periódicas Cárcel JUL.2026

Diego Olavarría

Una cacatúa en mi balcón

Arte de José Antonio Magos

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Nunca pensé visitar Australia. Desde el día que cumplí nueve años y dejé atrás mi obsesión por los canguros, la isla desapareció de mi horizonte de intereses personales. La culpa no fue de nadie, ni siquiera de Australia: un niño ochentero como yo no sólo estuvo expuesto desde la temprana infancia a los encantos de los animales australianos —lecciones escolares que insistían en hablar de los excepcionales marsupiales; caricaturas y videojuegos protagonizados por demonios de Tasmania, equidnas y bandicuts—, sino también a los de señores rubios y tatemados que aparecían en películas y series sobre la isla. ¿Los más memorables? El Cocodrilo Dundee y su semitocayo, el Cazador de Cocodrilos. A través de un torrente de imágenes y personajes, Australia se configuró en la mente de mi generación como un lugar de fauna y personas agrestes; un territorio de tiburones asesinos, lagartos del tamaño de dinosaurios y perros dingo que si te distraías te robaban algo peor que tu sándwich: a tu primogénito. ​ A pesar de su distancia con América Latina, era un país que ocupaba un volumen desproporcionado de nuestro espacio mental. Sospecho que el fenómeno alcanzó su ápice en el 2000, el año de los Juegos Olímpicos de Sídney. El fervor australiano era tal que mi cumpleaños siguiente lo celebré en un restaurante que evocaba los imaginarios del continente: el Outback Steakhouse. Pasaron los años: crecí, viajé, escribí crónicas. Australia estaba en algún lugar de mi mapa mental, pero no tenía urgencia de saber más, mucho menos de visitar. ​ Esto cambió a finales de 2025. Mi amigo José llevaba siete años viviendo en las antípodas. Biólogo de formación, un día se cansó de los inciertos trabajos mexicanos y se montó en un avión (o tres) para probar suerte en esa antigua colonia penal que hoy exige a los extranjeros no tener antecedentes penales para otorgarles visados. Nos poníamos al corriente en llamadas en las que me contaba de un sistema migratorio que exigía papeleo, pero también exámenes de sangre, rayos equis y frascos de orina para renovar la tarjeta de residencia. ​ Pero también hablábamos de animales: en tiempos pandémicos, José se mudó a un nuevo suburbio en el norte de Sídney; uno donde abundaban curiosas aves que hacían escándalo en la tarde y de las que subía fotos al grupo de Whatsapp de amigos de la prepa. Como la mayoría de los hombres millennial, José era poco propenso a las demostraciones de afecto, pero entendí que compartirnos animales era una forma de decir que pensaba en nosotros. Un día, me mandó un mensaje que decía “¿Por qué no vienes a Sídney?” y sentí el peso de un llamado.

Día 1

Seis meses más tarde aterricé en Sídney. Lloviznaba y, tras pasar por mí al aeropuerto, José me condujo a Newtown, una zona hipster donde teníamos previsto cenar a una hora muy australiana: las 17:30. Al bajarme del auto, me encontré con una criatura horrenda y al mismo tiempo cautivadora que me dio la bienvenida a un ecosistema enteramente distinto: una ibis blanca. Esta ave, de talla entre gallina y garza y pelona negra como de xoloescuintle, presume un larguísimo pico que asemeja máscara de la peste; dado que aprovecha ese rasgo evolutivo para abrir botes de basura, los australianos la apodan bin chicken, o pollo basurero. ​ Luego de ese primer encuentro, la impresión de estar en un territorio enigmático se fue disipando: Sídney, con su abundancia de suburbios anodinos, trasnacionales globales y autos último modelo que conducen por la izquierda, me hizo pronto sentir que no estaba en terra incognita, sino ante una franquicia de civilización occidental en el lugar más remoto posible; como si una adinerada ciudad costera del sur de California y un pueblo de Inglaterra hubieran procreado un hijo sobre tierras aborígenes. ​ Pero había algo, también, misterioso: a la noche, al tomarnos una cerveza en el balcón de un pub donde los comensales disfrutaban del criquet en televisión, José y yo vislumbramos una zarigüeya malabareando a sus crías en un cable de luz y unos zorros voladores —murciélagos de la talla de un galgo— aleteando en la llovizna nocturna. La presencia animal sugería que, por más que Australia se esforzara en parecerse a lo conocido, había fuerzas soterradas que configuraban algo más poderoso: una isla capaz de encantar a un niño que sueña con extraños animales.

