Gonzalo Celorio: nuestro Cervantes
Leer pdfConocí a Gonzalo Celorio a través de un libro. Se trató de una de esas felices elecciones de libre albedrío de los tiempos en que pasear por los libros era la forma de tropezarse con una aventura. Tomé Amor propio (1992) y leí la contraportada. No sé si entre las razones de mi decisión estuviera que el lomo de este título no es muy grueso; lo que sí recuerdo es que se trataba de una novela de crecimiento, de sacar la nariz a la vida social o a la vida amorosa o a la vida pública, y eso me llamó la atención. Subrayé esta frase sobre el protagonista, un puberto que espía, desde los barandales de la escalera, la fiesta de sus padres, en la que los ritmos de moda —bolero, chachachá, danzón y jazz— mueven los pies de los invitados: “Moncho no era personaje todavía. Apenas tramoyista”. Moncho sería Ramón y luego Aguilar, que celebra sus treinta años solo en un bar, y como la novela empezaba con una enumeración de portadas de discos que me eran familiares, me sentí cerca de aquel no invitado a la fiesta, de ese voyerista de baranda. Luego supe, muchos años más tarde, tras leer otras novelas de Gonzalo Celorio, que la memoria es su gran salvoconducto para la escritura, y su experiencia personal, el mejor material para erigir historias, además de constituir una crónica de los periodos de los siglos XX y XXI de los que ha sido testigo. En sus novelas se refleja cómo vivían y sobrevivían las familias de clase media en los años cincuenta y sesenta; la procedencia migrante de los padres, española y cubana, y lo que significa ser el onceavo hijo del matrimonio Celorio y Blasco. O sea que mi acercamiento a nuestro premio Cervantes fue atisbar los años que le había tocado vivir mientras respiraba la tristeza de Aguilar, la melancolía que provoca dejar el mundo de la libertad juvenil por las responsabilidades adultas. La primera noticia que tuve de Gonzalo Celorio como persona, y no como autor, fue que bailaba danzón. Y cómo lo iba a dudar si en Amor propio se pueden escuchar boleros, danzones y aquel “Son de la loma”. Un grupo de amigos suyos se reunía para aprender ese código cifrado en un acotado movimiento de pies. Entre ellos estaba Patricia Urías, quien entonces dirigía la revista donde yo trabajaba, Memoria de papel, y que devino en amiga mía al cabo de los años. Y fue por Hernán Lara Zavala que supe que compartía con Gonzalo Celorio el gusto por el tequila, aunque no con la sofisticación que su experiencia del destilado le había provisto. De cualquier manera, Hernán me invitó a escribir para la Guía del buen bebedor (2000), un libro en el que diversos escritores compartimos nuestros gustos espirituosos. Del mundo del papel, con su carga de verdad literaria, pasando por el gozo del bailarín, descubrí al amigo y al anfitrión que despliega esa elegante y cálida manera de recibirnos en su casa-biblioteca. Supe entonces de la importancia de los rituales en su vida de libros, su vida de amigos, su vida compartiendo generosamente la palabra. Desde entonces lo he leído con entusiasmo y he admirado sus construcciones narrativas y sus alcances ensayísticos. Es contundente la declaración con la que concluye el muy reciente recorrido de sus memorias, Ese montón de espejos rotos (2025) —cuyo título fue tomado de un poema de Borges—: “Digo que la palabra que más me gusta de la lengua española es la palabra ‘palabra’”. La palabra: proa, brújula, dedicación, disfrute y pasión de sus empeños. Qué placer cuando, en aquellas comidas que Fernández Unsáin ofrecía en la Sogem —vaya tiempos de esplendor—, Celorio y Eduardo Casar nos ofrecían a dúo, intercalado, el fragmento de “noema…”, esas palabras no palabras, de la Rayuela de Cortázar. El Cortázar de las devociones del escritor, del maestro, del viajero. Lo podemos comprobar en Juego, fantasía y transgresión. Lectura de trece cuentos de Julio Cortázar (2024), donde el lector y maestro desgrana y exprime su análisis del espléndido cuentista argentino. He llegado a pensar que sus años de entregado profesor —no tuve el placer de tomar clases con él porque estudié otra cosa (aunque fui invitada a sus seminarios cuando asignó la lectura de una novela mía a los estudiantes), pero me consta la manera elogiosa en que sus alumnos se refieren a él—, que demandaron su conocimiento y la pasión por verterlo y contagiarlo a otros, encontraron un balance en la memoria, en la propia