Los ilustres pasajeros del Capitaine Paul-Lemerle
Leer pdfEs pasmoso el poder de la literatura, que es capaz de hacer cruzar un océano a doscientas cincuenta personas de veinte nacionalidades y múltiples profesiones con unas cuantas palabras. Bastaría escribir: salieron de Marsella el 25 de marzo de 1941 a bordo del Capitaine Paul-Lemerle y alcanzaron la Martinica casi un mes después, la noche del 20 de abril, para que el viaje quedara consumado. Estas fechas son los asideros que confortan a los biógrafos cuando compendian esta travesía en páginas salpicadas de falsedades e imprecisiones; periplo del que, además, prácticamente no hay imágenes. Ante la falta de ayuda visual, ¿cómo puede reconstruirse un viaje que fue una engorrosa odisea y que salvó la vida de varios intelectuales de primer orden, así como a cientos de perseguidos por el nazismo, el franquismo y el gobierno colaboracionista de Vichy? Sin imágenes, sólo quedan las palabras para revivirla. Un novelista francés, Adrien Bosc, se atrevió a armar las piezas dispersas del rompecabezas investigando y usando su empecinada y audaz imaginación. El resultado fue un libro titulado Capitaine (Editorial Stock, 2018); sin duda, el documento más completo y confiable al que recurriré para sintetizar tantas peripecias. Consciente de los límites del lenguaje, Adrien Bosc introduce sus pesquisas con una cita de Leibniz: “No podemos conocer el sabor de la piña mediante el relato de los viajeros”. Así, prevenidos por el filósofo, intentemos darle siquiera una probadita. Antes que nada, habría que mencionar a los intelectuales que escaparon en este último barco que cruzó el Atlántico hacia América durante la Segunda Guerra Mundial: André Breton con su esposa Jacqueline Lamba y su pequeña hija Aube; Víctor Serge y su hijo veinteañero Vlady; el joven antropólogo Claude Lévi-Strauss; el pintor cubano Wifredo Lam y su segunda esposa Helena Holzer; la novelista alemana Anna Seghers y sus hijos Pierre y Ruth; la fotógrafa alemana Germaine Krull y el guionista francés Jacques Rémy, entre otros igualmente relevantes. Llegaron todos al puerto de Marsella, la punta del embudo de la Francia ocupada, desde distintos lugares del país y de Europa con la esperanza de salvar su pellejo y, a veces, con pocas pertenencias. A Anna Seghers, por ejemplo, le obsesionada saber qué era lo que las personas se llevaban al partir, cuando quedaba tan poco tiempo para que irrumpiera la Gestapo. “Se imaginaba que el inventario de los doscientos cincuenta objetos de los doscientos cincuenta pasajeros sería un crisol de cuentos por escribir.”1 Asimismo, se preguntaba qué historia tendría cada pasajero y le aseguraba a sus hijos que, a pesar de que todos estaban viviendo los mismos acontecimientos, esto es, que la trama era común, el resto, los detalles, cambiaba radicalmente de una persona a otra. “Nuestro periplo, hijos míos, se parece al regreso de Ulises desde Troya, la Odisea que les leía el año pasado: obstáculos imprevistos y nuevas pruebas surgen en cada etapa de nuestro éxodo.”2
Víctor Serge y André Breton se alojaron con sus familias en la casa alquilada por Varian Fry, la cabeza del Emergency Rescue Committee, en la villa Air-Bel; allí había otros huéspedes empantanados en el mismo compás de espera de las visas. Víctor Serge rebautizó la Villa como “Espervisa”, pues era la solicitud más ardua y socorrida a fines de 1940. Todos los testimonios coinciden en lo difícil que era conseguir no sólo las visas para los países de destino, sino también aquellas para los lugares donde se hacían escalas; pero sobre todo, era complicado obtener las visas de salida de Francia porque las autoridades colaboracionistas las negaban y hasta solían denunciar a los refugiados ante la Gestapo. “El infierno tenía un nombre: la administración de los trámites.”3 A menudo, el dinero era la varita mágica que despabilaba las visas aletargadas sobre los escritorios de la policía y de los consulados.