Cacatúa galerita (Cacatua galerita) y pavo de matorral (Alectura lathami), 2023-2026. Todas las fotografías son de José Antonio Magos. Cortesía del autor.

Día 2

Mi primera noche de sueño fue interrumpida por una alarma feroz. A las seis de la mañana me descolocó un sonido violento en la penumbra: no eran cantos, sino un coro de alaridos que surgían del fondo de gargantas negras y prehistóricas. ​ —¡Eiiiiiiich, eiiiiiiiich! ​ El jet lag me impidió volver a dormir. Me recosté en el sillón de la sala, no sin antes abrir la cortina e identificar a las responsables: tres cacatúas blancas que brillaban como sábanas recién lavadas en el cielo; sus alaridos atravesaban la quietud suburbana como ráfagas sonoras. ​ —¡Eiiiiiiich, eiiiiiiiich, eiiiiiiich! ​ Me preparé un café y unos huevos hervidos en lo que el mundo despertaba. Escuché los cantos en el horizonte: todos eran familiares y desconocidos a la vez. Como mis primeras impresiones de Australia. ​ Un par de horas más tarde apareció una cacatúa galerita a quien llamaré Gadi. Lo descubrí mirándome desde el barandal del balcón con curiosidad amenazadora: su ojito redondo e inescrutable, su filoso pico capaz de filetear marsupiales atropellados. Me sorprendió su tamaño: más cerca de la guacamaya que del perico. Se estiró y desplegó una cresta amarillo resaltador: seis picos punks que sugerían la anárquica naturaleza de un ave conocida por faltarle el respeto al proyecto “civilizador” occidental. ​ ¿Cuántos años tendrá Gadi? Difícil saberlo: las cacatúas galeritas son longevas; en libertad llegan a cumplir cincuenta años y en cautiverio algunas han alcanzado a vivir más de un siglo.1 En ese primer encuentro, Gadi y yo nos miramos largos minutos. Entonces, sucumbí: robé un puñado de nueces del refrigerador y se las fui dando, una por una. Gadi me las recibió sin dejo de agresión o avidez, y con una seguridad que sugería que ya conocía ese tipo de intercambio. ​ Y luego se echó a volar.

* * *

Si bien el canguro es la especie emblemática por excelencia de Australia, lo cierto es que los animales nativos que más se diseminaron por el planeta fueron otros: los psitaciformes —esa orden de aves que incluye loros, cotorros, pericos, guacamayas y cacatúas—. Australia tiene la diversidad más notable de éstos: 56 especies, el 15 % de todos los psitaciformes existentes, habitan aquí; algunos mapas antiguos incluso se refirieron a la isla como Psittacorum regio, o Tierra de pericos. En el siglo XX, varias aves australianas (periquitos, pinzones y cacatúas ninfas, entre otros) se popularizaron en las tiendas de mascotas de México. Recuerdo haberlas visto a la venta, comiendo alpiste en recipientes plásticos, al lado de otras aves coloridas con las que guardaban una sola similitud: que habían sido criadas para el deleite de las jaulas. ​ Salvo por su cresta, Gadi tenía poco que ver con las cacatúas ninfas de chapitas coloradas que vendían en el tianguis. La cacatúa galerita, especie a la que pertenece, no tiene fama de mascota dócil, sino de hooligan: en las urbes de Australia es famosa por devorar cosechas, vandalizar las púas antiaves y destruir anuncios publicitarios. Su gran inteligencia la dota de un sentido del humor anárquico: es posible ver a estas cacatúas practicando acrobacias en los cables eléctricos o lanzándose como drones de ataque contra los vehículos en la autopista. ​ Algunos australianos las consideran plagas y exigen no alimentarlas. Pero si bien es cierto que aceptan gustosas las dádivas humanas, quien dude de la autosuficiencia de la especie debe considerar lo siguiente: las cacatúas galeritas llevan veinticinco millones de años surcando los cielos de Oceanía. Eso las hace más antiguas, ya no se diga que el Homo sapiens, sino que algunas cordilleras. ¿Será que el grito que me despertó en mi primera mañana es tan antiguo como la tierra misma?

