El curioso caso de dos niñas, tres aeropuertos y una pandemia

Especial: Diario de la pandemia / dossier / Junio de 2020

Alejandro Estivill

El 11 de marzo de 2020, la Organización Mundial de la Salud declaró al Covid 19 pandemia con serio peligro universal. Muchos ires y venires, conferencias y análisis —incluso acusaciones— ya habían cruzado entre países. El coronavirus de origen chino desató el temor y, con él, el dramático choque entre quienes veían venir la hecatombe y quienes se aferraban a la esperanza de que su gravedad fuera, como en tantas otras ocasiones, solamente una alerta y una invitación pasajera a cambiar. Un día antes, Italia y con ella otras naciones europeas habían obligado a su población a encerrarse. Los cantos y aplausos diarios, en el anochecer de las calles desoladas, comenzó en esos días. Canadá cerró sus fronteras una semana y media después, lo que impedía la entrada de cualquier extranjero. Esa segunda quincena de marzo fue el punto de inflexión: todos lo vivimos como cuando un apagón en la corriente eléctrica cancelaba nuestras teles antiguas: pasábamos de la luminosidad bullente a un punto moribundo y lastimero, aletargado al centro de la pantalla con el eco de un sonido mecánico, molesto y sin sentido. Isabel es una niña de 15 años; hermosa, fresca, juguetona en las palabras. Es nacional mexicana, pero vive en Canadá. Su calidad migratoria es la de una “residente temporal” ya que su familia cumple un contrato parcial con la compañía Dufort et Lavigne, industria médica dedicada a desarrollar tecnología con fines de diagnóstico. Ella es estudiante de secundaria en Quebec y, con un enorme esfuerzo de sus padres, viajó a un intercambio de Montreal a Málaga a principios de marzo, antes de que el mundo se pusiera peliagudo. Hizo el viaje sola, como chica espabilada, en un vuelo con escala en Alemania para llegar al sur de España y completar un intercambio académico que ampliaría sus experiencias, sus habilidades, su ya de por sí irrefrenable dominio del espacio social. Daniela, por su parte, es otra niña mexicana más joven, muy similar a primera vista, pero de espíritu diferente. Tiene apenas 13 años y cumpliría los 14 en pocos días; el 17 de abril. Siempre resulta complicado calcular su edad. Alta y respingada, explota una enorme sonrisa angelical. Pero es retraída. Nació en Tabasco, aunque tiene una lejanísima ascendencia alemana. De aquello, Daniela preserva apenas un gusto por el orden, la claridad en las sentencias y el compromiso por ser obediente. Es frecuente escuchar que sus primeras frases sean siempre: “sí, gracias”, “no, gracias” o “lo siento, no sé, pero gracias”. Su escuela cultiva una afición por la cultura alemana, apreciada entre algunos tabasqueños. Es el instituto Heinrich Heine de Villahermosa que, aunque pequeño en tamaño, es ambicioso y hace intercambios exitosos con una escuela de Múnich, el Maximilians, un internado que recibe niñas de todos los rincones del mundo y las devuelve después de cursar programas de uno o dos años, convertidas en genuinas joyas del rigor en el pensamiento y las acciones. Daniela viajó con su mamá a Múnich como digna representante del Heinrich Heine, del mero mexikanisches Institut que siempre ha mandado niñas lindísimas a mostrar la casta tabasqueña. Madre e hija llegaron desde septiembre de 2019 para que Daniela comenzara un año de internado en secundaria que tendría dos interrupciones para regresar a México: Navidad y Pascua; la última coincidiría con su cumpleaños número 14. Desde un inicio, para ahorrar en gastos porque el internado es particularmente costoso, los padres de Daniela decidieron que en esos periodos vacacionales su hija viajara sola, utilizando el sistema de custodia que establecen las aerolíneas para acompañar menores de 14 años bajo la estricta vigilancia de una azafata que cuida de ellas y de sus documentos en una elegante bolsa de plástico que se cuelga del cuello. El viaje que así realizó Daniela en la Navidad de 2019 fue un éxito; las aeromozas la felicitaron y no generó temor alguno para que lo repitiera en abril de 2020. Llegó la tormenta. Las mentes adultas y las de los niños se trastocaron por igual. La pandemia se extendió por encima del mundo y las aerolíneas comenzaron a cancelar vuelos. Los restantes tuvieron que adoptar medidas estrictas de seguridad sanitaria. Los sindicatos de sobrecargos y pilotos