Cultura UNAM

Llegar después

Identidad (Septiembre de 2017)

Emiliano Monge

Mediado el mes de enero de 1912, tras perder varios compañeros y la mayoría de los caballos mongoles que arrastraran su expedición desde que ésta comenzara, el comandante inglés Robert Falcon Scott finalmente arribaría al corazón de las tinieblas blancas y heladas de la Antártida. La felicidad que debía significarle esta proeza: pisar el último confín inexpugnable del planeta, una proeza con la cual había soñado Scott y a la cual le había consagrado los últimos años de su vida, sin embargo, no sería como la había imaginado tantas veces. En el lugar de una conquista, el viejo inglés se encontró una encomienda; en el lugar de un final, un deber enteramente nuevo. Y es que la expedición de Roald Amundsen, el famoso explorador noruego que ya había participado de la conquista del Polo Norte, había adelantado al grupo que lideraba Scott por apenas un mes y algunos días. Además de optar por un peor lugar de desembarco, el inglés había elegido una ruta más larga y había escogido peor sus bestias de tiro, así como los suministros que su equipo arrastraría sobre el paisaje virgen y helado. Pero todo esto: que el caballero noruego lo antecedía en sus embates contra el clima y que su lucha contra las peores inclemencias de la Tierra se había convertido, de repente, en una lucha contra el tiempo y la vehemencia de un otro, Robert Falcon Scott lo supo antes de observar el estandarte noruego ondear en sus anhelos, antes pues de alcanzar aquella latitud que lo arrastraba como arrastró la ballena blanca a Ahab por los océanos y los mares del mundo.