Víctor Serge y André Breton se conocieron en octubre de 1936, cuando participaron en la creación de un comité para informar sobre los procesos de Moscú y defender la libertad de opinión en la revolución, anticipándose a la mayoría de los comunistas. Los unían la admiración por León Trotski y la aflicción por su reciente asesinato en México, en agosto de 1940, aunque también los separaban varias cuestiones: Víctor Serge era un militante forjado en la acción, “un exiliado político de nacimiento”, mientras que André Breton era un artista adepto a las reuniones cotidianas en los cafés parisinos que apostaba por una vanguardia que cambiaría el arte. La estancia en la Villa Air-Bel fue, en sus inicios, más placentera de lo imaginable, gracias a las visitas de Max Ernst y Peggy Guggenheim, Benjamin Péret y Remedios Varo, de los pintores Jacques Hérold, André Masson, Víctor Brauner y Óscar Domínguez, y otros más. En los días de calma chicha, el improvisado falansterio inventó un tarot (el Jeu de Marseille), hizo cadáveres exquisitos, armó exposiciones de cuadros en los árboles del jardín, improvisó banquetes domingueros con los alimentos que se podían conseguir y un día visitó la colección de pájaros disecados del Dr. Thumin, el propietario de la villa. Eran más de trescientas especies que, presas detrás de unas vitrinas de cristal como los convidados en la angustiante espera de las visas, parecían estar a punto de emprender el vuelo. La visita culminó con una declaración surrealista del Dr. Thumin en la que precisó que se había comido cada una de las aves antes de atajarlas para la eternidad. Lo único que alcanzó a articular André Breton a modo de comentario o de escalofrío fue: “¡Pasmoso!” No mucho tiempo después, la visita del mariscal Pétain al puerto, a principios de diciembre 1940, produjo otro tipo de convulsión. Previendo eventuales protestas contra el signatario del armisticio de junio 1940, la “escoria” del puerto fue arrestada y encerrada “en las calas de cuatro barcos, en cuatro carteles y tres cines, además de las cárceles y otros centros de detención. A último momento, la policía comenzó a encerrar a la gente en los cafés y los restaurantes hasta el final del desfile. En total, hubo unos veinte mil arrestos”.4 Los habitantes de Air-Bel fueron encerrados, junto con otros seiscientos potenciales malandrines, durante cuatro días, en las calas del barco Sinaia, el buque que había traído a México unos mil seiscientos refugiados españoles en junio de 1939. Esto no era sino un preámbulo de la estadía de los habitantes de la villa en las calas del barco que los llevaría a la Martinica.
Por fin llegó el día de zarpar en el Capitaine Paul-Lemerle, que no tardaría, por inspiración ubuesca, en ser rebautizado Capitán Pobre-Mierda. Fuera de las cuatro cabinas reservadas a la tripulación, los doscientos cincuenta pasajeros descubrieron con estupor que habían de repartirse en unas literas improvisadas y provistas de colchones de paja apisonada en las dos calas sin ventanas. Allí durmieron todos, salvo Claude Lévi-Strauss, que compartió una cabina con miembros del equipaje, a quienes conocía desde su primera expedición a Brasil, en 1935. Muchos relatos falsean la repartición de estos espacios, asegurando con mala leche que el único que tenía una cabina era André Breton. En el barco no existían ni primera ni segunda clase, era como si la guerra hubiera igualado a la humanidad por lo bajo. En el puente superior, allí donde antes señoreaban los cañones y la ametralladora Saint-Étienne, se construyeron tres barracas con madera medio podrida y con un techo de lona para resguardarse del sol y de la lluvia. Eran los baños, si cabe el término para designar las tres casetas destinadas a los doscientos cincuenta pasajeros. “En la primera, había una ducha de agua de mar —recuerda la fotógrafa Germaine Krull—; las dos otras eran retretes para hombres y mujeres, acomodados para cuatro personas a la vez.”5
