La [peligrosa] viralidad de lo popular en la era del contagio

Sexo / panóptico / Julio de 2020

Gerardo Sifuentes

Hay una escena de la película 28 Days Later (Danny Boyle, 2002) en la que un chimpancé de laboratorio es expuesto a una serie de imágenes violentas transmitidas por pantallas de televisión. Nunca se explica cuál es la relación que guarda ese procedimiento (que recuerda a la “técnica Ludovico” de Naranja mecánica [Burgess, 1962]) con el virus de nombre “ira”, una entidad biológica con fines militares que provoca una terrible enfermedad zombificadora. Es debido a la conducta hiperviolenta de los contagiados que se deduce una relación con las imágenes antes mencionadas. Para el filósofo Eugene Thacker ésta es una referencia a la relación entre el concepto de contagio en términos epidemiológicos y ligado a la transmisión de información. La jerga para describir el comportamiento de una epidemia biológica es perfectamente transferible a términos tecnológicos y computacionales para hablar de temas como “virus informáticos” o ”marketing viral”, por mencionar sólo algunas. Lo viral, sin ser reducido a la figura negativa del parásito, impregna el horizonte en términos culturales cuando se habla de influencias y antecedentes literarios o musicales, por ejemplo; la información es contagiosa y provoca distintos niveles de afectaciones. William Burroughs, en su ensayo The Electronic Revolution, expone su idea sobre la palabra escrita considerada un virus que hace posible la comunicación oral. Dicho virus puede ser una “pequeña unidad de palabra e imagen” que se activa biológicamente para servir “como cepa de un linaje de más virus transmisibles”, un semiovirus para usar la palabra de Csicsery-Ronay que se refiere a la capacidad latente de reproducción de un signo; una idea germinal a la espera de infectar la mente de algún huésped para detonar una serie de significados y reacciones. Burroughs trata las palabras como “armas acústico psicológicas” cuya eficacia se comprueba con los efectos de difundir rumores, desacreditar adversarios políticos o incitar protestas violentas. La capacidad de contagio que tenga un semiovirus o un arreglo preciso de oraciones puede originar una nueva tendencia o provocar una revolución. Un ejemplo de la dualidad en el uso de términos lo tenemos en el concepto “bomba viral”, por su capacidad explosiva de contagio. Se trata de una categoría que empezó a utilizarse en los premios MTV Millennial Awards 2015 y que reconoce al “fenómeno viral del año que vimos y compartimos todos”, la persona cuyo súbito patrón de crecimiento en número de seguidores le aseguró visibilidad y reconocimiento entre el público joven. En otro contexto, “bomba viral” es una persona con alto potencial de contagio de enfermedad y la usa el autor Richard Preston en su famoso libro de no ficción The Hot Zone para referirse a un sujeto infestado del virus que provoca la fiebre hemorrágica de Marburgo.

Cecilia Barreto, Inestimable (detalle), 2017. Cortesía de la artista

Esta noción remite también el uso de cadáveres como armas biológicas; durante el asedio de la ciudad de Caffa (Ucrania) en el siglo XIV las fuerzas mongolas catapultaron al interior de la ciudad amurallada los cuerpos de personas que habían muerto por la peste negra, para convertirlos en auténticas “bombas virales” e infectar a los habitantes. Una idea moderna y un tanto más sofisticada ocurre en la serie Jack Ryan (de Tom Clancy, 2018), cuando se usa un rehén liberado como bomba viral que es infectado previamente de ébola por los terroristas sin su conocimiento. Steve Goodman, en su libro Sonic Warfare, se refiere al jingle comercial perfecto como un arma de control de multitudes por su capacidad de anidar en el inconsciente a la manera de los earworms, el término en inglés para referirse al estribillo o coro de una canción popular que “se queda” o “anida” en nuestra cabeza. La idea de Goodman sobre un virus sonoro en forma de música pop que induce al consumo de bienes materiales invita a reflexionar sobre el planteamiento acerca del capitalismo que se hace en la película de ciencia ficción They Live (David Cronenberg, 1988), pero en el contexto de una historia de conspiración. En esta cinta el mundo, la infraestructura mediática y la política global están controlados por un grupo de humanoides que buscan contagiar, con propaganda encubierta bajo marketing convencional, una normalidad capitalista. En The Signal (David Bruckner y Dan Bush, 2007), la señal que le da nombre a la cinta es una transmisión misteriosa que inocula un deseo homicida en todo aquel que la escucha. ¿Acaso no hay desafíos en redes sociales para cometer actos violentos o imprudentes que muchos imitan viralmente sin cuestionarse sobre la legalidad o el peligro del acto? Tenemos entonces que los semiovirus provocarán una respuesta en el huésped infectado y exhibirán diferentes niveles de virulencia; mientras la patogenicidad es la capacidad para enfermar al huésped, la virulencia es la cantidad de daño que se puede hacer y se correlaciona con la capacidad del patógeno para multiplicarse dentro del huésped infectado. Pero dejar estas referencias epidemiológicas como metáfora sería reducir su alcance. Existen estudios en biología computacional que han encontrado correlaciones interesantes con el análisis de influencia en redes interpersonales. El estudio “Modelado de enfermedades infecciosas del contagio social en redes” encontró, por ejemplo, que un problema de salud como la obesidad puede ser también de naturaleza contagiosa. “Cuando nuestro mejor amigo engorda, nuestro riesgo de engordar se triplica”, apunta Nicholas A. Christakis, investigador del Departamento de Medicina y Salud Pública de la Universidad de Harvard, en su libro Conectados. Los hábitos y costumbres se pueden contagiar y, dependiendo del nivel de cercanía con la persona, será la influencia recíproca que podamos tener. Dejar de fumar, los pensamientos suicidas, el altruismo, la conducta antisocial, entre tantos otros (¿semiovirus?), son comportamientos que pueden ser contagiados mediante la red social a la que se pertenezca. “Información, modas, tendencias, comportamientos e incluso estados de salud pueden diseminarse entre los contactos en una red social, similar a la transmisión de enfermedades”, apuntan en el estudio en el que también participó Christakis. En la era del contagio global una sobrecarga de información es una enfermedad ante la cual nuestro organismo no tiene los suficientes anticuerpos para contrarrestar la infección provocada por los semiovirus. Para éstos no hay vacuna, y la incertidumbre acerca del futuro se convierte en un caldo de cultivo. Ante los primeros síntomas se recomienda dialogar con las realidades inmediatas: la piel (el contacto humano), el hogar (como un ambiente controlado) y las fantasías serán el paliativo más eficaz para atenuar la virulencia, detener el daño. Ante cualquier reacción alérgica consulte a su médico.

Imagen de portada: Cecilia Barreto, It’s Never Enough 21, 2016. Cortesía de la artista