Imagen viviente
Leer pdfa la familia Guay
Dos malas películas me animaron de niño a convertirme en egiptólogo. La primera, La esfinge (1981), es una intriga donde el humor, el romance, la arqueología y el suspenso se anulan entre sí. La segunda, El despertar (1980) —basada en La joya de las siete estrellas de Bram Stoker—, es una cinta de terror que promueve el turismo a través de tumbas malditas y momias resucitadas. Habré visto La esfinge y El despertar unas cincuenta veces y, en muchas de sus escenas le recitaba los parlamentos a mi madre, más fastidiada que orgullosa. Ambas películas podrán ser pésimas, pero algo en mí las hizo memorables: me hicieron imaginarme vestido de lino y con sombrero mientras, lámpara en mano, recorría los pasillos de una tumba recién descubierta por mí, luego de muchos peligros e investigaciones. La egiptología es una paradoja que revela el despojo de Occidente: se estudia en Europa, Estados Unidos, Australia e Israel pero, en Egipto mismo, sólo tuvo un lugar en sus universidades públicas hasta mediados del siglo XX. Así, los protagonistas de La esfinge y El despertar tenían que ser dos egiptólogos blancos y atractivos: una joven Lesley-Anne Down y un maduro Charlton Heston, quienes buscan la gloria (así sea póstuma) de una revelación. Yo, como tantos otros niños, codiciaba más la aventura que el descubrimiento: la pequeña libreta con apuntes, jeroglíficos y soluciones a enigmas o sofisticadas trampas; el olfato de explorador, el ojo de águila y la piel gruesa; perder de vista a un espía o cumplir un rito milenario. Lo que quería, en el fondo, era ser un Indiana Jones menos intrépido. Hoy ese anhelo, o ese lugar común, une a los veinte millones de turistas que recibe Egipto cada año; resulta difícil, sin embargo, complacer a tantos. Sus expectativas se han reducido a visitar el Valle de los Reyes sin insolarse o sentir claustrofobia.
Según la Teoría del viaje de Michel Onfray (2016), debemos aspirar al viaje (a consumir experiencias) y no al turismo (o a consumir paisajes). Aquella aspiración movió la escritura fantasiosa de Marco Polo, la seductora de Lady Montagu, la espontánea de la Marquesa Calderón de la Barca o la digresiva de Bruce Chatwin. China, Turquía, México y Argentina se transforman, respectivamente, en países ávidos de fantasía, entusiasmo, sinceridad e, incluso, supervivencia. Pero el viaje devino turismo; los turistas actuales presumen experiencias tan genéricas como sus fotos y videos en Instagram y TikTok. El paisaje mismo se consume ante sus ojos igual que ruinas impacientes por la lentitud de su erosión. “La inteligencia”, dice William Carlos Williams en Poemas, textos y entrevistas (Universidad Autónoma de Puebla, 1987), “siempre tiene que hacerse a un lado para dejar pasar a las masas”. Y concluye: “Marginarse uno mismo, que es una medida desesperada, es la única medida”. Aunque el médico poeta hablaba de política, bien pudo haberlo hecho del turismo de masas. O de cómo sobrevivir a un viaje en tour. Es difícil marginarse en plena estampida. Quizá las herramientas del viajero interior nos ayuden, pero no hay tiempo para melancolías ni reflexiones. Hay gente a un lado, detrás y delante de nosotros; filas y filas de celulares, trípodes y cámaras fotográficas. Y todos quieren la mejor imagen (el mejor paisaje, de acuerdo con Onfray). A salto de mata por diez días entre Aswan, El Cairo, Alejandría y Luxor, yo mismo decidí marginarme de aquellas hordas —cuando menos en fotos— y borrar su rastro de los templos, museos y pirámides que visité en grupo. A juzgar por las fotos, tomadas con mi celular en ángulo ascendente, Egipto parecería una tierra virgen. Lo que no se advierte en este álbum es el infierno de los otros —no tan modesto si incluimos, además, el sol a plomo de los mediodías desérticos—. Un infierno atenuado en purgatorio por la presencia de esos otros, los más íntimos, y la promesa del viento helado al caer la noche.
