirlo de frac; una elegancia sin paralelo. Patricia y yo decidimos ir a su encuentro. Al poco tiempo, la revista National Geographic lo presentó en su portada; el fotógrafo relataba que le había tomado cincuenta días ver al primer tigre negro. En noviembre del año pasado, después de una visita al sur de la India para fotografiar al tar del Nilgiri, una cabra endémica de estas montañas, Patricia y yo decidimos ir en busqueda del tigre negro. Similipal se encuentra cerca de la bahía de Bengala; por ello, los felinos de esa región son los verdaderos Royal Bengal Tigers. A nuestra llegada nos presentaron a nuestro guía, Babul, miembro de una tribu local, y a su hermano Sukra, quien sería nuestro chofer. A través de Pravat, les pregunté cada cuánto veían un tigre, considerando que pasaban ocho horas diarias internándose en el bosque. La respuesta fue clara: uno al mes. Y cuando pregunté especificamente por el tigre negro, la cifra se redujo a uno cada dos meses.
Macaco en la neblina.
Hice cuentas. En los diez días que permaneceríamos en el parque, nuestras probabilidades rondaban el quince por ciento. Una posibilidad mínima, pero atractiva. Lo único que nos quedaba era cumplir el ritual de recorrer el camino asignado, veinte kilómetros de ida y veinte de regreso, por la mañana y por la tarde. Ochenta kilómetros diarios, a diez kilómetros por hora, sumergidos en uno de los bosques tropicales más bellos e intrigantes que he conocido. Mi mente descartó por completo el encuentro. En nuestra primera mañana, una densa neblina nos envolvió en medio de esa atmósfera casi mágica, el grito de Pravat “Tiger!” nos alertó de inmediato. Dos años antes yo había perdido la visión del ojo izquierdo a causa de una negligencia médica, por lo que localizar animales en un bosque tan denso me resultaba francamente difícil. Apunté mi cámara en la dirección señalada y, tras unos segundos, encontré el lomo moteado de un leopardo que se alejaba lentamente. Los grandes felinos no temen al ser humano: lo evitan. Alcanzamos a hacer algunas fotografías antes de que desapareciera entre la vegetación; creí que lo habíamos perdido, pero Patricia me lo señaló nuevamente: no había cruzado el río y nos veía fijamente mientras caminaba paralelamente a nosotros. Pensé “este animal quiere cruzar el camino e interrumpimos su trayectoria”. Le pedí al conductor que detuviera el motor para que lo dejáramos pasar. A los pocos minutos la bella silueta del leopardo surgió de la espesura caminando a lo largo del camino y se internó en el bosque.
Hembras de gaur con becerros.
Le dije a Patricia que con ese encuentro ya habíamos gastado nuestra suerte. Ver un leopardo en un bosque tan tupido es un acontecimiento extraordinario. Afortunadamente no existía comunicación con el exterior, lo que me permitió entablar una comunión con este santuario natural. Los días me trajeron una transformación mental profunda y sanadora. Éramos los únicos extranjeros entre los pocos visitantes que llegaban. La baja probabilidad de avistamientos hacía que la reserva fuera poco frecuentada y esa realidad constituía gran parte de su encanto. Vivíamos en unas cabañas administradas por una comunidad tribal que también se encargaba de alimentarnos. La relación con el grupo de mujeres jóvenes que nos atendía, como con su administradora y su esposo —el cocinero— se volvió muy cercana. Los encuentros en la cocina, donde intentamos enseñarles a preparar una salsa ranchera de jitomate muy picante, rompieron de forma natural la barrera del idioma y de la cultura. La diversidad de la fauna se nos fue presentando poco a poco: muntíacos —o barking deer—, monos de dos especies, gallos salvajes, pavos reales, calaos, pericos, venados sambar, chitales y numerosas aves endémicas. Una mañana, mientras reflexionaba sobre los múltiples