El amigo más improbable: tu editor
Cuando al peruano Mario Vargas Llosa le preguntaban cómo se definía a sí mismo, su respuesta era siempre la misma: que, según Borges, uno nunca sabe cómo es su propia cara.1 La cita es bonita pero irónica, pues Vargas Llosa omitía mencionar que el poema en el que un Borges invidente discurría sobre el asunto es “Un ciego” (“No sé cuál es la cara que me mira / Cuando miro la cara del espejo”). Con todo, tal vez un mejor método para aproximarse al conocimiento personal sea mirar alrededor y comprobar con quién se anda; por ejemplo, los amigos. De entre los que tuvo Vargas Llosa, uno destaca dado que, por su carta de presentación y sus quehaceres, era el que menos probabilidades tenía de convertirse en un amigo cercano: su editor Carlos Barral. La relación entre ambos trascendió el tiempo. El 7 de octubre de 2010, apenas recibió Vargas Llosa la noticia de que era el ganador del Premio Nobel, la primera persona a la que agradeció en público no fue su esposa Patricia sino Carlos Barral (la segunda, su agente Carmen Balcells). Barral no pudo agradecer la deferencia, pues llevaba casi veintiún años muerto. Algunos aseguran que, en la década de 1950, en sus comienzos como editor en Barcelona, Barral ni siquiera gustaba de la literatura latinoamericana, como, de hecho, tampoco interesaba a los latinoamericanos mismos, que preferían leer bestsellers de otras latitudes.2 Eso cambiaría en 1962, cuando Barral leyó el manuscrito de la primera novela de Vargas Llosa, a quien visitó, entusiasmado, en París para pactar su publicación y la concesión del Premio Biblioteca Breve. El peruano lo oyó incrédulo; tras el encuentro, reportó a un amigo: “ya estoy viejo para alucinarme y sé de sobra que mi novela no es ni de lejos una obra que justifique ese entusiasmo” (tenía veintiséis años; Barral, treinta y cuatro).3 Las prolongadas y estrambóticas negociaciones con la censura franquista culminaron en la publicación efectiva de la novela y con un comunicado de Barral, recogido en la prensa, en el que anunciaba: “a lo largo de mi experiencia profesional, es sin duda La ciudad y los perros el manuscrito más importante que ha pasado por mis manos”. 4 Fue, como es bien sabido, la obra que entonces —y hasta el día de hoy— forjó no sólo la imagen de Barral sino la de Vargas Llosa, y con ello el inicio de lo que se conocería como el boom de la novela latinoamericana. Menos sabido es que la de ellos fue una relación que sobrepasó lo comercial. Desde entonces, se frecuentarían a menudo en diversas ciudades europeas, harían viajes juntos (de trabajo y de vacaciones) y compartirían confidencias y secretos (uno, que habían concedido a la censura mucho más de lo que admitían en público). Cuando Vargas Llosa se divorció de su primera esposa y le legó a ésta las regalías de La ciudad y los perros, Barral le prestó dinero (al volver a casarse, también).5 El relato Los cachorros, que en 1967 el peruano publicó en una edición de lujo con una editorial de la competencia —Lumen—, llevó un prólogo insólito de Barral que, lejos de ser despechado, se leía como una bendición. La buena relación entre ambos se hizo conocida en el ámbito hispánico y Seix Barral se convirtió en una editorial apetecible para otros novelistas latinoamericanos, aunque Gabriel García Márquez (quien entonces no gozaba de gran fama) no recibió las mejores referencias del sello. En noviembre de 1965, Carlos Fuentes le aconsejó que, puesto a decidir si su obra debía editarse en Seix Barral o en Sudamericana, la primera era ideal por la proyección internacional que le daría, pero “en cualquier trato con Barral, lee la letra menuda del contrato, pues (muy entre nous) a Mario Vargas acaban de hacerle la chingadera de meterle una cláusula quitándole el 60 % de los derechos extranjeros que reciba a través de Barral —y Barral maneja todos los derechos extranjeros”.6 Diversas circunstancias hicieron que García Márquez prefiriera Sudamericana, pero lo que Fuentes y él sabrían después es que Barral se retractaba de sus posiciones hasta llegar al suicidio financiero para preservar una relación: el 3 de mayo de 1966 hizo prevalecer su amistad con Vargas Llosa al cancelar definitivamente los contratos que mantenía con Seix Barral, a los que el propio editor llamaba, sin orgullo, leoninos (“lo sé muy bien, los redacté yo mismo, e imagínate cómo serán los de Destino o los de Lara”).7 Muchos años después, en 1992, el peruano recordaría que “su generosidad no tenía límites y aunque posaba a veces de cínico, pues el cinismo resultaba ya entonces de buen ver, era bueno como un pan”.8 Por una conspiración de accionistas, Barral fue expulsado de Seix Barral, la cual había fundado como editorial literaria. Tenía 41 años y salió de la empresa con la fama de leyenda a cuestas. Vargas Llosa le guardó una fidelidad que le ganó una discusión con su agente Carmen Balcells, pero llegaron a un trato salomónico: continuaría publicando sus novelas en Seix Barral, donde los adelantos económicos y las regalías eran seguros, pero daría a la segunda empresa que Barral fundó, Barral Editores —pequeña y de corta vida—, algunos de sus ensayos más exquisitos. Vargas Llosa seguiría visitándolo en Barcelona y en el balneario de Calafell en los años siguientes, y además participaría entre 1971 y 1973 como jurado de los premios de novela de la nueva editorial. Se sumó a estas tareas García