Un estruendo silencioso

Especial: Diario de la pandemia / dossier / Mayo de 2020

Felipe Restrepo Pombo

Si vivo en un infierno siempre tendré la esperanza de poder escaparme. Francis Bacon en entrevista con David Sylvester


Hace unos meses fui invitado a dictar un curso en una universidad en Indianápolis. Al salir de clase me dirigí hacia las afueras de la pequeña ciudad estadounidense, donde pasaría la primera noche de mi estadía. Llegué a un suburbio apacible y me detuve frente a la puerta de un edificio con muros de piedra oscura, construido a principios de siglo XX. El lugar fue una escuela por mucho tiempo y ahora es un condominio de apartamentos remodelados. Cuando entré tuve una sensación perturbadora que no logré definir. Más tarde, me acosté y apagué la luz pero no pude dormir. Pasaron un par de horas en las que intenté encontrar la razón de mi incomodidad. Finalmente lo descubrí: abrí la ventana y entró una ráfaga de viento helado que anunciaba el final del otoño. Afuera no se escuchaba nada. Olvidé ese momento a las pocas semanas, cuando regresé a mi cotidianidad ruidosa. Me encontré de nuevo con ese murmullo tranquilizante de la ciudad que me acompaña siempre y me arrulla en las noches. Sin embargo, en medio de la pandemia que estamos sufriendo, la sensación regresó. Viajé de la Ciudad de México a Bogotá hace veinte días, cuando la emergencia causada por el COVID-19 apenas estaba despuntando en Latinoamérica. Tomé uno de los últimos vuelos que entró al país antes de que el gobierno cerrara las fronteras por completo. Durante todo el trayecto apenas me levanté de mi silla, acaso un par de veces para lavarme las manos. No toqué la comida ni la pantalla frente a mi. Fue uno de los vuelos más tensos que he abordado. A la llegada al aeropuerto un médico me examinó y, a pesar de no tener ningún síntoma de la enfermedad, me ordenó quince días de aislamiento obligatorio. Me refugié en mi apartamento con algunas provisiones y con la certeza de que no vería a ningún otro ser vivo por las siguientes dos semanas. Se ha publicado mucho durante esta emergencia sobre los efectos del encierro en el cuerpo y la mente. En los primeros días de mi aislamiento consumí todo tipo de información disponible para tratar de sobrellevar mi soledad. Anoté recetas de platillos saludables, rutinas de ejercicio para un espacio reducido y técnicas de relajación. Leí testimonios esperanzadores de valientes que sobrevivieron a encierros prolongados en condiciones aterradoras. Me descubrí fuerte y capaz de soportar todo. Hasta que escuché a una psicóloga en un noticiero decir que: “al cabo de diez días de soledad la mente empieza a producir pensamientos autodestructivos”. Entré en pánico: todo mi andamiaje de seguridad se desplomó con esas palabras. Me imaginé al cabo unos días, tirado en una cama, sin bañarme, mirando al techo y alimentándome de insectos. Corrí hacia la ventana, necesitaba aire fresco. Y ahí estaba, otra vez: el silencio total. Bogotá es una de las ciudades más pobladas y caóticas de Latinoamérica. Su tráfico es uno de los peores del planeta y tiene un grave problema de contaminación ambiental y sonora. Sin embargo, esa tarde —en medio de un atardecer lánguido de tonos naranja— no se escuchaba nada. O sí: se oía correr el agua de una quebrada cercana que baja de las montañas bogotanas. Somos una especie vanidosa. Durante años hemos cultivado la fantasía de nuestra extinción bajo la forma de un gran estruendo. Imaginamos catástrofes ambientales, lluvias de asteroides y ataques alienígenas. Últimamente nos obsesiona la amenaza de la tecnología y de la inteligencia artificial. En la mayor parte de los escenarios el cataclismo es ruidoso y hace relucir nuestro heroísmo. Siempre —incluso en el apocalipsis zombi— la amenaza tenía una escala monumental. Qué error de cálculo: el mayor ataque a nuestra especie resultó ser casi imperceptible. Hoy estamos presos de nuestro miedo, tratando de protegernos con las armas más rudimentarias: cuatro paredes. Toda la paranoia sobre enemigos gigantescos resultó ser la proyección de nuestro narcisismo. No es claro si el virus que nos está matando es un ser vivo o una entidad química. Es un parásito sin mayor gracia. “Ni siquiera estamos ante una especie con una identidad concreta que desea vivir y perpetuarse depredando a otras especies. Es un agente ambiguo, algo situado entre lo vivo y lo no-vivo, que abre las células ajenas y las coloniza al servicio de ningún propósito biológico.”, escribió el colombiano Juan Cárdenas en una columna del diario El País. Sobreviví mis días de confinamiento con orden y paciencia. De hecho, tuve momentos muy productivos y la entrañable compañía, virtual, de mis más queridos. Nunca comí insectos. Me alcoholicé ligeramente: algunas botellas que estaba reservando para ocasiones especiales terminaron vacías en medio de una pandemia. Cuando terminó mi aislamiento obligatorio, salí a comprar comida (todavía es permitido en Bogotá). El silencio que percibía desde mi ventana se amplificó. Caminé varias cuadras con la sensación de que toda la población se había esfumado. Pasé por una avenida en la que no circulaba un solo carro. Recordé esa magnífica secuencia en la que Rick Grimes atraviesa una autopista a caballo en el primer capítulo de The Walking Dead. A lo lejos vi, por fin, a otra persona. Era una mujer de unos cincuenta años. Vestía una bata de baño blanca, botas de caucho, guantes de cirugía, tapabocas, lentes oscuros y su cabeza envuelta en plástico. Paseaba a un perro que vestía unos tiernos zapaticos rojos. Me miró con horror y se alejó a toda velocidad. La solución para enfrentar este virus parece ser la más sencilla: no hacer nada. Olvidarnos de nuestros impulsos heroicos y quedarnos en casa, alejados de todo. Aunque me temo que la posibilidad de que una sociedad se encierre indefinidamente es absurda. Las consecuencias —físicas y emocionales— de enterrarse vivos pueden ser devastadoras. Tendremos que salir poco a poco, vivir en un entorno con nuevas reglas. Y entonces esta tragedia nos habrá enseñado algo nuevo. O no. Pero al menos nos habrá acercado a la soledad y el silencio.

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Imagen de portada: Bogotá. Fotografía de Eduardo Unda-Sanzana, 2013. CC