La piedad en el desierto: del Palacio Negro al Palacio Blanco
Leer pdfManuel Rodríguez Lozano (Ciudad de México, 1897–1971) ocupa una posición singular en la historia del arte mexicano del siglo XX debido a una propuesta estética que se distanció de los discursos nacionalistas hegemónicos de su tiempo. Asimismo, su identidad homosexual constituyó un elemento significativo que contribuyó a configurar una trayectoria artística y personal particular dentro del panorama cultural de la época. Pintor, escenógrafo, docente y promotor cultural, fue nombrado director de la Escuela Nacional de Artes Plásticas de la UNAM en 1939, año en el que también fundó la revista Artes Plásticas. Su producción artística se caracterizó por la búsqueda de una expresión espiritual, honesta y universal, postura que él mismo definió como un “mexicanismo formal”, en oposición al folclorismo asociado a la Escuela Mexicana de Pintura y a las tendencias más politizadas del muralismo. En 1942, durante uno de los episodios más difíciles de su vida, Rodríguez Lozano realizó la obra La piedad en el desierto en la cárcel de Lecumberri. El artista había sido acusado del robo de tres grabados atribuidos a Guido Reni y Alberto Durero destinados a una exposición. Como consecuencia, permaneció en prisión preventiva en el pabellón de tuberculosos para varones. Fue en este contexto de confinamiento en el que produjo el mural con la técnica al fresco. La pieza constituye una profunda expresión en torno al sufrimiento humano, la soledad y la redención. La elección del tema revela la dimensión espiritual que Rodríguez Lozano atribuía al arte mexicano. En una entrevista publicada en esta Revista, en julio de 1936, el pintor afirmó que “la pintura sobre todas las cosas, sobre todos los problemas” debía representar “un elemento espiritual”.1 La realización de esta obra también puede entenderse a la luz de sus reflexiones sobre la pintura mural. Para Rodríguez Lozano, “el muro debe ser la última etapa en la carrera del pintor. Cuando el pintor es dueño de su oficio debe ir al muro”. El fresco La piedad en el desierto representó, en este sentido, el inicio de su “época blanca” y la consolidación de una trayectoria artística que ya incluía proyectos relevantes como la serie Tableros de la muerte de Santa Ana, iniciada en 1932 por encargo de su mecenas Francisco Sergio Iturbe, y que posteriormente culminaría en obras de formato grande y monumental, como El Verdaccio (1935) y El holocausto (1945), respectivamente. Después de permanecer cerca de veinticinco años en el Palacio Negro, La piedad en el desierto fue trasladada, por medio de la técnica del strappo, entre 1966 y 1967, al segundo piso del Museo del Palacio de Bellas Artes. Su incorporación a la colección permanente del recinto permitió preservar una de las obras más significativas del artista y situarla junto a murales creados originalmente para distintos espacios, como Alegoría del viento (1928) de Roberto Montenegro y Carnaval de Huejotzingo (1936) de Diego Rivera.
Juan Guzmán, La piedad en el desierto, 1942. © Archivo Fotográfico Manuel Toussaint, IIE, UNAM.
Imagen de portada: Manuel Rodríguez Lozano, La piedad en el desierto, 1942. Cortesía del Museo del Palacio de Bellas Artes, INBAL.