Márquez, quien, ya célebre por Cien años de soledad, no sólo fue jurado sino que dio al sello de Barral un seguro bestseller, los cuentos de la Cándida Eréndira.9 Curiosamente, eran los años en que García Márquez había declarado la guerra a los editores urbi et orbi por los porcentajes que otorgaban a los autores; jamás olvidó que Guillermo de Torre, de Losada, rechazó displicente su primera novela y que un abogado le hizo un contrato verbal por otra más. En ese contexto, la leyenda negra sobre el rechazo por parte de Barral del manuscrito de Cien años de soledad se hace insostenible, pues García Márquez no se lo habría perdonado y menos aún lo habría apoyado de no existir una afinidad profunda. Otros amigos comunes se hicieron presentes en las horas bajas del editor. Julio Cortázar, que conocía a Barral desde 1966 y lo consideraba “un gran cronopio”10 (máxima distinción de su amistad), también se sumó como jurado del premio de novela de Barral Editores en 1972. Le dijo a su amiga Isel Rivero: “Aunque odio ser jurado, había que darle una mano a Barral, que tiene toda clase de dificultades desde que se separó del grupo de Seix”.11 Fotos de ese encuentro circulan desde hace medio siglo; Cortázar y Barral se distinguen del resto por su aspecto de hombres lobo, filiformes, barbados y de mirada incandescente. Sobran los dedos de una mano para contar estas participaciones de Cortázar como jurado. Vargas Llosa, García Márquez y Cortázar habrían podido olvidar a Barral, como dejaron atrás a tantos editores. Es revelador que no lo hicieran y que sean apenas la punta del iceberg de los numerosos amigos que Barral hizo en el medio cultural. Su figura es aún hoy la de un tótem y, sobre todo, la de un mártir, pues no cabe duda de que su caso se estudia más como un manual de todo lo que no debe hacerse en el mundo editorial. Además de sus disputas con la censura y sus concesiones a los autores, era rasgo distintivo del personaje su completa indiferencia por los negocios en favor del interés cultural. Semejante antiejemplo, por supuesto, no se divulga actualmente en su faceta de editor sino de autor, y Vargas Llosa siguió recordándolo como tal no sólo en vida (sobre la literatura de Barral, en 1978, escribió que para él los amigos eran “el símbolo de la propia vocación”),12 sino más allá (2022: “no habría que confundirlo con el editor prototípico porque era más un escritor que un editor”). Barral mismo nunca terminó de reconocerse en la imagen de editor que lo volvió célebre, y entre sus amigos era casi un santo y seña llamarlo, ante todo, un poeta. Al morir en 1989, a los 61 años, su obra póstuma ha continuado, en ediciones pequeñas y menos pequeñas —destino de poeta—, a cargo siempre de los amigos que sólo de modo circunstancial fueron su competencia; entre las que se cuentan tres ediciones críticas en Cátedra, un tomo de entrevistas, un Diario, una bitácora de viaje, varias antologías de sus versos y reediciones de sus memorias y de su única novela. Entre los libros que se le han dedicado, basados a menudo en cómo forjó sus amistades sobre todo en Barcelona, destacan los diversos trabajos de la tenaz barralista Carme Riera y Aquellos años del boom del periodista Xavi Ayén. De sus relaciones en América Latina, queda mucho por decir; pocos como Barral contaron con la complicidad de los tres últimos premios nobel latinoamericanos de literatura, aun después del poder de editor que detentó y perdió. Octavio Paz se hizo presente en un homenaje póstumo de 1992 y lo evocó largamente como “un ser de correspondencia”, de tratos de ida y vuelta: de amistad.
Imagen de portada: Carlos Barral, 1988. Fotografía de Elisa Cabot. Wikimedia Commons CC 2.0.
Javier Ors, “Mario Vargas Llosa: ‘El nacionalismo es el causante de las peores catástrofes históricas’”, La Razón, 13 de octubre de 2021. ↩
Xavi Ayén, Aquellos años del boom, RBA, Barcelona, 2014, p. 243. ↩
M. Vargas Llosa a Abelardo Oquendo, París, 15 de septiembre de 1962. Correspondence, C0778, Manuscripts Division, Department of Special Collections, Princeton University Library. ↩
“Carta de Seix Barral a los lectores de Destino”, Destino, núm. 1373, 30 de noviembre de 1963. ↩
De M. Vargas Llosa a Mario Benedetti, 2 de septiembre de 1965. Fundación Mario Benedetti, Montevideo. ↩
C. Fuentes a G. García Márquez, 19 de noviembre de 1965, en M. Vargas Llosa, J. Cortázar, C. Fuentes y G. García Márquez, Las cartas del Boom (Carlos Aguirre, Gerald Martín, Javier Munguía y Augusto Wong Campos, eds.), Alfaguara, 2023, pp. 115-116. ↩
C. Barral. Mario Vargas Llosa Papers, C0641, Manuscripts Division, Department of Special Collections, Princeton University Library. ↩
M. Vargas Llosa, “Sombras de amigos”, El País, 16 de mayo de 1992. ↩
En la Cronología de Las cartas del Boom, pp. 522-523, se mencionan las participaciones de Vargas Llosa en 1971 y 1972, así como la de García Márquez. Ver también “‘Busto’, Premio Barral de novela de 1973”, La Vanguardia, 21 de junio de 1973. ↩
J. Cortázar a Paco Porrúa, 11 de agosto de 1965 y 18 de noviembre de 1966, Cartas 3 (Aurora Bernárdez y Carles Álvarez Garriga, eds.), Alfaguara, Buenos Aires, 2012, pp. 150 y 354. ↩
Pepa Roma, “Cortázar íntimo”, El País, 24 de enero de 2004. ↩
M. Vargas Llosa, “Carlos Barral, hombre de gestos”, Caretas, núm. 542, 20 de julio de 1978. En Piedra de toque I, Galaxia Gutenberg, Círculo de Lectores, Barcelona, 2012, p. 697. ↩