El arte de la escucha: entrevista a Valeria Luiselli
En mayo, en el CaixaForum de Madrid —situado en el Paseo del Prado, a medio camino entre la Estación de Atocha y la Plaza de Neptuno— me encuentro con Valeria Luiselli (Ciudad de México, 1983) . Una azafata me dirige entre los pasadizos secretos del CaixaForum, donde me espera Valeria sentada, con las piernas cruzadas sobre un sofá de cuero negro. Luiselli es autora de siete libros, entre los que destacan las novelas Los ingrávidos (2011) y Desierto sonoro (2019), además de otros libros de ensayos y proyectos interdisciplinarios. Es una de las autoras en lengua española más reconocidas. En esta entrevista, aborda su forma de trabajar, sus lecturas y sus talentos.
Alejandro Menéndez Mora (AM): Desde que se publicó Desierto sonoro no habíamos tenido ocasión de volver a leerte hasta ahora con Principio, medio, fin. Sin embargo, tus anteriores libros fueron muy seguiditos. ¿Qué ha supuesto para ti este silencio literario , este tiempo sin publicar?
Valeria Luiselli (VL): No estuve de floja, ¿eh? Sí estuve trabajando. Más bien, entre la salida de Desierto sonoro y la salida de Principio, medio, fin, escribí un manuscrito entero, que está enterrado en un bosque en Noruega, en un proyecto que se llama Biblioteca del Futuro.1
Es algo muy hermoso. Cerca de Oslo se plantaron mil árboles donde otros habían sido talados tiempo atrás. Ahora queda esperar cien años a que crezcan esos árboles para talarlos y convertirlos en papel para publicar los manuscritos de ficción que se han guardado hasta ahora, y aquellos otros que se vayan guardando, en cajoncitos. Cada año, desde 2014, se entrega un manuscrito. El primero lo entregó Margaret Atwood y siguieron escritores como Han Kang, Ocean Voung, entre otros.
Yo fui la décima autora en entregar uno. Ese manuscrito se quedará guardado en un cajoncito de la biblioteca por noventa años. En el caso de Margaret Atwood, cien años. Y nadie en el mundo va a poder leer esos manuscritos hasta el año 2114. El mío se llama Fuerza de la resonancia.
Además, he estado trabajando cinco años muy intensos en un ensayo sonoro que se llama Ecos de la frontera, junto a Leonardo Heiblum y Ricardo Giraldo. En este proyecto hemos ido grabando los sonidos de la frontera entre México y Estados Unidos y estamos componiendo un ensayo sonoro con ello.
AM: En tus libros muy a menudo acompañas la literatura con otros elementos que la envuelven, como las polaroids en Desierto sonoro y en Principio, medio, fin, o el código QR de Ecos de la Frontera, para transportar al lector a los sonidos del lugar donde suceden los hechos. ¿Aspiras con esta combinación de diferentes elementos a completar el libro, darle más certeza, verosimilitud?, ¿o es simplemente un decorado?
VL: Ni una cosa ni la otra. Te diría que tanto el proceso visual como el auditivo tienen que ver con la forma misma en que trabajo y la manera en que proyecto mis libros. Yo pienso mis libros como cajas en que están también la observación, la escucha. Me interesa acercar las grabaciones, las fotografías, al resultado —el libro—, de forma que contenga las huellas del proceso y las difumine.
AM: Volviendo a lo que podrían ser las notas definitorias de tus libros, también podríamos destacar la importancia de los personajes infantiles, que, además, hablan con expresiones marcadamente infantiles o adolescentes, según sea el caso. Por ejemplo, cuando leí el último capítulo de Principio, medio, fin, realmente creía que me lo estaba contando una niña. ¿De qué manera logras ese resultado tan realista?
VL: Me imagino que tiene que ver con la manera de escuchar que llevo muchos años practicando. Hay una diferencia entre oír y escuchar. Oímos de forma pasiva e involuntaria. Oímos todo lo que hay, si es que tenemos oído. Y la escucha es un estado mucho más intencional, que además se puede desarrollar con constancia e insistencia.
A lo largo de estos últimos cinco años —en los que he aprendido y sigo aprendiendo a grabar los sonidos del mundo— me he sentado muchas veces con los cascos durante tres horas seguidas, escuchando los vientos en un atardecer, una tormenta de polvo en el desierto o los animales en la noche junto al río Bravo. Todo este escuchar mientras grabamos y, posteriormente, de escuchar el material grabado para elegir y pensar en composiciones, ritmos y formas en las que se puede desplegar un paisaje sonoro, ha sido un entrenamiento muy profundo de la atención que, a su vez, impacta en mi escritura.
