periódicas Gen Z MAY.2026

J. R.

Cómo se siente la guerra en los Emiratos Árabes Unidos

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Una consecuencia que no imaginaba experimentar tras vivir más de seis años en los Emiratos Árabes Unidos es la hiperdeficiencia de vitamina D que afectó mis tendones y músculos. Paradójico: en un país donde el sol es constante y abrasador, uno creería que una condición asociada con la falta de exposición a la luz solar sería imposible. Pero la vida aquí transcurre en gran medida bajo techo, dentro de oficinas, casas y centros comerciales protegidos del calor por el aire acondicionado. ​ Como parte de mi terapia, suelo ir a nadar dos veces por semana. Ese sábado 28 de febrero, nada me preparó para lo que sería el inicio de la guerra más reciente en Medio Oriente. Mientras me estacionaba, escuché un par de explosiones a lo lejos, contenidas, como si provinieran de la bocina del estéreo que mi hermana y yo volamos en una fiesta adolescente. En ese momento aún no había visto ninguna intercepción de misiles y drones, como las que luego he podido ver: pequeñas nubes de humo blanco que explotan mientras se oyen detonaciones sordas. Así que lo primero que pensé fue que se trataba de una celebración, como las del 12 de diciembre en México. ​ Poco antes de las once de la mañana, alguien compartió en un chat del trabajo que Israel había lanzado ataques preventivos contra Irán. Leí el mensaje. Pero decidí ignorarlo. Salí hacia la alberca cerca de la una de la tarde con la convicción de que ese conflicto no tocaría mi rutina. ​ Caminé hacia la cafetería junto a la alberca y me senté a tomar un café mientras me disponía a trabajar un poco antes de nadar. Había muy poca gente. Un padre con su hija sentados cerca de mí, dos meseros, un barista. Nadie reaccionaba. Todavía no había nada claro ante lo cual reaccionar. Las explosiones que había escuchado no habían hecho mella en ninguno de nosotros. ​ Apenas encendí la computadora, mi teléfono emitió un sonido que me despertó de golpe. Las alertas llegaron a todos los que estábamos ahí. El ruido me recordó la alerta de emergencia de los submarinos que solía escuchar en los videojuegos que jugaba mi hijo. Quizá mi mente recurrió a esa referencia porque no estaba preparada para comprender que estaba presenciando el comienzo de una guerra. ​ La pantalla de mi celular mostró un mensaje en árabe y en inglés:

Due to the current situation, a potential missile threat… seek immediate shelter in the closest secure building, and steer away from windows, doors, and open areas. Await for further instructions.

​ No supe con cuánta seriedad tomar el llamado. No era la primera vez que recibía una alerta parecida durante mi residencia en Abu Dabi, la capital de los Emiratos, menos famosa que Dubái —pese a que se encuentra tan sólo a una hora en coche— pero no menos importante, ya que concentra el poder político, casi todas las reservas petroleras e íconos como el Louvre Abu Dabi, la Gran Mezquita Sheikh Zayed y el Museo Nacional Zayed, dedicado a la historia y el legado del fundador del país. Años atrás, una alerta similar precedió lo que describiría como un huracán: lluvias intensas y vientos tan fuertes que vi volar muebles de jardín desde balcones. Supongo que tampoco tomé el mensaje con la importancia debida porque no tenía claro cuál era el protocolo ante un ataque con misiles. ​ Esa alerta, sin embargo, reventó la burbuja de seguridad en la que he vivido desde 2020. He visitado y pasado largas temporadas en varios países. En ninguno sentí lo que es habitual en los Emiratos: cada vez que olvidaba mi celular o dejaba mi computadora en una cafetería para ir al baño, ahí seguían cuando volvía. La consigna de que Abu Dabi y Dubái están entre las ciudades más seguras del mundo era parte de mi identidad como residente. Aquel sábado esa certeza se vendría abajo. ​ Ese día sentí un temor semejante al que viví cuando, cerca de Dr. Río de la Loza, un hombre abrió la puerta de mi coche y me dijo: “ya te cargó la chingada”. No entendí lo que estaba pasando hasta que escuché disparos y reconstruí lo ocurrido. Había sido víctima de un asalto a mano armada. Fue como si de pronto la inseguridad a la que había estado expuesto en México entrara de golpe a mi burbuja en el Medio Oriente. No estaba listo para enfrentar las amenazas de otros seres humanos.

Mensaje SMS de emergencia de los Emiratos Árabes Unidos para su población, 1 de marzo de 2026.