historia, cuando se trató de la creación literaria, de su corpus novelesco. Una familia, en sí misma, es un universo, un lugar desde el cual podemos mirar todos los conflictos y pasiones, las aristas de la condición humana. Celorio hace de la familia a la que pertenece, así como del Distrito Federal y su Centro Histórico (templo y testigo) y del periodo entre los años sesenta y el presente, escenario y material literario. Su legado isleño mucho tiene que ver con su melomanía, con sus pasos de danzón, con su gusto por el flamenco y la manera en que ritmos y cadencias habitan su prosa exquisita y rebosada por las lecturas y la poesía que recita de memoria. Así, Tres lindas cubanas (2006) —una de ellas, su madre, nacida en Las Palmas de Gran Canaria, se casó con un mexicano y se asentó en la Ciudad de México; otra, la tía, permaneció en Cuba; la tercera migró a Miami— alude a la rama materna y la relación del autor con Cuba, que no sólo tiene que ver con el origen, sino con la ilusión y la decepción históricas; con la manera en que cada una de las hermanas vivió la promesa revolucionaria y sus consecuencias; con su apetito por la literatura cubana, desde los clásicos hasta los escritores, entonces jóvenes, que aparecieron en las ediciones que, junto a su querido amigo Hernán, publicó en la Coordinación de Difusión Cultural, que él mismo coordinaba y de la que Lara Zavala era director de Literatura.
Aquí una declaración que aparece en Tres lindas cubanas: “Pero el deterioro de La Habana, que tiene tantas causas extrínsecas, no es la razón de mi nostalgia, sino sólo el escenario propiciatorio para que ésta surja. Mi nostalgia proviene de la extinción de mi familia. Y me toca los huesos […]. Sin mamá, la isla quedaba a la deriva en mi memoria.” Se escribe porque se tienen muchas preguntas, y las de Celorio parecen conducir al origen, a los abuelos asturianos —Emeterio y Crisanta— que vinieron a “hacer la América”; luego, esos cuestionamientos pasan por la intención de develar quién fue el padre para comprenderlo desde el arte de novelar en El metal y la escoria (2014): un hombre soñador y un fracaso precoz. Allí es donde aparece el fantasma de la pérdida de la memoria que afecta a uno de sus hermanos y pende sobre el protagonista. Aquí el arranque: “Conocí a mi abuelo paterno 55 años después de su muerte, la tarde que sepultamos a mi padre”. Pero no sólo ahí aparece el padre. En Ese montón de espejos rotos comparte una imagen devastadora: “Un hombre sentado de espaldas a la vida; […] un hombre con mucho pasado, con un presente precario y sin ningún futuro”. La escritura sucede en el tiempo. Rosa Beltrán, Ernesto Alcocer y yo fuimos testigos, en un encuentro de escritores en la isla española de La Palma, de cómo Celorio no cejaba en su disciplina escritural. Se apartaba a ciertas horas en aquel hotel —remanso platanero de rancia arquitectura, colmado de las antigüedades de la familia fundadora—, para avanzar en la escritura de Los apóstatas (2020). Aquí, dos de sus hermanos, el mayor y el penúltimo (Gonzalo es el último), mudarán el fervor religioso —uno de ellos, seminarista; el otro, víctima de abuso— para dedicarse a la arquitectura o a la militancia revolucionaria. Hacer visible lo invisible, despejar silencios; la mirada amorosa de Celorio para Miguel y Eduardo conmueve profundamente. Estas palabras del autor nos revelan las formas en que trabaja la indagación familiar:
A lo largo de los años le he venido abonando esta novela recuerdos personales y los que les he escuchado a algunos de mis hermanos, los datos que he podido recabar de mi familia del contexto en que transcurrió su historia y muy especialmente en las revelaciones que Benito me proporcionaba jueves a jueves en el Covadonga […]. Y al cabo del tiempo, la novela misma, de manera un tanto milagrosa que no acabo de entender, ha procesado toda esa información que yo le he venido suministrando para contarme a mí buena parte de la historia de mi familia paterna. Porque fuera de las experiencias directas y personales que aquí relato en primera persona (como no podría ser de otra manera), la historia de la familia no la cuento, sino la escucho o, dicho de otro modo, la novela misma me la cuenta a mí, su escritor. La escucho, así, como se han escuchado todas las historias familiares desde las épocas más remotas, de generación en generación, para que al pasado no se lo lleve el olvido.