AM: Y después de tantos sonidos durante estos últimos cinco años, ¿con cuál te quedas?
VL: [Ríe] Puede ser un poco cliché, la verdad, pero no conozco a ningún ser humano al que no le guste: el canto de las ballenas jorobadas me parece uno de los sonidos más conmovedores, cósmicos, misteriosos que jamás he escuchado.
En el Pacífico norte de México, a la altura de la península de Baja California, se puede escuchar el canto de las ballenas jorobadas a oído pelón, sin necesidad de meter un hidrófono en el agua. Obviamente, si metes un hidrófono al agua las escuchas como si estuvieran cantando dentro de tu cabeza. Si vas a nadar un día y no hay muchos barcos, las puedes escuchar con absoluta claridad.
AM: Volvamos a los libros. ¿Cuáles fueron los de tu infancia y por qué los leíste?
VL: Los libros de mi infancia…
AM: ¿Son también Plinio el Joven y Plinio el Viejo, como para las protagonistas de Principio, medio, fin ?
VL: No, no, para nada. Yo llegué muy tarde a los clásicos latinos. Llegué antes a los griegos por mis estudios de Filosofía en la UNAM. Y la verdad es que abandoné pronto ese camino y me arrepiento. Al final, durante la carrera, acabé decantándome por la filosofía analítica y la filosofía política contemporánea. Sin embargo, lo que realmente me apasionaba era la filosofía presocrática y Platón. Digamos que me apasionaba esa época. Ahí debí de haberme quedado el resto de mi vida.
Respecto a los libros de mi infancia, siento decirte que nada de muy buen gusto. A los nueve o diez años, cuando vivía con mi familia en Corea, me obsesionaba la literatura de terror y me metía a escondidas a la biblioteca de la escuela, en la sección de los chicos grandes de la secundaria y la prepa, para leer los libros de Stephen King. Aunque sigo admirando mucho a este escritor, no lo he leído en mucho tiempo. También leí con enorme gozo El Señor de los Anillos.
Empecé un poco a tientas, como todos los adolescentes. Digamos que ni de niña ni de joven adolescente fui una lectora extraordinaria. O sea, encontré un placer en la lectura; más bien, encontré un placer en leer a escondidas algo que no debía leer. Eso me generaba una emoción intensa. Ese placer, si bien ha ido cambiando con el tiempo, sigue estando en el hecho de leer como travesura, de leer para robarle tiempo al tiempo y de leer para esconderse de todo lo demás. Ya el terror no me interesa, no me interesa para nada sentir miedo.
AM: Para preparar esta entrevista he vuelto a Los niños perdidos, que es un libro en el que plasmas de forma testimonial una realidad muy cruda.
VL: Sí, durante la crisis de la diáspora de niños indocumentados entre 2014 y 2015 estuve trabajando como traductora en un espacio que la Corte [de inmigración de Nueva York] nos prestaba a varias ONGs y otras asociaciones involucradas en la búsqueda de abogados para esos niños. Y sí, fui voluntaria en este proceso y del día a día, de las experiencias cotidianas en la Corte, nació el libro que mencionas.
AM: En este libro llevas la burocracia a la literatura. Una burocracia, además, muy dolorosa, que tiene que ver con la diáspora de los niños perdidos. Entiendo que en ese trayecto se experimenta un dolor que tú, valientemente, convertiste en libro. ¿Cómo te sentiste?
VL: Sí, fueron meses, efectivamente, de mucho dolor, frustración y enojo por la injusticia sistemática. A diferencia de mis otros libros, que han sido exploraciones más abiertas sin un fin determinado, Los niños perdidos sí lo escribí con una intención muy clara. Durante el proceso de escritura sabía que tenía que dar un testimonio cercano de lo que estaba ocurriendo y hacer una radiografía del sistema burocrático, porque los medios tradicionales —los periódicos, la radio, etcétera— cubrían de manera muy efímera esta crisis. Decían que llegaron tantos niños y que pasó esto o que pasó esto otro, pero no profundizaban en las razones por las cuales migraban esos niños. Solamente incluían grandes encabezados, titulares. Yo quería ir más allá de las razones inmediatas y contar también las razones históricas y el involucramiento de Estados Unidos en generar esta diáspora.