El primer día los pasajeros se dedicaron a negociar: intercambiaban una taza, una cobija, una palangana para lavarse, una toalla para secarse o, de plano, cuando había dinero, un arreglo con un marinero para poder asearse en su cabina. La igualdad a costa de la precariedad, pronto se transformó en un capitalismo salvaje. Todo se compraba (y se vendía); la comida, horrenda y escasa, por ejemplo, se subsanaba con el tráfico de alimentos que los marineros ofrecieron al tercer día de navegación. Germaine Krull advierte: “Los oficiales a bordo ostentaban una ejemplar carencia de cortesía y nos consideraban como la escoria de la humanidad. El comandante, Ferdinand Sagols, odiaba a los ingleses, admiraba a los alemanes y confiaba en que pronto Francia impondría la paz”. La igualdad aparente se disolvió pronto, el barco se dividió según la riqueza y la pobreza, las nacionalidades, los intereses intelectuales o políticos y los sexos —como en el caso de las españolas que formaron un grupo compacto y aislado, puesto que, en el último momento, los varones no pudieron subirse al barco a causa de un decreto que les impedía emigrar—. Las distintas áreas del barco se bautizaron con nombres de barrios parisinos: en la sección de los Champs-Elysées, se hablaba de negocios y de contratos, se jugaba al bridge o a la ruleta, instalada por un checo para entretener (o defraudar) a los ricos; era “el pequeño reino de una primera clase con pelo sucio y perfumada con olor a orina”. Luego, las secciones de Belleville, la Villette y la plaza Rosa-Luxemburgo correspondían a los sempiternos pobres, y, finalmente, Montparnasse estaba en el puente más elevado, en el centro tenía una mesa en la que se instalaban los intelectuales que organizaban conferencias, clases y debates. El bien más preciado en el Capitaine Paul-Lemerle era la tumbona de lona que ofrecía, incluso al aire libre, cierta intimidad —un remedo de cuarto propio—, que la promiscuidad de los dormitorios abolía. En Orán, la primera escala, André Breton incluyó en su lista de compras una tumbona para Víctor Serge, porque sólo los franceses estaban autorizados a bajarse del barco mientras las demás nacionalidades quedaban prisioneras a bordo; Serge consignó en su diario “la sensación de cautiverio en este campo de concentración flotante, con sus calas apestosas”. En esos días, Albert Camus escribía La Peste y es posible que hubiera contemplado el Capitaine Paul-Lemerle desde la ventana de su departamento. Penosamente, André Breton casi no consiguió nada de lo que había anotado. Dos días pasaron antes de que el cargo pudiera levar anclas y llegar a Casablanca. Corría el rumor de que transportaba minas magnéticas o lingotes de oro del Banco de Francia que se debían desembarcar antes de llegar a Gibraltar, a cuya costa arribó el 3 de abril. El día anterior, el comandante Sagols apuntó en su bitácora que “un escritor pedante” se había quejado, en nombre de los pasajeros, de la mala comida que se servía a bordo. Tal vez gracias a la queja de André Breton, se subieron dos reses, una vaca y tres ovejas. El sacrificio de los animales ocurría a un costado de las barracas de aseo.
Vlady, cubierta y dibujos del cuaderno 4 de la travesía de Marsella a Martinica, 1941.
En Casablanca sucedió un divertido encuentro entre André Breton y Claude Lévi-Strauss, que oyó el nombre del surrealista en la fila de registro de los pasajeros autorizados a bajarse del barco. El tímido y joven antropólogo se presentó y le contó que él iría a Nueva York, donde daría clases, pero nada dijo del manuscrito de veintisiete páginas que llevaba en su maleta, el inicio de Tristes Tropiques. Pasadas las costas saharianas, Lévi-Strauss le propuso a Breton entablar una correspondencia sobre la belleza estética y otros fenómenos literarios. Encantado con los relatos de Lévi-Strauss sobre los indios brasileños, le contestó por escrito todos sus cuestionamientos.