ángulos narrativos de este bosque, pensé que las diversas formas de los árboles podían capturar la esencia de Similipal, el lugar que vio nacer al gran felino negro. Decidí entonces cerrar el ojo derecho —el bueno— y abrir el izquierdo, con el que sólo percibo sombras borrosas. Imaginé que el ejercicio podría ayudarme a descubrir esa esencia dibujada en las sombras que la neblina y los rayos de sol dejaban entrever. Sólo abría ambos ojos ante algo verdaderamente poderoso; tomaba la cámara y disparaba. Fue muy enriquecedor jugar con mi propia incapacidad. Para el quinto día, la presión de Pravat y Babul a las autoridades de la reserva fue tal que, al mediodía, se presentaron en nuestra cabaña con la noticia de que nos permitirían recorrer otro camino, con la esperanza de que ahí se diera el encuentro. Me mostré escéptico y renuente a romper mi rutina. Aun así, insistieron, alegando mayores probabilidades. Al día siguiente tomamos esa nueva ruta. Subíamos y bajábamos por los lomeríos, cruzamos ríos y bosques con bellos árboles: higueras de formas tortuosas y lianas que parecían enredarse sobre sí mismas. Al salir del camino, Sukra se detuvo frente a un grupo de hombres. La conversación era incomprensible, pero el lenguaje corporal lo decía todo. En el trayecto que recorríamos a diario, otros vehículos habían observado un tigre durante treinta minutos. Pregunté si era negro. Al escuchar la afirmación, Babul se golpeó la cabeza con la mano. Las plegarias de Pravat no habían dado fruto… o quizá sí, pero para otros visitantes. Nuestro intérprete rompió en llanto mientras veíamos las imágenes en los celulares de los conductores. Sin duda fuimos observados por ese gran felino; de hecho, estuvimos tan cerca que una mañana se orquestó la llamada de alarma de los monos langures, justo arriba de nosotros, seguida por el ladrido característico del muntíaco, señal inequívoca de la presencia de un depredador. Esperamos horas en ese sitio, el tigre había cazado casi enfrente de nosotros. Desde entonces, cada vez que pasábamos por ahí, nos llegaba un fuerte olor a animal en descomposición. Olía a muerte.
Bonita, nueva guía, con el equipo de la Reserva de tigres de Similipal.
Un conductor muestra al tigre negro en el celular.
Sukra muestra un par de tigres negros hermanos en su celular.
En la mañana que partimos, nos detuvimos para despedirnos. Estaban ahí el grupo de mujeres que nos había alimentado, la administradora y el cocinero. De alguna manera, ya éramos parte de esa pequeña comunidad. Miré a mi derecha y, entre la neblina, vi a los guías caminar hacia nosotros. A la izquierda, sola, estaba Bonita, la más joven de las chicas —dieciocho años—; el día anterior había aprobado el examen para integrarse como guía y estaba vestida con el uniforme. Le pedí que se sumara al grupo de hombres y la coloqué al centro. Tomé una fotografía. Ahí quedó ella, orgullosa, como la primera mujer en pasar el examen en la historia de Similipal. He documentado fotográficamente a los siete grandes felinos del planeta. Tuve el enorme privilegio de vivir más de ciento ochenta encuentros con cuarenta jaguares distintos en el río Cuiabá, en Brasil. Junto con el leopardo de las nieves que avistamos nueve veces —ambos considerados entre los más difíciles de ver—, han sido los momentos más memorables de mi vida como fotógrafo de naturaleza. Por alguna razón que aún no comprendo, al alejarnos me dije que esta experiencia había sido una de las más enriquecedoras de nuestras visitas a la India. Quizá la razón principal fue pensar que el tigre negro sí nos encontró… y que nosotros nos fuimos sin descubrir su misterio.
Avistamiento de un leopardo entre la vegetación.
Imagen de portada: Neblina a contraluz en la Reserva de tigres de Simlipal. Todas las fotografías son de Patricio Robles Gil, 2025.