Estados Unidos había intervenido militarmente en todos los países desde donde migraban los niños, había básicamente instalado dictaduras militares y generado guerras civiles; también favoreció la descomposición del tejido social de países como Guatemala, Honduras y El Salvador, de tal manera que la gente no tenía más opción que migrar.
En definitiva, me interesaba mucho enseñar las diferentes capas de la historia, empezando por el sistema burocrático estadounidense, el sistema migratorio, pero también por las razones históricas de esta circunstancia. Para ello, no dejé de lado las emociones propias que me producía enfrentarme a esta injusticia, pero sí las modulé lo suficiente como para encontrar claridad en las palabras, y no ofrecer sólo mi enojo y mi frustración, sino también —y sobre todo— claridad en la historia.
AM: Tu última novela podría definirse como una novela climática. Vivimos en un mundo en que los desastres naturales están cada vez más presentes y cada vez son más feroces e incontrolables. En Principio, medio, fin está a lo lejos la amenaza del volcán. ¿El hecho de sumar la causa climática a la defensa de otras causas sociales ha sido premeditado?
VL: Todo lo que está ahí es premeditado, ninguna de las decisiones que tomo en la novela como escritora son casuales, sino producto de una reflexión profunda. Tienes toda la razón en decir que esta última es una novela que observa el clima, observa un mundo natural en crisis e impredecible. Se observa la migración desde el marco de la crisis climática y no sólo desde el de la violencia política.
A diferencia de las migraciones que vimos en el siglo XX y principios del XXI, que eran sobre todo migraciones causadas por razones políticas, de ahora en adelante veremos cada vez más —de hecho, ya estamos viendo— refugiados climáticos. Y por supuesto que trenzar esa circunstancia en la médula de la novela fue una decisión consciente, pero también lo fue el hecho de hacerlo sin una mirada que fuera catastrofista, sino con una mirada que reivindicara la belleza del mundo en que vivimos y nuestra pertenencia a esta tierra. No es una novela que se regocije en la destrucción.
AM: Eso mismo has dicho en varias entrevistas, que hay que combatir de alguna manera la desidia.
VL: Sí, pienso que hay que resistirse a la tentación de pensar catastróficamente.
AM: La ciudad también es un personaje frecuente en tus libros. Me refiero, por ejemplo, a las cajas llenas de mapas que aparecen en Desierto sonoro. Y el urbanismo es un tema muy actual, el modo en que recorremos las ciudades influye en la manera en que pensamos. ¿Cuál es tu medio favorito para desplazarte por la ciudad?
VL: Me gusta ir en bici. Yo empecé a escribir Papeles falsos aquí, en Madrid. En estas calles, en los cafecitos de por acá. Sí, aquí, en un bar del centro de Madrid. Yo vivía en la calle Arquitectura, por Lavapiés, abajito, por Delicias. Ese libro lo empecé aquí hace veinte años. A los veintidós años.
Café Barbieri.
AM: ¿Cómo te ves en perspectiva? ¿Cómo ves a esa Valeria tras los años?
VL: Le tengo mucha nostalgia a esa época. No había teléfonos móviles. Nos escribíamos cartas a mano. Tenía dos mejores amigos y un gran amor en Barcelona. Nos veíamos, nos juntábamos en tren aquí o allá, y no sabíamos bien cuándo íbamos a llegar. Había que encontrarnos en una esquina y nos la pasábamos buscando tejados a los cuales subirnos a tomar el sol y leer.
En aquella época empezábamos todo. Era un momento donde la vida se sentía como algo hermoso. Un momento en el que todavía no éramos nada, pero queríamos ser algo. Y ese algo tenía que ver con lo que nos apasionaba. Yo quería escribir, nada más. También quería ser bailarina y no lo logré.
AM: ¿No?
VL: No, en el baile la verdad siempre fui bastante mediocre. Pero hay cosas en las que se puede gozar aun siendo mediocre. La danza era una de esas cosas.
AM: Los ingrávidos es una novela en la que se va de manera obsesiva tras el poeta Gilberto Owen, ¿quiénes son tus otros ‘Gilberto Owen’?, ¿quiénes son tus otras obsesiones literarias?
