K-SF para un futuro distópico

Corea / crítica / Julio de 2022

Andrea Chapela

Hace un mes, Cursed Bunny de Bora Chung (traducido al inglés por Anton Hur), fue nominado al premio Booker internacional. Aunque no ganó, esto atrajo mucha atención sobre la literatura coreana en general, y más específicamente sobre los libros de ficción especulativa del país. Bora Chung ha escrito tres novelas y tres libros de cuentos y es actualmente la presidenta del Sindicato de Escritores de Ciencia Ficción de la República de Corea. Cursed Bunny cuenta con diez cuentos que desafían el género, en los que un suceso absurdo o imposible escala con consecuencias terribles. Es interesante que, tanto en coreano como en inglés, el libro se publicó en pequeñas editoriales independientes. Con suerte, pronto será uno de los primeros títulos de ficción especulativa coreana que leamos en español.

​ Suelo usar este término, ficción especulativa, porque creo que me permite expandir más los límites, englobar en él cualquier literatura de lo extraño donde exista un quiebre claro de las reglas de la realidad. Tal vez por eso cuando tengo que dar una definición de ciencia ficción uso la de N. K. Jemisin, que la define como las narrativas que hablan de algún cambio —tecnológico, científico, social— que sitúa a los seres humanos en contacto con lo desconocido o con fuerzas que ponen en crisis lo familiar.

​ En coreano a la ciencia ficción se le llama gongsang gwahak. La segunda palabra se traduce fácilmente como “ciencia”, pero la primera hace referencia a la imaginación, la ensoñación y el acto de fantasear. Aunque actualmente es más normal llamar al género SF, por sus siglas en inglés, me gusta el término en coreano porque, de nuevo, permite una definición más amplia, donde caben libros como el de Bora Chung.

​ En muchos aspectos la evolución de la ciencia ficción coreana se parece a la de otras lenguas: olas que coinciden con la modernización de la sociedad y una relación estrecha con la traducción de obras occidentales, sobre todo del inglés. Sin embargo, por otra parte, la ciencia ficción coreana pocas veces presentó una visión optimista con respecto al futuro, sino que tendió a las distopías y a ser un género de crítica o protesta ante los sistemas de opresión en el país. Asimismo, como en español, en la literatura coreana la ciencia ficción es considerada un género menor, sobre todo porque por mucho tiempo los libros más representativos eran traducciones u obras para niños.

​ La ciencia ficción llegó a Corea a principios del siglo XX, cuando aparecieron las primeras novelas de Julio Verne traducidas desde la versión en japonés. Durante las primeras tres décadas del siglo se publicaron obras de H. G. Wells, Robert Louis Stevenson e incluso de autores rusos como Karel Čapek. Sus traductores eran, sobre todo, jóvenes reformistas que buscaban formas de modernizar Corea a partir de los modelos de Japón y Occidente. Hasta 1929, cuando Corea ya era una colonia japonesa, se publicó el primer cuento de ciencia ficción escrito por un coreano, “El estudio del doctor K” de Kim Dong-in.

​ Como dije antes, la ciencia ficción en Corea se ha desarrollado por olas. En los sesenta apareció la primera organización de ciencia ficción, la Sociedad de Escritores de Ciencia Ficción, y se escribió uno de los primeros ensayos críticos sobre el tema, “La magia de la ciencia ficción” (Gongsang gwahak soseolui mabeop, 1968) de Ahn Dong-min, en el que se usó el término gongsang gwahak por primera vez. Además, se publicó lo que se considera la novela adulta pionera de la ciencia ficción coreana, La sociedad perfecta (Wanjeon sahoe, 1965) de Moon Yoon ung, en la que el protagonista se despierta en 2155 para descubrir la “pesadilla” de que la Tierra esté poblada solo por mujeres.