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Una semana o semana y media antes —en esto los diarios de Scott no son del todo exactos, o más bien no es del todo exacto el propio Scott ante sus diarios, o no es más bien del todo honesto el propio Scott ante sí mismo— de acometer los últimos kilómetros que separaban su avanzar del corazón helado del planeta, Robert Falcon Scott divisó, en la distancia casi siempre impenetrable, los restos de uno de los campamentos que Amundsen había ido dejando a su paso. Debió ser entonces: asomado a su pequeño catalejo, observando los restos de las tiendas que eran sacudidas por el viento como cadáveres prehistóricos, que Scott se enfrentó a la decisión más importante de su vida: dar la media vuelta, abandonar y abandonarse, salvar las vidas de los hombres que aún quedaban o seguir, seguir por algo más, por otra cosa que no podía entonces ni siquiera ser nombrada y aun a sabiendas de que él, de que ellos: él y su equipo, serían el después de alguien; de que ellos: él y su equipo, serían los segundos. Los que casi lo consiguen. “Todas las penalidades, todos los sacrificios, todos los sufrimientos, ¿de qué han servido? Sólo han sido sueños que acaban de desvanecerse”, anotó Scott en su diario aquella tarde. Una tarde en que, para colmo, su expedición perdió los últimos caballos mongoles que todavía resistían y uno de sus últimos equipos de apoyo decidió dar la media vuelta y regresar sobre sus pasos. Dentro de Scott, sin embargo, a pesar de que todo parecía haberse vuelto en contra suya, seguía creciendo el sentimiento aquel, la fuerza aquella que el inglés aún no podía explicarle a su diario ni podía explicarse a sí mismo. Un sentimiento, una fuerza que, horas después, tras permanecer encerrado en su tienda un largo rato, tras maldecir a los dioses propios y a los dioses de los otros, tras llorar amargamente y tras sufrir en silencio el silencio absoluto de la tundra y el silencio aún más frío de la derrota, terminaría por colmarlo. ¿Y qué importa? ¿Por qué tendría que ser solamente eso lo importante?, se preguntará entonces Robert Falcon Scott en la soledad de su tienda y en la todavía más profunda soledad de sus adentros. ¿Por qué no ser quien lo ha logrado aun a pesar de no haberlo logrado? ¿Por qué no haberlo logrado si lograrlo es también esto?, debió seguirse preguntando el inglés hasta el instante en que de golpe se volvió él puro sentimiento y pura fuerza. Entonces, con el alma ardiendo, Robert Falcon Scott volvió a salir de su resguardo, avanzó quince o veinte metros sobre el hielo, asomó de nuevo su mirada en el ojo de su viejo catalejo, sonrió observando los vestigios que Amundsen dejara en la distancia, dio la media vuelta, llamó a los hombres que le seguían siendo fieles y en voz alta aseveró: seguiremos adelante, apenas llegue la mañana seguiremos adelante. Luego, tras anunciar su decisión, Scott volvió a meterse en su tienda y ahí, extrañamente reconfortado, habiéndose por fin reencontrado consigo mismo, escribió las palabras más honestas, profundas y humanas de su diario: “Tomamos riesgos, lo sabíamos, las cosas han ido en nuestra contra y por lo tanto no tenemos motivo de queja, sino sólo someternos a la voluntad de la Providencia, determinados todavía en hacer lo mejor hasta el final”. Horas después, tras haber intentado en vano descansar y dar descanso a los suyos, bajo los rayos de un sol que más que un astro cálido era un testigo ciego, los expedicionarios ingleses echaron otra vez a andar sus pasos. Y la lucha por la Antártida dejó de ser un asunto dedicado a las voces que hablan o hablarán un día de lo que hicimos y se convirtió en un asunto reservado a esas otras voces que hablan en lo más hondo de uno mismo. Por eso, a pesar de que ya ondeaba otra bandera donde él querría haber clavado la británica; a pesar de que el viento susurraba un nombre que no era ni habría jamás de ser el suyo, Robert Falcon Scott lloró de alegría y emoción y orgullo cuando alcanzó el ombligo de la Tierra. Cuando sintió, en cada poro del cuerpo, en cada célula, que se habían satisfecho todas y cada una de sus más viejas obsesiones, aunque no sus anhelos de gloria; todos y cada uno de sus más viejos sacrificios, aunque no su obcecación por inscribirse en los anales de la historia. Él, Robert Falcon Scott, finalmente era él. Y era él, Robert Falcon Scott, aunque los otros observaran, aunque todos los demás seres humanos fueran siempre a observar en Robert Falcon Scott a un personaje secundario —como Alan Shepard, como Luc Montagnier, como Alberto Santos Dumont, como Ni­kola Tesla, como Mary Pickford, como Bertha von Suttner, como Bioy Casares, como Raúl Castro, como Steve Jobs, como Buzz Aldrin, como Friedrich Engels, como Alfred Russel Wallace—. Scott era Scott aunque el resto solamente pudiera ver en él a uno más entre los miles de personajes secundarios que recorren y que pueblan, en silencio, con la cabeza casi siempre inclinada, la historia de una especie, la especie humana, demasiado preocupada por repartir medallas de oro, por colocar coronas de laureles sobre el primer hombre o la primera mujer que consigue algo. Una especie, la humana, tan preocupada por cuantificar que no ha limitado su voluntad de grandeza ni siquiera al ámbito que atañe a su realidad, que es pues capaz de hacer lo mismo cuando compone, comunalmente o de forma individual, la mayoría de sus ficciones —como veremos en esta columna que aquí queda inaugurada y que estará habitada por aquellos que no han llegado nunca antes que el resto—: ahí está Epimeteo, ahí está Butes, ahí están Abel, El Yorch y Luigi, el de Mario Bros., ahí Wertheimer, Satán, Lilith e Iván Karamázov. Pero volvamos a la Antártida un último momento. Y es que no, no todos los hombres y mujeres son capaces solamente de otorgar medallas de oro. Curiosamente, aquel que ha recibido los laureles es el único ser humano que es capaz de comprender, una vez que ha accedido y saboreado la gloria, que ésta no era, que ésta no es la historia que tendría que importarnos. Y por eso, en este caso, es Roald Amundsen el único hombre que podía devolverle a la historia que aquí ha sido contada la humanidad que la gloria y sus anales le habían antes quitado. Sólo el noruego era capaz de devolverle a Scott aquello que éste había extraviado al asomar su ojo en su viejo catalejo. Porque solamente Amundsen podía reconocer en el inglés al hombre que el inglés finalmente había reencontrado. Solamente el expedicionario no­ruego podía poner a Scott en el mismo plano en que él estaba. Cuando Scott entró en la tienda que Amundsen dejara a un lado de la bandera noruega, se encontró con una carta. Una carta dirigida a él y a ningún otro ser humano. Una carta en la que, todo lo que Amundsen callaba, reconocía los esfuerzos y la fuerza y la entereza de Scott. Una carta en la que Amundsen, además de ver directamente a los ojos del inglés y de reconocer en él algo más que a un gemelo, le dejaba una encomienda. Y ésta estaba compuesta por lo que sí había escrito. Una encomienda que, a la letra, aseveraba:

Querido Comandante Scott: Como usted será el primero en llegar aquí después de nosotros, ¿puedo pedirle que envíe la carta adjunta al Rey Haakon VII? Si los equipos que hemos dejado en la tienda pueden serle de alguna utilidad, no dude en tomarlos. Con mis mejores votos, le deseo un feliz regreso. Sinceramente suyo, Roald Amundsen

Antes de irse, antes pues de emprender el camino de regreso, Roald Amundsen le dijo a Scott: somos iguales, que uno llegara aquí antes que el otro fue más una obra del destino que de aquello que hay adentro de nosotros. Y así también, parecía seguir diciendo Amundsen, tenemos, usted y yo, las mismas posibilidades de sobrevivir las inclemencias que enfrentaremos tras emprender nuestros regresos. Antes de irse, el noruego le dijo a Robert Falcon Scott: esta vez, tal vez, sea usted el que lo logre. De más está decir que Robert Falcon Scott, tras leerla, tomó la carta, la guardó en el bolsillo de su pecho e intentó, en vano, regresar con ella al lugar en el que había antes comenzado su camino.

Monge2 De izquierda a derecha: Edward Wilson, Robert Falcon Scott, Teddy Evans, Lawrence Oates y Henry Bowers en la Antártida, 1912