se dieron cuenta de que su profesión era tan esencial como vulnerable. Trabajaban volando en espacios cerrados y compartiendo el aire con desconocidos que apenas fueron revisados de eventuales síntomas externos antes de abordar. Estaba en su deseo reclamar mejores condiciones, aumentos salariales, seguros, garantías, pero eso pondría muy de malas a los equipos gerenciales de las compañías. Sólo una petición pululó con posibilidades de éxito: al menos —reclamaban las aeromozas— debería eliminarse el programa que las obligaba a cuidar niños pequeños y desobedientes. Las líneas cancelaron de improviso los programas de asistencia a menores no acompañados. Todo chiquillo de menos de 14 años no viajaría sin la compañía de un familiar. Con 14 años cumplidos podría abordar; con 13 y medio, imposible. Las aerolíneas alemanas adoptaron esa medida en definitiva el 7 de abril del 2020, cuando Daniela ya estaba en el aeropuerto para dirigirse a México. Supo la noticia en el mismísimo mostrador de Lufthansa y el profesor Herr Schnellinger, quien la llevó al aeropuerto, asumió que aquello era grave. Intentó con todos sus ruegos una excepción. La niña tendría 14 años en tan solo una semana, pero las reglas son las reglas y en el mostrador de Lufthansa del aeropuerto de Múnich son más reglas que en cualquier parte del mundo. El impedimento implicaba llamar a los padres de Daniela y aceptar que ella pasase su cumpleaños y la Semana Santa en su habitación del colegio.


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En Málaga, Isabel aún no comenzaba bien a bien su estadía cuando la crisis de salud y la danza de cifras de contagiados y fallecidos ya arreciaba como aguacero, obligando a los lugareños al confinamiento. Ella pasó tres semanas encerrada en casa de la familia que le dio albergue y deambuló avasallada por la desesperación entre las pocas habitaciones bajo aquel techo. Se aburrió infinitamente esperanzada de que la crisis pasara pronto y que pudiera volver a aprovechar al máximo aquel viaje que la suerte le dio y que la pandemia se empeñaba en estropear. Pero los sabios y los profetas decían que, lejos de mejorar, toda Europa quedaría pronto aislada. Ya pocos vuelos estaban aún con posibilidades de salir de la ciudad y se saturaban con la evacuación de turistas alemanes, suecos y daneses aterrados por los niveles de propagación del virus. La misma autoridad de Málaga buscó telefónicamente a los padres de la niña Isabel y recomendó el vuelo de evacuación con destino a Canadá, lo más pronto posible. Su entrada al país norteamericano, siendo mexicana, se permitiría en tanto que la profesión del padre, vinculado al sector de productos médicos, se consideraba esencial; ella era la hija de un residente temporal esencial. Así que, muy a su pesar y furiosa por no completar un viaje con el que había soñado por meses, tomó su avión finalmente ese mismo 7 de abril, en uno de los últimos vuelos entre Málaga y Múnich para conectar desde ahí hacia Montreal.


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La culpa del desaguisado la tuvo la mochila de espalda de Daniela. Mientras Herr Schnellinger se empeñaba en rogar y en discutir con la funcionaria de Lufthansa, la pequeña fue a curiosear. Caminó mostrando su colorida mochila con las palabras Parque-Museo La Venta, Tabasco, y la otra mexicana, Isabel, que acababa de aterrizar y mataba tiempo deambulando también por el aeropuerto, se sintió obligada a intentar el contacto. La interrumpió para preguntarle si era mexicana. Las dos se conocían en un punto de Alemania —¡oh, qué curioso!— y en medio de una crisis que les fastidiaba la vida por igual. Lo que ocurrió en los baños del aeropuerto de Múnich nunca será fácil de explicar. Isabel habrá propuesto la travesura y Daniela habrá respondido “sí, buena idea, gracias”. No lo podemos asegurar. Quizá el plan se generó de manera conjunta, aunque Isabel era la más desesperada por hacer algo que le permitiera alargar su aventura europea. Posiblemente ella vislumbró el parecido de ambos rostros reflejado en los enormes espejos de aquel lavamanos donde reían. Quizá ahí entendió que un intercambio de documentos le permitiría seguir en Europa, aunque fuera en Alemania y viviendo en el internado de su nueva amiga. ¿Por qué no? La posibilidad de conocer una escuela de estilo gótico que imaginaba como paraíso de novela de Harry