​ Desde el final de la guerra y hasta el inicio de la democratización del país, la ciencia ficción sobrevivió en los cómics, las traducciones y la literatura infantil. Aunque había algunas revistas especializadas que publicaban cuentos originales, la siguiente explosión de autores coreanos no sucedió hasta la década de los ochenta, junto con la modernización nacional. En esos años la ciencia ficción adquirió un tono mayor de protesta, con críticas distópicas que imaginaban futuros terribles. Entre los autores importantes de este periodo se encuentra Bok Geo-il, cuya novela En busca de un epitafio (Bimyeongeul chajaseo, 1987) presenta una ucronía donde Corea todavía es una colonia japonesa en 1970, haciendo eco de la novela de Philip K. Dick El hombre en el castillo.

​ A principios de los noventa comenzaron a surgir varios concursos literarios y revistas que propulsaron la carrera de nuevos escritores, pero fue la aparición del internet lo que cambió el curso de la ciencia ficción coreana. A pesar de que la crítica no estaba interesada, el número de clubes de fans había aumentado y autores como Djuna, quien debutó en 1994, aprovecharon las nuevas tecnologías para dar a conocer sus historias. Hasta la fecha, Djuna publica de forma anónima en internet, nadie sabe su nombre, edad, lugar de procedencia o género, pero esto no ha impedido que sus libros, como La batalla de las mariposas (Nabi jeongjaeng, 1997) o El expreso del pacífico continental (Taepyeongyang hoengdan teukkeup, 2002) hayan sido recibidos positivamente por toda clase de lectores. En su obra, Djuna habla sobre todo de futuros trans­humanistas, donde las máquinas se reproducen a sí mismas y no existen solo para servir al ser humano, sino que son el siguiente paso de la evolución de la especie. Esto le permite pensar sobre una evolución desi­gual y escribir historias que no se centran solo en el factor humano.

​ Hasta este momento he hablado de la ciencia ficción en Corea del Sur, pero en estos mismos periodos el género también floreció en Corea del Norte. Allí se tradujo mucha más ciencia ficción de la Unión Soviética y el género ha sido bien visto e impulsado por el gobierno. De hecho, en 1988 Kim Jong-il dio un discurso pidiendo que se escribiera más ciencia ficción. En esta tradición no se encuentran tantas distopías, viajes espaciales o alienígenas, sino más bien historias que están directamente relacionadas con avances científicos y la posibilidad del ser humano de modificar su entorno de acuerdo con los deseos de la sociedad.

​ Durante el nuevo milenio en Corea del Sur han aparecido muchos escritores de ciencia ficción aceptados por la crítica y los círculos literarios, lo cual ha provocado que comiencen a traducirse sus obras, sobre todo al inglés. Entre ellas destaca Tower (2020) de Bae Myung-hoon, cuya historia sucede en un rascacielos de más de seiscientos pisos que es un Estado soberano independiente, organizado en vertical. En este escenario varios personajes tratan de sobrevivir mientras se enfrentan al sistema en el que habitan. La autora Kim Bo-young, tal vez la más importante del país en la ciencia ficción actual, tiene dos libros de cuentos publicados en inglés: On the Origin of Species and other Stories (2021) y I’m Waiting for You (2021). Muchas de sus historias tienen como constante que surgen de una pregunta filosófica y sitúan a sus personajes frente a diversos dilemas éticos. En cierta forma, sus ficciones pueden recordarnos a las del autor estadounidense Ted Chiang. Además de estos ejemplos, en los últimos años también han comenzado a aparecer cuentos de otras autoras como Kim Cho-yeop, que fue publicada en Clarkesworld, o de Soyeong Jeon, quien ha publicado en Guernica y Clarkesworld.

Fotograma de *Okja*, de Bong Joon-ho, 2017Fotograma de Okja, de Bong Joon-ho, 2017

​ A pesar de la creciente producción de ciencia ficción en Corea, prácticamente nada ha sido traducido al español. Es cierto que en los últimos años ha aumentado el interés en la ciencia ficción coreana en medios audiovisuales, como en las películas Okja o Snowpiercer de Bong Joon-ho, o doramas como Mi amor de las estrellas, SF8 o El juego del calamar. Espero que con el interés general en la ciencia ficción y en la cultura coreana, el éxito de Bora Chung abra la puerta a la traducción de otros autores.


Escucha el Bonus track de Andrea Chapela, con Fernando Clavijo

Imagen de portada: Fotograma de Okja, de Bong Joon-ho, 2017´