Varios aprovechaban el tiempo del viaje para escribir o leer —André Breton, por ejemplo, no soltaba Les lois du hasard ou les rythmes de la fatalité périodique [Las leyes del azar o los ritmos de la fatalidad periódica] de Henri-Bernard Marigny de Grilleau— y otros más, como Vlady, remediaban el aburrimiento con el dibujo. Sus intentos de bosquejar los cambios del mar a lo largo del día coincidían con las tentativas de Lévi-Strauss de escribirlos en Tristes Tropiques: “Así cuando el sol desciende a la superficie pulida de un agua en calma, igual que el óbolo de un celeste avaro, […] el hombre encuentra, en una breve fantasmagoría, la revelación de las fuerzas opacas, de los vapores y fulguraciones cuyos oscuros conflictos percibiera en el fondo de sí mismo y a lo largo del día”.6 Anna Seghers, por su parte, comenzó la redacción de su novela Tránsito y Wifredo Lam esculpía con un cuchillito un pedazo de madera que poco a poco iba convirtiéndose en una gárgola. El cruce del Trópico, el 13 de abril, dio pie a una fiesta ritual en honor a Neptuno, en la cual todos, incluyendo a Sagols, eran arrojados, vestidos o en calzones, a un tanque de agua a modo de bautizo. Al final del día, se oyeron casi todas las lenguas en las parodias, los poemas y los cantos que se sucedieron. La noche del 20 de abril se anunció que pronto aparecerían las costas de la Martinica, el destino final del Capitaine Paul-Lemerle; Lévi-Strauss esperaba insomne en el puente. En lugar del esperado “¡tierra!”, otro grito subía de los pechos reclinados sobre la borda y con los ojos oteando la línea en penumbras de América: “¡Un baño!, ¡por fin un baño!, ¡mañana un baño!”.
El comandante Sagols atinó en su descripción cuando dijo: “Martinica: la perla de las Antillas y el deshonor de Francia”. Los pasajeros estaban dispuestos a olvidar las incomodidades y los peligros del viaje, pero nadie esperaba encontrar peores condiciones de vida que las que aguantaron a bordo. Pasaron cinco horas antes de poder desembarcar y las autoridades coloniales resultaron más represivas y gritonas que los petainistas de Vichy. Todos fueron recluidos en un antiguo leprosario, el lazareto de Punta-Roja, donde debían esperar los siguientes barcos hacia Nueva York, México o América del Sur. El lugar había sido transformado en fuerte y en campo de concentración. “Cuatro o cinco barracas rodeadas de muros vigilados por centinelas negros, cuenta la fotógrafa alemana. Con unos fósforos, logramos localizar nuestras maletas y llevarlas hacia un lugar que supusimos ser la plaza principal.”7 No había camas en las barracas del leprosario, ni duchas, ni agua para lavarse, la comida era aún peor que en el barco y la distribución de agua potable no alcanzaba ni para la mitad de los recluidos. Los más audaces se tiraban al mar para refrescarse desafiando a los tiburones y las madréporas. En medio de los insultos y empujones, escucharon el reglamento: los horarios de las comidas; el llamamiento de la mañana y de la noche; la inspección de las maletas; la prohibición de tener cámaras fotográficas, revistas y otros impresos franceses, así como de mandar correspondencia; además, debían dar un pago por los gastos de manutención. Después de tres días, salvo André Breton, todos fueron autorizados a ir a Fort-de-France. Sólo Lévi-Strauss obtuvo el permiso para alojarse en un hotel en esa ciudad, pese a que el teniente local que lo recibió le había despepitado: “No, usted no es francés, usted es judío y los judíos que se dicen franceses son, para nosotros, peores que los judíos extranjeros”.8 En otra ocasión, cuando fue sometido a la pregunta de si era judío, Víctor Serge contestó: “No tengo este honor”. Finalmente, al cabo de cinco días, autorizaron a Breton a visitar Fort-de-France para solicitar una visa de tránsito en el consulado dominicano. En esta ciudad tuvo lugar su conocido encuentro con Aimé Césaire. (Césaire le lézard vert.) Porque buscaba una cinta azul para el pelo de Aube, Breton entró en una mercería; entre los artículos que se amontonaban en el mostrador, estaba la revista Tropiques, capitaneada por Aimé Césaire y René Ménil. Inmediatamente reconoció el tono que animaba las denuncias del sistema colonial y la explotación de los negros por unos cuantos blancos poseedores de las riquezas de la isla. Ya lo había deslumbrado la lengua de Aimé Césaire en el Cuaderno de un retorno a la tierra natal, publicado muy confidencialmente en París, en 1939. Este poema, escribió Breton, era “el más grande monumento lírico de este tiempo”; y luego: “La palabra de Aimé Césaire [es] bella como el oxígeno naciente”.9 El surrealista también recuerda en Martinique, charmeuse de serpents una excursión hecha con Aimé Césaire: “Siempre volveré a vernos en lo muy alto, asomados hasta perdernos en el abismo de Absalón como sobre la materialización misma del crisol donde se elaboran las imágenes poéticas cuando poseen la fuerza de sacudir los mundos, sin otro hito en los remolinos de una vegetación vehemente que la gran flor enigmática del balisier que forma un triple corazón en la punta de una lanza”.10 En el inicio de este ensayo hablaba del pasmoso poder de la literatura. La poesía de Aimé Césaire fue capaz de borrar, en una de esas noches en la terraza de su casa, iluminada por la llama de Suzanne Césaire, toda la negrura de la guerra y de las humillaciones padecidas, y sustituirla por la fuerza de rebeldía de la negritud. Aimé Césaire, más que ningún otro, encarna en su poesía la alianza de la subversión y de la belleza.