Potter era suficiente para avanzar el sueño de hacerse pasar por Daniela. No sabemos lo que habrá motivado a la más pequeña, pero no se dificulta ver que la astuta Isabel detonó una veta profunda en ella: Daniela detestaba la forma en que, al momento de viajar, la consideraban una chiquilla cuando apenas le faltaba una semana para ostentar el derecho de andar sola y entregar con su propia mano el pase de abordar antes de cruzar la puerta de un avión. Empezaba a detestar su respuesta de siempre: “sí, gracias”. Liberarse le representaba un suculento platillo que no quería desaprovechar. Ir a Canadá… poco le importaba. Apenas entendía qué era eso, pero se subiría al avión sin que nadie la custodiara. Era su Rubicón. En una esquina de un baño del aeropuerto de Múnich, las niñas cambiaron sudaderas, acomodaron sus peinados, se entregaron algunas pertenencias y sus respectivos pasaportes, y voilà. Herr Schnellinger terminó de hacer llamadas a Frau Maier, la intendenta del colegio para que preparara la habitación de Daniela para el periodo vacacional: “se queda, sí, se queda”. Y habló con los padres de ella hasta Tabasco para explicar. Cuando retomó a la niña, creyendo que era Daniela, estaba furioso y no dedicó mucho rato a revisar los detalles. El trayecto del aeropuerto de Múnich al internado Maximilian toma un par de horas. El vuelo entre Alemania y Canadá es de ocho. Parados en la terminal internacional del aeropuerto de Montreal, los padres de Isabel tardaron unos ocho segundos en darse cuenta de que quien llegaba no era su hija. Aunque era linda, como la auténtica, y aceptaba las indicaciones con extraordinaria docilidad, no era la que esperaban. La madre de Isabel, después de varios gritos y pataletas, tuvo la gracia de preocuparse en partes iguales por su hija (cuyo paradero desconocía), por Daniela (ahora a su lado mostrando una enorme sonrisa de fascinación) y por la madre de la niña que imaginaba desconsolada, jalándose los cabellos a tirones porque su hija, de apenas 13 años, andaba sola por el mundo y había terminado por error en Canadá. —Y ¿cómo estará tu madre? —le preguntaba a la chiquilla. —Ella está bien, gracias.


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El problema hasta este punto parece menor. Todos estaban en lugar seguro y tenían celulares para comenzar a comunicarse. ¡Gracias modernidad! Lamentablemente, la complicación surge de dos factores extra, propios de la malevolencia de una pandemia de estas características. La ley de emergencia canadiense, implementada como se dijo a partir del 26 de marzo, estableció que todo viajero que llegara a Canadá, independientemente de nacionalidad, edad, culto religioso, ideología o errores en su documentación, debía realizar una estricta cuarentena de 14 días sin salir de casa. Aplicaba igualmente a todos quienes cohabitaran con el viajero: padres, tutores, maestros o personas que por costumbre o azar tuvieran que estar o hubieran estado bajo el mismo techo. Esto puso a Daniela y a los padres de Isabel en una casa de los suburbios de Montreal, encerrados por 14 días sin excepción posible. Sólo después podrían comenzar a arreglar las cosas. El segundo y más grave problema es que el bello internado Maximilian en Múnich presentó un caso positivo de Covid 19. Sus habitantes, incluidos Herr Schnellinger —quien no dejaba de lacerarse con profundos sentimientos de culpa por no haber notado que las niñas se habían intercambiado bajo sus narices—, así como Frau Maier e Isabel, quedaban encerrados hasta nuevo aviso. Un caso de contagio con síntomas implicaba una cuarentena mucho más rigurosa y larga. Había que esperar que se hicieran pruebas a los internos y, pasado un tiempo mayor, hasta que nadie tuviera síntomas visibles, se procedería a nuevas pruebas y a un periodo adicional de 14 días más para asegurar la sanidad del lugar. Un visitador de la autoridad sanitaria alemana fue de inmediato al bello edificio gótico, lo revisó minuciosamente, puso sellos en algunas puertas y pidió un listado de las personas que permanecían en el edificio que Frau Maier le entregó de inmediato. Su cálculo, muy correcto como son los cálculos alemanes, era de que por lo menos el encierro total duraría unas cinco o seis semanas. Alemania, país avanzado en la lucha contra la pandemia, estableció la práctica de compartir las listas de personas confinadas con las autoridades