Pirámides de Guiza. Todas las fotografías son del autor del texto, 2026.
También tomé videos de penosa calidad que compartí con mi madre y ciertas amistades. Se trata de unos segundos en el curso del Nilo, a bordo del crucero que nos llevó de Aswan a Luxor. A los costados, tierras intensamente verdes con palmeras de dátiles como enormes sonajeros, sicomoros, acacias y tamariscos. Al alba, antes de las excursiones, subía a la terraza del crucero a contemplar aquel oxímoron de paisaje: un río que atraviesa el desierto. O mejor: una serpiente azul que, reptando entre la arena, deja dos estelas esmeraldas. Una bandera menos sobria que la oficial, suerte de huelga rota a la mitad por el águila de Saladino, pero más viva. Egipto, como otras naciones islámicas, iniciaba a mediados de febrero la celebración del Ramadán. Nada más opuesto al ayuno y la abstinencia de los musulmanes que el furor gastronómico y afrodisiaco de los turistas. (Y, en especial, de los mexicanos, que aprovechan su Semana Santa para vacacionar, y la de Pascua para recuperarse de las vacaciones.) Como reprimenda, debimos esperar al término del ayuno para movernos al barrio medieval de El Cairo y cenar algo con la dignidad de un menú y unos cubiertos. Antes, desde las cinco de la mañana hasta las seis de la tarde, cumplimos otro tipo de penitencia: despertar e ir a la cama pocas horas antes del primer llamado del muecín. Allahu Akbar. Desde que Él mismo amanece, Alá es grande. Nosotros, simples turistas con insomnio, sólo pudimos sospecharlo y oírlo por doquier. En procesión a Guiza y frente a las pirámides, entre azul y buenas noches, todos fuimos testigos de cómo aquellos triángulos perfectos desde el mirador del hotel se convertían en bloques irregulares de piedra. Única sobreviviente de las siete maravillas del mundo antiguo, la pirámide mayor, la de Keops, llegó a ser la edificación más alta del planeta durante casi cuatro mil años. Con el proyecto de alzar el Oblisco Capitale, un rascacielos kilométrico, el sueño de los faraones e incluso el de Nimrod devino siesta. Al visitar el Gran (y flamante) Museo Egipcio, el museo arqueológico más grande del mundo, comprobamos que un récord se rompe con esfuerzo, dinero y mal gusto. Al menos las pirámides eran necrópolis y no el penthouse de Babel o la open gallery de Tutankamón. Sobre ellas, el alejandrino Cavafis apuntó: “No entiendo esas grandes cosas inmóviles” (citado por Jordi Doce en La insistencia, 2025). La Gran Esfinge se entiende mejor: solía ser, según el epíteto dado por los propios egipcios, una “imagen viviente”. Un probable retrato de Kefrén, hijo de Keops, cuyo menesteroso pueblo veneró con odio por más de medio siglo. El tiempo logró domesticar ese león de roca hasta reducirlo a un gato ciego, rodeado de turistas como un séquito de hormigas. El descubrimiento es el fin de la aventura. Por eso lo que encontramos en un viaje largamente soñado nos decepciona: el pasado no se cumplió como esperábamos. Y hay que inventarlo de nuevo, quizá con otro viaje. No vayamos tan lejos. De momento —y el mundo arde—, mejor que viajar es haber viajado.
Ciudadela de Qaitbay, Alejandría.
Mezquita de Alabastro, El Cairo.
Templo de la faraona Hatshepsut, Luxor.
Templo de Karnak, Luxor.
Museo Egipcio, El Cairo.
Gran Museo Egipcio, Guiza.
Imagen de portada: Gran Esfinge de Guiza con la pirámide de Keops al fondo. Todas las fotografías son del autor del texto, 2026.