Días 3-6

A lo largo de las siguientes mañanas, Gadi y yo establecemos una rutina: a las seis de la mañana suceden los gritos y, poco después de las ocho, el ave se posa en el barandal metálico del balcón y se asoma hacia la sala del apartamento, a ese sitio donde he instalado mi campamento viajero. Me mira con sus ojitos negros y redondos de balín, rodeados de una piel corrugada como cuero de zapato viejo. Cada día me acerco y convivimos más. Descubro que, contrario a lo que creí observar de lejos, Gadi no es enteramente blanco, sino que tiene iridiscencias alrededor de sus ojos y en el pecho que lo hacen resplandecer. También entiende de modales: cuando pide comida, no grita sino que lanza unos ululeos como de lechuza bebé: cuuuu, cuuuu, cuuuu. Las patas de Gadi son negras, con largas y afiladas uñas, agrietadas como piel de reptil, que suplican una embarrada de crema aloe. En su pata izquierda tiene una mancha verdosa que me permitirá distinguirlo cuando invite a sus amigos al balcón. ​ Y en efecto: los días 5 y 6 alimentaré a Gadi y a sus compinches. Les convidaré cerezas y moras, que no les gustarán. La piña y el plátano, en cambio, serán engullidos en instantes. ​ La botana favorita de Gadi, en particular, resultarán las pepitas saladas. Cuando se termine la ofrenda que le hago cada mañana, dejará los carozos tirados en el balcón con el mismo gesto goloso de quien devora mejillones y abandona las conchas. Y echará a volar. ​ Vendrá otra vez mañana.

* * *

Los paseos por Sídney que José ha preparado tendrán un irremediable componente animal. Un día iremos a un estanque del jardín botánico a ver anguilas, y al siguiente conduciremos a la playa de Shelly, donde un simple esnorqueleo permitirá divisar dos especies de tiburón. Las noticias australianas a lo largo de esos días serán también inusualmente faunísticas: un niño morirá luego de ser atacado por un tiburón toro en una playa de la bahía de Sídney y una mochilera canadiense será devorada por una jauría de dingos en la isla de K’gari, en el norte. ​ En Sídney no hay koalas ni canguros, pero no han hecho falta para develarme la mística animal de la urbe. Los encuentros con Gadi ya me han obligado a recalibrar la mirada —y el oído— y me descubro prestando una atención cada vez mayor a las extrañas aves de esta ciudad que, por su estridencia, abundancia y vistosidad, tienen presencia descomunal entre los animales. Con ayuda de José aprenderé a reconocer la delirante risa de la cucaburra, el onomatopéyico lamento del currawong, el cui-cui-cui cui-cui del lori arcoíris. No sólo destacan los pájaros cantores: hay también millares de bush turkeys (guajolotes oceánicos) que aprovechan el verano para construir montículos de ramas y pasto en los jardines, y urracas australianas, negras con salpicones blanquísimos, famosas porque en tiempos de crianza se lanzan en picada para sacarles los ojos a los ciclistas (más que señalar improbables tiburones y cocodrilos, las advertencias de viaje a Australia deberían reparar en la violenta aprehensión de las urracas por sus polluelos). ​ Es así como empiezo a concluir que, más que su ópera con forma de velero, Sídney es un vano sonoro de aves.

Días 21-25

Me voy dos semanas a recorrer otros rincones de Australia y, al regresar a Sídney, vuelvo a escuchar los alaridos de Gadi en la madrugada. Pero algo cambió: el ave ya no se aparece por el apartamento. Por las tardes lo avisto en los jardines del edificio arrancándole hojas al eucalipto y ramas a la jacaranda, e incluso posándose en otros balcones. Me mira de lejos y sospecho que me reconoce. Pero, orgulloso como es, me ignora con ese dejo de rencor de un examigo despechado. Parece querer dejarme en claro que fui yo quien partió sin despedirse; que éste es su territorio y yo no soy más que un visitante. Que yo, turista, represento lo transitorio. Ella, cacatúa, encarna la continuidad. ​ Quien arriba a Australia puede caer en la misma trampa que caí yo: creer que está en un lugar nuevo. Las impecables carreteras, las playas con olor a bloqueador solar, el metro que pasa puntual y sin rayones en los cristales, los barrios históricos donde los edificios más “antiguos” datan apenas del XIX. Pero quien cierre los ojos y lo escuche se dará cuenta que algo más antiguo subyace en todo: Australia no son estas casitas ni estos jardines; no son estas aspiraciones occidentales sembradas en tierras aborígenes. Australia es un altisonante coro —profundo y ahistórico como las piedras— de pericos que reclaman esta isla como suya.

Imagen de portada: Cacatúa galerita (Cacatua galerita) y pavo de matorral (Alectura lathami), 2023-2026. Todas las fotografías son de José Antonio Magos. Cortesía del autor. Sídney desde un helicóptero, 2015. Fotografía de Andrew Xu. Wikimedia Commons .

  1. Kyle Thomas, “Cacatua galerita”, Animal Diversity Web.