relevantes. Era información que llegaba puntualmente a centrales de autobuses y trenes, aeropuertos, delegaciones de policía y hospitales. El monitoreo era exhaustivo y podía vincularse, por tecnología de rastreo, a los celulares de cada persona. Imposible incumplir. Dos días después, el 9 de abril, cuando la situación causada por las niñas era parte del chismorreo entre diplomáticos y agentes de seguridad, la escuela recibió a un equipo epidemiológico que se instaló en el vestíbulo oeste del internado porque tenía una ventana que se podía usar para la comunicación entre los especialistas de dentro y los que se resguardaban en unas tiendas de plástico en el jardín. En estricto orden, los doctores fueron llamando a todos los habitantes del internado para colocarles un cotonete en lo profundo de la boca o la nariz, y llevar algo de mucosa a los tubos de ensaye que habían colocado en cajas selladas junto al marco de la ventana. Herr Schnellinger y Frau Maier estuvieron entre los primeros por ser revisados. Un doctor se acercaba a la escalera y gritaba el nombre de cada persona una vez que la anterior había regresado a su habitación. El nombre de Daniela, en un momento, se escuchó claro cantado con voz militar por los pasillos del internado. Isabel, desde la habitación, revisó que el nombre y apellido coincidieran con el pasaporte que tenía a la mano y bajó la escalera para abrir enorme la boca delante de los epidemiólogos envueltos en azulosos trajes de cosmonauta. A su regreso, Herr Schnellinger salió a aclarar que Daniela no era exactamente Daniela… por un error, su nombre real era Isabel. Un molesto paramédico corrigió con una tachadura el nombre de la menor.


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Allá en Tabasco, cuando supieron que su hija había tomado un vuelo a Montreal y estaba en casa de quién sabe quién, los padres de Daniela compraron de inmediato boletos a Montreal para viajar y recuperarla. Gasto inútil, porque como nacionales mexicanos, no podían entrar a Canadá; y si por algún milagro hubieran podido ser admitidos, tendrían que caer en el supuesto de guardar una estricta cuarentena de 14 días encerrados en algún hotel sin ver a su hija. Los padres de Isabel, no menos intranquilos, pensaron en viajar a Alemania, pero primero tenían que cumplir su propia cuarentena y esperar a que su hija, encerrada en el castillo gótico del internado Maximilian, fuera liberada de un procedimiento de vigilancia más severo y de duración incalculable. La desesperación los carcomía. De llegar a Alemania y entrar en contacto con Isabel, su sola presencia sería registrada como una violación al protocolo sanitario de un lugar considerado “caliente” por presencia de casos de Covid 19, lo que motivaría el alargamiento de la encerrona. Más aún, las dificultades involucraban la autenticidad de los pasaportes: las niñas carecían estrictamente de pasaportes que validaran su movilidad. Aun después de pasar cuarentenas y aislamientos, tanto Isabel en Alemania como Daniela en Canadá tendrían que retomar su auténtica identidad y tramitar sendos pasaportes correctos. Para el día 10 de abril, la situación de la pandemia en México tomó rasgos de tragedia y la autoridad mexicana instruyó también un estado de emergencia por vía de un decreto que, entre sus primeras cláusulas, ordenaba la suspensión de una larga lista de trámites; ello incluía una suspensión en la emisión de pasaportes. Daniela e Isabel tendrían que esperar un buen tiempo para acercarse a los respectivos consulados mexicanos que pasaban a ser oficinas cerradas y que sólo atendían casos de muy estricta emergencia. La locura de las familias iba en aumento, las llamadas eran en volumen superlativo. Las casas de Daniela e Isabel podrían entrar en guerra en cualquier momento si no fuera porque, en cierto modo, la casa en Canadá tenía como posible rehén a la menor entre las involucradas. Cónsules y embajadores de México, Canadá y Alemania fueron reclamados y quedaban pasmados ante los hechos. Nadie sabía qué hacer… Nadie. Hasta que, después de angustiosos días, una llamada telefónica realizada desde un celular en una habitación del internado Maximilian el 17 de abril volvió a trastocar las cosas. Cuando estuvo en el aeropuerto, Herr Schnellinger había sido duro con la dependienta de Lufthansa y la había hacho sentir mal, exhibida como mujer insensible