Celorio moldea su prosa líquida, elegante, cincelada, como si no hubiera esfuerzo para envolvernos con ella, con esa mirada tan suya, irónica a ratos, a la que añade el humor. En Mentideros de la memoria (2022), que le valió el Premio Xavier Villaurrutia de Escritores para Escritores 2022, desfila un anecdotario jugoso de diferentes momentos del autor con escritores como Rulfo, Bryce Echenique, Umberto Eco, Arreola, entre muchos otros. Esa permanente zambullida en la memoria es el recurso con que Celorio recupera aquellos años, esos instantes como estudiante, como funcionario de la UNAM, como profesor, como organizador de algún evento de escritores; a veces de viaje o como académico de la lengua. Y al contarlos, se cuenta a sí mismo. Mentideros de la memoria construye la cartografía de una generación en la que despoja de fichas biográficas a los creadores para revelar alguna de sus aristas a través de situaciones particulares; siempre en busca de la ranura donde aparezca lo insólito, lo contradictorio, lo humano. Por ejemplo, no podía faltar la cama de Cortázar como vía para acercarse a su admirado escritor.
Gonzalo Celorio, Juego, fantasía y transgresión. Lectura de trece cuentos de Julio Cortázar, México, Grano de Sal, 2024.
Gonzalo Celorio, Los apóstatas, Tusquets, 2020.
La memoria es una condición de su mirada, como reitera la muy reciente y entrañable coedición de Grano de Sal, la Coordinación de Literatura y la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM: Mi amigo Hernán (2026), donde, de manera detallada y clara, relata la historia de una amistad que compartió la escritura, los trabajos editoriales, los proyectos de difusión y los domingos de infaltable conversación y compañía. Lo hace con justicia, con la impostergable necesidad de nombrar la cualidad de esa relación que ha dejado un hueco insustituible. Así, elabora un retrato de las muchas facetas de Hernán Lara Zavala, en cuya presentación del último de sus libros —El último carnaval (2023)— estuvimos Rosa Beltrán, Gonzalo y yo. No olvido que Gonzalo habló entonces de memoria y autoficción, pues este último término no le parece adecuado, y en esto se explaya en Ese montón de espejos rotos. Gonzalo Celorio tenía material para un segundo volumen de Mentideros de la memoria; sin embargo, como es bien sabido, los temas se imponen y la vida dicta sus urgencias. El Celorio personaje es Celorio persona cuando comparte, generoso y sincero, pleno de experiencia y dueño del lenguaje y los aciertos y tropiezos, el trazo de una vida en su reciente memoria, cuyas primeras páginas encaran la vejez, la reflexión del paso del tiempo y la conciencia de que ha superado la edad a la que murió su padre. Gonzalo Celorio ha hecho del universo de las palabras, de sus devociones literarias, de su manejo del español, de su sensibilidad y su arte, de las circunstancias de su origen y de su vida, del amor por la Ciudad de México, de la sabiduría acumulada, de su memoria y del tiempo que le ha tocado vivir, de su cultivo de la amistad, un espacio para enriquecer nuestra propia vida.
Gonzalo Celorio, Del esplendor de la lengua española, Tusquets, 2016.
Gonzalo Celorio, Mentideros de la memoria, Tusquets, 2022
Imagen de portada: Gonzalo Celorio durante su Cátedra Extraordinaria Maestros del Exilio Español Republicano, Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, 2012. Las fotografías son de Javier Narváez.