VL: Creo que esa obsesión [con Owen] es muy propia de una edad, esa relación con los fantasmas. Con veinte años me fui a buscar la tumba de [Joseph] Brodsky a Venecia. También iba tras la búsqueda de unas cartas que se había escrito Brodsky con [Boris] Pasternak. Un amigo mío conocía a la nieta de Pasternak y, supuestamente, había unas cartas que me iba a enseñar…
Papeles falsos realmente es un libro que se escribió gracias a esa búsqueda de fantasmas. Al final, acabó siendo un libro sobre otras cosas también, pero iba a ser un libro sobre Brodsky. En realidad, ni siquiera lo pensaba como libro. Primero era un ensayo sobre Brodsky. Luego, efectivamente, Owen también fue una gran obsesión literaria para mí. Ahora te iba a decir que esas obsesiones se acaban cuando cumples treinta y cinco años, pero no es cierto. Llevo seis años leyendo a Plinio obsesivamente. Y no sólo porque me propusieran escribir sobre algún escritor en algún lugar para alguna revista y yo les propusiera a Plinio para poder ir al Vesubio, donde murió, y recalcar un poco sus últimos días ahí. Me dijeron que Plinio era muy antiguo, que necesitaban un autor más moderno. Y les dije: “No, gracias”.
AM: ¿Por qué motivos decides escribir un libro en inglés o en español?, ¿y cómo decides si traducirlo tú misma o no?
VL: Pedí a mi amigo Daniel Saldaña que tradujera Desierto Sonoro porque me parece un espléndido escritor y un espléndido traductor. Confiaba mucho en que él pudiera hacerlo perfectamente, y así fue. Yo escribí algunas partes de Desierto Sonoro en español, la parte que se llama “Elegía para niños perdidos”. Pero, fundamentalmente, escribí el libro en inglés, y cuando lo terminé e hice un par de intentos por traducirme al español, simplemente sentí que no pegaba, que no encontraba el registro que quería encontrar. No salía.
En cambio con Principio, medio, fin fui escribiendo más conjuntamente. Primero uno, luego el otro idioma. Fui peloteando un poco entre los idiomas y se sintió mucho más orgánico el proceso de escritura bilingüe.
AM: Contabas en una entrevista que tu casa se ha llenado estos últimos años de tus familiares. Que a tu casa iban y venían primas, tías, sobrinas tuyas. ¿Qué aprendiste de aquello?
VL: Estoy muy agradecida de estos años de reinventar la vida con esa forma amorfa maravillosa que fue adquiriendo mi casa. Jamás lo imaginé o lo planeé. Simplemente, se fue dando de manera muy fluida y airosa. Iban llegando personas. Iba llegando mi madre, que iba y venía. Llegó una sobrina, luego se fue, y llegó otra. Llegaban amigas que se divorciaban y necesitaban un espacio intermedio durante algún tiempo. Y así se iba llenando la casa, y a periodos se vaciaba. Ahora, depende del día, somos seis. A veces somos más. Nació en esa casa mi sobrina-nieta, parí yo también en esa casa a mi segunda hija. Por ahí deambula la perra Lola. En fin, es una casa que fue generando un espacio íntimo, que redefinió para nosotras la manera de cuidarnos unas a otras, de estar, de hablar, de preguntarnos, de acompañarnos. Se tejieron conversaciones entre generaciones. Había personas de todas las generaciones, y eso es muy bonito. Desde mi madre con setenta, yo entrando en los cuarenta, mis sobrinas de veinte. Mi hija de dieciseisytantos, mi otra hija recién nacida. Estaba toda la vida ahí en un abanico. El espíritu de esa casa está en el corazón de Principio, medio, fin.
AM: La novela puede contener mensajes igual de puros que los que contiene la filosofía. Y eso lo dices tú también, ¿por qué?
VL: Depende de la novela, pero hay novelas profundamente filosóficas, como las de Thomas Mann o las de Virginia Woolf. Pedro Páramo es una novela con una meditación sobre el tiempo y la muerte como no hay en ninguna otra. La novela tiene el registro más amplio posible. Puede contener el destilado más preciso y hermoso del alma humana.
Valeria Luiselli, Principio, medio, fin, Feltrinelli, 2026.
Imagen de portada: Valeria Luiselli. Fotografía de Clayton Cubitt. © Del Autor.
Future Library (2014), es un “proyecto de arte público” que tendrá lugar en los próximos 100 años. Se puede leer más en futurelibrary.no. ↩