para apoyar a la menor. Ahora, con pocos vuelos que atender, esa señora había quedado reasignada a un centro de llamadas para ayudar a una creciente clientela de viajeros que la pandemia dejaba tirados por el mundo. Dictó la casualidad que ella justamente respondiera esa petición para hacer válido un cupón por un viaje a México a favor de una niña Daniela que, ya cumplidos esa mañana sus 14 años, quería tener la opción de viajar lo más próximo posible. Recordó el nombre, así como la tristeza que le causó no acceder a que subiera al avión. Decidió apoyarla como mejor pudiera, solo que la petición era cambiar ese vuelo a México por uno que, en ruta a México, pasara por Montreal. —¿Por Montreal? Será algo largo. Ahora la gente se queja por los desinfectantes en el aire acondicionado. —No se preocupe —respondió la persona al teléfono—; estoy acostumbrada, y con que yo pueda hacer una escala, quedo como nueva; me convierto en otra persona, totalmente descansada. —¿Está consciente de que los nacionales mexicanos no pueden ingresar a territorio canadiense y que sólo puede pasar por los aeropuertos de Canadá en estricto tránsito? —Lo estoy —contestó ella—; no saldré a la calle. Incluso si cruzara migración tendría que hacer cuarentena por ¡14 días! No lo imagino ¡Será algo espantoso! —Sí es cierto. La voz al teléfono pedía algo adicional: comprar otro vuelo por United de Montreal a la ciudad de México a nombre de una tal Isabel… La empleada de Lufthansa pensó que era demasiado, pero la oferta de pago era, además del cupón original, cambiar dos boletos México-Montreal recientemente adquiridos con United, también miembro del grupo Star Alliance al que pertenece la aerolínea alemana. Con tanto por recuperar y tanto ofrecimiento sobre la mesa, la señora buscó con empeño. La suerte indicaba que, con algunos casos de pánico entre los usuarios que dejaban asientos vacíos, había una opción saliendo esa misma noche. Las puertas del internado Maximilian se abrieron silenciosamente sin que sus habitantes notaran el movimiento. Una niña caminó, ayudada de su celular, hasta el crucero que conecta la calle principal con el camino hacia la estación de tren de Wiedervereinigung, poblado que alberga el internado. Un celador a la entrada pidió a la niña identificarse. El nombre Daniela no estaba en las listas de personas confinadas en la localidad. Algunas estaciones más adelante, en la conexión con la línea S-Bahn / MVV que lleva al aeropuerto de Múnich, la pequeña tuvo que identificarse de nuevo. No aparecía en las bases de datos. Se le entregó un tapabocas y se le dieron instrucciones precisas sobre cómo moverse. Ya en el aeropuerto, con sus cupones listos para ser convertidos en boleto electrónico pudo acercarse al mostrador de Lufthansa e identificarse de nuevo. A diferencia de otras veces, la atendieron de maravilla. Su entorno tristemente había perdido bullicio como lo pierden las teles antiguas que se apagaban poco a poco dejando un espantoso sentimiento de desolación. Por puro rigor, la asistente le preguntó si tenía algún síntoma: tos, calentura, dolor de cabeza, nada; sólo felicidad. Cuatro horas después, bastante de madrugada, una casa en Montreal vivió algo similar. La puerta se abrió sigilosamente y una niña, fascinada por la independencia que le daba su celular, emprendió camino hacia la estación de metro más cercana que estaba sacando a circular su primer tren del día. Llegó a la estación Lionel-Groulx donde se toma el Expres 747 rumbo al aeropuerto. Nadie le preguntó nada, pero tenía confianza en que, mientras caminaba como Isabel y guardaba en el bolsillo el pasaporte de Isabel, técnicamente no incumplía ninguna obligación de la autoridad canadiense de preservarse confinada, como se le había exigido a una niña llamada Daniela. Muy cerca del aeropuerto recibió la llamada que esperaba… ¡gracias modernidad! —Acabo de aterrizar. Con que vayas al mostrador de United y pidas el boleto a México a mi nombre podrás pasar las máquinas de seguridad. Después lo tiramos a la basura. Sólo recuerda. No dudes, mucha seguridad… te paras diciendo que eres Isabel y… —Así lo haré. Mucha seguridad. Me encanta pasar las máquinas de seguridad. —En cuanto cruces, nos vemos en el baño. —Sí, en el baño.

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Imagen de portada: Collage digital a partir una fotografía de Jürgen Telkman, 2016. CC