​ Me resistí a buscar refugio. Estaba en negación y operaba bajo la idea de que aquello no era real. Permanecí en la cafetería junto a las ventanas, atrapado en una disonancia cognitiva. Nadie se movía. Después de un par de horas, cuando finalmente procesé que las detonaciones eran producto de los sistemas antimisiles y que la amenaza no desaparecería, decidí volver a casa. ​ El peso de lo que estaba sucediendo se volvió más evidente cuando vi a mi novia, quien parecía estar en una negación más profunda que la mía sobre el alcance de lo que estábamos viviendo. Al llegar, tras manejar con el temor de que algún fragmento de misil cayera en el camino, la abracé en cuanto me recibió en la sala. Desperté al sentir su calor. Las alertas continuaron. “En este departamento no hay ninguna habitación sin ventanas, excepto el cuarto del Michi”, le dije, intentando entender cómo podríamos resguardarnos. “¿Y cómo vamos a meternos ahí si apenas cabe el arenero?”, respondió. Optamos por cerrar las cortinas, sabiendo que corríamos riesgo. Las alertas sonaron también de madrugada. A las dos. A las cuatro. No pude dormir más de dos o tres horas seguidas. ​ Como si no fuera suficiente la complejidad de sostener dos vidas profesionales independientes, que tengamos nacionalidades distintas y que habitemos en un tercer país, la guerra introducía una nueva variable en nuestra relación. Ella estaba por irse a Europa, a aprovechar una oportunidad laboral. Ese sábado, lo que aparecía como una guerra a gran escala volvía casi imposible que pudiera regresar a Abu Dabi en caso de que su nuevo trabajo no funcionara. ​ “Ésta no es la manera en que pensábamos despedirnos”, le dije esa noche. Habíamos reservado una mesa en Sushisamba, un restaurante con vista a la famosa Palm de Dubái, una de esas obras de ingeniería que definen la ciudad: una isla artificial en forma de palmera, con un tronco central del que se desprenden ramas llenas de villas de lujo. En la base hay hoteles, centros comerciales y residencias. Desde el restaurante se puede ver toda la estructura iluminada. Cancelamos nuestro plan porque fue precisamente por ahí donde uno de los drones se estrelló contra el hotel Fairmont. ​ Para mí, dejar este país no es fácil. Tengo una visa dorada que me permite vivir diez años aquí. Difícilmente podría ganar un salario parecido en México. Además, salir del centro occidental me ha permitido entender cómo otras sociedades conciben su pertenencia, cómo la religión articula la vida desde los espacios arquitectónicos —en todas las construcciones hay un cuarto para rezar— hasta las estructuras de poder que se extienden de Arabia Saudita a Irán. Irónicamente, no pude evitar pensar por qué, en vez de cuartos de rezo, no hay búnkers como en Israel. No tengo nada contra las plegarias, pero mi cuerpo habría preferido saberse protegido de los ataques militares.

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Mi gato naranja se escapó hace unos meses. Durante cinco días lo busqué como a un hijo desaparecido en las calles cercanas a mi casa y lloré por él cada noche. Cuando al fin lo encontré en una bodega, no me reconocía por completo. Estaba asustado. Había entrado en un estado de hipervigilancia que lo hacía interpretar todo como amenaza. Las primeras 36 horas del conflicto experimenté lo mismo. Muy pronto dejó de ser necesario escuchar las alertas del gobierno, que sólo hacían más palpable la amenaza, pero no pude desconectarme del teléfono. Revisaba compulsivamente noticias, enlaces, videos. Leía sin parar, pero no hablaba con nadie. Era una forma de entender lo que ocurría sin enfrentarlo. Aún me siento como mi gato cuando estaba perdido, en alerta constante. Hoy comprendo la guerra de una manera que nunca imaginé. Entiendo cómo se siente, no sólo cómo se piensa en términos geopolíticos ni cómo se lee en libros de historia. El estado de naturaleza de Thomas Hobbes, donde el hombre es el lobo del hombre, ha cobrado sentido más allá del intelecto.

Palm Jumeirah de Dubái, 2010. Fotografía de la Expedición 22 de la Estación Espacial Internacional.