Al llegar a Ciudad Trujillo, el 18 de mayo, a bordo del Presidente Trujillo, André Breton anotó un sueño: “De un modo ambicioso que no suele ser mi costumbre, soñé […], en la angustia de una gran exaltación, que yo era Zapata y me preparaba a recibir con mi ejército a Toussaint Louverture”.11 ¿Habrá sido una ambición alentada por la poesía de Aimé Césaire? Durante este nuevo compás de espera, Vlady se iba de paseo con su cuaderno de dibujo. Además, se encargaba de las compras y no dejaba de pasar por el correo por si una carta de Laurette Séjourné hubiese llegado para su padre, a quien además retrató permanentemente ocupado en la escritura del panfleto Hitler contra Stalin y de la novela El caso Tuláyev. Víctor Serge y Vlady se quedaron en casa de unos españoles, pues era mucho más económica que el Gran hotel. Habían logrado renovar sus visas mexicanas, pero la imprescindible escala en Cuba suponía un pago de mil dólares. Llegaron a La Habana cuando comenzó el sitio de Leningrado. Por su parte, el 17 de junio de 1941, la familia Breton desembarcó en Nueva York donde los esperaban Yves Tanguy y Kay Sage. “Depositan sus maletas en el departamento de la West 11th Street y quedan en encontrarse a la 18.00 en el Brevoort, la única terraza de estilo francés en Nueva York, y beben pastís hasta la medianoche.” Víctor Serge y Vlady llegaron en avión a la Ciudad de México desde Cuba el 4 de septiembre de 1941. En la pista del aeródromo los esperaba Julián Gorkin. Los destinos de sus compañeros de viaje fueron diversos: Wifredo Lam se quedó en Cuba por falta de una visa para seguir hasta Nueva York, a donde sí desembarcó Claude Lévi-Strauss; Anna Seghers llegó a Veracruz; Germaine Krull siguió hasta Brasil y Jacques Rémy a Buenos Aires. La fortuita hermandad que se forjó en el Capitaine Paul-Lemerle explotó como una granada, dispersando sus esquirlas a miles de kilómetros de distancia. Algunos nunca volvieron a coincidir, otros se reencontraban con la alegría que da el haber sorteado juntos los episodios más sombríos y milagrosos de una vida. Víctor Serge anheló lo que casi nadie cumplió: “hay que dar un testimonio de esos tiempos; el testigo pasa, pero sucede que el testimonio queda y la vida continúa”.12
Imagen de portada: Vlady, dibujos del cuaderno 5 de Marsella, 1940. Todas las imágenes forman parte de la colección INBAL en comodato en el Centro Vlady de la UACM y son cortesía del comodatario.
Adrien Bosc, Capitaine, Stock, París, 2018, p. 167. Todas las traducciones son de la autora. ↩
Ibid., p. 332 ↩
Ibid., p. 32 ↩
Varian Fry, Livrer sur demande, J’ai lu, París, 2023, p. 233. ↩
Germaine Krull, “Camps de concentration a la Martinique”, citada por Adrien Bosc, op. cit. ↩
Claude Lévi-Strauss, Tristes trópicos, Noelia Bastard (trad.), Editorial Universitaria de Buenos Aires, Buenos Aires, 1970, p. 51. ↩
G. Krull, op. cit. ↩
André Breton, Martinique Charmeuse de serpents, Jean-Jacques Pauvert, París, 1972, p. 60. ↩
_Ibid_., p. 11.
Ibid., p. 99-100 ↩
G. Krull, op. cit. ↩
A. Bosc, op. cit., 2018, p. 309. ↩