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El año en que llegué a Abu Dabi, mi madre comenzó a presentar síntomas que revelarían ser señales de esclerosis lateral amiotrófica. Formalmente diagnosticada en 2023, entró en su última etapa a finales de 2025. Ya no puede respirar sin un ventilador. Deglutir es una odisea. No es capaz de moverse. Ella me ha estado esperando. Planeaba visitarla en México durante el spring break, pero quise adelantar el viaje por la guerra. ​ Salir en avión de este país se ha vuelto imposible a menos que uno tenga la suerte de tomar un vuelo de repatriación. Afectar el aeropuerto de Abu Dabi es un claro objetivo militar de Irán. Las últimas tres alertas se han enfocado allí. No puedo ir a despedirme de mi madre. Le pedí que no me esperara. Que si sentía que ya no podía más, no resistiera. Lo más desolador es que los últimos mensajes me los ha contestado su enfermera. ​ Quizá lo más cruel es la simetría entre nosotros: ella depende de un ventilador para inhalar y yo apenas respiro. Siento una suerte de hipoventilación que me tiene agotado y no me permite dimensionar qué hacer. Necesito salir de Abu Dabi para tomar una bocanada de aire fresco y pensar con el oxígeno intelectual que tanta falta me hace. ​ Lo que estoy viviendo es apenas la punta del iceberg de lo que significa realmente la guerra. En los Emiratos, las defensas militares son de primer mundo —están respaldadas por Estados Unidos—. Los sistemas antimisiles funcionan. Mi vida transcurre casi como de costumbre. Puedo ir de compras. Puedo ir a nadar. Puedo ir al cine. Ésta es, en el peor de los sentidos posibles, una guerra que vivo bajo el manto del privilegio. Mientras me quejo de que Amazon ahora tarda semanas en entregar un paquete, en Gaza hay niños que han perdido todo. Mi dolor es real, pero increíblemente pequeño comparado con el sufrimiento que causa este conflicto. Estoy seguro de que saldré bien librado de esta amenaza, aunque no sin daño psicológico. No puedo imaginar lo que significa padecer la guerra sin defensas de última generación. Mi trauma no será equiparable a lo que otros viven. ​ Aun así, el impacto se palpa en lo cotidiano. Las secciones de carne y pescado en los supermercados están menos surtidas. La zona donde está mi hogar no se ha llenado de nuevos olores, pero sí de imágenes más o menos distantes que nunca habíamos visto: instalaciones militares y refinerías de las que salen inmensas nubes de humo negro. En WhatsApp circulan videos que muestran drones cayendo cerca de zonas residenciales. En uno, grabado por donde vivo, se escucha la voz de un hombre: “Jesus fucking Christ”. El estallido no lo hace dejar de filmar y su hijo repite, con una urgencia que sólo el miedo infantil puede expresar: “Let’s go downstairs, oh my God”. El niño teme, pero siente el mismo asombro que su padre y quiere bajar para ver de cerca el impacto de los drones y saciar su curiosidad. Ese video me persigue. ¿Quién está más asustado? El padre lo expresa mejor, pero quizá el niño no está aterrado por lo que ve, quizá quiere confrontar la disonancia entre la seguridad bajo la que siempre ha vivido y los drones que truenan esa burbuja.

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He decidido irme. Por el momento. No con la certeza de quien cierra un capítulo, sino con la ambigüedad de quien abre una pausa. Aquí están mi identidad profesional, mis gatos, la vida que he construido durante seis años. Quiero regresar. Ésa es mi intención. Tengo un plan A: volar desde Abu Dabi a Madrid, pasar un día allá y continuar hacia México. Simple. Directo. Pero el espacio aéreo está restringido y la probabilidad de que ese avión despegue disminuye cada día. ​ También tengo un plan B: salir vía Omán hacia Turquía, luego a España y finalmente a México. ​ Ya tengo todo listo —boletos comprados, una fortuna invertida— excepto por un detalle: Omán rechazó mi solicitud de visa. Intento no alterarme. Intento que la ansiedad no me persiga como las alertas de drones y misiles que sigue emitiendo mi celular. La primera vez que visité Omán me dieron la visa a la llegada, sin problema. La segunda vez me la rechazaron en línea, pero pude pedirla cuando llegué al estrecho de Ormuz —el mismo que hoy es famoso por los barcos que no se atreven a cruzarlo. ​ Ya solicité apoyo a la embajada de México. Aun así, me aventuraré a salir, a manejar hasta la frontera con Omán sin saber si podré cruzarla. Es posible que pierda todo el dinero que gasté en vuelos; no sé si lograré abordar alguno. Quiero escapar y no puedo, tengo un boleto hacia Omán pero no permiso para entrar: estoy atrapado por una burocracia mientras los drones caen. La incertidumbre es una capa más de angustia que se suma a la pila. Necesito llegar a tiempo para despedirme de mi madre. Necesito inhalar todo el oxígeno posible lejos de la arena del desierto que nubla de un tono ocre el cielo de Abu Dabi. Y desde esa distancia, quizás pueda procesar lo que significa sobrevivir una guerra de la que otros no pueden huir. ​ Tengo la esperanza de regresar a esta ciudad, pero no sé si podré lograrlo. No sé si habrá manera de volver fácilmente, por más que lo desee, ante la evolución del conflicto. O si mi yo en México —el que respire sin alertas, el que duerma sin hipervigilancia— ya no me lo permitirá. Por ahora, simplemente intentaré salir.

Imagen de portada: El grupo de ataque de portaviones Abraham Lincoln desplegado en el mar Arábigo, 2026. Fotografía de la Marina de los Estados Unidos. U.S. National Archives .